Precio: 20,90 euros. También disponible en formato ebook por 14,99 euros.
ISBN: 978-84-8460-791-5
Páginas: 634
SINOPSIS:
Sira Quiroga es una niña que crece entre las calles de un barrio popular del Madrid de los primeros años del siglo XX y el taller de costura donde su madre ejerce de oficiala. Allí inicia sus primeros pasos, de chica de los recados, que le da la oportunidad de ver los barrios y las casas más selectas de la capital, pasa al taller donde descubre su habilidad para la costura. El tiempo pasa y entre las turbulencias de los años de la Segunda República, que deja intuir ya el conflicto que sangrará a España, Sira crece y se enamora de un hombre que le hace abandonar a su familia y a su novio de toda la vida. Con él emprende un viaje al Marruecos español. Abandonada y sola Sira se enfrenta a la vida. En el Tetuán abre un taller de costura que pronto tendrá éxito. Sus clientas serán damas alemanas, inglesas y algunas españolas. Desde el Protectorado Español verá pasar la Guerra Civil. Tras terminar la guerra, su amiga inglesa le propone un trato, abrir un taller en Madrid, y allí aprovechando su posición espiar a todos los altos mandos nazis afincados en la capital y pasar la información, a través de un código morse cosido en los patrones de sus piezas al Servicio Secreto Británico; la intención, evitar que con su información España entre en la Segunda Guerra Mundial. Así, Sira, una modista pasa a ser un miembro del SOE.
RESEÑA:
“Una máquina de escribir reventó mi destino. Fue una Hispano-Olivetti y de ella me separó durante semanas el cristal de un escaparate. Visto desde hoy, desde el parapeto de los años transcurridos, cuesta creer que un simple objeto mecánico pudiera tener el potencial suficiente como para quebrar el rumbo de una vida y dinamitar en cuatro días todos los planes trazados para sostenerla. Así fue, sin embargo, y nada pude hacer para impedirlo”
Una perfecta descripción de lugares exóticos. Una cuidada prosa y una buena ambientación sobre los escenarios. Algunos personajes históricos y el entorno de la época en el que se desarrollan los hechos, son el eje fundamental de esta novela. Que, sin embargo, y cómo lectora no consiguió atraparme.
El personaje principal, nuestra heroína, me parece un personaje un tanto voluble, sin la fuerza necesaria para esa vida agitada que le hacen vivir, haciéndose pasar por marroquí y espiando a señoras extranjeras sin conocer en profundidad ninguno de los dos idiomas. Rodeada de unos personajes secundarios desdibujados, sin personalidad propia, que aparecen y desaparecen de su vida con el objeto de resaltar y servir de marco para la protagonista. Salvando el caso de Candelaria “la matutera” y Rosalinda “su amiga inglesa y amante del Beigbeder”.
Hay momentos que la novela se ralentiza, repetición del origen de la protagonista, pasajes históricos que no están englobados en la propia trama.
Tiene que pasar más de medio libro para encontrarnos con la Sira espía que todos esperamos con ansia. Y precisamente a partir de ahí, es cuando el argumento pasa por algunas situaciones inverosímiles dejando lagunas argumentales, y al lector tras la intriga inicial, con la duda.
Por ejemplo cuando reaparece su padre. Un señor que en la primera parte nos deja con la miel en los labios, con una sospecha de que alguien pretende matarle, pero que luego aparece en el argumento dejando en el aire lo que pasó con él.
Situaciones como el reencuentro con su antiguo novio, convertido en inspector del Ministerio de Gobernación, y con claras sospechas de que ella es un agente de los británicos y aun así no hace nada por poner trabas a la protagonista, vuelve a desaparecer, tras, eso sí hacer moralina. Otro personaje inmerso en alguna incongruencia es Beigbeder. El hombre triunfador del Protectorado durante la primera parte de la novela; en la segunda, pese a su magnífica inteligencia y haber sido uno de los que la hacen entrar en el mundo del Servicio Secreto, acude asolado a casa de nuestra heroína a llorar sus penas; pese a la inconveniencia y los problemas que la pudiera causar, pero que efectivamente, por milagro divino del argumento no le causa.
Un antiguo pretendiente que aparece para salvarla, un asistente chivato que luego localiza al heróe —supuestamente ilocalizable, incluso por su propia compatriota Rosalinda— para confesarle que quieren liquidar a la protagonista. Un coche que aparece sin más para facilitarles una huida intensa —viajar en sólo unas horas y nocturnas desde las cercanías de Lisboa a Madrid, cruzando un país por las carreteras de 1941 y recientemente asolado y destrozado por la guerra, es toda una proeza.
Ni siquiera el motivo de Sira para hacerse espía me parece sólido, ya que ella la Guerra Civil la vive muy de pasada y en la lejanía.
Una novela bien escrita, bien ambientada, pero con unos personajes y un argumento de flojea bastante, con el único motivo del lucimiento de la protagonista principal, dejando un final abierto con demasiados interrogantes que ni limitan la novela, ni la hacen más interesante.
Como no podía ser de otra manera, no podemos terminar enero sin siquiera hacer referencia a estas fiestas tan familiares que acabamos de pasar, y como los Lamedores somos así de genuinos, en lugar de hablar de Papá Noel, o de los Reyes Magos, nos vamos a tradiciones mucho más antiguas de manos de nuestra querida Susipop, y su Olentzero. ¡Que lo disfrutéis!
El barco del olvido
ya zarpó hacia puertos nuevos.
El cuerpo inánime queda
llorando de tristeza en el muelle.
Las almas de los nuevos pasajeros,
henchidas de esperanza y de sosiego
se aferran a este último viaje.
Pobres almas en desgracia.
No saben que este barco del olvido
jamás atracará en puerto sosegado.
Disparada desde primera hora de la mañana. Se fue. No sabemos aún bien cómo, pero al despertar ya no estaba.
Mi hermana rompió a llorar y, sin embargo, en mi cara se dibujaba una sonrisa.
Solíamos dejar la ventana entreabierta, y eso que era pleno invierno; pero aunque sólo eramos cuatro, parecíamos muchos en casa. Toda la familia festejábamos la salida del año y a mi madre… eso del gas, le daba miedo, así que, derrochábamos más energía que fiesta, arrojándola por los ventanales.
La verdad es que todo comenzó unos meses antes,no muchos.Mi hermana no terminaba de adaptarse a la nueva casa, una casa pequeña pero preciosa en medio de la nada. La falta de trabajo había hecho que papá y mamá apostasen por un cambio supuestamente mejor para nosotros, sin escuela y con aire limpio y libre, como el que aquella mañana, antes de partir, creo que ella necesitaba.
Ante la falta de adaptación, mis padres se deshacían en lisonjas y consentimientos con Sara. Ese es el nombre de mi hermana. Sara tenía entonces doce años.Flaca. Frágil .Ausente. Triste. Papá se empeñaba en que le venía bien pasear y tomar el aire fresco, y todas las mañanas, lloviera o nevase, nos daba aquella larga caminata de más de una hora que aprovechaba para enseñarnos lo que el decía que era una clase de “Naturales”. Pero vamos, que yo creo que mi padre no tenía ni idea de lo que nos contaba y confundía níscalos con champiñones….aunque, eso sí, nosotros le escuchábamos con los ojos como platos y la boca bien abierta. Eso hacía que él no cupiese en sí de satisfacción.
El caso es que, en uno de estos paseos mi triste hermana hizo algo similar a la mueca de una sonrisa y con mirada aparentemente excitada nos dijo que tenía una idea. Ya he dado a entender que papá haría cualquier cosa por verla feliz, y aunque a mi aquel golpe de creatividad por parte de Sara me pareció horroroso, fui arrastrado a ejecutar junto con ellos aquel maquiavélico plan a escondidas de mama.
Cuando llegamos a casa me hicieron bajar al zaguán donde mamá guardaba las sabanas y robar una, blanca, muy blanca, tan blanca como la nieve que ese día había caído y veíamos pintando el suelo desde la ventana de la habitación. Papá trajo la soga. Y Sara había cogido los palos necesarios para crucificarla. El ruido de la tijera me sobrecogió..kzssssss…rasssssss… Una vez hecho, con todo el sufrimiento y el esfuerzo que nos supuso, sobretodo a mí, Sara dijo que la dejáramos atada junto a la ventana…para que pudiese ver el paisaje y no se sintiese encarcelada. Fue lo que más me gusto de toda aquella loca ocurrencia de mi hermana, la parte más romántica. Verla allí, atada, imaginándome que espera un soplo de aire que quizá le hiciera sentirse un poco más libre…”Atala fuerte” me dijo en un tono que me parecío cuasi sádico.
Durante varios días este ha sido el leitmotiv de mi hermana. Mi madre no sabe que la pasa, pero está entusiasmada, sonríe, bromea, y habla más…Papá, me guiña un ojo, y yo me siento un tanto absurdo subiendo cada media hora a la habitación a ver si sigue allí. Quieta. Estática. Atada. ¡Me gustaría que volara!he pensado día tras día… ¡que huyera por esa ventana y se fundiera con la nieve tan blanca y tan fría en apariencia como ella!
Por fin, hoy lo ha hecho, y nos pillo a los tres por sorpresa. No la pudimos alcanzar.
Creo que sabiendo que se puede escapar y aprender a volar, no me resultará tan doloroso hacer una nueva cometa para mi hermana la próxima vez…aunque sea a escondidas de mamá.
Disparada desde primera hora de la mañana. El fuerte portazo me despertó, como siempre, mi madre salía con la hora justa para llegar al trabajo. Su tiempo era muy valioso y escaso. Ella siempre pasaba ante mí como una exhalación. Más que el ser que me había dado la vida, parecía una sombra fugaz a la que sólo veía pasar a una velocidad vertiginosa varias veces al día, no demasiadas; ya que pasaba la mayor parte de su jornada diaria en el trabajo. Un trabajo metódico, en el que los minutos se medían rigurosamente, con la inflexibilidad mecánica que imponían aquellos superiores enlatados.
Me esperaba otro día aburrido embutido entre las cuatro paredes del apartamento. Curiosamente, y a pesar del tedio que suponían las clases, y sobre todo la férrea disciplina y el control al que estaba sometido, echaba de menos el instituto; sus cámaras de vigilancia y sus guardianes de uniformes plateados, que no dejaban de vigilar constantemente cada rincón del edificio, eran mucho más soportables que esos monótonos días, en los que, no podía hacer mucho más que calarme el casco de los videojuegos y, sumergirme en el mundo virtual y tridimensional del último juego de rol que me había regalado mi madre.
Pero aquel día no me apetecía hacer ninguna de las dos cosas, quería hacer algo nuevo, lo deseaba con todas mis fuerzas. La invariabilidad me hacía caer en un estado de sopor cada vez más preocupante. No quería que mi mente se quedase dormida, no podía consentir que mi cerebro dejase de recibir los impulsos de la curiosidad, las emociones y la ilusión. Me negaba a terminar como mi madre. No era mi meta transformarme en una especie de bala disparada que actuaba simplemente por la inercia del deber, respondiendo a los estímulos de forma programada y automática sin una pizca de voluntad propia en sus actos.
En ese momento recordé mi vieja libreta, necesitaba retomarla y volver a plasmar en un trozo de cuartilla aquellas ideas que se agolpaban en mi cabeza. Ese puñado de papeles unido a unas pastas de cartón, siempre me fascinó. Lo guardaba entre mis tesoros, aquellas hojas cosidas fueron el regalo de mi maestro de primer curso, el hombre que me enseñó a leer y a escribir, el venerable anciano que sabía mirarnos con dulzura paternal a través de los gruesos cristales de sus gafas. Él siempre supo ver en mí aquella cualidad que todos ignoraban. Mi afán de saber y mi capacidad innata de plasmar sentimientos.
A pesar de mis esfuerzos era incapaz de crear nada, cerré con fuerza —casi con violencia— el cuaderno. El tedio que me envolvía habitualmente estaba matando mi capacidad para percibir emociones. Me aterroricé. “¡Noooo!” grité a la soledad que me envolvía. No quería convertirme en uno de ellos.
Me levanté de la silla y di unos pasos por mi habitación, poco a poco me fui relajando. Me asomé al ventanal y ante mis ojos se hizo patente el mismo paisaje de todos los días. El mismo panorama de siempre, una noche eterna coloreada por las luces luminosas e intermitentes de neón.
Necesitaba salir de allí, pero sabía que no podía, así que cogí mis gafas tele transportadoras de imágenes. El último juguete inventado para adolescentes; con este aparato se intentaba suplir nuestro encierro solitario, pudiendo ver a través de ellas cualquier lugar de la ciudad sin salir de casa.
Me conecté a ellas sin ninguna emoción, me sabía de memoria cada rincón que iba a visitar. Pero cuando apreté el botón me quedé helado frente a la ventana. Lo que aparecía ante mis ojos nada tenía que ver con lo que yo esperaba. Aquello era maravilloso, el paisaje me enamoró desde el primer momento. La cristalera del ventanal desplegó una hermosa imagen, un colosal y espacioso lugar cubierto de blanco. Y en primer plano, aparecía algo que debía ser una planta seca, pero que no podía identificar. En el mundo que yo conocía no había cabida para la vida vegetal, que tan sólo conocíamos de pasada a través de los libros de texto.
Acostumbrado sólo a contemplar un entorno de paisajes oscuros oscilando entre el gris oscuro y el azul —que llamaban noche—, rotos por la luminosidad de las luces de colores de los rótulos, esa blanca claridad y aquella luz nueva me impresionó. La curiosidad perdida volvió a mi mente, tenía que descubrir qué era aquello. Y por segunda vez, recordé a la única persona que podía hacerlo: mi viejo profesor.
Me quité las gafas arrojándolas a un rincón y salí del piso con sigilo, ningún vecino debía verme abandonar mi casa o sería denunciado. Afortunadamente hacía ya un par de años que había conseguido hacerme con la contraseña de la llave digital de acceso a mi casa.
Con mucho cuidado me escabullí hacía las escaleras. Allí respiré tranquilo, no era probable que en ese lugar me pillara nadie, todos utilizaban los ascensores. Así que, con tranquilidad, me dispuse a bajar los diecisiete pisos que me separaban de la calle, afortunadamente, también había conseguido copia de la llave del portal. Aquella escalera parecía interminable, pero lo peor sería la vuelta. Los ascensores estaban preparados con un sensor de huellas digitales que tenían fichados a los vecinos por edades, y nosotros, los menores de veintitrés años, no teníamos acceso a ellos si no era acompañados por un adulto. Aquella puñetera ley de protección de menores nos había ido convirtiendo en esclavos sin libertad. Nadie menor de esa edad podía salir sólo a la calle, íbamos de nuestra casa a los centros de enseñanza completamente vigilados por robots canguros que no nos quitaban un ojo de encima. Esos seres metálicos eran los únicos autorizados, junto con los padres, a tener las llaves de acceso a nuestras viviendas. Su misión era protegernos y controlarnos desde que salíamos del centro, hasta que nos dejaban encerrados en nuestras respectivas casas.
Una vez en la calle no me sentí tan valiente, era la primera vez que salía solo, pero me repuse inmediatamente. Conocía bien el camino y la vivienda de mi maestro no estaba lejos. Aunque hacía tiempo que no habíamos vuelto a visitarle, recordaba la dirección, al igual que mantenía clara en mi memoria nuestras visitas, antes de que mi madre se hubiese convertido en aquel proyectil acelerado.
La suerte estaba de mi lado. La calle estaba desierta y, gracias a mi aburrimiento y al abuso de las horas pasadas conectado a mis gafas tele transportadoras, conocía de sobra donde estaba instalada cada cámara de seguridad. Agazapado entre las sombras conseguí llegar a mi destino.
La casa se conservaba tal y como la recordaba. Siempre me pareció muy extraña, y recuerdo que al principio me daba miedo entrar. Sólo quedaban tres o cuatro construcciones de ese tipo en toda la ciudad; eran viviendas unifamiliares, construidas de ladrillo y no pasaban de dos plantas. Nada parecido a las torres de treinta pisos de metacrilato, acero y cristal que plagaban las calles y se habían convertido en nuestros pulcros e impersonales hogares.
Golpeé la aldaba, aquel raro objeto de hierro y con forma de cabeza de dragón que me atemorizaba en mi niñez, contra la puerta de madera. Allí no había llaves digitales, ni identificación de huellas dactilares, ni ninguno de los sofisticados detectores de seguridad. Curiosamente todo aquello que despertaba mis temores infantiles, ahora eran un símbolo de libertad.
El maestro acudió a abrir la puerta parapetado tras sus gruesas y entrañables gafas, no había cambiado nada en aquellos años.
— ¡Hola muchacho! Cuanto tiempo sin verte. ¡Pasad! ¡Pasad! Esto… ¿y tu madre?
— He venido solo, señor.
— ¡¿Qué has venido solo?! ¡Estás loco! Ya sabes que la ley de protección del menor es muy estricta.
— Lo sé, pero mi madre cada vez tiene menos tiempo y yo… yo… necesitaba verle. Tenía que contarle algo que he visto, y tengo el presentimiento de que sólo usted podría sacarme de mis dudas.
— ¡Venga pasa, pasa! Mejor que no te vean.
La salita seguía siendo acogedora, su propietario no había cambiado un solo mueble. Nos sentamos ambos en sendos sofás frente a una chimenea apagada.
— Es una lástima que ahora con la climatología estable, este hogar sólo sirva de adorno —suspiró mi maestro—. Era maravilloso sentir su calor y ver el resplandor de las llamas en las frías tardes de invierno. Y ahora cuéntame muchacho. ¿Qué es lo que has visto que te ha hecho aventurarte a venir solo hasta aquí?
— Esta mañana estaba aburrido y pensé que a falta de poder salir, dar una vueltecita virtual por la ciudad me vendría bien; así que cogí mis gafas tele transportadoras y vi algo que no había visto nunca. Todo se veía de forma distinta con otra luz mucho más clara, no había focos, ni neones, el cielo era claro y el suelo estaba cubierto de una capa blanca.
— ¡Dios mío! ¡Muchacho, has visto la nieve!
— ¡¿Y eso es malo?! —me asusté.
— No, en absoluto, eso era un don divino. La nieve era agua congelada por las bajas temperaturas que caía del cielo los días de mucho frío. Creo que lo que has visto ha sido la imagen de la última nevada. Yo era muy joven cuando la presencié.
— ¿Me lo podría contar? Quiero volver a escribir, hace mucho que no he vuelto a hacerlo. No hay nada que me motive a ello, es todo siempre tan monótono, tan igual.
— Mira hijo, hace muchos años podíamos vivir al aire libre, ¿sabes? Allí fuera podíamos distinguir entre el día y la noche. Durante el día la luz inundaba todo el cielo, cuando no había nubes era de un azul claro y brillante. Las noches se volvían de un azul oscuro, parecido a los días completos que conocemos ahora; incluso algunas veces, cuando no se podían ver la luna ni las estrellas, la noche podía volverse totalmente negra. Llovía, nevaba, hacía frio, calor… nada era estable. Hasta que llegó la gran explosión y todo se fue al garete. —La mirada del anciano se apagó.
— ¿La gran explosión?
— Sí, hijo. Tanto se quiso explotar los dones de la naturaleza que ésta se rebeló. Y un día, el sol estalló en mil pedazos, conseguimos sobrevivir sólo unos pocos: un pequeño grupo de científicos cualificados que veíamos venir la tragedia y que fuimos preparando un refugio. Fue muy doloroso saber que todo se terminaba, y más doloroso todavía no poder hacer nada para alertar al resto de la población. Nuestros gobiernos haciendo caso omiso a nuestras advertencias, nos tenían atados a un férreo pacto de silencio. Sabíamos que si hablábamos, aparte de poner en peligro nuestras vidas, otros expertos saldrían rebatiendo nuestra teoría y nadie nos tomaría en serio. Estuvimos muchos meses parapetados en nuestro amparo subterráneo. Cuando estuvimos seguros que el peligro de radiación había pasado, y que el calor ya sería soportable en la superficie, salimos de allí. Efectivamente nuestros cálculos habían sido cruelmente exactos. Todo estaba arrasado, fulminado y calcinado. Éramos pocos pero pronto nos sobrepusimos a la tragedia. Conservamos la ilusión, aún podíamos hacer algo bueno y así comenzamos a reconstruir lo que habíamos perdido. Lo primero era pensar en cómo protegernos de las agresiones exteriores y evitar otro desastre de esa magnitud, así que comenzamos a edificar la campana metálica que compone nuestra actual atmósfera. Conseguimos elaborar un metal de tal dureza que nada podría destruirlo. Ningún ataque del cielo nos volvería a pillar desprevenidos. Luego todo fue más o menos fácil, con aquel metal y otros que poseíamos en abundancia, gracias al reciclaje, todo comenzó a rodar sin mayores problemas. Sólo topamos con una pequeña dificultad, en el equipo había pocas mujeres, con una edad en la que concebir hijos, era muy limitada; así que la capacidad de reproducirnos se vio muy mermada. Decidimos que lo mejor era fabricar seres a nuestra imagen y semejanza para que nos ayudasen en nuestras tareas y, que en algún momento, pudiesen ser los continuadores de nuestra obra.
— ¿Los robots? —interrumpí.
— Sí, hijo, y estos cada vez fueron siendo más perfectos… y esos robots fueron construyendo otros… y se fueron reproduciendo y multiplicando… y cada vez eran más inteligentes… y al final, las máquinas nos fueron dominando hasta que nosotros, sus creadores, fuimos quedando relegados al olvido. Fuimos unos ingenuos, o unos prepotentes, no sé… pero lo cierto es que las máquinas son máquinas y aunque pueden ser inteligentes, es imposible dotarlas de humanidad.
— ¿Por eso ahora ellas nos dominan?
— Sí, muchacho, por eso ahora nos esclavizan las máquinas, por eso ahora es todo tan perfecto, por eso no disfrutamos de cambios y todo es mecánico. Nuestro sueño de volver a crear un mundo como el que teníamos antes de la gran destrucción, pero mejorado y casi perfecto, se vino abajo. Estos seres jamás nos dejarán alcanzar nuestra utopía. Ya sólo quedamos cuatro viejos sin fuerzas para luchar contra una mayoría aplastante e indestructible.
— Profesor, ¿puedo hacerle una pregunta sin ser grosero o indiscreto? ¿Cuántos años tiene usted?
— Muchos, hijo, muchos, hace dos meses cumplí doscientos cincuenta años, una edad a la que el hombre no llegaba desde los tiempos bíblicos. Hemos conseguido alargar la vida, sí, conseguimos alargar nuestra existencia hasta límites insospechados. No logramos vencer a la muerte que, aunque mucho más lejana, aún nos acecha. Pero, ¿de qué sirve vivir tanto si carecemos de inquietudes, y nuestra existencia está sumida en la más total apatía? De todos modos el destino final será el mismo, no quedará ni un solo resto de nosotros, nadie nos recordará, ni pasaremos a la Historia.
— Quedamos nosotros, sus descendientes —exclamé.
— No, muchacho, no tenemos descendientes, ya lo único que podemos hacer este puñado de ancianos es esperar el sueño definitivo.
Disparada desde primera hora de la mañana, aún con el pelo revuelto, plenamente satisfecha, y con ese peculiar olor de Rubén impregnado tanto en las sábanas como en mi cuerpo cincuentón, me recordé a mí misma que los padres de esos jóvenes me pagan por limpiar y por poner cierto orden en la jungla particular de sus vástagos, no por acostarme con ninguno de ellos. Pero la carne es débil… A veces. Afortunadamente, sólo a veces. Sin embargo, la soledad es muy mala… Siempre.
Justo después de que desenredara mis telas de araña aquel Adonis- quizás algo inexperto pero voluntarioso como los había conocido pocos- fue cuando noté cómo el aire viciado de aquel habitáculo me iba asfixiando lentamente. Se imponía una urgente renovación de fluidos. Abrí la ventana de ese dormitorio, como hacía a diario en aquel piso estudiantil pero, en esta ocasión, con una prisa casi ilógica. Necesitaba respirar. ¡Y pensar que, tan sólo media hora antes, no me había molestado en absoluto ese que ahora me parecía tan molesto tufillo a tabaco!…
Aunque el aire frío del exterior tardó menos de un segundo en colarse para invadir el espacio que había entre aquellas cuatro asépticas paredes- voayers de lujo de mi reciente desenfreno-, yo continuaba teniendo una temperatura interior bastante elevada, que aumentó más aún, al sentir su leve y gélido roce sobre mi rostro. Ese simple gesto logró que mi erotismo, rebelde y dispuesto, hiciese el amago de despertarse por enésima vez pero, como no era el momento más adecuado para empezar de nuevo “a hacer puzzles”, y como además mi joven Adonis estaba ya en el baño, cerré la ventana y miré a través del cristal dejándome llevar por la belleza de aquel paisaje.
Me gustó contemplar los campos cubiertos de nieve. Ese tipo de estampa era absolutamente desconocida para mí. Sin embargo, reconozco que me entristeció ver la sequedad de los tallos que tenía justo enfrente de mis ojos y deduje que, una vez más, el frío había sido el asesino del color. Era de suponer que en primavera esas plantas, ahora mustias y feas, estarían preciosas y llenas de vida. ¿Las flores serían rojas, representando el fuego y la pasión, o serían bancas en honor a la pureza y a la virginidad? ¿ Qué tipo de geranio decoraría cada una de esas jardineras?- Porque estaba segura de que en esos tiestos lucían hermosas “reinas de los balcones” y no otras flores… ¿ Serían “Pelargoniumtriste”, tal vez, que perfuma sólo por la noche? ¿El dueño de esa casa, alquilada a mis niños por curso universitario, sería hombre o mujer? Uhmmm, por la decoración austera diría que se trata de un hombre, sin embargo ciertos detalles son totalmente femeninos… Así estuve durante un buen rato, haciéndome decenas de preguntas para las que no encontré respuestas y, frente a aquel paisaje nevado y absorta en mis pensamientos- ¡total, ya no tenía prisa!-, dejé que transcurriese el tiempo.
Días atrás había estado melancólica y no sentía ilusión especial por nada. Creo que fue precisamente por esa sensación de vacío por la que me refugié en los brazos de Rubén. Él llevaba tiempo proponiéndome con insistencia una noche al rojo vivo y a mí me gustaba su físico. Decía que le “ponían” las maduritas y que, como a todo buen universitario, le gustaba aprender y divertirse, y que veía en mí a una estupenda profesora para ambas cosas. Recuerdo que en alguna ocasión también me comentó que, para hablar de amor, ya tenía a su novia Blanca- universitaria como él, de buena familia y muy buena niña, según sus propias palabras-. A mí me gustaba gustarle; reconozco que me halagaba y que me encendían sus pícaras miradas.
Diciembre siempre fue un mes extraño para los que un día nos alejamos de todo lo nuestro, no por gusto precisamente, y aún no sé con exactitud en busca de qué. Se acercaban las Navidades y no sabía si iba a ser capaz de resistir otro año más sin rodearme de los de mi propia sangre… ¡Echaba tanto en falta el calor y el color y, sobre todo, el olor de mi gente!… Aunque he de reconocer que el de Rubén me recordaba mucho al de “mi papitobello”, como siempre le gustó a mi esposo que le llamara. ¿Él recordaría mi aroma? Probablemente no, porque nunca fue muy detallista para esas cosas. Bueno, ni me fue fiel jamás durante los más de treinta años que estuvimos juntos; así que, ¡cómo para que no mezclase perfumes en un jardín tan variado como había sido el suyo!
-Jenny, tengo un regalito para ti. Te lo mereces. Espero que te guste y que te recuerde a mí. Voy a dejarlo en la mesita de noche y lo abres cuando me vaya, ¿de acuerdo?- Dijo mi joven amante nada más salir de la ducha mientras su cuerpo, desnudo y aún húmedo, se acercaba peligrosamente a mi espalda y sus labios se estrellaban en mi nuca hasta conseguir hacerme perder el sentido.
-No quiero nada material. Hoy te quería a ti y me has dado más de lo que necesitaba, Rubén. De todos modos, gracias.- Logré decir entre suspiros.
Entre villancicos, muchísima bebida y bastante comida, pasé otra Navidad más deseando que pasasen cuanto antes las horas – mi corazón por esas fechas nunca latía con normalidad- y rodeada de compatriotas en un triste piso compartido, decorado para la ocasión con decenas de luces incapaces de iluminar nuestros apagados interiores. Eso sí, como ocurría cada año, a menudo llorábamos -aparentemente- de risa y todos fingíamos alegría… yo la primera.
Tras ese breve período vacacional se reanudó mi trabajo en la jungla. Me apetecía volver a la rutina fundamentalmente porque necesitaba ver a mi apolínea ilusión. Quería darle las gracias por su obsequio, decirle que le hice caso y que lo abrí justo cuando salió por la puerta cargado con sus maletas, y también deseaba que él me dijese cuánto se había acordado de mis besos y de mi cuerpo en esos escasos quince días. Hoy estreno mi único regalo navideño: su perfume. Por supuesto, espero que se dé cuenta.
Al entrar en el piso de mis muchachos he escuchado las voces de Goyo y de Mara -siempre tan linda pero tan chillona-, saliendo del salón, y la de Carlos y la de Pablo -que parece un tenor y es educadísimo- que provenían de la cocina. Los he saludado y me he encaminado al dormitorio de Rubén cuando una voz, desconocida y extremamente dulce al oído pero amarga y punzante para la razón, ha dicho:
-¿Pichi, cielito, dices que hoy viene a limpiar la “ vieja pezu esa”? Ainss, no sé si seré capaz de aguantar su presencia ¿eh, Rubén? ¡Te lo advierto! Escupió Blanca, la universitaria de buena familia y muy buena niña, pero de muy poca educación y de menos corazón.
-Amor, no te preocupes. Si no te gusta cualquier cosa, me lo dices y nos buscamos algo para ti y para mí solitos…Sabes que nada me ata a este piso. Yo sólo quiero estar contigo, Blanca… Sólo contigo.
Y sintiéndome más sola que nunca, he abierto todas las ventanas porque me asfixiaba de nuevo. Necesitaba respirar.
Disparada desde primera hora de la mañana y proyectada como un misil contra una diana situada a millones de kilómetros en los confines de su alma. Así se sentía Cristina cada vez que se levantaba de la cama. Para ella dormir equivalía a un viaje en barca durante una tormenta en mar abierto. El aliento nauseabundo era prueba del viaje de cada noche. Esta vez, la sensación se vio mitigada por la estampa que le ofrecía la ventana. Había nevado por la noche, y la ventana ofrecía un cuadro impresionista en bellísimos tonos blancos, negros y azules. Toda la llanura que se veía desde su ventana estaba cubierta por un brillante manto blanco que se extendía hasta donde podía alcanzar la vista. Era tan bella, que se quedó durante un instante absorta y contemplativa. Había decidido que hoy sería feliz. Pero poner los pies en el suelo la devolvió de golpe a la realidad. Sentada en el borde de la cama, sintió que por la garganta ascendía como una manada de caballos salvajes una náusea que la obligó a precipitarse sobre la taza del váter. Y es que el Docetaxel no daba tregua alguna. Cuando se hubo repuesto, se incorporó y se quedó paralizada frente al espejo. No reconocía al cadáver que la miraba desde el otro lado. Una cara demacrada, con las cuencas de los ojos hundidas, con un cabello ralo y frágil que se resistía a dejar la cabeza, pero que inexorablemente se veía muerto, y un rictus de dolor en todas las facciones que otrora fueran humanas y llenas de vida. El cuerpo enjuto que se dibujaba ante ella no dejaba nada a la imaginación. Ni siquiera el camisón de raso blanco disimulaba la extrema delgadez y la ausencia de algún bulto que debería estar ahí, pero que no estaba. Sin duda, el Docetaxel no daba tregua, no… Era la primera vez que Cristina se miraba al espejo después de la operación, y aunque ella sabía que su aspecto no debía ser muy lozano, no estaba preparada para ver lo que había visto. En cualquier caso, tenía que saber cómo había quedado todo. Lentamente, se quitó el camisón, y se quedó desnuda delante del espejo. Allá donde en otro tiempo hubiera dos pechos redondos y turgentes, sólo quedaba una cicatriz que pareciera hecha por el mismísimo doctor Frankenstein. Cristina se miró de perfil, y comenzó a repasar su pecho lentamente con la punta de los dedos. La superficie de la piel era rugosa, casi áspera, y apenas tenía sensibilidad. Su cuerpo enjuto y cetrino parecía ahora más que nunca la sombra de un cadáver andante. No podía imaginar que esa imagen fuera su reflejo. No podía ser. Ella siempre había sido una mujer lozana, llena de vitalidad, y ahora era un espantajo que apenas sí tenía fuerza para sostenerse sobre sus dos pies. Pero no, hoy Cristina había decidido que sería feliz, y nada ni nadie podrían impedirlo. Volvió a ponerse el camisón y salió del lavabo. Tras ponerse una bata y unas pantuflas calentitas regalo de sus alumnos, se dirigió a la cocina para prepararse el desayuno. Un gran vaso de zumo de naranja recién exprimido, una tostada con mantequilla y mermelada de frambuesas, una taza de té con leche y la medicación de la mañana constituían su rutina diaria. El médico le había dicho que ahora más que nunca debía alimentarse de la forma más sana posible, y sobre todo tomar muchas frutas rojas, así que aunque se levantaba hecha pedazos y con una tempestad en el estómago, ella seguía obediente las órdenes que le habían dado. Hoy tenía cita con el médico. Le habían hecho algunas pruebas días antes y tenía que recoger los resultados. Tras la ducha, se enfundó en un vestido de lana roja y unas botas altas de cuero marrón. Hoy quería estar radiante, sentirse llena de colores, igual que la estampa impresionista de la ventana. El abrigo, las llaves, el bolso… ¡ah, el móvil!… Y un taxi esperando en la puerta de casa que la llevaría directa al hospital.
La sala de espera del hospital era un hormiguero de gente silente. Las personas entraban y salían como si de un velatorio se tratara. Y es que la sala de oncología no es un lugar muy alegre. Cristina se sentó en la sala y tomó una revista. Era de la Asociación Española de Oncología Médica, y había un artículo sobre el cáncer de mama. “Vaya”, pensó Cristina. “Parece que mi vida va a rondar en torno a esto todo el día de hoy”. La voz de la enfermera llamándola la sacó de su soliloquio. El médico era un hombre dulce, de mediana edad, con unas gafas metálicas y de lente pequeña que siempre se resbalaban hacia la punta de la nariz y que dejaban ver unos ojos chispeantes de bondad y esperanza. “¿Qué tal te encuentras hoy, Cristina?”, le preguntó el médico mientras ojeaba el historial. “Hoy he decidido que voy a ser feliz, doctor”, respondió Cristina con determinación. El semblante del médico se tornó umbrío y el brillo de sus ojos varió el color hacia la compasión. “No tengo buenas noticias, Cristina. Las pruebas que te hemos realizado demuestran que el cáncer se ha extendido hacia el pulmón derecho y las vértebras torácicas. Lo siento”. La enfermera se apresuró a ofrecerle un tisú a Cristina, pero su cuerpo estaba inmóvil. Su cerebro daba órdenes a las glándulas lagrimales para que comenzaran a brotar lágrimas, pero éstas no respondían. Los nervios de los brazos enviaban órdenes a los músculos para que activaran el movimiento, pero las fibras musculares se negaban a hacerlo. E incluso su corazón, ajeno a las órdenes del cerebro, se paró por un instante. “¿Cuánto tiempo me queda, doctor?”, consiguió decir después de que el cerebro venciera a la voluntad de la laringe. “Debemos comenzar con una nueva sesión de quimioterapia, y reforzarla con sesiones de radioterapia durante al menos un mes para ver la evolución…” “¿Cuánto tiempo me queda, doctor?” le interrumpió Cristina bruscamente. “Todavía hay esperanza”, acabó diciendo el médico. Cristina se levantó de la silla, y salió de la consulta caminando torpemente. El médico y la enfermera salieron tras ella para detenerla. Todavía había esperanza… Pero ahora eran las piernas las que habían decidido actuar por su cuenta, y no se detuvieron ante las voces del médico que le decía que todavía se podía luchar. “Luchar…”, pensó mientras salía por la puerta del hospital. El taxi la esperaba en la puerta, pero decidió pagar la carrera y caminar por la ciudad. El cielo era plomizo, con un agobiante espesor que casi no permitía respirarlo. Y los colores, ¿dónde estaban los colores de la mañana? ¿Desde cuándo los edificios ofrecían esos colores enlutados en blanco, gris y negro? Salió corriendo a duras penas calle arriba mientras en su mente intentaba desdibujar la imagen que acababa de ver. Cuando alzó la mirada, se encontró en las puertas de su colegio. “No, por Dios”, pensó. Intentó pasar desapercibida por delante de la puerta, pero la voz de un hombre la detuvo. “¡Señorita Cristina! ¡Cuánto tiempo!” le dijo un señor bigotudo y mofletón mientras le arreaba dos besos en plena cara. Era el conserje del colegio. “¿Qué tal, cómo se encuentra? ¡Niña, ven, corre, que está aquí la señorita Cristina!” gritaba aquel hombre mientras la agarraba del brazo. En un instante, se formó un remolino alrededor de ella. Personal del colegio, compañeros profesores, alumnos e incluso el director salieron a saludarla. Y lo que menos necesitaba ahora mismo Cristina era ese bullicio. Probó nuevamente la relación de su cerebro con sus piernas y vio que su cuerpo volvía a actuar como un todo, así que salió corriendo como alma que lleva el diablo ante la mirada atónita de todo el colegio. Corrió tanto que se perdió entre las caras anónimas de los transeúntes. Necesitaba estar sola, o al menos rodeada de gente que no la conociera. Necesitaba sentirse perdida entre la muchedumbre, como un grano de arena mecido por la marea.
“Necesito café”, pensó mientras pasaba por una cafetería de estilo parisino. Se sentó en la sala de espaldas a la vidriera. No quería que nadie la viera mientras reflexionaba sobre el café solo que había pedido. Cada vuelta de la cucharilla le traía la frase del médico. “Todavía hay esperanza”… Pero nuevamente algo la distrajo. Un hombre alto, moreno y de aspecto atlético enfundado en un traje de color gris marengo estaba delante de ella. Cuando alzó la mirada, encontró una cara conocida, unos ojos azules como el mar la miraban con dulzura desde la altura. “Cristina…”, susurró una voz varonil y llena de ternura. “¿Por qué no me has llamado en todo este tiempo? Creí que lo nuestro era algo bonito que podía llegar a buen puerto…” Cristina no sabía muy bien cómo reaccionar. La verdad era que cuando comenzó todo el infierno del cáncer, había dejado todo de lado, incluida una maravillosa relación de amor y comprensión que compartía con este adonis que se le presentaba ahora. Miguel se arrodilló para quedar a su altura. “Estás preciosa”, susurró. Nada le alienaba más a Cristina que la mentira piadosa. Ella misma había visto el zombi en el que se estaba convirtiendo esa misma mañana. “¿Preciosa? ¡¿Que estoy preciosa, dices?! Mira, no me vengas con chorradas, que sé cómo estoy, y no estoy preciosa precisamente…” Escupió. “No te estoy diciendo chorradas, te digo que estás preciosa, porque yo siempre te veo preciosa. Además, eso lo tengo que decidir yo, no tú.” Dijo Miguel mientras le tomaba la mano. “¿Por qué no me has llamado en todo este tiempo? ¿Cómo te encuentras?” prosiguió. “¿Que cómo me encuentro? Pues jodida. ¡Me encuentro jodida! No te he llamado en todo este tiempo porque no quiero saber nada ni de ti ni de nadie, porque me estoy consumiendo poco a poco y no quiero que nadie vea cómo estoy. Por eso no te he llamado. Y me vienes tú ahora y me dices que estoy preciosa… ¡Que me estoy muriendo, coño! Y tú con que estoy preciosa…” El semblante cetrino de Cristina se enrojeció por acción de una ira que permanecía latente como la lava de un volcán, pero que por fin había encontrado una grieta por donde surgir. “Cristina…” volvió a susurrar Miguel mientras volvía a tomarla de la mano. “Estoy aquí, no me he ido, no me quiero ir. Estoy contigo para lo que quieras…” La mirada azul de Miguel se hundía en las cuencas vacías de Cristina, llenándolas de agua dulce. Por un momento, su mente sopesó la posibilidad de fundirse en un abrazo con Miguel, y dejarse envolver por ese velo protector a cualquier precio, pero la ira contra todo y contra todos era demasiado poderosa como para contrarrestarla. “Miguel, déjame sola, por favor”, contestó Cristina retirando la mano bruscamente. “Ahora no tengo tiempo de discutir menudencias”. Miguel se levantó y sobre una de sus tarjetas escribió “llámame a cualquier hora del día o de la noche. Allí estaré”. La dejó encima de la mesita y se dio la vuelta camino de la calle hasta que se perdió entre el gentío. De las cuencas de los ojos de Cristina comenzaron a brotar un mar de lágrimas amargas y espesas. Sabía el coste que había pagado por esa despedida, y eso le dolía profundamente. La realidad es que en ese momento su ira contra el mundo era mucho más poderosa que el amor que sentía por Miguel, así que no podía ofrecer resistencia.
Como no quería más contratiempos de este calibre, decidió tomar un taxi y volver a su casa. Allí sabía que nadie la perturbaría. Se quitó el abrigo, y al dejarlo en la percha cayó la tarjeta de Miguel al suelo. Cristina se la quedó mirando, y la depositó en una cestita al lado del teléfono. Había decidido que se bebería una botella de vino mientras se daba un baño y escuchaba música. Necesitaba desconectar del mundo, y pensar con algo más de claridad de lo que lo había hecho hasta ese momento. Tras acabar la cena, decidió abrirse una segunda botella de vino. Esta vez, atacaría a un delicioso Grand Cru borgoñón comprado en la última visita a Dijon. Tenía la sensación de que aquella sería la última ocasión en su vida en la que probaría un buen Borgoña. La música seguía sonando mientras Cristina poco a poco se dejaba llevar por las nubes etílicas. Entonces, comenzó a sonar “Tosca”, de Puccini. La música le llevó a transportarse más allá de la estancia, como si el suelo no existiera bajo sus pies, como si la estancia se agrandara hacia dimensiones galácticas… Y comienza Tosca a cantar “Vissi d’Arte”, y comienza Cristina a levantarse lentamente, a vagar por la sala que poco a poco se va quedando vacía… excepto la cestita y el teléfono. En ese momento, tomó el teléfono y marcó un número de memoria, pero lo suelta mientras da señal imbuida por la música que penetra por todo su cuerpo… Y entonces, miró hacia la ventana, y ahí estaba otra vez ese cuadro impresionista que la saludaba. Quería formar parte de él, quería desaparecer de esa cárcel que se llama cáncer, y que la tenía atada a un riel por donde tarde o temprano pasaría el tren de las doce… Salió a la terraza al tiempo que desde el tocadiscos Mario cantaba desesperado “E lucevan le stelle”, y se quedó absorta mirando la llanura nevada. Una sensación de ligereza le permitió subirse a la barandilla mientras seguía ansiando el horizonte. Y cuando se disponía a dar un paso al vacío, unas manos la rescatan del abismo precipitándola dentro del salón. La música cesa, y Cristina se ve envuelta en unos brazos morenos y atléticos, y al girar la cara descubrió una mirada acuosa de color azul, que la sostenía firmemente. Miguel la abrazaba con fuerza tirados los dos sobre la alfombra del salón. De las cuencas oculares de Cristina comenzaron a brotar océanos de lágrimas saladas que caían sobre el hombro de Miguel. Lentamente, la levantó en brazos y la llevó a la cama, en donde la acostó dulcemente al tiempo que él mismo se recostó a su lado tomándola por la cintura. Cristina se dio la vuelta, y al ver la cara de Miguel, en donde todavía se dibujaba un rictus de terror, no pudo contener la necesidad de besarle.
A la mañana siguiente, Cristina se levantó mejor que nunca. Hacía demasiado tiempo desde la última vez que hiciera el amor, y ya casi no recordaba lo maravillosa que era esa sensación. Al mirar por la ventana, vio que el cuadro impresionista seguía allí. “Todavía hay esperanza”, sonó en su cabeza mientras contemplaba la escena. “Todavía hay esperanza”, dijo en voz alta, como absorta. Miguel se desperezó lentamente mientras el sol le iba dando en la cara. Se incorporó, y besó el cuello de Cristina, mientras con las manos acariciaba las cicatrices de sus operaciones. Cristina se levantó de un respingo y se fue hacia el teléfono. Marcó y esperó señal. Al descolgar el teléfono, pidió que la pasaran con la unidad de oncología, necesitaba hablar sobre el tratamiento que tendría que seguir con su médico. Todavía había esperanza, y no iba a perder la posibilidad de que esa historia de amor que había renacido la noche anterior desapareciera sin al menos haberle plantado lucha a la enfermedad. Por primera vez en mucho tiempo, Cristina no se sintió como una bala disparada desde primera hora de la mañana.
Publicado en Relato Libre el Domingo, 1 de enero de 2012 por Administrador
Bueno, pues hemos acabado el año. Agradecer enormemente a todos los que generosamente contribuyeron con sus textos durante el més de diciembre y así alcanzar el fin de año. Nos ha encantado leeros. No pensábamos que el mar que horadaba la roca lentamente pudiera dar tanto de sí.
Dar gracias también a todos los que sin participar mediante la escritura lo habéis hecho con vuestros comentarios, o sencillamente con vuestra visita. Esperamos que sigáis participando escribiendo, comentando o leyendo.
Y comienza un año más. Que esperamos venga lleno de creatividad e ilusión. Lo dicho. Feliz 2012. Seguiremos caminando, aunque sea despacito. Lametorros a todos.
El mar horadaba la roca lentamente, tan lento era el mar socavando entre aquellas piedras salinas como lo era el sol intentando despedirse…
¿Nos os ocurre que en esos momentos en que todo va bien uno tiende a no pensar en nadie más que en sí mismo? A mi me pasa, y por eso entiendo que cuando sucede lo contrario, es decir, que las cosas no van tan bien, o para que andar con paños calientes, cuando las cosas van fatal, cuando van tan mal que ya no te importa ni la desgracia ajena ni la tuya propia, porque el límite ya está tan dado de sí que sería imposible comparar medidas, el tiempo te alcanza. Se esconde detrás de ti, como una sombra con muy mala leche y te echa el aliento en el cuello –que además huele agrio, porque lo bueno, huele bien, y lo malo, es fétido, como en los cuentos de hadas, que algo de cierto hay en ellos-.
Pues aquella tarde el mar no me parecía ni tan bonito ni tan azul, y eso que los colores del amanecer pedían a gritos una cámara digital que, además de buenas fotos, me permitiera subirlas al ritmo de un suspiro en la red social para entretener al público que en ese momento, debo decir la verdad, me era del todo indiferente. El invierno que amenazaba con salir de entre aquellas rocas, y yo divagando.
El mar horadaba la roca lentamente, … Y yo seguía intentando descifrar el patético esfuerzo que me estaba suponiendo decidirme a salir de nuevo esa noche y resarcirme de tantos años dedicada a alabar, apoyar, consolar a Mario, un hombre de esos que debería ser obligatorio en el currículum vital de cualquier mujer, para aprender a diferenciar lo que significa un compromiso con amor o comprometerse a perder el tiempo con los Mario/Manolo/DarthVader que se cruzan en nuestro camino.
Creo que durante todos aquellos años no coincidíamos apenas uno o dos días entre semana, porque a pesar de compartir oficio y casa, nuestros intereses y el propio trabajo ya se empeñaban en separar físicamente lo que desde el principio ya estaba más desligado que una mahonesa cortada.
Supongo que por la falta de roce diario y esa extraña costumbre que adopté de terminar contándole a Tanga mis preocupaciones y también la mayor parte de mis alegrías, una tarde dejé de lanzar botellas de náufrago al desierto, porque la paciencia en mi abunda, pero la falta de sentido común nunca me ha querido acompañar, y menos cuando estoy sobria. Así que el día en que Mario salió con prisa, como era habitual en él salir con prisa, y vestirse con prisa, y follar rápidamente, quizá para no tener que perder más que el tiempo justo, qué cosas, no le recordé que hacía dos meses que esperaba una contestación. Abandoné la casa aquella tarde, y punto. Y me acerqué, cómo no, al mar.
Y siete meses después de nuestra separación de bienes, entre los que no se encontraba Tanga, naturalmente, que no se lo llevó con él por amor, que éste doy fe hay que llevarlo puesto para poder compartirlo, y a Mario, supongo que por la prisa de la que ya he hablado, se le había olvidado ponérselo hacía mucho tiempo. Se había llevado a Tanga por fastidiar, así de claro, porque lo cierto es que él jamás se agachó a recogerle una caca, es más, creo que ni sabía que era un perro de verdad y que hacía cositas de perro, eso es, salir a la calle cada día y cagar y mear cuando tocaba.
Cansada de salir casi cada noche, de embutirme entre risas que no convencían ni al espectador más colocado, supe que pese a todo le echaba de menos –a Tanga, naturalmente-, que me había dejado llevar por las circunstancias y que, el único modo de apelar a su pequeña capacidad emocional para recuperar lo que por derecho propio me correspondía, era fingir animadversión hacia lo que él consideraba un triunfo.
Habían pasado muchas semanas, y yo a quien echaba de menos no era a Mario, efectivamente que no, lo que echaba de menos era escuchar la respiración profunda de Tanga sobre mis pies, mientras yo escribía mi artículo diario en el ordenador. Y sacarle a pasear y dejarle que corriera libre por aquella playa en la que ahora solo veía piedras, agua, arena, donde antes había consuelo, colores, chispas.
El mar horadaba la roca lentamente, es mi tercer intento, pero nada, hoy no me sale nada, tengo la cabeza ocupada pensando en este ser nada escuálido que ahora se apoya en mis piernas y me da todo el calor que necesito. Este invierno se que no pasaré ningún tipo de frío.
Al César, lo que es del César.
Saray Shaetzler para Los Relatos Más Relamidos, Jornadas de Puertas Abiertas
El mar horadaba la roca lentamente, la noche era fría y serena, había una preciosa luna llena, las olas llegaban una tras otra lamiendo la arena de la playa. A lo lejos se oía el suave rasgar de las cuerdas de una vieja guitarra entonando las notas de un villancico; faltaban unos pocos días para Navidad. Él seguía adelante, la cabeza gacha, sin rumbo. Ya no notaba el dolor en su entumecido y magullado cuerpo, le llegaba el sabor salado del mar. Tenía sed, mucha sed, pero sabía por experiencia que el agua de mar era mejor no beberla. Podía ignorar el hambre pero necesitaba beber, estaba extenuado, sabía que había llegado a su límite, no podía más, lo había intentado pero ya no… La luna iluminaba la pared de roca, encontró un pequeño hueco para resguardarse del frío, se acurrucó en la dura piedra y se puso a soñar; soñó con su casa, su acogedora casa, su familia, él era feliz allí. ¿Qué pasó?¿Por qué lo perdió todo? No comprendía que era lo que había sucedido. Y…!esa sed! Era insoportable, pero era incapaz de moverse, su cuerpo ya no respondía a las órdenes de su cerebro. Hacía ya meses que vagabundeaba. Al principio siempre encontraba a alguien que le ofrecía algo de comida, pero vivir sin un techo pasa factura y se volvió desconfiado, huraño, sucio y maloliente. La gente se apartaba de él y él no quería cuentas con nadie y allí estaba ahora, apretado contra un fría roca deseando que todo terminase ya. Amanecía, entreabrió los ojos, oía murmullos, intentó levantarse pero no pudo, notó algo húmedo !AGUA! !Le estaban dando agua! Bebió como pudo, oh si, agua por fin, ¿quién era, quién se preocupaba por él? Ya nunca lo sabría, sus ojos se cerraron, su maltrecho cuerpo se relajó, ya no estaba allí. – Mamá, ¿que le ha pasado? – No lo se, seguramente le abandonaron. – !!¿Por qué?!! Nosotros no haríamos eso !nunca! – No cariño, pero por desgracia alguien si lo ha hecho y nosotros hemos llegado demasiado tarde para salvarlo.
El mar horadaba la roca lentamente y mis ojos hinchados se hartaron de tal espectáculo…. “¡Tengo frío!” me dije en silencio al tiempo que recogía mi cuerpo adolorido de la silla en la que había permanecido durante horas en el balcón de la última casa de la bahía, que siempre es tan agradable. Me dirigí a la cocina y sin perder de vista la playa virgen que frente a mí se desplegaba me serví un café. El cálido contacto apenas posé mis labios secos me hizo pensar en él… ¿Qué estará haciendo? ¡Y qué importa!
Como en automático caminé otra vez a mi butaca, acomodé mis pies congelados sobre el madero que sostenía las débiles patas de la vieja silla y bebí el café con algo de ansiedad, pero era como si sorbo a sorbo un poquito de esperanza hecha tibieza se metiera en mi organismo… Otro sorbo, otro sorbo y mi rostro antes desencajado recobraba la normalidad al abrigo de mi bebida. Hacía frío pero el incipiente invierno sintetizado en ese instante nostálgico parecía más agradable con todo y la tristeza que me provocaba la más reciente despedida.
Miré al horizonte y lo percibí más ancho que nunca, era infinito… Y mientras despedía al sol, el anaranjado de sus últimos rayos fugitivos iluminaba mi conciencia, otro sorbo más y mi tristeza parecía eliminada como por arte de magia. Me estiré y levanté de mi trono de soledades y desde ahí en la inmensidad del futuro y con el marco del solsticio de invierno decreté mi día cero.
Miré de reojo la playa y la vi en su absoluta hermosura, el agua constante como siempre, seguía acariciando la roca sin que esta se quejara de ser desgastada… Tal vez, reflexioné entonces, es así el amor… Un precio eterno pagado por la felicidad, pero sin reproches, sin amargura.
Entré a la casa pues el manto nocturno rodeaba con su frío brazo el entorno, acomodé el chal tejido que me cobijaba y a través de la ventana admiré la bóveda celeste, tan clara en esta época del año… Mientras me tomaba otra tacita de fe.