Nadie debería hablar del silencio, si antes no ha caminado por un olivar…
Nadie debería saber como canta un zorzal si no lo ha escuchado bajo la sombra de un olivo…
El campo cuenta su historia con el trabajo, el sudor, el frío y las manos que lo trabajan.
Mares de olivos, dice la gente, océanos que se pierden en el horizonte, sin agua… para navegar lindes y padrones.
Nadie debería saber de nuestra civilización si no ha mirado nunca un olivo viejo…
Entre las lomas suaves de terruños de tierra caliza, hay uno que destaca por su tamaño. Viejo, tronco parduzco, retorcido y arrugado. El que dijo que la arruga es bella tal vez lo hizo mirando la corteza agrietada de un olivo centenario.
En una de las cuartillas de la fanega de tierra donde esta el olivo mas grande, hay una fuente, con un caño en la pared y un pilón delante, donde los arrieros con las bestias cargadas de los serones de esparto o los pesados fardos de yute, les daban de beber agua fresca y donde los aceituneros se refrescaban y descansaban a la sombra de un olivo viejo, en las horas de la siesta. Y cuando empezaba a caer la noche, paso obligado de las recuas que llevaban las cargas hasta las almazaras del cortijo donde se almacenaba después en las tinajas y trujales.
El la pared de la fuente hay una hornacina con una virgen coronada y enrejada. Ambos lados dos candiles de aceite con unas torcías de pabilo siempre encendidas. Debajo en azulejos horneados por alfareros de la Rambla, un escrito: “las Yucas”.
Cuentan que hasta allí iban las mozuelas jóvenes, con sus cantaros en el cuadril para llenarlo de agua y de paso pedirle a la Virgen un marido trabajador y honrado. ¡Qué menos que eso!
Y de entre todas las muchachas jóvenes del pueblo, a un paseo de allí, había una que destacaba por su hermosura y su frescura. De piel canela, de pelo largo negro azabache, y de ojos del mismo color que el del aceite joven del año, el oro verde.
Cada mañana bajaba hasta allí. Había otras fuentes y pozos con volcán de ladrillos en el pueblo, pero no tenían el camino de albero ni el paseo con las amigas…
En una de aquellas mañanas primaverales, el grupo de muchachas de divertían con el agua fresca de la pila, después de colocar en la reja como ofrenda a la virgen un ramo de alhucema que habían recogido por los padrones del camino.
Nadie debería saber lo que es una calma apacible, si nunca ha andado por un olivar…
Unos cascos de caballo interrumpieron las risas alegres de las jóvenes. Por el norte del camino de albero que se perdía entre los olivos, aparecieron unos caballeros con sus monturas al trote. Entonces, las risas se convirtieron en gritos, en chillidos y auxilios. Alborotadas y asustadas corrían recogiendo sus mantos y toquillas, rompiendo con las prisas algunas de las orzas de arcilla.
–¡¡Ay! ¡Ay! ¡¡Son moros! –Gritaban—¡¡los moros que vuelven!!
–¡¡Corred!! ¡¡Huid!! ¡O nos capturaran! –
–¡¡ Si nos cogen nos llevaran a sus tierras!! ¡¡Y nos obligaran!!
–¡¡Qué Dios se apiade de nosotras, son infieles, dicen que algunos comen carne de niñas!!
Todas salieron corriendo, despavoridas, aterrorizadas por la aparición de aquella docena de hombres sobre sus corceles. Todas menos una, la más hermosa del pueblo. Temblando acurrucada contra la pared de la fuente y agarrando con fuerza la reja de hierro que protegía a la Virgen de la hornacina.
La docena de hombres se acercaron hasta la sombra del último olivo y desmontaron al llegar al borde del pilón. Ella seguía callada, observando a los moros y a sus corceles tordos, de ancas altas, fuertes y ágiles . Mirando sus ricas túnicas y chilabas de telas suaves y frescas con bellos damascados y bordados de hilos de oro. Seguro que esas bellas telas debían de ser de Seda, las telas que decían vestían los moros y sólo algunos señores muy ricos y reyes.
Acercaron los elegantes caballos hasta la pila de agua. También estaban vestidos, con gualdrapas de terciopelo, cuero brillante las monturas y las albardas adornadas con plata y perlas. Nunca había visto ropajes de hombres y animales tan bellos…
Pero de entre el puñado de hombres, había uno que sobresalía entre los demás. No era el mas alto, pero si el más hermoso. El más rico en sus vestiduras. El más elegante en sus movimientos. Con la cabeza cubierta, barba negra en punta, bien cuidada, fajín verde esmeralda brillante, ceñía una espada Jineta del tahalí con funda de cuero repujada con cordobanes
–¡¡Señor!!– Dijo uno de ellos y señaló con un gesto de cabeza a la jovencita asustada que se asía al enrejado.
–¡Vaya! ¿Qué tenemos aquí?—Dijo el señor, mientras esbozaba una dulce sonrisa.–¿Por qué no has salido huyendo como las demás?
La muchacha los miraba a todos con los ojos tan abiertos que se les escaparían de las orbitas en cualquier momento…
– ¿No tienes miedo? ¿O es que no puedes correr?—Le preguntó, mientras con una vareta de olivo le levantaba un poco las enaguas para ver sus pies.
–¡No señor! – Gritó con carácter mientras hacia ademanes para bajarse con desesperación la pasamanería.–¡Yo no he huido por que no os tengo miedo!–
–¡Jajaja!, ¡Eso esta bien! Por que no tienes nada que temer—Sonrió dulcemente–¡No nos comemos a la niñas!
Miró a su alrededor, y se refresco la frente con un poco de agua.
–¿Vives por aquí? –
–Sí señor, soy del pueblo, ¡¡Pero sabed que soy cristiana!!—Gritó envalentada.
– ya, ya veo que es así—Y volvió a sonreír mientras miraba los dedos blancos de la joven, de tanto apretar el hierro –Pues yo, ya ves que no lo soy, Alah, el magnánimo es mi guía.
–¡Pues sabed que no permitiré que rompáis mi Virgen!— Volvió a gritar
Todos rieron a carcajadas. Habían oído ya tantas cosas sobre ellos…
– Nosotros también respetamos a Maria, la madre del profeta Jesús aunque no comprendo vuestro apego y devoción a las imágenes, soy capaz de ver el talento del que la esculpió en la dura madera de olivo.
La muchacha soltó por fin la reja, se sentía más segura. El señor se acercó, y se inclinó sobre ella, clavándole su mirada mientras le acariciaba el cabello negro.
– Eres muy bonita y valiente. ¿Cómo te llamas?
–Me llamo Teresa, y soy la hija del panadero del pueblo—Respondió cada vez más tranquila
–Pan y aceite, buena casa, mientras no falte. –
Suspiró y miró a su alrededor, la vista se le perdía en horizonte y no había mas que olivos….Ellos estaba a la sombra de uno.
– ¡Viejos olivos! ¡¿Cuántas historias guardan los anillos de sus troncos retorcidos?! Sin duda muchos de ellos los plantaron mis antepasados, y probablemente muchos son los hijos de ellos… ¿Cuánto dura la generación de un olivo? ¿Cuánto tiempo necesita un joven garrote para dar su fruto? ¡Mirad este de aquí! Ya tiene sus primeras flores, este otoño ya tendrá cosecha, y unas manos jóvenes como las tuyas ordeñaran sus ramas. Por que los olivos se ordeñan, y el aceite es la leche de los terruños… y apenas habrá enraizado hace unos 7 años, pero ya es de esta tierra. Ya es del puñado de tierra que lo sostiene.
Aquí, en esta tierra, hemos enterrado a nuestros padres, y a los padres de estos y estos a los suyos. Hemos enraizados durante siglos. Hemos cuidado de estos campos y hemos recogido sus cosechas…
Mas de 23 generaciones de padres e hijos, mas de 700 años desde que llegara el joven Omeya desde Damasco y aun nos llaman extranjeros, ¡Invasores! … pero los invasores destruyen, aniquilan, y derriban… y sin embargo nosotros construimos, aportamos, respetamos, aprendimos y enseñamos…
¡¡Infieles!! Nos llaman, si no hace tanto tiempo que compartimos el mismo templo para nuestros rezos y alabanzas…el mismo Padre nuestro…–Y miró al Este, buscando la Alquibla, pero sólo vio olivos…
Teresa le escuchaba y le seguía la mirada boquiabierta.
–¡Señor!—interrumpió unos de sus hombres– ¡señor! Si no continuamos ya, no llegaremos con luz a Benamejí
– Sí, es cierto, Aben, ¡marchémonos ya!
Se inclinó sobre la muchacha y acarició dulcemente su joven y bello rostro.
–Adiós Teresa. Vuelve al pueblo y diles a tus amigas que los moros somos iguales que los demás hombres, que no nos comemos a nadie, que antes que vosotros, nosotros enraizamos Al-andalus.
Le dio un beso en la frente y se alejó en busca de su caballo.
– ¡Señor! –Irrumpió la joven– Yo os he dicho mi nombre, pero vuesa merced no me ha dicho el suyo.
Sin volverse a mirarla le respondió.
– Los míos me llaman el Zogoibi, el desdichado.
–¡¿el desdichado?!¿Por qué os llaman así? Sois un hombre rico, sabio con muchos hombres a vuestro servicio. ¿Por qué sois desdichado?
Se acercó a su caballo. Agarró las bridas y dio el impulso para montar a horcajadas sobre su lomo
–Por que soy el rey…
–¡¿Señor?! – interrumpió sorprendida
Él la miró a los ojos desde arriba de su montura
–Soy Abú Abdalá, el Boabdil y hoy he sabido que seré el último rey de Andalucía
Nadie sabe de nuestra historia, si no ha escuchado el viento entre las ramas jóvenes de un olivo viejo.
Nadie sabe lo que es la riqueza, si no ha probado el oro verde de la aceituna…
















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