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EN UN MAR DE OLIVOS

Nadie debería hablar del silencio, si antes no ha caminado por un olivar…
Nadie debería saber como canta un zorzal si no lo ha escuchado bajo la sombra de un olivo…
El campo cuenta su historia con el trabajo, el sudor, el frío y las manos que lo trabajan.
Mares de olivos, dice la gente, océanos que se pierden en el horizonte, sin agua… para navegar lindes y padrones.
Nadie debería saber de nuestra civilización si no ha mirado nunca un olivo viejo…

Entre las lomas suaves de terruños de tierra caliza, hay uno que destaca por su tamaño. Viejo, tronco parduzco, retorcido y arrugado. El que dijo que la arruga es bella tal vez lo hizo mirando la corteza agrietada de un olivo centenario.

En una de las cuartillas de la fanega de tierra donde esta el olivo mas grande, hay una fuente, con un caño en la pared y un pilón delante, donde los arrieros con las bestias cargadas de los serones de esparto o los pesados fardos de yute, les daban de beber agua fresca y donde los aceituneros se refrescaban y descansaban a la sombra de un olivo viejo, en las horas de la siesta. Y cuando empezaba a caer la noche, paso obligado de las recuas que llevaban las cargas hasta las almazaras del cortijo donde se almacenaba después en las tinajas y trujales.
El la pared de la fuente hay una hornacina con una virgen coronada y enrejada. Ambos lados dos candiles de aceite con unas torcías de pabilo siempre encendidas. Debajo en azulejos horneados por alfareros de la Rambla, un escrito: “las Yucas”.

Cuentan que hasta allí iban las mozuelas jóvenes, con sus cantaros en el cuadril para llenarlo de agua y de paso pedirle a la Virgen un marido trabajador y honrado. ¡Qué menos que eso!
Y de entre todas las muchachas jóvenes del pueblo, a un paseo de allí, había una que destacaba por su hermosura y su frescura. De piel canela, de pelo largo negro azabache, y de ojos del mismo color que el del aceite joven del año, el oro verde.
Cada mañana bajaba hasta allí. Había otras fuentes y pozos con volcán de ladrillos en el pueblo, pero no tenían el camino de albero ni el paseo con las amigas…

En una de aquellas mañanas primaverales, el grupo de muchachas de divertían con el agua fresca de la pila, después de colocar en la reja como ofrenda a la virgen un ramo de alhucema que habían recogido por los padrones del camino.

Nadie debería saber lo que es una calma apacible, si nunca ha andado por un olivar…

Unos cascos de caballo interrumpieron las risas alegres de las jóvenes. Por el norte del camino de albero que se perdía entre los olivos, aparecieron unos caballeros con sus monturas al trote. Entonces, las risas se convirtieron en gritos, en chillidos y auxilios. Alborotadas y asustadas corrían recogiendo sus mantos y toquillas, rompiendo con las prisas algunas de las orzas de arcilla.

–¡¡Ay! ¡Ay! ¡¡Son moros! –Gritaban—¡¡los moros que vuelven!!
–¡¡Corred!! ¡¡Huid!! ¡O nos capturaran! –
–¡¡ Si nos cogen nos llevaran a sus tierras!! ¡¡Y nos obligaran!!
–¡¡Qué Dios se apiade de nosotras, son infieles, dicen que algunos comen carne de niñas!!
Todas salieron corriendo, despavoridas, aterrorizadas por la aparición de aquella docena de hombres sobre sus corceles. Todas menos una, la más hermosa del pueblo. Temblando acurrucada contra la pared de la fuente y agarrando con fuerza la reja de hierro que protegía a la Virgen de la hornacina.
La docena de hombres se acercaron hasta la sombra del último olivo y desmontaron al llegar al borde del pilón. Ella seguía callada, observando a los moros y a sus corceles tordos, de ancas altas, fuertes y ágiles . Mirando sus ricas túnicas y chilabas de telas suaves y frescas con bellos damascados y bordados de hilos de oro. Seguro que esas bellas telas debían de ser de Seda, las telas que decían vestían los moros y sólo algunos señores muy ricos y reyes.

Acercaron los elegantes caballos hasta la pila de agua. También estaban vestidos, con gualdrapas de terciopelo, cuero brillante las monturas y las albardas adornadas con plata y perlas. Nunca había visto ropajes de hombres y animales tan bellos…
Pero de entre el puñado de hombres, había uno que sobresalía entre los demás. No era el mas alto, pero si el más hermoso. El más rico en sus vestiduras. El más elegante en sus movimientos. Con la cabeza cubierta, barba negra en punta, bien cuidada, fajín verde esmeralda brillante, ceñía una espada Jineta del tahalí con funda de cuero repujada con cordobanes

–¡¡Señor!!– Dijo uno de ellos y señaló con un gesto de cabeza a la jovencita asustada que se asía al enrejado.
–¡Vaya! ¿Qué tenemos aquí?—Dijo el señor, mientras esbozaba una dulce sonrisa.–¿Por qué no has salido huyendo como las demás?
La muchacha los miraba a todos con los ojos tan abiertos que se les escaparían de las orbitas en cualquier momento…

– ¿No tienes miedo? ¿O es que no puedes correr?—Le preguntó, mientras con una vareta de olivo le levantaba un poco las enaguas para ver sus pies.
–¡No señor! – Gritó con carácter mientras hacia ademanes para bajarse con desesperación la pasamanería.–¡Yo no he huido por que no os tengo miedo!–
–¡Jajaja!, ¡Eso esta bien! Por que no tienes nada que temer—Sonrió dulcemente–¡No nos comemos a la niñas!
Miró a su alrededor, y se refresco la frente con un poco de agua.
–¿Vives por aquí? –
–Sí señor, soy del pueblo, ¡¡Pero sabed que soy cristiana!!—Gritó envalentada.
– ya, ya veo que es así—Y volvió a sonreír mientras miraba los dedos blancos de la joven, de tanto apretar el hierro –Pues yo, ya ves que no lo soy, Alah, el magnánimo es mi guía.
–¡Pues sabed que no permitiré que rompáis mi Virgen!— Volvió a gritar
Todos rieron a carcajadas. Habían oído ya tantas cosas sobre ellos…
– Nosotros también respetamos a Maria, la madre del profeta Jesús aunque no comprendo vuestro apego y devoción a las imágenes, soy capaz de ver el talento del que la esculpió en la dura madera de olivo.
La muchacha soltó por fin la reja, se sentía más segura. El señor se acercó, y se inclinó sobre ella, clavándole su mirada mientras le acariciaba el cabello negro.
– Eres muy bonita y valiente. ¿Cómo te llamas?
–Me llamo Teresa, y soy la hija del panadero del pueblo—Respondió cada vez más tranquila
–Pan y aceite, buena casa, mientras no falte. –
Suspiró y miró a su alrededor, la vista se le perdía en horizonte y no había mas que olivos….Ellos estaba a la sombra de uno.

– ¡Viejos olivos! ¡¿Cuántas historias guardan los anillos de sus troncos retorcidos?! Sin duda muchos de ellos los plantaron mis antepasados, y probablemente muchos son los hijos de ellos… ¿Cuánto dura la generación de un olivo? ¿Cuánto tiempo necesita un joven garrote para dar su fruto? ¡Mirad este de aquí! Ya tiene sus primeras flores, este otoño ya tendrá cosecha, y unas manos jóvenes como las tuyas ordeñaran sus ramas. Por que los olivos se ordeñan, y el aceite es la leche de los terruños… y apenas habrá enraizado hace unos 7 años, pero ya es de esta tierra. Ya es del puñado de tierra que lo sostiene.
Aquí, en esta tierra, hemos enterrado a nuestros padres, y a los padres de estos y estos a los suyos. Hemos enraizados durante siglos. Hemos cuidado de estos campos y hemos recogido sus cosechas…
Mas de 23 generaciones de padres e hijos, mas de 700 años desde que llegara el joven Omeya desde Damasco y aun nos llaman extranjeros, ¡Invasores! … pero los invasores destruyen, aniquilan, y derriban… y sin embargo nosotros construimos, aportamos, respetamos, aprendimos y enseñamos…
¡¡Infieles!! Nos llaman, si no hace tanto tiempo que compartimos el mismo templo para nuestros rezos y alabanzas…el mismo Padre nuestro…–Y miró al Este, buscando la Alquibla, pero sólo vio olivos…
Teresa le escuchaba y le seguía la mirada boquiabierta.

–¡Señor!—interrumpió unos de sus hombres– ¡señor! Si no continuamos ya, no llegaremos con luz a Benamejí
– Sí, es cierto, Aben, ¡marchémonos ya!
Se inclinó sobre la muchacha y acarició dulcemente su joven y bello rostro.
–Adiós Teresa. Vuelve al pueblo y diles a tus amigas que los moros somos iguales que los demás hombres, que no nos comemos a nadie, que antes que vosotros, nosotros enraizamos Al-andalus.

Le dio un beso en la frente y se alejó en busca de su caballo.
– ¡Señor! –Irrumpió la joven– Yo os he dicho mi nombre, pero vuesa merced no me ha dicho el suyo.
Sin volverse a mirarla le respondió.
– Los míos me llaman el Zogoibi, el desdichado.
–¡¿el desdichado?!¿Por qué os llaman así? Sois un hombre rico, sabio con muchos hombres a vuestro servicio. ¿Por qué sois desdichado?
Se acercó a su caballo. Agarró las bridas y dio el impulso para montar a horcajadas sobre su lomo
–Por que soy el rey…
–¡¿Señor?! – interrumpió sorprendida
Él la miró a los ojos desde arriba de su montura
–Soy Abú Abdalá, el Boabdil y hoy he sabido que seré el último rey de Andalucía

Nadie sabe de nuestra historia, si no ha escuchado el viento entre las ramas jóvenes de un olivo viejo.
Nadie sabe lo que es la riqueza, si no ha probado el oro verde de la aceituna…

Podrovnik

Son las 23:00 hora local, en la azotea del palacio Karla Podrovnik, sito en el centro de Varsovia, en el 5 de la avenida Kopernika, cuatro de los integrantes de nuestro quinteto de asalto nos disponemos a penetrar por el tragaluz central de lo que antíguamente era el centro de reuniones del alto mando soviético en Polonia.
Ahora, ésta gran mole, desde la cual se pueden ver los más importantes edificios estatales, pertenece a una de las facciones más importantes del usufructo de Kiev, la mafia Ukraniana.
Todo empezó cuando, ya constituido nuestro grupo de trabajo y tras unos cuantos golpes de éxito a pequeños capitales particulares, Marta Petrova, “contratista” del cártel en cuestión, nos hizo llamar para un, según ella, suculento encargo.
Me hicieron acudir a la reunión en el Podrovnik, con todo lo necesario para parecer que me disponía a arreglar algún problema informático de redes en el edificio, para no levantar sospechas. Esto fue, al final, toda una suerte puesto que así estreché lazos con mi posterior genial colaborador Jaznik, quien en ese momento me pertrechó de todo lo necesario para la ocasión, por un módico precio, y sin hacer preguntas.

El plan era sencillo, y como dijeron, pintaba suculento, muy suculento.

En plena transición al euro, los compradores del centro comercial del puerto de Riga, pagarían todo en metálico en las últimas compras de Nochebuena, y puesto que caía en sábado, el dinero se quedaría en la misma caja fuerte del centro hasta el Lunes, a cargo de la empresa de seguridad que poseía una importante sede en la macrosuperficie; incluso, putualizaron que si éramos espabilados, podríamos llevarnos todo lo que hubiera en los comercios subalternos. Ellos sólo exigían la mitad de lo que hubiera en la caja fuerte principal, en el sótano.

Siempre hice caso a mis corazonadas, y un amargo nudo en el estómago fue creciendo en mi interior cuando aquel enorme calvo trajeado, quien más tarde supe que era Hanus Novytarg -gracioso nombre; nuevo mercado, literalmente-, desde el otro lado de la gran mesa de nogal, con su traje italiano y su puro cubano, exclamó: “Veremos ahora de lo que sois capaces tu grupo, tú, y tu amiga la gordita, …¡já!”, tras lo cual cruzó una extraña mirada con Marta, sentada en un sillón cerca de la ventana.

En principio todo el mundo estaba entusiasmado, y me preguntaban por qué tenía yo aquella cara tan larga. Incluso nuestro nuevo fichaje Jaznik, necesario y muy valioso, se integró perfectamente en el equipo y trabajando con ahínco y en completo equilibrio con los demás, hacía bromas de lo fácil que podría resultar aquel golpe, y que además, al fin y a cabo, desplumaríamos a una gran empresa, propiedad de otro mafioso Letón, y casi todo sería dinero ilícito sin declarar.

El tal Hanus, uno de los malditos jefes de la organización, y Marta, nos facilitaron toda una serie de planos, los horarios de las guardias, e incluso los nombres y direcciones de los agentes de seguridad y las patrullas nocturnas de la policía. Demasiado fácil.

Los atenienses Kristos y Elena, atléticos, y muy eficaces, constituirían mi grupo de apoyo in situ, Hana se pondría a los aparatos de escucha, Jaznik se dedicaría a lo suyo y el control visual térmico de la superficie.

Aquello era coser y cantar: entrar por la ventilación, llegar al sótano 6 y forzar la caja fuerte después de reducir a los guardias de la cámara anterior,…Escaparíamos con el botín en uno de los coches de seguridad.
Cuando ya tenía a los guardias durmiendo como corderitos, me comunicaron a gritos que saliese de ahí a toda prisa. Todo fue cuestión de segundos, Kristos acudió en mi ayuda,… yo les grité que escapasen.

Para Kristos y para mí, la aventura terminó al estrellarnos contra la verja del párking, que Jaznik debería haber abierto para facilitarnos la huída. Con varias costillas rotas y una contusión cerebral Jaznik, y yo con la nariz, costillas y clavícula fracturadas, comenzó nuestro suplicio en las comisarías y cárceles de un país en el que no nos habíamos criado.

Según las noticias, nos apresaron cuando tratábamos de forzar la segunda caja fuerte del megacomercio. La otra, sí, otra, en pleno centro de la oficina de seguridad, fue arrasada con un dumper de ochenta toneladas y los guardias fueron masacrados al paso de la devastadora mole …la otra mitad del equipo de asalto se encontraba en paradero desconocido con un botín posiblemente cercano al medio millón de euros, una miseria.

Los cargos eran abrumadores, claro que las pruebas que nos implicasen directamente, escasas, …lo peor, la pertenencia a banda de malhechores, armada, y complicidad en el asesinato de dos guardias de seguridad.

Aquellos años que pasé en las frías celdas de castigo, todas aquellas palizas, las vejaciones, la dura y difícil, valga la redundancia, diatriba de escapar de los ardides de los subgrupos de prisión y mi silencio,…mi silencio, debería yo cobrarlo con creces. En todo ese tiempo aun en aquellas inmundas y difíciles condiciones, uno tiene mucho, pero que mucho tiempo para pensar, y también se aprenden más de un par de cosillas interesantes, no sólo a sobrevivir.

Así que el rencor, la suerte y las buenas costumbres de la gente han hecho que ésta noche nos encontremos apunto de asaltar uno de los mayores depósitos de capital mafioso de Europa.

Jaznik nos da paso libre, soltamos las bombas de niebla infrarroja, Hana no necesita ver, élla nos guiará, el resto de dispositivos electrónicos pueden impedirse desde el ordenador de nuestro amigo, verdadero genio de la informática.
Bajamos por la cuerda diez metros, Hana coloca una tirolina directa hacia el pasillo central del último piso, las máscaras son un engorro pero el gas, además de no dejar ver, es tóxico por inhalación. Hana no necesita ver.

Lo único que ven los vigilantes, lo único que miran los jefes mafiosos, lo único que escuchan, es el partido que acaba de comenzar en Lisboa, la gran final del Dinamo Kiev, contra el Spartak de Moscú,…insólito.
La suerte; no podía ser más propicia, …el fútbol no falla para éstas cosas. Tenemos más de media hora para profanar éste santuario de corrupción. Hanus y su gentuza son gente de costumbres, él tiene un sitio privilegiado en el palco, ellos en el casino central de Varsovia.

Llegados a éste punto no tenemos más que forzar el gigantesco portón del despacho del gran hombre, una vez dentro puentearemos el sistema de infrarrojos y podremos ver tras los veinte minutos que tardará la niebla en depositarse en el suelo de mármol, para escapar cargados con nuestras bolsas llenas de sueños y promesas violetas,…billetes de quinientos euros marcados de difícil puesta en circulación.

Hana nos abre paso hacia la tenue luz del despacho en el que ya me encuentro por tercera vez. Ésta vez no recibiré un premio de consolación y una palmada en la espalda con sabor a amenaza en recompensa por mi silencio, ésta vez me acerco al ventanal desde donde la Petrova observara los cisnes sobrevolar el Vístula bajo los puentes, ésta vez respiro tranquilo saboreando el caramelo que me ofrece la voz de Jaznik que me indica por radio que tenemos vía libre, que sus sistemas han funcionado,que no se activó la alarma. Saboreando el dulzor de la voz de Elena indicándome que ha puenteado los infras, sintiendo el éxtasis de escuchar, de observar a Kristos y Hana,trabajar para abrir la pesada puerta de la vieja obra de arte que encierra nuestra venganza, la gatera por la que, si jugamos bien nuestras cartas, nos escapaemos hacia un mundo sin preocupaciones, llena de los amigos que proporciona la generosidad.

Salimos por donde entramos, como auténticos trapecistas,…justo cuando voy a cerrar el ventanuco de la cúpula por donde entramos, se escucha el estruendoso júbilo con su eco subir por el hueco abalconado del patio interior del fastuoso palacio. El Dinamo ha debido marcar,… dejo caer el cristal con su pesado marco dejando atrás el territorio ucraniano a mis espaldas.

Descendemos por la pared sureste , montamos en la potente furgoneta, y salimos zumbando en dirección al otro lado del río. Jaznik está entusiasmado, comenta el partido con detalle, el gol del delantero Andriy Sevchenko, su jugador favorito,…como él es ucraniano. No se cómo lo hace, prestar atención al partido, mientras nos mete y nos saca de un agujero de ratas, creo que si llegamos a saberlo, le habríamos pegado un tiro, sólo por proponerlo.

Ahora, más despacio bajamos enfilando hacia el puente por la avenida 3 de Mayo, luego volveremos otra vez hacia la avenida Juan Pablo segundo, pasaremos cerquita del casino,… es hora de ponerse los trajes de fiesta.

- Has estado fantástica, Hana!-le digo acercándome para besarla, ella me responde con una sonrisa.
-No podemos decir lo mismo de tí- dice Kristos, a quien miro con desconcierto.-Si se llega a romper el cristal estamos perdidos, …¡¿En que estabas pensando, joder?!
-Bueno, tranquilízate Kistos, además el plan era suyo, y si llega a haber alguien, él es el más capacitado para,…-lo apacigua Hana.
-Eh, venga, todos hemos estado cojonudos.-dice Elena serena, casi sin acento.
-Ok,Kuba, ya estás vestido, ahora repasa lo que ha pasado en el partido, atentamente, no podremos retener lo que nos ha dicho Matrix igual que si lo vemos.-Kristos en plan profesional.
-Pero qué mas dará, -dice Matrix, Jaznik, divertido- ¡No se sabe ningún jugador!, jajajaajajaja!

Tras un paso a cámara rápida del partido y comentar lo más importante en lento y ver las repeticiones, cruzamos el río de vuelta, en dirección al casino, y la casa de Kristos. Nadie sabe nada de Matrix, pero saben que los demás estamos casi siempre juntos,…hoy no iba a ser menos.

-Bueno campeón, sabes una cosa, que yo bajé a salvarte el culo a aquel sótano de mierda, ..ahora sálvanos tú.-me dice Kristos nariz con nariz metiendome unos cuantos fajos en la americana.
-Mira, precioso, lo nuestro ha terminado, mamón!-me sujeta Hana la cara con una mano, y me suelta un bofetón con la otra.
Elena me riega con champán-¡Feliz viaje!-y abren la puerta de la furgoneta, no me da tiempo y caigo mal de la misma.

Con el traje más roto de la cuenta, demasiado cerca del casino, me incorporo dolorido, asustado.
Mejor me guardo bien el fajo, los cuatro fajos de billetes, y me dirijo a algún bar de la zona a terminar de ver el partido y emborracharme, una paliza más no me hará gran cosa.
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Aquella taberna con el olor de la manteca pegada en los ladrillos de las paredes y en la oscura madera de barra sillas y mesas era perfecto. Cuatro parroquianos encaramados a la barra , como sujetos a sus cervezas miraban el partido entre insultos y risas con el hombre que detrás de la barra sacaba brillo a un gran baso de cristal. Parados vueltos de las minas de Katowice, según su aspecto. El mayor y más viejo gritaba al de la barra que debía animar a los ucranianos, ya que habían sufrido el yugo ruso igual que nosotros, …el sudoroso y carnoso barman esgrimía que los ucranianos eran los responsables de que las minas de Katowice cerraran.
Ninguno se percató de mi presencia hasta que dejándome caer en una silla cercana, dí un sonoro golpe en la mesa correspondiente con el brazo.

-¡Salud hombre!Dígame con quien va, con los ucranianos o los moscovitas-dijo afable pero inquisitivo el grandullón.
-Déjalo Piotrek, dígame usted que quiere beber-dijo el barman-no ves que está hecho polvo?
-Cerveza, y vodka, las rusas son unas zorras, …especialmente si son ciegas!-contesté gritado, dolido.
-Claro que si hombre, a ver si marca el Dinamo, eh?-otro parroquiano.
-¡Puto fútbol de mierda!-respondí.
-Tenga hombre, beba, beba-me trajo el barman una buena cerveza y un baso grande de chupito con vodka y unos frutos secos.

El partido siguió sin más incidentes que la discusión de las minas y los gobiernos interrumpida por los ánimos de cada hinchada por cuando le correspondía, …yo mientras tanto ya había dado cuenta de cinco cervezas y otros tantos vodkas, …el primer platito de kikos seguía en su sitio, lleno.
Una vez más la ruleta de la fortuna volvió a girar, y quiso que el árbitro desacertara pitando un penalti que no era en favor del Dinamo encendiendo el ambiente a menos de 5 minutos del final. Los ánimos se caldearon, ..y más aún cuando se convirtió la falta. Despacio, me acerqué hacia los hombres que me daban la espalda desde la barra, que gritaban efusivamente y con aspavientos. Lo necesitaba,…agarrando del hombro al grandullón le dí la vuelta y le solté un potente derechazo haciendo que cayese a los pies de la grasienta barra. A continuación casi me abandoné a mi destino, soltando un gancho aquí y allá sin tratar del todo de atinar,..de todos modos, aquellos tipos eran duros de veras.

Sobre un charco de sangre que fluyó de mis labios y nariz, vi como me quitaban los cien euros que llevaba en la cartera. Me incorporé y dirigí tambaleándome hacia la calle del río, para rodear la esquina de la ferretería y subir calle arriba, hacia el casino.

Algunos jubilados salían ya con sus perros a darles el paseo de después del partido, me miraron con desdén , el uno bajo el ala de su gorra de lana, el otro por encima de su bigote, los dos se saludaron y fueron juntos hacia el banco bajo un gran tilo comentando algo de la juventud de ahora.

Ahí salían contentos los gorilas por la puerta principal del casino, con las mujeres embutidas en minitrajes y largas botas de cuero, sus abrigos de piel en pleno verano. Una arcada, dos, … diez pasos más, …a ese traje gris de Armani le vomité encima, ..el codo derecho duro, del traje, se manchó con mi cara de roja sangre. Una señal, un chasquido de dedos. Dos hombres se me acercaron y de un empujón me tiraron bajo los contenedores del otro lado de la calle.

Cuando cierta gente se dio cuenta de que en los supermercados letones algún imbécil había estado comprando grandes cantidades de comida que luego levaba a los horfanatos, con un dinero robado hacía unos años a sus propios dueños…cuando se dieron cuenta que alguien compraba cantidades ingentes de plantas para llenar las pobres vidas de las pobres y viejas casas de los distritos más desfavorecidos, …¡Con los billetes marcados que les habían sustraído la noche de la gran final!…empezaron a preguntar, ..y no tardaron en dar con el subnormal que se había quedado en Varsvia tras semejante hazaña. Fue una suerte que los primeros en encontrarme fueran los hombres de Hanus, y no los lituanos.

Mi historia bajo gran dolor y amenazas no pudo ser otra que la verdad.

El dinero en cuestión estaba en mi cuchitril de las afueras, ..alguien me lo tiró encima cuando, yo borracho, casi me atropella con su gran mercedes con matrícula letona. Aquel hombre me señaló con el dedo delante de sus labios que callase.Yo me los metí en los pantalones, doscientos mil euros!!! Pero me acababa de dejar mi novia, mi querida novia Hana, justo después del gol de Ukraina,…le dio por ahí, dijo que se iba al mediterráneo con sus amigos griegos, que estaba harta de mis borracheras absurdas, ..si ni siquiera me gustaba el fútbol!

Así que me dió por aumentar mi borrachera,…quería ver el final del partido. Los del bar confirmaron el final de mi historia, sus gorilas también, …lo mismo hicieron floristas, tenderos, agraciados, y agraciadas.

-Eres imbécil, además toda tu desgracia es esa mujer,…deberías elegir mejor.-me dijo Marta con desprecio.
-Que te hace pensar, Sra. Petrova, que tú eres mejor que ella-contesté entrecortado por el dolor.
-A la vista está-contestó ella.
-No todo lo que importa se vé, guapa.
-Lo dicho, eres imbécil.
-No tanto, acabo de acordarme de la matrícula, …creo que es letona.
-Escupe, maldito polaco!
-Boris, lávalo y suéltalo en los pantanos, no quiero volver a verte Kuba, si te veo haré que te maten.-zanjó Hanus la entrevista.

Todas las cosas tienen consecuencias en la vida,…las palizas que me dieron esos cerdos me han limitado en un treinta porciento la audición, y mi mano izquierda ya no es la misma,…Hana es ahora mis oídos y yo su vista, en los países donde no recuerdan nuestras caras, donde necesitan los sueños de color violeta y saben agradecerlos.

Cincuenta Piezas

Ella era poliédrica y él caleidoscópico: encajaron a la perfección.
Sus ojos eran subrayados fluorescentes en color verde enredadera; allí quedaron prendidas cada una de sus vísceras, incluido el corazón.
Nadie fue capaz de arrancarlo: el anclaje era obstinado y su solidez rotunda.
Las historias sencillas merecen final feliz.
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RELATO BUSCA FOTO

Hoy os proponemos una votación para escoger una foto para un relato.

Las dos fotos propuestas son las siguientes:

¿Cuál de ellas te gusta más para este relato?

NO TE ASUSTES, POR FAVOR, MANTÉN LA CALMA

            Si eres el primero en leer esta carta no te asustes. Ya sé que estoy de cuerpo presente y que hace muchos años que no ves un muerto, pero por favor, mantén la calma. Avisa a las autoridades y que ellas procedan a hacer lo que crean conveniente, sólo espero y deseo que hayan pasado más de 48 horas de mi muerte.

              Es a ti, estimado lector y descubridor de mi cuerpo inerte, a quien quiero dar las correspondientes explicaciones como compensación por el susto que te acabo de dar.

              El principal motivo de mi suicidio no es otro que mi hartazgo por esta vida y la gran losa que representa el pensar que voy a vivir para siempre. Sé que la mayoría de las personas estáis encantados con los avances científicos, en especial aquellos que son los acusantes de que llevemos cincuenta años sin una sola perdida humana en todo el planeta. La posibilidad de la autoregeneración mediante el  autotrasplante de células madre de cualquier órgano o tejido, juntamente con la posibilidad de reactivar cualquier órgano tras 48 horas de su paro, nos ha llevado hasta la muerte de la muerte.

              Pero yo, a mis 125 años,  me he cansado de vivir y no quiero seguir por más tiempo en este mundo.  Aquí, estimado lector, a quien ves tumbado sin pulso con siglo y cuarto sobre  sus espaldas, encontrándome en plenas facultades físicas y mentales, además podría decirse sin miedo a faltar a la verdad que en mejores facultades que cuando tenía 70 años, voy a resucitar a la muerte. No sé que efectos va a provocar en vosotros, que miedos o que fantasmas va a desenterrar, pero eso ya poco me preocupa.

              Espero que mi muerte os dé consciencia de la existencia de la parca, y os haga pensar en el  poco sentido que tiene la vida eterna. Estoy seguro que me tachareis de egoísta, vosotros, que no permitís más nacimientos. Vosotros, que estáis viviendo la vida de vuestros nietos y como vampiros chupáis la sangre de las futuras generaciones.  Precisamente vosotros, diréis que soy egoísta además de cobarde.

              Ciertamente, buscareis motivos en mi biografía y haberlos haylos.  Sí, el hecho de que yo perdiera a mi esposa antes de la revolución genética tiene mucho que ver, nunca me acostumbré a vivir sin ella. Es más, nunca he querido vivir sin ella y sin embargo mi cobardía ha hecho que la sobreviva casi otra vida entera. Pero que más da cuales sean mis verdaderos motivos, que más da qué es lo que me ha llevado a despertar a la muerte. Lo verdaderamente importante es que no quiero seguir aquí.

              Estimado amigo, solo una última cosa. A mi ya poco me importa la trascendencia de mi muerte, ni tan siquiera me preocupa la trascendencia de mi vida. Poco me importa lo que a partir de ahora ocurra, pero te dejo en herencia la responsabilidad de su repercusión. Las autoridades esconderán mi muerte, no la contabilizarán, así que tú eres el depositario de hacer que mi acto sea el detonante de que el hombre vuelva a ser hombre. Ahora tú conoces el secreto de cómo saltarse los controles del estoy-vivo que nos obligan a llevar las autoridades. En ti reside que des a conocer como me he suicidado para que mi muerte dé esperanzas a otras personas. No sé quien eres, desconozco que piensas, solo sé que viniendo a morir a este lugar esta vez soy yo quien juega a los dados con la humanidad.

              Suerte, y disculpa todas las molestias  que te voy a ocasionar.

 

 

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UNA SIMPLE HISTORIA DE AMOR (Pablo y Magda)

UNA SIMPLE HISTORIA DE AMOR (Pablo y Magda)

 

Pablo amaba a Magda.

 

Se habían conocido por casualidad en la calle cuando ella tropezó llevando aquellos zapatos de tacón alto. Su tobillo se torció y Pablo la ayudó a levantarse y amablemente la llevó a un hospital cercano donde le diagnosticaron una leve torcedura de pronta recuperación. Enseguida hubo un intercambio de miradas que afectó al pequeño Cupido que todos llevamos dentro y el flechazo fue inevitable. Al cabo de unos días ya paseaban juntos y se intercambiaban mensajes vía SMS durante las horas de trabajo. Luego llegaron los apasionados besos a la luz de la luna, las dulces palabras de amor y las sutiles caricias de pasión sin llegar a más por respeto o tal vez por pudor. Sólo deseaban estar el uno al lado del otro en todo momento sin importarles el resto de la humanidad.

 

Con el tiempo Pablo empezó a proponerle una relación más íntima, pero Magda siempre derivaba la conversación hacia otros derroteros, cosa que exasperaba a Pablo. No obstante su amor hacia ella era tan intenso que lo aceptaba como un mal menor. Pensaba que Magda no era como cualquier chica y que seguramente quería estar convencida de sus sentimientos antes de dar un paso adelante. Tiempo habría para demostrarle que la cosa iba en serio.

 

Magda era una auténtica belleza, y más a los ojos de Pablo. Su pelo color pajizo, sus ojos azules y sus carnosos labios daban buena fe de ello. De mediana estatura y cuerpo esbelto, con pechos bien contornados y porte elegante, era la chica ideal con la que siempre había soñado. Por su parte, Pablo era un chico de complexión atlética, con un rostro de facciones duras aunque agradables, tez morena y saludable y unos grandes ojos de negro intenso que hechizaban a Magda. Podía decirse que cuando estaban juntos eran el vivo retrato de la pareja perfecta.

 

La pasión que sentía Pablo por Magda le ocasionaba una excitación difícil de contener y aunque los besos y caricias que le propiciaba eran recibidos por ella con sensual ternura, él ansiaba más. Acariciar su pelo, degustar de su boca y el suave tacto de sus pechos era el néctar de los dioses, más cuando intentaba ir más allá, ella con sutileza le hacía desistir ofreciéndole sus manos y su boca para que él se sintiera en el paraíso hasta llegar al éxtasis final del orgasmo. Luego Pablo insistía con amor en devolverle el regalo, pero ella siempre se negaba con una pícara sonrisa de felicidad en su boca. Parecía como si Magda se sintiera satisfecha sólo con verle a su lado, relajado de nuevo.

 

 

Lo que Pablo en un principio interpretaba como un acto de moralidad extrema, se fue convirtiendo en obsesión. No se sentiría nunca completamente dichoso del todo si ella no aceptaba estar en las mismas condiciones de placer, gozando tanto como él, por lo que decidió proponerle una prueba de su amor. Se dijo a sí mismo que fuese cual fuese la decisión de Magda, seguiría siendo su chica. No concebía un mundo sin ella.

 

Magda amaba a Pablo.

 

Desde el primer día supo que aquel apuesto joven era el hombre de su vida. Sabía de su infancia, de su trabajo, de sus amores de adolescente. Él se lo había contado todo durante aquellos felices meses en que lo único que le importaba era estar a su lado y le preocupaba que su amor pudiera terminar algún día y de que había muchas posibilidades de que eso ocurriera. No podría resistirlo. Estar lejos de Pablo sería morir en vida y precisamente esa amarga sensación la consumía por dentro cada vez que él le proponía una relación más íntima. Una relación de pareja estable con todas sus consecuencias.  

 

Pablo le había insistido y a pesar de sus reticencias, sabía que aquello sería inevitable. No podía ocultar por más tiempo la pasión que sentía por él y era consciente de que su relación peligraba, aunque también se sentía inmersa en un pozo de dudas pensando si precisamente una vez cumplidos sus deseos, aquello se terminaría con una desilusión que acabaría poniendo fin a todo lo que ahora tenía y que jamás tuvo. La idea la horrorizaba a tal extremo que no la podía dejar dormir por la noche, pero…¿qué otra opción le quedaba?

 

Al final accedió a sus deseos y para preservar la intimidad, le propuso ir a su casa. Pablo se sentía feliz y excitado. Magda temblaba y se preguntaba si aquello no sería la antesala del final de su relación.

 

El apartamento de Magda era pequeño, con austera decoración aunque con gusto refinado. Nada más entrar, Pablo empezó a besar a Magda apasionadamente. No podía reprimir su excitación y el mero hecho de saber que por fin Magda se iba a entregar a él en cuerpo y alma, le hacía sentir dichoso. Sin embargo Magda reaccionó de una manera un tanto sorprendente. De forma delicada lo apartó con ambas manos renunciando así a aquellos besos y caricias que tanto le gustaban, al tiempo que lo empujaba en dirección al sofá que presidía aquella estancia, hasta que Pablo no tuvo más remedio que sentarse a la espera de sus misteriosas intenciones.

 

Magda empezó a quitarse la ropa ante los atónitos ojos de Pablo. Su frágil cuerpo fue adquiriendo forma a medida que las prendas iban cayendo al suelo, hasta que no quedó absolutamente nada por quitar, quedándose desnuda por completo. La suerte estaba echada.

 

Pablo amaba a Magda.

 

La desnudez de Magda no hizo más que aumentar su deseo. El amor que sentía era inconmensurable y observando su ruborizado rostro, ahora oculto por ambas manos, pensó que su amada se lo estaba pasando mal.

Se levantó del sofá y se dirigió hacia ella. Magda seguía temblando.

Pablo no dijo nada, pero sus manos hablaron por él. Delicadamente acercó su rostro al de Magda que estaba llorando y empezó a besarle las lágrimas que le caían abundantemente por sus mejillas. Luego le besó los labios y el cuello mientras acariciaba sus hombros hasta bajar a aquellos pechos que tantas sensaciones de pasión le proporcionaban. Magda seguía temblando, aunque el miedo empezara a diluirse para transformarse en excitación. Deseaba con todas sus fuerzas que aquello no terminara nunca, sin embargo Pablo siguió convencido de que aquello era la antesala de su futura felicidad. La quería incondicionalmente y aquel era el mejor momento para demostrárselo.

Siguió descendiendo por su cuerpo y depositando sus ardientes besos en vientre, ombligo y caderas hasta situarse frente al tan ansiado sexo de su amada que le había sido vetado hasta aquel momento.

 

Sólo aquel pequeño apartamento fue testigo del amor que se desprendía de aquella hermosa pareja. Pablo había encontrado a la mujer de su vida y nada ni nadie los podría separar nunca. Eso pensaba cuando empezó a besar delicada, sutil y deliciosamente el pene de Magda.

 

 

 

 

 

 

 

LA CASTAÑERA

Otoño

Noviembre, pálido y triste mes. La luz se pierde en un anochecer prematuro recordándonos el oscuro invierno que nos queda por delante.

Paseo por la avenida de los madroños y mi alma se impregna de la nostalgia de la estación. Otoño, marrón-rojizo que tiñe mi alma de una desapacible melancolía. Otoño, marrón-rojizo coloreado por las hojas que lentamente van cayendo de los árboles cubriendo el suelo de una alfombra de esa tonalidad.

El crujido de las hojas secas bajo mis pies se me figura el quejido de los árboles, suspirando por esas partes de si mismos que van perdiendo.

Salgo presurosa del parque, quiero huir de la cruel tristeza que invade mi alma. Y allí, frente a la gran verja de hierro me topo con ella, fiel a la cita de todos los años. Allí con su saco de castañas, su fogón y su toldo de raída lona. Me mira con sus ojillos penetrantes y me dedica una cálida sonrisa.

- ¡Señorita! ¿Quiere unas castañas asadas? Son muy buenas me las traen cada año del Bierzo, le harán entrar en calor. El invierno ya está cerca. -Sus arrugados dedos sobresalen de unos viejos mitones mientras remueve con la rasera un puñado de hermosas castañas que se van abriendo al calor del brasero.

Me acerco al humilde puestecillo y compro un cucurucho de esos sabrosos frutos. Mi nariz se impregna del exquisito aroma que va penetrando en mi interior.

Lentamente me alejo del puesto aferrando el cucurucho con las dos manos, sintiendo como el calor va penetrando dentro de mi cuerpo. Vuelvo la cabeza y sonrío a la anciana que sigue firme en su puesto ofreciendo su mercancía con alegría, ajena a esa sombra marrón-rojiza que nos envuelve.

¡Ojala! vuelva el próximo otoño para inundarme con su calor e iluminar otro triste noviembre, mientras las hojas secas marrones-rojizas caen lentamente desnudando los viejos árboles del parque

FIN

FOTO-RETO RELATO V: El olivo centenario

olivo centenario

Mares de olivos, océanos de olivares que se pierden en el horizonte…

FOTO-RETO RELATO Lanzado por Yuka, la fotografía y la frase inicial de los relatos son suyas.

CONVIVENCIA

Ayer lo hice por fin, me decidí a dejarlo.
No lo soportaba mas, me sentía atada y a la vez culpable.
Se que la culpa no ha sido de él, es cariñoso, atento…, pero su constante demanda de atención me exasperaba.
Lo nuestro fué lo que se dice un flechazo, reconozco que fuí yo la que quiso traerlo a casa, pero soy demasiado independiente quizá para la convivencia tan estrecha que él me pedía; eso de que me siguiera a todas partes por la casa, el no poder quedar con mis amigos hasta tarde, cumplir horarios casi fijos, su mirada triste si me retrasaba o si le gritaba cuando me interrumpía si estaba ocupada.
Tal vez no estoy preparada para todo eso, acompañarlo al médico, no poder sentarme en el sofá sin que se empeñara en echarse él también, ¿no tenía su sillón?, ¿porqué ese empeño en estar siempre encima?, me empalaga, si, esa es la palabra, empalague.
También reconozco que a ratos me ha hecho mucha compañía, que me ha consolado cuando me ha dado la llantina esa tonta que me da de vez en cuando.
Seguramente pensareis que soy una egoísta sin sentimientos, probablemente teneis razón, pero precisamente por eso, porque considero que él necesita a alguien que de verdad sea capaz de quererle y cuidarle como merece, lo dejo.
Mejor así, mejor ahora que aún está a tiempo de encontrar a una persona que le de lo que yo no soy capaz de darle.

Está claro, no sirvo para tener perro.
Tal vez pruebe con un gatito, son mas independientes….

Ya no está el arpón

báltico

Me llamo George Macallan y sé cuál es el sentido de la vida, pero eso se lo contaré más tarde. Nací en el condado de Berkshire, en una granja pequeña e ineficiente. Mi primer recuerdo de este mundo es el grito que dio mi padre cuando me vio por primera vez. Algo así como fuckin’ shit. Todavía percibo el énfasis en la efe y en la te.
Mis padres eran profundamente religiosos. Practicaban una variante local de calvinismo. Hasta los dieciséis años viví en un cilindro de vidrio de 180 centímetros de altura y unos 70 de diámetro. Me alimentaban por esporas. Eso podría explicar mi tendencia a la seborrea. Un orificio mínimo sobre mi cabeza me ayudaba en el suministro de oxígeno.
Mi primer contacto con las letras fue a los ocho años. Tía Margaret solía sentarse a varios metros del cilindro y fingía leer pasajes del Digesto de Justiniano. Mi latín nunca fue muy bueno y me consta que mi tía no sabía leer.
Mayor provecho obtuve con el Berkshire Morning. Tía Margaret sujetaba pacientemente cada ejemplar ante mis ojos e iba pasando las páginas cada cinco segundos. Ese fue mi primer contacto con la lectura rápida.
Yo sentía un enorme interés por las páginas de internacional. Después supe que “internacional” para el Berkshire Morning eran los demás condados de Inglaterra. En la granja interesaba sobre todo la sección de actualidad local: las carreras de orugas, la geopolítica euroasiática y las peleas de cobras con escorpiones. Por este orden.
Según me contó el abuelo, las peleas de cobras con escorpiones tenían la peculiaridad de que nunca eran auténticas peleas. En un recinto amurallado con sacos de avena se depositaba a los contendientes y al árbitro. Era una profesión muy bien pagada la de árbitro. La cobra siempre se mostraba indiferente ante el escorpión e iba a por el árbitro. A su vez el escorpión se guiaba por el calor… e iba a por el árbitro. Mi abuelo me contó que había un juez externo que velaba por el cumplimiento de las reglas de cada combate. Para este menester apuntaba con una escopeta a cada nuevo árbitro.
Cuando cumplí dieciséis años me retiraron el cilindro de vidrio. Necesité seis meses para aprender a caminar y bastantes más para habituarme a dormir tumbado. Los siguientes fueron unos años oscuros en mi vida. Me encerraron en una especie de estancia cálida, llena de heno, arañas y algún ratón. Aquello se parecía mucho a una cuadra. Valoré enormemente la compañía de Laura Cristina y María Angélica, las vacas lecheras de la granja. Los tres nos llevamos muy bien…
Un atardecer otoñal, poco después de alcanzar mis veintiuna primaveras, supe, por unos berridos, que mis padres habían contraído una gonorrea y un poquito de sífilis. Sus prácticas sexuales siempre fueron un misterio para mí, como también el mundo exterior lo había sido hasta ese atardecer.
Ante la ausencia de mis padres, bajó a darme de comer mi abuela Judith, que se conservaba magníficamente, a pesar de sus 91 años. Con ella venía su madre, Mary Ann, con algunos achaques ya. Ambas desconocían el modo en que se me suministraba la comida y tuvieron la temeridad de abrir la puerta de la estancia. Supe que era mi momento. Mi espíritu aventurero se sobrepuso a mi artritis y salí empujando la puerta y corriendo no sé en qué dirección. Como llevaba cinco años sin ver la luz del día corrí con los ojos cerrados. Desde algún punto indeterminado me alcanzaban los lamentos de Laura Cristina y María Angélica.
Ya dije que la granja era pequeña. Un árbol me ayudó a detener mi trayecto aleatorio. Fue algo impactante. La sangre en la cara me animó a abrir los ojos. Ante mí había un camino de grava que serpenteaba entre otros árboles. Lo seguí a gatas. Avanzaba con lentitud. Ya empezaba a oscurecer. Vislumbré algo similar a una carretera. Eso me recordó una foto que vi un día en el Berkshire Morning. Un señor que levantaba un dedo junto a una carretera para que algún vehículo motorizado se detuviera y lo llevara más rápido por ahí. Yo quise irme más rápido por ahí. No recordaba qué dedo levantaba aquel señor, así que levanté uno de los del medio, para ser equitativo con mis otros seis dedos.
Algo que reconocí como un camión se detuvo. Un señor barbudo, de unos 120 kilos, se bajó apresuradamente. Con la misma premura me cruzó la cara ayudándose de la culata de un rifle de caza. La compasión afloró en su alma. Supongo que mi aspecto habría dado lástima a cualquier forma de vida basada en el carbono. Después de escupirse en las manos, me frotó la cara para quitarme los restos de sangre. La reseca del trompazo contra el árbol y la fresca del culatazo. Me agarró como a un saco de estiércol y me depositó dulcemente en el asiento de copiloto. Dormí varias horas. Al despertar ya había amanecido.
–Comamos algo –dijo. Paró el camión en un descampado. Lo que sucedió entonces todavía perturba mi ánimo. No entraré en detalles. Creo que el camionero tenía un herpes. Todavía me acompañan los picores.
No sé de dónde saqué mis fuerzas, pero recuerdo que lo golpeé con ruido y furia y con temor y temblor…
Corrí no sé cuántos kilómetros hasta dar con un pueblecito. En la plaza del mercado un hombre vociferaba pidiendo voluntarios para tripular un barco ballenero. Mi espíritu de aventura superó a mi temor al agua, elemento que según los griegos (algunos griegos) es un componente básico del cosmos. Mi rechazo cerval de la autofagia como modo de subsistencia acentuó mi valentía. Me alisté como voluntario.
Embarcamos en Fowey. Los meses siguientes los dediqué a aprender las tareas rudas del marino, las maneras rudas del marino y el rechazo a las atenciones rudas del marino.
Aproveché los días de sopor y espera para leer. Leí Love Among the Chickens, de Wodehouse, Le Parnasse satyrique du XVe siècle, de Schwob, un ejemplar destartalado del Doktor Faustus, de Mann y una edición en rústica de la Histoire contemporaine, de Anatole France. Me interesé por la astronomía, la mecánica de fluidos, la física de partículas y sufrí una radionovela española de guión netamente cursi, con actores pomposos y solemnes, dramas vitalicios y vocalización desesperante.
Las diferentes nacionalidades de mis compañeros espolearon mi interés por sus respectivos idiomas. Esos meses me sirvieron para aprender rudimentos de finlandés, húngaro, ruso, francés canadiense y sánscrito.
Una partida de cartas supuso el fin de mi aventura. Habíamos llegado al Báltico, estábamos cansados, apáticos, irritables y semiconscientes. El capitán estaba borracho en la bodega rodeado del afecto de sus marinos predilectos y compartiendo el poco ron que quedaba.
Balfour, Smith, Roskófinsky y Maluhá me acompañaban con los naipes. Todos abandonaron, salvo el ruso y yo. Era todo o nada. Había apostado mi ropa de abrigo. Perdí. Me irrité, protesté, me negué a ceder. Podíamos ver el hielo en los amarres y las junturas. Se había levantado una niebla densa. Salimos a cubierta, dispuestos a rompernos los dientes. Roskófinsky me traicionó. Aunque eso ahora ya no importa. Me arponeó desde tres metros de distancia. En menos de dos segundos fui de popa a proa. Antes de detenerme ya no había mundo a mi alrededor. No sé si estoy muerto aunque sí sé que no estoy vivo. Ya no está el arpón. Veo formas difusas a mi alrededor, en todas direcciones. He caminado durante horas hacia ellas sin alcanzarlas nunca. Parecen siempre a la misma distancia. Desde hace unos minutos, si es que puede hablarse de ‘tiempo’ aquí y de un ‘aquí’, hay una forma negra a unos metros de mí que se acerca muy poco a poco.
Se preguntarán cómo demonios he podido escribir esto si en este no-lugar no hay papelerías. Ni yo mismo lo sé.
Iba a contarles el sentido de la vida, pero no queda ‘tiempo’. Esta cosa negra se está tragando mis piernas. No siento dolor ni temor. Echo de menos el afecto de Laura Cristina y María Angélica, incluso añoro al cilindro de vidrio.
¿Quién habrá ganado la pelea de escorpiones contra cobras de este año?

SILENCIOSO CÓMPLICE

Mares de olivos, océanos de olivares que se pierden en el horizonte…Impasibles al paso del tiempo, en su memoria albergan infinidad de historias ocurridas muchos años atrás, convirtiéndose así en eternos guardianes de secretos jamás desvelados.

Aquel robusto y centenario olivo fue testigo directo de la apasionada e insospechada relación entre los dos jóvenes.
Cada tarde, Antonio y Rosa se citaban bajo la sombra del viejo árbol. Se refugiaban el uno en los brazos del otro, aislándose completamente del mundo, mientras las horas transcurrían con una excesiva rapidez. Cuando la luz del día comenzaba a desaparecer llegaba el triste momento de regresar –por separado- a la realidad de sus vidas.

Antonio era el nuevo profesor de la escuela. Hacía poco más de un año que había llegado a aquel apartado pueblo y su relación con los lugareños era simplemente cordial. No tenía amistades conocidas . Su trato con el alumnado, sin embargo, era excelente. Los niños le querían. El joven era una persona dialogante e infinitamente más próxima que Don Manuel -“El Maestro”-. Su jubilación provocó un gran alborozo entre los más pequeños porque era un hombre arisco y autoritario. A pesar de su dilatada experiencia, este hombre jamás supo comprender que a los niños hay que saber entenderlos, escucharlos, y que la labor de un educador no se basa en el simple adoctrinamiento.

La llegada de este joven de capital, adecuadamente preparado para la docencia, creó una gran expectación -y cierta desconfianza- entre un amplio grupo de personas del pueblo. Las personas mayores eran sus principales detractores ya que seguían anclados en las tradiciones y en el pasado y cualquier soplo de aire fresco resultaba, a priori, cuanto menos, peligroso.

Hacía un par de años que se oyeron, por última vez, replicar las campanas de la iglesia de Santa María anunciando una boda. Aquello fue un auténtico acontecimiento que, aún a día de hoy, se recuerda con cierta nostalgia. Todos los habitantes del pueblo – alrededor de 58, según el censo de la época- fueron invitados al enlace entre Rosa y Don Fulgencio.
Ella era la muchacha más pretendida por los mozos del lugar. Su vida no había sido fácil y quedó huérfana a temprana edad, sola y sin familia directa en el pueblo, fue recogida por unos vecinos sin descendencia que siempre la trataron como a una cenicienta.
Don Fulgencio era un regordete terrateniente, 17 años mayor que la hermosa joven, que gozaba de gran influencia en la región. Entre otras consideraciones que no vienen al caso, porque prácticamente todas las tierras del pueblo y aledaños le pertenecían. Rosa encontró en este hombre su tabla de salvación y la protección que tanto necesitaba, aunque con él jamás conoció el verdadero amor.

Las furtivas citas entre Antonio y Rosa se hicieron cada vez más frecuentes. Al inicio de su relación los encuentros eran esporádicos, fundamentalmente por el temor a ser descubiertos pero, con el paso del tiempo, los amantes fueron perdiendo la prudencia y su irrefrenable pasión fue en aumento. La consecuencia de aquello fue un embarazo, evidentemente, ni buscado ni deseado.

Los meses pasaron y, en el frágil cuerpo de la muchacha, comenzaba a evidenciarse un levísimo aumento de volumen. Don Fulgencio achacó aquello a los cambios alimentarios de su mujer y continuamente le recriminaba cuando se sentaban juntos a la mesa a la hora del almuerzo. Rosa se encontraba sola ante un laberinto al que no veía salida alguna y una tremenda depresión la abrazó mortalmente.

Urdió un plan secreto. El robusto y centenario olivo sería su silencioso cómplice…

Aquel anochecer del 5 de septiembre, poco después de la que sería su última cita con Antonio, una gruesa soga alrededor de su fino cuello la liberó de su desesperación para siempre.

CARONTE

Me llamo Juan y soy enterrador.
Mi padre también lo era, y mi madre era hija de otro.
Vivo en una casa pequeña junto al cementerio de un pueblo grande, y mis paseos siempre son entre panteones, calles de nichos, jardines con jarrones de crisantemos, coronas y cipreses.
Por mi trabajo he tenido que enterrar muchas penas y procuro darle a todos un final digno sea cual fuera su vida.
He aprendido que la Muerte y la Vida son dos partes de una misma persona, el sepelio sólo es el lazo que ata un principio y un final. Desde el mismo día que nacemos comenzamos a morir. Que la Muerte es del mismo color para todos, ricos o pobres, de un lugar o de otro .Que podemos dudar de Dios, de nuestra propia vida o nuestra existencia pero nadie duda de que la Muerte nos alcanzara en algún momento. Podemos tener muchas cosas en la Vida pero nadie puede sobornar a la Muerte Lo que nos diferencia a unos y a otros es la forma en como la queremos interpretar: como un final, como una nueva estancia como un inicio de un largo viaje o como una llegada. Pero incluso eso son cosas de la Vida que no pertenecen a la Muerte.

Pero la muerte no es exclusiva del hombre, ni tampoco la pena, ni los vacíos que se quedan cuando nos dejan.
Cuando morimos también dejamos penas y tristezas en otros, en otras pequeñas criaturas que nos quisieron, que nos necesitaron, que nos dieron su vida a cambio de unas caricias.

Este es el campo santo de una ciudad pequeña, de pueblo grande con gente que vive sin agobios, sin estrés, sin tanta prisa que ahogue. Pero también envejecen, también mueren Conozco los nombres de cada lápida, de cada uno de mis silenciosos vecinos y sin embargo apenas conozco a un puñado de vivos, y a casi a ninguno que pueda llamar amigo. No son muchos los que quieran relacionarse conmigo, mi presencia les trae recuerdos de un mal día.

Había pasado ya el uno de noviembre, pero aun se mantenían frescas la mayoría de las flores de los familiares que dejan para recordar a los suyos. Creo que ese es el único día que siento miedo de estar en un cementerio. No estoy acostumbrado a tanto bullicio.
Esa mañana vi una sombra oscura que paseaba lentamente por las calles. Una silueta negra que arrastraba los pies por las baldosas de granito. Una figura negra que contrastaba con los colores brillantes de las flores de los difuntos.
La muerte tiene muchos aspectos, pero conozco sus escalofríos y aquella figura oscura no me los provocaba.

– ¡señora! ¿Señora?—le llamé
Se volvió a mirarme, Una anciana de rostro dulce y triste a la vez.
– Se que esta por aquí—me dijo con voz serena.
– ¿Quién señora? ¿Quien esta aquí? ¿A quién busca usted?– le pregunté mientras llegaba a su altura.– ¿le puedo ayudar?
– no se preocupe, el vendrá pronto.
¿Él? Nunca he visto nada extraño en el campo santo excepto lo que provocan los vivos.
–¡¡Boby! Boby!—gritó débilmente, yo no imaginaba a quién podría llamar .Pero entonces lo vi. Vi a Boby caminar despacio hacia nosotros, con una mirada triste y vidriosa, con la cola gacha entre sus patas. Un precioso labrador, grande de cara noble y fiel con las orejas caídas y de color beige.
– ¡vamos, por favor! ¡No podemos quedarnos aquí!—dijo la abuela acariciándole su enorme cabeza. Él le respondió con un inapreciable gruñido.
–¡vamos!—dije yo—Es cierto no pueden quedarse aquí– y les acompañé despacio hacia la salida.

Tres días después volví a encontrarme con la misma anciana, en el patio de la entrada, sentada a la sombra espigada de los cipreses. Esperaba a Boby y me senté a su lado.

–Mi marido murió hace unos meses – me contó—Ya no lo recuerda usted, ¿verdad?

No, no puedo recordar a tantos familiares. Ni siquiera me atrevo a mirarle a la cara.Temo que no comprenda que yo solo hago mi trabajo.

–Es curioso como los animales, acaban conociéndonos y nosotros a ellos. – Continúo—Es curioso como acabamos sabiendo lo que quieren, lo que necesitan con solo mirarle a los ojos y ellos a nosotros.
Encontramos a Boby en una cuneta de la carretera, alguien lo había abandonado.Seguramente por que era un cachorro demasiado grande…
Mi marido y yo no tuvimos hijos y adaptamos al animal como uno. No hizo falta hacer esfuerzos para que rápidamente le cogiéramos cariño y sin duda él a nosotros.
Durante años nos acompañaba a todas partes y nos recibía con una inmensa alegría ¡no se imagina usted cuan puede ser de grande un amor desinteresado!
No soy capaz de explicarlo. Pero los animales nos enamoran, y nos quieren… Es un amor limpio y sincero. Nosotros a ellos y ellos a nosotros
A los hijos se le quiere y es ley de vida que llegado el momento hagan la suya. Pero nuestros animales, su vida, nos la dan para siempre, sin miramientos, sin condiciones.
Desde que murió mi marido, Boby me levanta cada mañana y no tarda en pedirme que demos un paseo hasta aquí. .Sé que le hecha de menos, igual que yo…
Los animales expresan sus cosas, en otro idioma, en un lenguaje que solo entendemos los que los queremos.

Durante los siguientes cuatro meses y veintiún entierros después volví a ver a la anciana y a su perro varias veces, cerca del nicho 7- D-4. Algunas veces les saludaba, o charlaba un poco con ella, del tiempo, de las cosas de la vida… otras les respetaba su silencio.

Hace dos días, me tocó enterrar a la vieja viuda. ¡Pocas veces me ha dolido tanto el alma!

He visto después merodear a Boby por aquí, lento, triste y silencioso, en calle 7. Parece que supiera leer las letras plateadas del mármol negro de la lapida.
Le he dejado, allí cerca un cuenco con agua fresca y un plato con los restos de la cena de anoche. Sé que ha comido.

Hoy hacia tan buena tarde que salí a pasear por el lado de las sombras de las calles. Corría el viento y la brisa traía olor a flores y a resina de los cipreses. Al doblar una esquina Boby se ha acercado tímidamente hasta a mí. Nos hemos sentado en un bordillo sin hacer ruido.
La anciana tenía razón. Es fácil leer los pensamientos de los animales, adivinas lo que te dicen cuando los miras a los ojos:
“¿Por qué me han dejado solo? ¿Por qué no me dejan ir con ellos?”

– no lo sé Boby, Yo trabajo para La Muerte, pero no consigo entenderla.

Boby seguirá por aquí, y el día que lo encuentre para enterrarlo no se si podré hacer mi trabajo.

NO TE ASUSTES, POR FAVOR, MANTÉN LA CALMA

 

La carta

 

 

Si eres el primero en leer esta carta no te asustes. Ya sé que estoy de cuerpo presente y que hace muchos años que no ves un muerto, pero por favor, mantén la calma. Avisa a las autoridades y que ellas procedan a hacer lo que crean conveniente, sólo espero y deseo que hayan pasado más de 48 horas de mi muerte.

Es a ti, estimado lector y descubridor de mi cuerpo inerte, a quien quiero dar las correspondientes explicaciones como compensación por el susto que te acabo de dar.

El principal motivo de mi suicidio no es otro que mi hartazgo por esta vida y la gran losa que representa el pensar que voy a vivir para siempre. Sé que la mayoría de las personas estáis encantados con los avances científicos, en especial aquellos que son los acusantes de que llevemos cincuenta años sin una sola perdida humana en todo el planeta. La posibilidad de la autoregeneración mediante el  autotrasplante de células madre de cualquier órgano o tejido, juntamente con la posibilidad de reactivar cualquier órgano tras 48 horas de su paro, nos ha llevado hasta la muerte de la muerte.

Pero yo, a mis 125 años,  me he cansado de vivir y no quiero seguir por más tiempo en este mundo.  Aquí, estimado lector, a quien ves tumbado sin pulso con siglo y cuarto sobre  sus espaldas, encontrándome en plenas facultades físicas y mentales, además podría decirse sin miedo a faltar a la verdad que en mejores facultades que cuando tenía 70 años, voy a resucitar a la muerte. No sé que efectos va a provocar en vosotros, que miedos o que fantasmas va a desenterrar, pero eso ya poco me preocupa.

Espero que mi muerte os dé consciencia de la existencia de la parca, y os haga pensar en el  poco sentido que tiene la vida eterna. Estoy seguro que me tachareis de egoísta, vosotros, que no permitís más nacimientos. Vosotros, que estáis viviendo la vida de vuestros nietos y como vampiros chupáis la sangre de las futuras generaciones.  Precisamente vosotros, diréis que soy egoísta además de cobarde.

Ciertamente, buscareis motivos en mi biografía y haberlos haylos.  Sí, el hecho de que yo perdiera a mi esposa antes de la revolución genética tiene mucho que ver, nunca me acostumbré a vivir sin ella. Es más, nunca he querido vivir sin ella y sin embargo mi cobardía ha hecho que la sobreviva casi otra vida entera. Pero que más da cuales sean mis verdaderos motivos, que más da qué es lo que me ha llevado a despertar a la muerte. Lo verdaderamente importante es que no quiero seguir aquí.

Estimado amigo, solo una última cosa. A mi ya poco me importa la trascendencia de mi muerte, ni tan siquiera me preocupa la trascendencia de mi vida. Poco me importa lo que a partir de ahora ocurra, pero te dejo en herencia la responsabilidad de su repercusión. Las autoridades esconderán mi muerte, no la contabilizarán, así que tú eres el depositario de hacer que mi acto sea el detonante de que el hombre vuelva a ser hombre. Ahora tú conoces el secreto de cómo saltarse los controles del estoy-vivo que nos obligan a llevar las autoridades. En ti reside que des a conocer como me he suicidado para que mi muerte dé esperanzas a otras personas. No sé quien eres, desconozco que piensas, solo sé que viniendo a morir a este lugar esta vez soy yo quien juega a los dados con la humanidad.

Suerte, y disculpa todas las molestias  que te voy a ocasionar.

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