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CONVIVENCIA

Ayer lo hice por fin, me decidí a dejarlo.
No lo soportaba mas, me sentía atada y a la vez culpable.
Se que la culpa no ha sido de él, es cariñoso, atento…, pero su constante demanda de atención me exasperaba.
Lo nuestro fué lo que se dice un flechazo, reconozco que fuí yo la que quiso traerlo a casa, pero soy demasiado independiente quizá para la convivencia tan estrecha que él me pedía; eso de que me siguiera a todas partes por la casa, el no poder quedar con mis amigos hasta tarde, cumplir horarios casi fijos, su mirada triste si me retrasaba o si le gritaba cuando me interrumpía si estaba ocupada.
Tal vez no estoy preparada para todo eso, acompañarlo al médico, no poder sentarme en el sofá sin que se empeñara en echarse él también, ¿no tenía su sillón?, ¿porqué ese empeño en estar siempre encima?, me empalaga, si, esa es la palabra, empalague.
También reconozco que a ratos me ha hecho mucha compañía, que me ha consolado cuando me ha dado la llantina esa tonta que me da de vez en cuando.
Seguramente pensareis que soy una egoísta sin sentimientos, probablemente teneis razón, pero precisamente por eso, porque considero que él necesita a alguien que de verdad sea capaz de quererle y cuidarle como merece, lo dejo.
Mejor así, mejor ahora que aún está a tiempo de encontrar a una persona que le de lo que yo no soy capaz de darle.

Está claro, no sirvo para tener perro.
Tal vez pruebe con un gatito, son mas independientes….

Ya no está el arpón

báltico

Me llamo George Macallan y sé cuál es el sentido de la vida, pero eso se lo contaré más tarde. Nací en el condado de Berkshire, en una granja pequeña e ineficiente. Mi primer recuerdo de este mundo es el grito que dio mi padre cuando me vio por primera vez. Algo así como fuckin’ shit. Todavía percibo el énfasis en la efe y en la te.
Mis padres eran profundamente religiosos. Practicaban una variante local de calvinismo. Hasta los dieciséis años viví en un cilindro de vidrio de 180 centímetros de altura y unos 70 de diámetro. Me alimentaban por esporas. Eso podría explicar mi tendencia a la seborrea. Un orificio mínimo sobre mi cabeza me ayudaba en el suministro de oxígeno.
Mi primer contacto con las letras fue a los ocho años. Tía Margaret solía sentarse a varios metros del cilindro y fingía leer pasajes del Digesto de Justiniano. Mi latín nunca fue muy bueno y me consta que mi tía no sabía leer.
Mayor provecho obtuve con el Berkshire Morning. Tía Margaret sujetaba pacientemente cada ejemplar ante mis ojos e iba pasando las páginas cada cinco segundos. Ese fue mi primer contacto con la lectura rápida.
Yo sentía un enorme interés por las páginas de internacional. Después supe que “internacional” para el Berkshire Morning eran los demás condados de Inglaterra. En la granja interesaba sobre todo la sección de actualidad local: las carreras de orugas, la geopolítica euroasiática y las peleas de cobras con escorpiones. Por este orden.
Según me contó el abuelo, las peleas de cobras con escorpiones tenían la peculiaridad de que nunca eran auténticas peleas. En un recinto amurallado con sacos de avena, se depositaba a los contendientes y al árbitro. Era una profesión muy bien pagada la de árbitro. La cobra siempre se mostraba indiferente ante el escorpión e iba a por el árbitro. A su vez el escorpión se guiaba por el calor… e iba a por el árbitro. Mi abuelo me contó que había un juez externo que velaba por el cumplimiento de las reglas de cada combate. Para este menester apuntaba con una escopeta a cada nuevo árbitro.
Cuando cumplí dieciséis años me retiraron el cilindro de vidrio. Necesité seis meses para aprender a caminar y bastantes más para habituarme a dormir tumbado. Los siguientes fueron unos años oscuros en mi vida. Me encerraron en una especie de estancia cálida, llena de heno, arañas y algún ratón. Aquello se parecía mucho a una cuadra. Valoré enormemente la compañía de Laura Cristina y María Angélica, las vacas lecheras de la granja. Los tres nos llevamos muy bien…
Un atardecer otoñal, poco después de alcanzar mis veintiuna primaveras, supe, por unos berridos, que mis padres habían contraído una gonorrea y un poquito de sífilis. Sus prácticas sexuales siempre fueron un misterio para mí, como también el mundo exterior lo había sido hasta ese atardecer.
Ante la ausencia de mis padres, bajó a darme de comer mi abuela Judith, que se conservaba magníficamente, a pesar de sus 91 años. Con ella venía su madre, Mary Ann, con algunos achaques ya. Ambas desconocían el modo en que se me suministraba la comida y tuvieron la temeridad de abrir la puerta de la estancia. Supe que era mi momento. Mi espíritu aventurero se sobrepuso a mi artritis y salí empujando la puerta y corriendo no sé en qué dirección. A lo lejos podían escucharse los lamentos de Laura Cristina y María Angélica.
Como llevaba cinco años sin ver la luz del día corrí con los ojos cerrados. Ya dije que la granja era pequeña. Un árbol me ayudó a detener mi trayecto aleatorio. Fue algo impactante. La sangre en la cara me animó a abrir los ojos. Ante mí había un camino de grava que serpenteaba entre otros árboles. Lo seguí a gatas. Avanzaba con lentitud. Ya empezaba a oscurecer. Vislumbré algo similar a una carretera. Eso me recordó una foto que vi un día en el Berkshire Morning. Un señor que levantaba un dedo junto a una carretera, para que algún vehículo motorizado se detuviera y lo llevara más rápido por ahí. Yo quise irme más rápido por ahí. No recordaba qué dedo levantaba aquel señor, así que levanté uno de los del medio, para ser equitativo con mis otros seis dedos.
Algo que reconocí como un camión se detuvo. Un señor barbudo, de unos 120 kilos, se bajó apresuradamente. Con la misma premura me cruzó la cara ayudándose de la culata de un rifle de caza. La compasión afloró en su alma. Supongo que mi aspecto habría dado lástima a cualquier forma de vida basada en el carbono. Después de escupirse en las manos, me frotó la cara para quitarme los restos de sangre. La reseca del trompazo contra el árbol y la fresca del culatazo. Me agarró como a un saco de estiércol y me depositó dulcemente en el asiento de copiloto. Dormí varias horas. Al despertar ya había amanecido.
–Comamos algo –dijo. Paró el camión en un descampado. Lo que sucedió entonces todavía perturba mi ánimo. No entraré en detalles. Creo que el camionero tenía un herpes. Todavía me acompañan los picores.
No sé de dónde saqué mis fuerzas, pero recuerdo que lo golpeé con ruido y furia y con temor y temblor…
Corrí no sé cuántos kilómetros hasta dar con un pueblecito. En la plaza un hombre vociferaba pidiendo voluntarios para tripular un barco ballenero. Mi espíritu de aventura superó a mi temor al agua, elemento que según los griegos, algunos griegos, es un componente básico del cosmos. Mi rechazo cerval de la autofagia como modo de subsistencia acentuó mi valentía. Me alisté como voluntario.
Embarcamos en Fowey. Los meses siguientes los dediqué a aprender las tareas rudas del marino, las maneras rudas del marino y el rechazo a las atenciones rudas del marino.
Aproveché los días de sopor y espera para leer. Leí Love Among the Chickens, de Wodehouse, Le Parnasse satyrique du XVe siècle, de Schwob, un ejemplar destartalado del Doktor Faustus, de Mann y una edición en rústica de la Histoire contemporaine, de Anatole France. Me interesé por la astronomía, la mecánica de fluidos, la física de partículas y las radionovelas con mujeres sollozantes de nombres inacabables, dramas vitalicios y vocalización desesperante.
Las diferentes nacionalidades de mis compañeros espolearon mi interés por sus respectivos idiomas. Esos meses me sirvieron para aprender rudimentos de finlandés, húngaro, ruso, francés canadiense y sánscrito.
Una partida de cartas supuso el fin de mi aventura. Habíamos llegado al Báltico, estábamos cansados, apáticos, irritables y semiconscientes. El capitán estaba borracho en la bodega rodeado del afecto de sus marinos predilectos y compartiendo el poco ron que quedaba.
Balfour, Smith, Roskófinsky y Maluhá me acompañaban con los naipes. Todos abandonaron, salvo el ruso y yo. Era todo o nada. Había apostado mi ropa de abrigo. Perdí. Me irrité, protesté, me negué a ceder. Podíamos ver el hielo en los amarres y las junturas. Se había levantado una niebla densa. Salimos a cubierta, dispuestos a rompernos los dientes. Roskófinsky me traicionó. Aunque eso ahora ya no importa. Me arponeó desde tres metros de distancia. En menos de dos segundos fui de popa a proa. Antes de detenerme ya no había mundo a mi alrededor. No sé si estoy muerto aunque sí sé que no estoy vivo. Ya no está el arpón. Veo formas difusas a mi alrededor, en todas direcciones. He caminado durante horas hacia ellas sin alcanzarlas nunca. Parecen siempre a la misma distancia. Desde hace unos minutos, si es que puede hablarse de ‘tiempo’ aquí y de un ‘aquí’, hay una forma negra a unos metros de mí que se acerca muy poco a poco.
Se preguntarán cómo demonios he podido escribir esto si en este no-lugar no hay papelerías. Ni yo mismo lo sé.
Iba a contarles el sentido de la vida, pero no queda ‘tiempo’. Esta cosa negra se está tragando mis piernas. No siento dolor ni temor. Echo de menos el afecto de Laura Cristina y María Angélica, incluso añoro al cilindro de vidrio.
¿Quién habrá ganado la pelea de escorpiones contra cobras de este año?

SILENCIOSO CÓMPLICE

Mares de olivos, océanos de olivares que se pierden en el horizonte…Impasibles al paso del tiempo, en su memoria albergan infinidad de historias ocurridas muchos años atrás, convirtiéndose así en eternos guardianes de secretos jamás desvelados.

Aquel robusto y centenario olivo fue testigo directo de la apasionada e insospechada relación entre los dos jóvenes.
Cada tarde, Antonio y Rosa se citaban bajo la sombra del viejo árbol. Se refugiaban el uno en los brazos del otro, aislándose completamente del mundo, mientras las horas transcurrían con una excesiva rapidez. Cuando la luz del día comenzaba a desaparecer llegaba el triste momento de regresar –por separado- a la realidad de sus vidas.

Antonio era el nuevo profesor de la escuela. Hacía poco más de un año que había llegado a aquel apartado pueblo y su relación con los lugareños era simplemente cordial. No tenía amistades conocidas . Su trato con el alumnado, sin embargo, era excelente. Los niños le querían. El joven era una persona dialogante e infinitamente más próxima que Don Manuel -“El Maestro”-. Su jubilación provocó un gran alborozo entre los más pequeños porque era un hombre arisco y autoritario. A pesar de su dilatada experiencia, este hombre jamás supo comprender que a los niños hay que saber entenderlos, escucharlos, y que la labor de un educador no se basa en el simple adoctrinamiento.

La llegada de este joven de capital, adecuadamente preparado para la docencia, creó una gran expectación -y cierta desconfianza- entre un amplio grupo de personas del pueblo. Las personas mayores eran sus principales detractores ya que seguían anclados en las tradiciones y en el pasado y cualquier soplo de aire fresco resultaba, a priori, cuanto menos, peligroso.

Hacía un par de años que se oyeron, por última vez, replicar las campanas de la iglesia de Santa María anunciando una boda. Aquello fue un auténtico acontecimiento que, aún a día de hoy, se recuerda con cierta nostalgia. Todos los habitantes del pueblo – alrededor de 58, según el censo de la época- fueron invitados al enlace entre Rosa y Don Fulgencio.
Ella era la muchacha más pretendida por los mozos del lugar. Su vida no había sido fácil y quedó huérfana a temprana edad, sola y sin familia directa en el pueblo, fue recogida por unos vecinos sin descendencia que siempre la trataron como a una cenicienta.
Don Fulgencio era un regordete terrateniente, 17 años mayor que la hermosa joven, que gozaba de gran influencia en la región. Entre otras consideraciones que no vienen al caso, porque prácticamente todas las tierras del pueblo y aledaños le pertenecían. Rosa encontró en este hombre su tabla de salvación y la protección que tanto necesitaba, aunque con él jamás conoció el verdadero amor.

Las furtivas citas entre Antonio y Rosa se hicieron cada vez más frecuentes. Al inicio de su relación los encuentros eran esporádicos, fundamentalmente por el temor a ser descubiertos pero, con el paso del tiempo, los amantes fueron perdiendo la prudencia y su irrefrenable pasión fue en aumento. La consecuencia de aquello fue un embarazo, evidentemente, ni buscado ni deseado.

Los meses pasaron y, en el frágil cuerpo de la muchacha, comenzaba a evidenciarse un levísimo aumento de volumen. Don Fulgencio achacó aquello a los cambios alimentarios de su mujer y continuamente le recriminaba cuando se sentaban juntos a la mesa a la hora del almuerzo. Rosa se encontraba sola ante un laberinto al que no veía salida alguna y una tremenda depresión la abrazó mortalmente.

Urdió un plan secreto. El robusto y centenario olivo sería su silencioso cómplice…

Aquel anochecer del 5 de septiembre, poco después de la que sería su última cita con Antonio, una gruesa soga alrededor de su fino cuello la liberó de su desesperación para siempre.

CARONTE

Me llamo Juan y soy enterrador.
Mi padre también lo era, y mi madre era hija de otro.
Vivo en una casa pequeña junto al cementerio de un pueblo grande, y mis paseos siempre son entre panteones, calles de nichos, jardines con jarrones de crisantemos, coronas y cipreses.
Por mi trabajo he tenido que enterrar muchas penas y procuro darle a todos un final digno sea cual fuera su vida.
He aprendido que la Muerte y la Vida son dos partes de una misma persona, el sepelio sólo es el lazo que ata un principio y un final. Desde el mismo día que nacemos comenzamos a morir. Que la Muerte es del mismo color para todos, ricos o pobres, de un lugar o de otro .Que podemos dudar de Dios, de nuestra propia vida o nuestra existencia pero nadie duda de que la Muerte nos alcanzara en algún momento. Podemos tener muchas cosas en la Vida pero nadie puede sobornar a la Muerte Lo que nos diferencia a unos y a otros es la forma en como la queremos interpretar: como un final, como una nueva estancia como un inicio de un largo viaje o como una llegada. Pero incluso eso son cosas de la Vida que no pertenecen a la Muerte.

Pero la muerte no es exclusiva del hombre, ni tampoco la pena, ni los vacíos que se quedan cuando nos dejan.
Cuando morimos también dejamos penas y tristezas en otros, en otras pequeñas criaturas que nos quisieron, que nos necesitaron, que nos dieron su vida a cambio de unas caricias.

Este es el campo santo de una ciudad pequeña, de pueblo grande con gente que vive sin agobios, sin estrés, sin tanta prisa que ahogue. Pero también envejecen, también mueren Conozco los nombres de cada lápida, de cada uno de mis silenciosos vecinos y sin embargo apenas conozco a un puñado de vivos, y a casi a ninguno que pueda llamar amigo. No son muchos los que quieran relacionarse conmigo, mi presencia les trae recuerdos de un mal día.

Había pasado ya el uno de noviembre, pero aun se mantenían frescas la mayoría de las flores de los familiares que dejan para recordar a los suyos. Creo que ese es el único día que siento miedo de estar en un cementerio. No estoy acostumbrado a tanto bullicio.
Esa mañana vi una sombra oscura que paseaba lentamente por las calles. Una silueta negra que arrastraba los pies por las baldosas de granito. Una figura negra que contrastaba con los colores brillantes de las flores de los difuntos.
La muerte tiene muchos aspectos, pero conozco sus escalofríos y aquella figura oscura no me los provocaba.

– ¡señora! ¿Señora?—le llamé
Se volvió a mirarme, Una anciana de rostro dulce y triste a la vez.
– Se que esta por aquí—me dijo con voz serena.
– ¿Quién señora? ¿Quien esta aquí? ¿A quién busca usted?– le pregunté mientras llegaba a su altura.– ¿le puedo ayudar?
– no se preocupe, el vendrá pronto.
¿Él? Nunca he visto nada extraño en el campo santo excepto lo que provocan los vivos.
–¡¡Boby! Boby!—gritó débilmente, yo no imaginaba a quién podría llamar .Pero entonces lo vi. Vi a Boby caminar despacio hacia nosotros, con una mirada triste y vidriosa, con la cola gacha entre sus patas. Un precioso labrador, grande de cara noble y fiel con las orejas caídas y de color beige.
– ¡vamos, por favor! ¡No podemos quedarnos aquí!—dijo la abuela acariciándole su enorme cabeza. Él le respondió con un inapreciable gruñido.
–¡vamos!—dije yo—Es cierto no pueden quedarse aquí– y les acompañé despacio hacia la salida.

Tres días después volví a encontrarme con la misma anciana, en el patio de la entrada, sentada a la sombra espigada de los cipreses. Esperaba a Boby y me senté a su lado.

–Mi marido murió hace unos meses – me contó—Ya no lo recuerda usted, ¿verdad?

No, no puedo recordar a tantos familiares. Ni siquiera me atrevo a mirarle a la cara.Temo que no comprenda que yo solo hago mi trabajo.

–Es curioso como los animales, acaban conociéndonos y nosotros a ellos. – Continúo—Es curioso como acabamos sabiendo lo que quieren, lo que necesitan con solo mirarle a los ojos y ellos a nosotros.
Encontramos a Boby en una cuneta de la carretera, alguien lo había abandonado.Seguramente por que era un cachorro demasiado grande…
Mi marido y yo no tuvimos hijos y adaptamos al animal como uno. No hizo falta hacer esfuerzos para que rápidamente le cogiéramos cariño y sin duda él a nosotros.
Durante años nos acompañaba a todas partes y nos recibía con una inmensa alegría ¡no se imagina usted cuan puede ser de grande un amor desinteresado!
No soy capaz de explicarlo. Pero los animales nos enamoran, y nos quieren… Es un amor limpio y sincero. Nosotros a ellos y ellos a nosotros
A los hijos se le quiere y es ley de vida que llegado el momento hagan la suya. Pero nuestros animales, su vida, nos la dan para siempre, sin miramientos, sin condiciones.
Desde que murió mi marido, Boby me levanta cada mañana y no tarda en pedirme que demos un paseo hasta aquí. .Sé que le hecha de menos, igual que yo…
Los animales expresan sus cosas, en otro idioma, en un lenguaje que solo entendemos los que los queremos.

Durante los siguientes cuatro meses y veintiún entierros después volví a ver a la anciana y a su perro varias veces, cerca del nicho 7- D-4. Algunas veces les saludaba, o charlaba un poco con ella, del tiempo, de las cosas de la vida… otras les respetaba su silencio.

Hace dos días, me tocó enterrar a la vieja viuda. ¡Pocas veces me ha dolido tanto el alma!

He visto después merodear a Boby por aquí, lento, triste y silencioso, en calle 7. Parece que supiera leer las letras plateadas del mármol negro de la lapida.
Le he dejado, allí cerca un cuenco con agua fresca y un plato con los restos de la cena de anoche. Sé que ha comido.

Hoy hacia tan buena tarde que salí a pasear por el lado de las sombras de las calles. Corría el viento y la brisa traía olor a flores y a resina de los cipreses. Al doblar una esquina Boby se ha acercado tímidamente hasta a mí. Nos hemos sentado en un bordillo sin hacer ruido.
La anciana tenía razón. Es fácil leer los pensamientos de los animales, adivinas lo que te dicen cuando los miras a los ojos:
“¿Por qué me han dejado solo? ¿Por qué no me dejan ir con ellos?”

– no lo sé Boby, Yo trabajo para La Muerte, pero no consigo entenderla.

Boby seguirá por aquí, y el día que lo encuentre para enterrarlo no se si podré hacer mi trabajo.

NO TE ASUSTES, POR FAVOR, MANTÉN LA CALMA

Si eres el primero en leer esta carta no te asustes. Ya sé que estoy de cuerpo presente y que hace muchos años que no ves un muerto, pero por favor, mantén la calma. Avisa a las autoridades y que ellas procedan a hacer lo que crean conveniente, sólo espero y deseo que hayan pasado más de 48 horas de mi muerte.

Es a ti, estimado lector y descubridor de mi cuerpo inerte, a quien quiero dar las correspondientes explicaciones como compensación por el susto que te acabo de dar.

El principal motivo de mi suicidio no es otro que mi hartazgo por esta vida y la gran losa que representa el pensar que voy a vivir para siempre. Sé que la mayoría de las personas estáis encantados con los avances científicos, en especial aquellos que son los acusantes de que llevemos cincuenta años sin una sola perdida humana en todo el planeta. La posibilidad de la autoregeneración mediante el  autotrasplante de células madre de cualquier órgano o tejido, juntamente con la posibilidad de reactivar cualquier órgano tras 48 horas de su paro, nos ha llevado hasta la muerte de la muerte.

Pero yo, a mis 125 años,  me he cansado de vivir y no quiero seguir por más tiempo en este mundo.  Aquí, estimado lector, a quien ves tumbado sin pulso con siglo y cuarto sobre  sus espaldas, encontrándome en plenas facultades físicas y mentales, además podría decirse sin miedo a faltar a la verdad que en mejores facultades que cuando tenía 70 años, voy a resucitar a la muerte. No sé que efectos va a provocar en vosotros, que miedos o que fantasmas va a desenterrar, pero eso ya poco me preocupa.

Espero que mi muerte os dé consciencia de la existencia de la parca, y os haga pensar en el  poco sentido que tiene la vida eterna. Estoy seguro que me tachareis de egoísta, vosotros, que no permitís más nacimientos. Vosotros, que estáis viviendo la vida de vuestros nietos y como vampiros chupáis la sangre de las futuras generaciones.  Precisamente vosotros, diréis que soy egoísta además de cobarde.

Ciertamente, buscareis motivos en mi biografía y haberlos haylos.  Sí, el hecho de que yo perdiera a mi esposa antes de la revolución genética tiene mucho que ver, nunca me acostumbré a vivir sin ella. Es más, nunca he querido vivir sin ella y sin embargo mi cobardía ha hecho que la sobreviva casi otra vida entera. Pero que más da cuales sean mis verdaderos motivos, que más da qué es lo que me ha llevado a despertar a la muerte. Lo verdaderamente importante es que no quiero seguir aquí.

Estimado amigo, solo una última cosa. A mi ya poco me importa la trascendencia de mi muerte, ni tan siquiera me preocupa la trascendencia de mi vida. Poco me importa lo que a partir de ahora ocurra, pero te dejo en herencia la responsabilidad de su repercusión. Las autoridades esconderán mi muerte, no la contabilizarán, así que tú eres el depositario de hacer que mi acto sea el detonante de que el hombre vuelva a ser hombre. Ahora tú conoces el secreto de cómo saltarse los controles del estoy-vivo que nos obligan a llevar las autoridades. En ti reside que des a conocer como me he suicidado para que mi muerte dé esperanzas a otras personas. No sé quien eres, desconozco que piensas, solo sé que viniendo a morir a este lugar esta vez soy yo quien juega a los dados con la humanidad.

Suerte, y disculpa todas las molestias  que te voy a ocasionar.

In: to Red!.

“La sangre sobre la nieve es más roja. Me gusta el rojo”- Pensó mientras la herida inicial que se había infligido goteaba.

Le gustaba el contraste.

Había elegido el mejor momento.El mejor lugar.

Acababa de cumplir 18, justo ayer. Se había juzgado, y se había condenado por juzgarse.

Aquel rellano en medio de la nada desde donde veía la ciudad que le convirtió en victima de sí mismo era ideal.

Veía sus luces, contrastando con la noche que empezaba a caer.

Sus colores.

Las farolas.

Los coches como luciérnagas.

Más allá, en la distancia, un cartel de neón, en el que, difuminado, intuía algo similar a una falsa sonrisa con dientes perfectos, pero con labios secos, que pretendía animarle a vivir con la misma intensidad que le invitaba a criticar su existencia sin color definido.

Y aunque su  juez, definitivamente, era él,  se reafirmó en aquel espejismo de sonrisa artificial , dandose cuenta en una profunda  bocanada de aire, de  que  lo que  realmente  le estaba llevando al paredón venía simplemente  marcado por  vuestras opacas  y perdidas miradas distorsionadas y  fijas  en lo que os trataban de vender .

No obstante…

Ágil. Consciente.

Las gotas no le valían.

El blanco no le decía nada.

Vosotros tampoco.

…  con un dulce movimiento de cuchilla quiso pintarlo todo en rojo,  rojo pasión.

Concurso Lamedores en negro

Proponemos una votación para el concurso Lamedores en Negro

A continuación tenéis los microrelatos y podeís votar hasta 3 opciones….. A VOTAR!!!

FELICIDADES TIRI… POR “SACRIFICIO” !!!!!

Y Gracias a todos los que habeís participado.

EL PRECIO DE SER LIBRE

La sangre sobre la nieve es más roja, pensaba. Aquel fin de semana en los Alpes suizos se había convertido en una autentica tortura. No le quedó más remedio, era ella o él. Ya estaba harta de sus golpes, de sus palizas, muchos años pensando que no volvería hacerlo y siempre había una siguiente vez. En esta ocasión vio la muerte muy cerca y por primera vez atacó. La rabia de tantos años se acumuló súbitamente en su cabeza, unos minutos habían bastado para acabar con todo.. Sentada en la nieve caliente, esperando que llegara la policía, pensaba que ahora sí era una mujer libre, por muchos años que la condenaran a prisión.

Mis ocho sangres

Cabos sueltos.

La sangre sobre la nieve es más roja, y más negro se ve el aceite de cárter a su lado.

El imponente mercedes del empresario se ha deslizado terraplén abajo dejando un reguero a la vista.

Mis sienes palpitan ante la evidendcia de un asalto, a quien supuestamente entrevistaría en veinte minutos, con un fusil como para cazar alces.

Quieren eliminarlo, callar al resto. ¿Pero quién?

He de seguir, con un nudo en la garganta, el rastro que dejara el conductor.

Sorteando los abedules y abetos, trato de seguir sus huellas, me tropiezo, …las manos y las rodillas me empiezan a doler de veras por el frío.

Aun a su edad y herido de muerte, su entrenamiento en los boinas verdes le ha permitido hacer presa en su cazador. Ambos cuerpos yacen rodeados de sangre y nieve batidas, hojas , y ramas rotas.

- ¡Boris, se ha escapado!¡Y tenemos compañia!¡Boris!-se escucha desde un walkie bajo el cuerpo del tirador.

 

Nieve que sabe a pegamento , nieve que lo convierte en cruento.

La sangre sobre la nieve es más roja, y como si de un río se tratara, corre colina abajo.

Demasiado escasa para ser un río ; demasiado abundante como para apreciar, yo , su belleza.

Aquel semiarapiento secreta corrupto,me enfiló desde el primer día que llegué al bar de Sergio.

Y ésta mañana, no sé, si sencillamente no le gustó que su camello tratara de buen humor conmigo, o me odió por besar a la bella Sharon en la boca.

Sólo sé, que la espesa nieve que se mete, mas espesa que en la que ahora yazco, le nubló el raciocinio hasta crearse una fantasía de la que no he podido escapar.

Como un torbellino se condujo al convencimiento de que ambos no podíamos existir a la vez, como un torbellino me arrastró hasta lo que será mi lecho hasta el deshielo.

 

Romeo al alba

La sangre sobre la nieve es más roja; y nunca vió antes la playa de levante nevada. Una gran imágen para un triste final.

La nieve amarillea sus destellos al alba, la sangre los oscurece a la oblicuidad del rojizo astro.

Amanece tras una traicionera noche en la que él solo quiso hacerse entender. Sólo explicarles a ellos que realmente amaba a Jenny.

El sólo hecho de verlo a él en el umbral, hizo al hermano ponerse a dar voces. Acto seguido se presentaron padre, madre, y resto de hermanos gritando que fuera, que allí no lo querían.

Insistió; la mera idea de dejar de verla lo consumía. Como una llama encendió su orgullo gitano; la yesca prendió rápido, con fuerza.

Fácilmente lo arrastraron entre varios por la calzada helada  a través de la blanca playa, otrora gris, hasta la orilla, donde se le asestó el estacazo que no lo dejaría volver a levantarse.

 

Sed

La sangre sobre la nieve se ve más roja, brilla más y ahora la luna llena ilumina el rastro alterándome todos los sentidos.
Los ladridos de los perros de las fincas circundantes me golpean en la cabeza, mi instinto cazador hace recorrer un fuerte impulso por mi columna vertebral. Haber acabado con él no me ha relajado en absoluto.
Ha sido duro, desde la casa y entre los olivos hasta el murete del pozo donde pude finalmente partirle el cuello, resplandece el reguero.
Fue difícil dar con el lugar donde se dirigiera desde Madrid, para preguntarle por el caso que él mismo investigó sobre la muerte de mi amigo Osvaldo. Cómo iba a imaginarme que iba a encontrarme con una reyerta en la que casi había matado a palos a dos mujeres y según las fotos ,a su propio hijo. A ellas tendré que morderlas para evitar que mueran, para una vida a la noche eterna.

 

Crimen a la hora del telediario

-La sangre sobre la nieve es más roja, tarda más en secarse debido al frío, no suelta el oxígeno tan fácilmente con lo que reaviva su color, y las luces de tungsteno que reavivan el blanco de los cristales de hielo hacen que el rojo resalte más al contraste.-dijo el inspector Maldonado con un aire sombrío -¿Ramírez, le hacen gracia mis observaciones?-se volvió al joven agente inquisitivo.
-No, yo sólo…-consiguió balbucir Ramírez.
-Verán agentes, así como la temperatura del cuerpo puede ser fiable para fijar la hora de la muerte, las bajas temperaturas nos pueden llevar a engaño, el nivel de oxidación de la sangre puede ayudarnos como un parámetro más. Observen el cuerpo de la víctima encogido . En éste caso los vecinos oyeron los disparos y el sonido de tacones corriendo después, a las nueve y cuarto, …luego…
-Luego buscamos a una asesina.
-No esté tan seguro Ramírez, no esté tan seguro.

 

Frío

La sangre sobre la nieve es más roja, sobre todo cuando es la de uno mismo.
La mirada se me nubla cada vez  que toso, me ahogo en mi propia sangre, los contornos se desdibujan pero los colores siguen ahí; vivos.

Hoy, un día como cualquier otro, recibo un aviso nada más salir de casa; agresión con arma blanca, al doblar la esquina. Allí me esperaban esos cerdos con las recortadas.
Conseguí zafarme y volver al coche. La radio; reventada.

No han parado de perseguirme por toda la ciudad hasta que los he dejado fritos cerca del aeropuerto.
Hice mal en confiarme, no se porqué no me sorprendió ver a Linda tras la Desert Eagle que me perforó el estómago.

¡ Maldita … te saqué de la calle!. Seguro que el cabrón de Murray, -¡ Mi amigo!-,tiene gracia,-¡ Mi abogado!- está en el ajo.

Y aquí estoy,enganchado en la alambrada. Nadie me verá …¡ Maldito frío!

 

Inspiración

La sangre sobre la nieve es más roja, no se cómo no se me habrá ocurrido hacer ésto antes.
Parece irónico que un impulso, una ocurrencia del azar, convierta lo que iba a ser una gran obra en una obra maestra.

¿ Debería ser más impulsivo?

Ésta imagen es perfecta, la fina lluvia de sangre, su proyección, ha enmarcado en blanco círculo la imagen de lo que parecen una pareja de rojas grullas en baile nupcial. Con el sol de soslayo crea un efecto fantástico…

Ésta vez, sí que finalmente el material utilizado queda relegado a un segundo plano.
¡Ja, ja, ja, ja! Incluso se ha apartado girando sobre sí tras el tajo que le he dado en el cuello para que se callara. Supuse que la muy zorra caería inerte con el primer tajo que le desgarraría el hígado; desnuda, en el centro del claro.

Será mi obra más efímera, … Ésto tendré que mejorarlo.

 

Sacrificio.

La sangre sobre la nieve es más roja , y Tim quedó totalmente sorprendido con ésta visión.
El chamán en medio de un rito ensordecedor, extasiante, arrancó el cuello a aquél formidable gallo.

En Teotihuacan los grupos de festejos dispersos se repartían entre las pirámides, círculos rodeando hogueras, chamán, amuletos y sacrificios. La música de percusión rebotaba en La Luna para cubrir toda la ciudad de los antiguos.

Aquel año, extrañamente, un blanco manto lo cubría todo en el equinoccio de primavera.

Tim casi olvidándose de porqué estaba allí, empezó a bailar al son casi convulsivo, y bebió el brebaje con sangre de ave.

Quería saber qué pudo sucederle a Amy el año anterior cuando vino para cubrir la mítica celebración.
Él no era periodista, pero se le daba bien investigar.

Del puro trance, no apreció que fue a él al único a quien el brujo ofreció el brebaje.

Finalmente daría con Amy.

GÉLIDA TRAICIÓN

La sangre sobre la nieve es más roja. Una considerable mancha decora el manto blanco que cubre los adoquines en esta mañana que huele a traición desde el alba.

Patrick, Jonas y yo hemos sido los primeros en llegar al lúgubre y todavía vacío callejón.

La espera se estaba haciendo tensa y ha comenzado una violenta discusión que ha terminado con el menor de los hermanos en el suelo. Inmediatamente me he inclinado y he intentado incorporar a un Jonas inerte. Nada que hacer.

 Hemos iniciado una precipitada carrera calle arriba y, varios metros más adelante, he divisado como una persona giraba y cambiaba su rumbo. No he podido ver su rostro y me pregunto si sería nuestro contacto.

 He sentido miedo al notar cómo en mi huida perdía algo que podía involucrarme en aquel turbio asunto.

 Ya en la plazoleta he alcanzado a un Patrick también ensangrentado que me ha dicho: “El sobraba, ¿cierto?”

Resurrección


“La sangre sobre la nieve es más roja” Si no se me hubiera acercado tanto no habría podido usar mi cuchillo, firmemente empuñado, como siempre que salía a la calle, oculto bajo mi abrigo. Y los dos estaríamos vivos.

Tendría que haberle denunciado la primera vez que me pegó, pero las chicas de bien sabemos que un matrimonio no debe tirarse por la borda por una bofetada. Ni por unos puntos de sutura, o una fisura en las costillas, ni por tres.

Pero el protocolo de malos tratos se puso en marcha y pronto supe que ninguna orden de alejamiento podría protegerme. Pensé en cuantos hombres matan a sus mujeres con menos motivos y quince años en mi vida me pareció un precio barato.

Saldré de este entierro en vida, con la cuenta saldada y en el mundo habrá un hijo de puta menos. Deberíais hacer todas lo mismo.

LA CAZA

La sangre sobre la nieve es más roja. No podía creer que estuviese tan cerca de atrapar a aquel cerdo tras el que llevaba veinte años.

Aquella lejana noche esa sombra sin nombre había conseguido penetrar en su vivienda,.Frida pudo escapar pero no su hermana, a la que ese ser repugnante torturó hasta la muerte. Desde entonces vivió solo para la venganza. Se preparó duramente para dar caza a aquel depredador humano, culpable de muchas muertes.

La persecución había llegado a su fin, le tenía ahí en aquella granja abandonada. No podía dar un paso en falso, con cuidado abrió la puerta del granero donde terminaba el rastro de sangre. El pequeño lugar estaba vacío, a sus pies encontró un gallo negro decapitado y rodeado de un círculo de sangre. Ni rastro del predador, volver a empezar. Frida no había llorado en veinte años, pero en ese momento sintió que sus ojos verdes se anegaban en lágrimas.

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