Archivos para Cuentos

Contando lunas nuevas (por Estrella)

Posted in Colaboraciones, Especial Lamedores, Literatura, Relato, Relato Libre, Relatos, Relatos Breves with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Jueves, 27 \27\UTC marzo \27\UTC 2014 by Administrador

No me basta con mirarte tras las cortinas a través de la ventana, vecina, quiero tocarte cada día por la mañana. Sobre todo por la mañana, a primera hora, cuando estás sin maquillaje, cuando aún nadie te ha puesto la mano encima. Ser el primero en acariciar tu cara, tu pecho, tu cuello, tu pelo, esa melena dorada. Sin maquillaje, sin lacas ni cardados. Sin pestañas postizas ni labios perfilados. Tengo mi cuarto lleno de tus retratos. Todos los que he encontrado a través de internet. Es lo bueno que tiene que seas famosa.  Encuentro cientos de fotos de ti. Disfrazada de natural .Pero siempre con otros. Nunca conmigo.CAM03961 Sé dónde tienes hasta el lunar más pequeño por tus posados en Interviú. Pero no, no me gusta  exhibirlos en un marco en mi dormitorio. Me gusta imaginármelos de noche. Tus lunares como lunas nuevas. Me he comprado un telescopio para verlos desde mi ventana, mientras te quitas la ropa para meterte en la cama. Mientras te pones las medias para bajar corriendo por las escaleras con los zapatos en las manos para no caerte rodando. En la prisa del día, en la calma de la noche. Mirar tus lunares. Treinta y dos. Tienes treinta dos lunares. Seguro que tú nunca te los has contado. Seguro que yo nunca te podré decir te amo ni te podré contar que en mi habitación guardo una foto de cada lunar. Seguro que cualquier día te iras del tercero B del bloque de enfrente y yo tendré que tirar mi telescopio. Seguro que entonces pondré nombre a cada luna nueva de tu cuerpo y me crearé un universo paralelo en el que seguir soñándote. Hasta entonces…sí, por favor, bájate de nuevo las medias, me gusta el lunar en tu ingle. A ese, cuando te vayas,  le llamaré Estrella en tu honor. Pequeño. Oculto. Insinuante . Distante. Como tú tras las cortinas.

EPITAFIO DESDE EL VIEJO ANTICUARIO (por Sirvenza)

Posted in - Fotos origen de los relatos, Los relatos más relamidos, Relato, Relato Libre, Relatos, Relatos Breves with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Martes, 28 \28\UTC enero \28\UTC 2014 by Administrador

Tantos deseos incumplidos que llenaban mi mente. Desde el viejo y polvoriento juguete a la casa dorada con que siempre soñaba. La agonía se apoderaba de mi vieja mente que no estaba para muchas Dueleflorituras. Pero el dolor sigue, ironías de la vida. Vida que en vez de dar, tortura y castiga. Que iluso fui al aceptar. Todavía no sé cómo me engañaron. Pero heme aquí, como un pájaro enjaulado. Rodeado de recuerdos, de pobres lunáticos y piezas de anticuario. Aquí hay juguetes, juguetes que cualquier niño soñaría tener. Y hay una casa dorada, como la que soñé tener. Un bonito jardín. Una pequeña piscina donde juego de diapiro esto es falsa y oscura. Como duele, se me encoje el corazón. Es un castillo encantado que hechiza a los caballeros para luego despellejarlos en los malignos infiernos.

Sí, si tengo amigos. Incluso alguna amiga. Pero ¿se puede considerar amigo a aquel que tan solo es capaz de reconocerte a días, a horas, a ratos? Cada mañana mientras despertamos, vemos como marcha dormido. Sin vida, algún pájaro que no aguantó su presidio. Espero ansioso y callado. Sin buscar amistades que se van a romper. Sueño volando tranquilo sobre el mar. Sueño despierto el final que ha de llegar. Pero aún he de esperar ese instante. Espero que mi vida de aire se apague…pero mientras espero agobiado. Desde aquí, con mis juguetes, mis recuerdos y momias en mi casa dorada. En el olvidado y maldito …….ASILO!!!

ENCONTRANDO EL CORAZÓN ( Por Maribel J.L)

Posted in Colaboraciones, Literatura, Relato, Relato Libre, Relatos, Relatos Breves with tags , , , , , , , , , , , , on Jueves, 16 \16\UTC enero \16\UTC 2014 by Administrador

Fui abriendo las cajas una a una. Algunas llevaban mucho tiempo cerradas. Entre libros, una nariz de payaso, un gorro de piscina, dos cepillos de dientes, folios amarillentos, algunos kleenex y unas tijeras oxidadas encontré mi viejo corazón roto lleno de polvo.

DueleEmpecé a desempolvarlo, junto con álbumes de fotos, sobres con dibujitos y unas cartas de amor. Ojeé las fotos, no me sobrecogieron. Imágenes pasadas de un pasado feliz. Los sobres eran aburridos, en sosos colores pastel, tan pastel, pensé, como las cartas de amor que un día te escribí y que por curiosidad empecé a volver a leer. En menos de dos horas había leído toda nuestra vida juntos y me dio pena. No encontré ni leí una sola carta de amor, ni una. El amor aparecía dibujado como a lápiz y difumino entre disculpas. Siempre disculpas. Siempre lo siento. Siempre. Daba igual si era una carta en la distancia de las vacaciones, si se trataba de un aniversario o si  era una tarjeta por tu cumpleaños. Daba igual. Siempre terminaba pidiéndote perdón, hasta por existir. Comprendí entonces que ni las imágenes pasadas eran realmente de un pasado feliz. Enamorada del amor había decidido que cualquier gesto tuyo, aunque fuera de desprecio, se justificaba porque nos amábamos. Amarse: creo que tenía idealizada esa palabra por puro convencionalismo. Que suerte la mía haber guardado todos esos tesoros en una caja, y poder echar la vista atrás para darme cuenta de que hoy realmente sí amo, sin justificaciones, sin disculpas, sin perdón. Sin necesidad de pañuelos de papel. Ese, mi viejo corazón roto que años atrás guarde en una caja, brilla, resplandece, palpita, vive. Presente. Futuro. El resto, a la basura. Ya no duele.

SE ACABO LA FALSEDAD (Por Yoli González)

Posted in Colaboraciones, Los relatos más relamidos, Relato, Relato Libre, Relatos, Relatos Breves with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Martes, 7 \07\UTC enero \07\UTC 2014 by Administrador

Llevo reconcomiéndome días. Cada vez que abro el puñetero facebook veo cincuenta mil fotos o imágenes rebosando mensajes de felicidad. Mis amigos. Los amigos de mis amigos. Reuniones. Brindis. Sonrisas. Besos. Regalos. Roscones. Brillantina. Purpurina. Hoy tenía que hacerlo, ya no aguantaba más. Escribí mi estado: “ ¡Por fin se acabaron estas Falsedades! No me gustan nada estas fiestas. Prefabricación de consumismo. Todo derroche sin sentido. Vale que le guste a los niños, pero los adultos somos adultos y deberíamos ser más consecuentes. Tenemos el resto del año para hacer lo mismo pero mejor, de una forma más económica, más responsable y sin estar obligados por el Corte Inglés”. Que a gusto me he quedado. En seguida he recibido un montón de me gusta y confirmaciones apoyando mi reflexión.  Espero que mientras el resto de mis amigos comentaban mi estado no estuviesen con el lagrimón en el ojo como yo mientras lo escribía. DueleEn el fondo me duele lo que he escrito. Realmente me hubiese encantado que mi chico me hubiese comprado el vestido aquel que vi en  Zara y me lo hubiese dejado debajo de ese arbolito que no he puesto porque ni siquiera tengo chico. También me hubiese gustado poder sentarme en una mesa rodeada de amigos y gente a la que quiero, pero mi familia hace ya mucho que no me habla, que si tu, que si yo, lo típico.Y aunque sé que si nos hablásemos podríamos reunirnos cualquier otro día, cualquier otro día siempre habría  una excusa llevados por la vorágine del día a día, el trabajo, el estrés, la distancia, el metro, el autobús, un dolor de cabeza, el mercado, un atasco. Me pregunto si ellos lo habrán celebrado y si se habrán acordado de mi. Me hubiese gustado arreglarme, ponerme bellísima, y salir a tomar una copa para celebrar el Año Nuevo con miles de gente borracha a mi alrededor…¡hace tanto que no salgo! Y si pudiera salir todos los días, ¿por qué no iba a salir esa noche? Ah! Sí! Ya lo recuerdo, porque todo es más caro y está masificado, o no, pero si no es más caro ni está masificado, salen todos los borrachos, como todos los fines de semana. Un gasto innecesario más, como los cuatro pintauñas que tengo de distintos tonos rosas y los cinco pintalabios a juego con los pintauñas y  los tres rímeles alargapestañas y la colección de zapatos y botas que adornan mi fondo de armario junto con un montón de vestidos que ni me pongo. Entonces me acuerdo de los niños de Biafra, los niños sin regalos y con hambre, las familias desahuciadas …mesas llenas de langostinos, jamón, canapés….cuando hay pechuga de pollo encima de la mesa y patatas fritas no me acuerdo,  ni siquiera si me hago canapes o como langostinos cualquier domingo me acuerdo de ellos, pero imaginando esas mesas , en estas fechas, llenas de delicatessen, sí, pienso en el hambre en el mundo y en el pobre de la Gran Vía arrodillado  en el suelo, muerto de frío, semidesnudo  que con voz de ultratumba pide una limosna por el amor de Dios…Y es ahí donde me doy cuenta de que soy yo la que vivo en mi propia Falsedad. Justifico mi desidia y mi soledad, lo que quiero y no puedo,  diciendo que lo hago por que me da la gana, que no salgo porque no quiero, que soy solidaria y me acuerdo de como está el mundo en estas fechas de falso Diciembre ( ¡ojala fuese Agosto !, un mes más sincero, y estuviese  en una terracita tomando unas cervezas y una tapitas en vez de andar ahora  comiéndome el coco por los niños de Biafra, el pobre de la  Gran Vía, las familias desahuciadas, los niños sin regalos  y la Navidad-  el verano, las vacaciones, eso es otra cosa -) pero, y esto que quede entre nosotros, en el fondo, de lo que tengo ganas, antes de que se me hiele el corazón y que con tanta humanidad me  termine deshumanizando, es de descorchar una botella de cava al lado de alguien. Calor . En cualquier crudo invierno o infierno. Y brindar. Sonreír. Besar. Regalar. Entregar mi corazón. APASIONARME, con o sin excusa. Igual que me gustaría hacerlo el resto del año. Se acabó la Falsedad. El próximo año pienso llenar mi facebook de fotos con mi familia, mis amigos, mi perro, mi gato, el vecino del quinto y los langostinos, los centollos, el jamón, todos  brindando. Abrazando. Besando. Sonriendo. Mandar SMS. Whatsapps de felicidad. Y todo porque sí , porque me da la gana y, por supuesto, por el Año Nuevo.

Y Feliz 2013!!!!!

Posted in Relato Libre with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Jueves, 3 \03\UTC enero \03\UTC 2013 by Administrador

Comenzamos un nuevo año, gracias a vosotros, a vuestra compañía. Con unos días de retraso os deseamos lo mejor para este 2013 que comenzó OLYMPUS DIGITAL CAMERAen martes…pero nosotros no somos supersticiosos y confiamos en que seguiréis a nuestro lado leyéndonos y animándonos con vuestros comentarios porque, sin vosotros, nuestra casita de caracol no hubiera ido alimentándose año a año.
Aprovechamos este momento, para recordaros que tenemos un juego pendiente en el que vosotros, queridos amigos lectores y escritores, sois los protagonistas, y volvemos a invitaros a hacernos ese regalo de Reyes a través de un cuento.
Juguemos a contar!!

Y teniendo ahora mismo en nuestra cabeza a cada uno de vosotros y a esa foto que pretender mover vuestra imaginación, queremos desearos a todos que todas las noches del año que acabamos de empezar sean buenas! GRACIAS A TODOS Y FELIZ 2013!

 

 

Lametorros a tutiplén!!

Pasión occidental (Judith Bosch)

Posted in Relato Libre with tags , , , , , , , on Lunes, 4 \04\UTC junio \04\UTC 2012 by Administrador
Achilles, el elegido por la muchedumbre, no dejó de azotar al senegalés hasta verlo convertido en un rojo trozo de carne del que colgaban dos piernas inertes.
-¡Démosle ya su merecido descanso! –gritó.
Improperios entremezclados en un mar de ruido se levantaron como las olas sobre los brazos que, de diez en diez, movieron la cruz hasta colocarla de pie, al lado del condenado. Su madre rezó y rezó y buscó aquella luz arriba, al todopoderoso que jamás tuvo intención, ni de darle tierra a los africanos ni de hacerlos no-extranjeros.

Recuerdo Lamedor

Posted in Recuerdos Lamedores, Relato libre Omsi with tags , , , , , , , , , , , , , , , , on Sábado, 3 \03\UTC marzo \03\UTC 2012 by Administrador

“¡Hola Mundo! Hoy comienza un nuevo ciclo para mí.” Así se presentaba nuestra querida amiga y compañera Omsi en su primer día como lamedora. Y para que todos recordemos el talento con el que desde entonces nos prodiga, ahí va su primer relato en forma de Plegaria Nocturna.

¡Que lo disfrutéis!

Los Relatos Más Relamidos.

El Seis de Espadas

Posted in Especial Lamedores with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Lunes, 20 \20\UTC febrero \20\UTC 2012 by Rhay

Don Pedro María de Lasarte y Sánchez-Dávila, heredero al ducado de Carcunda, no podía creer que le hubieran sentado en una mesa tan lejana de la del capitán. “¿Qué se habrán creído?”, murmuraba mientras encendía un pitillo Gitanes rubio. “¿Es que ya no se respetan ni las clases?”, pensaba mientras miraba a los comensales que tenía alrededor. Sólo dos señoras le parecían dignas de sentarse en su misma mesa, Marguerite Miller, una conocidísima cantante de ópera a la que el destino le había hecho la peor de las jugadas dejándola viuda y sola de un solo volantazo, y la mujer que tenía en frente, que parecía sentirse igual de pulpo dentro de un garaje que él. El resto de personas que había a su alrededor le producían cierta sensación de desprecio a la par que indiferencia. Excepto cuando entró madame Dubois. Ella le parecía una señora de la antigua aristocracia que sabía muy bien cómo comportarse en según qué situaciones. Madame Dubois se sentó al lado de la joven que parecía no saber muy bien dónde se encontraba, y comenzó a charlar animadamente con todos los comensales. Don Pedro observó que mientras la bruja hablaba, la gran mayoría de las personas no le hacían demasiado caso. Se dio cuenta de que la niña bien que estaba sentada a su lado no dejaba de babosear a un anciano quejumbroso mientras éste le miraba libidinoso el escote. “Zorra…” pensó. “Seguro que es una buscona. O peor aún, una viuda negra…” No podía entender por qué ese tipo de personas habían sido invitadas a su mesa.

En el momento en que se decidía a levantarse de la mesa para expresar su más enérgica protesta al capitán por semejante afrenta, y siendo consciente de que ni Marguerite Miller ni la hermosa joven que emanaba tristeza en su mirada podían continuar rodeadas de tal caterva, madame Dubois solicitó la atención de todos los comensales. Encendió un segundo Gitanes mientras escuchaba a la pitonisa hablar, el cual resbaló hasta la moqueta cuando el mazo de cartas comenzó a moverse solo. Pedro no podía contener ni la respiración al ver que las cartas, por sí mismas, habían ido cayendo una tras otra delante de cada comensal. No podía apartar la mirada de la carta que había caído delante de él, pero que todavía no había desvelado su significado. En un instante, levantó levemente la cabeza y observó que el rictus de los demás comensales debía ser parecido al suyo: caras que expresaban una mezcla de sorpresa, miedo y un grito de horror contenido se podían leer en cada una de aquellas personas, excepto en madame Dubois, que se había transmutado en una bestia de la naturaleza, en una diosa llena de una energía que canalizaba desde algún lugar indefinido hasta aquella mesa. De repente, las campanadas de medianoche, pero para esa mesa era como si el tiempo se hubiera detenido. Todo a su alrededor era extraño, sólo aquella mesa contaba. La carta, por fin, se dio la vuelta, y con esto un torbellino de sensaciones brotó desde su interior como una catarata. La carta era el Seis de Espadas, y en ella se veía a un hombre subido a una barca, de noche, huyendo hacia lugares inciertos. A Pedro se le saltaron las lágrimas. “No puede ser”, pensó. “¿Cómo es posible?” se martilleaba la cabeza mirando la carta y comprendiendo que madame Dubois había dado en el clavo. “La huida…”, pensó. Y es que don Pedro María de Lasarte y Sánchez-Dávila, heredero al ducado de Carcunda, huía de su casa para no volver jamás. Huía de aquel ambiente rancio de capital de provincia que le constreñía y le ahogaba, y que era demasiado denso para un carácter tan fino como el suyo. Y huía de la gente, de la lengua envenenada del pueblo llano, turba informe, vulgo repugnante que profería chismes contra él aprovechando su extrema sensibilidad, su elegancia suma… y su gusto por los jornaleros y los obreros jóvenes. Pero sobre todo, huía de la casa de su infancia, llena de recuerdos en sepia, de servicio tan apolillado como las ropas guardadas durante siglos, y de una futura esposa concertada, fea como un pecado, contrahecha y pusilánime, que su madre le tenía preparada para acallar a las huestes de cotillas y porteras que tenía por amigas.

Mientras la orquesta tocaba “Auld Lang Syne”, Pedro se levantó de la silla que apenas le sostenía y, tras advertir que madame Dubois le miraba con una media sonrisa dibujada en la cara, se precipitó al bar en busca de un buen trago que le mitigara la angustia de la que era presa. Estaba seguro de que un buen copazo de Bombay Sapphire le quitaría las penas, y le permitiría volver a pensar con claridad sobre lo ocurrido. Pero el dibujo de la carta no desaparecía de su mente. Una y otra vez se le venía a la cabeza la imagen del barquero dirigiéndose a ninguna parte en mitad de la noche, como si realmente tuviera algo que esconder. Y es que tenía tanto que esconder…

Al mirarse al espejo del bar, advirtió que estaba sudando en demasía, y que un mechón de cabello se había salido rebelde de su peinado engominado. Pensó que una persona de su clase social no debía mostrar esa facha, y mucho menos ante un público tan prosaico como el que le acompañaba. Procedió a acabarse su copa, y encendiendo otro cigarrillo, junto con el mejor de los estilos que había heredado de su noble familia, decidió salir del salón para adecentarse un poco. Quizás un cambio de traje, algo un poco más “discreto” sería mejor, habida cuenta de que dudaba que alguien conociera las reglas de etiqueta en ese trasatlántico plagado de turistas. Al entrar en su camarote de primera clase, una náusea le obligó a ir al baño. Cuando se alzó, el espejo le devolvió una mueca de cobardía. Era la mueca de alguien que había decidido dejarlo todo por miedo a la habladuría del pueblo, la mueca de alguien que había preferido poner un océano de por medio antes que tener la valentía de afrontar que se había enamorado de un jornalero, y por encima de todo, la mueca de alguien que había consentido abandonar a su amado a su merced mientras él se ponía a buen recaudo. Pedro sabía perfectamente que su madre, la duquesa, enterada de su affaire con el jornalero, no descansaría hasta que éste tuviera que emigrar, y en lugar de quedarse a su lado, lo abandonó a su suerte. “Río me hará olvidar”, se justificó, pero el sentimiento de culpa era demasiado grande como para poder obviarlo.

Ducha rápida, retoque del peinado ante el espejo acusador, y nuevo traje, un esmoquin con chaqueta de color negro. Creyó que ya había dado bastante el cante usando una chaqueta de cena granate, hoy en desuso según las más selectas casas de protocolo, pero que dotaba de un distinguido abolengo a las clases de más alta cuna. Y es que el granate es color de reyes y nobles, no hay que olvidarlo. Una vez recompuesto, salió de su camarote, pues consideraba un gesto de mal gusto abandonar la cena de aquella manera. Al entrar en el gran salón, se fue directo al bar, donde ordenó otro Bombay Sapphire con hielo y una rodaja de lima, y encendió otro Gitanes rubio para así dotarse de un aire, si cabe aún más, aristocrático. Desde la barra, observó que madame Dubois le miraba desde su mesa, con ese impertérrito gesto de media sonrisa en la cara, mientras todos los comensales desarrollaban la escena tal y como ella la tenía planeada. Necesitaba hablar con ella, pedirle información, consejo, preguntarle cómo había hecho el truco de las cartas, porque estaba convencido de que aquello había sido un truco de prestidigitación, pero la turba medio festiva y medio ebria le impedía acercarse para mantener una conversación seria. Además, su intimidad era demasiado valiosa como para escamparla de aquella manera. En cualquier caso, necesitaba hablar, y debía ser con alguien que fuera mínimamente coherente. Eso no podía hacerlo con el tipo con cara de mafioso que lo miraba desde el otro lado de la barra como si de un bar de pueblo se tratase, ni con el viejo verde que se dedicaba a babosear jovencitas, y mucho menos con la zorrita bien caza fortunas que le miraba como si tuviera escrita la palabra “polla” en la frente. Con esta ralea no. Se fijó entonces en la joven de cara triste que permanecía sentada al lado de madame Dubois. Pensó que quizás con ella podría mantener una conversación distinguida sin necesidad de profundizar en nada. Pero cuando se dirigía hacia la mesa, se vio envuelto en el jaleo de la zorrita y el baboso, al que parecía que le había dado un ataque. Ella, muy suya, en lugar de pedir un médico, pedía a gritos que viniera el capitán, con la aviesa intención –supuso- de que la casara in articulo mortis. “Zorra buscavidas”, volvió a pensar Pedro. Como su obligación de caballero le impedía pasar de largo, se inmiscuyó levemente. Con gesto altivo, se acercó desde la espalda de ella, y viendo que aquel pobre infeliz estaba a punto de dar su último hálito, se dio la vuelta y pidió que viniera un médico. La cara de la putita era un verdadero poema. Los ojos, tintados en sangre, fueron suficientes como para que Pedro continuara con su camino. “Los asuntos del vulgo son cosa del vulgo”, pensó.

En la mesa permanecían sentadas madame Dubois, Marguerite Miller, y la joven de mirada triste. Pedro se sentó en su sitio, alzando su copa de ginebra dijo “Feliz Año Nuevo, señoras”, y encendió un enésimo cigarrillo. “Fuma usted demasiado”, le dijo la joven. “Es verdad, pero no puedo evitar este vicio”, replicó él. “Mi marid… Bueno… mi ex marido también fuma mucho”. La mirada de la joven se humedeció por un momento. Su semblante era tan frágil, que Pedro tenía la sensación de romperla si le hablaba demasiado alto. En cualquier caso era mejor compañía que la turba ociosa que tras él vaciaba el bar. “El tabaco es una condena, señora…” “Lucía, llámeme usted Lucía”, respondió ella. “Encantado de conocerla”, replicó Pedro mientras se levantaba a besarle la mano. Lucía se ruborizó al ver la elegancia con la que la dispensaba aquel caballero tan fino. Pedro se sintió reconfortado por primera vez en aquel viaje. Al fin había conectado con alguien que no fuera de otro planeta. Llamó al camarero y ordenó una botella de Dom Perignon Vintage de 1952  y cuatro copas. Madame Dubois se excusó y dio las buenas noches a todos, retirándose hacia la salida del salón sin perder el gesto de media sonrisa en la cara. Ambas damas quisieron declinar la oferta, pero Pedro sabía ser muy convincente cuando la situación lo requería. Marguerite Miller sacó de su bombonera dorada un pequeño relicario que puso encima de la mesa. Suspiró y dijo “Feliz Año Nuevo, amor mío”, al tiempo que tomaba un sorbo de tan delicioso caldo. Lucía no sabía muy bien cómo tomar la copa, y miraba de reojo a Marguerite para imitar sus gestos. Pedro sonrió puerilmente al ver tanta ingenuidad inocente en su cara. Aquella mujer le inspiraba la misma ternura que otrora hubiera sentido por su jornalero. Su jornalero… Sólo recordar lo que había hecho le llenaba de amargura. Ni siquiera el sutil sabor del champán y la incipiente embriaguez de la ginebra le apartaban de ese cáliz. “Río me hará olvidar”, volvió a pensar, en un gesto de autoengaño que ni él mismo se creía. Pedro se quedó absorto mirando las finas burbujas del champán, hasta que advirtió que las dos damas le miraban furtivamente. Esto le hizo sentirse nuevamente incómodo y volvió a adoptar ese gesto altivo que resultaba ciertamente irritante, pues lo mezclaba con un sutil amaneramiento que le daba un ademán algo cómico, pero cargado de mala uva. Excusándose, se levantó de la mesa y salió a la cubierta.

La noche era clara, bastante fresca, pero la capa española que le cubría era suficiente resguardo contra aquella temperatura. Una luna llena le acompañaba desde la distancia, mientras trataba de mitigar los ruidos que provenían del salón. Marguerite Miller salió tras él, y se sentó detrás suyo, copa en mano, mientras tarareaba la escena de la locura de Lucia di Lammermoor, casi en sotto voce, absorta en su propio pensamiento. Lucía salía del salón cuando Pedro se dio la vuelta para atender tan dulce canto. Los tres se miraron nuevamente, y soltaron una carcajada. Estaba claro que ninguno de los tres tenía el cuerpo para fiestas en aquel momento. Decidieron seguir la fiesta por su cuenta en la cubierta del barco. Al fin y al cabo, estaban más cómodos en compañía de la Luna que inmersos en un estruendo de gentes ebrias, orquestas machaconas y percances típicos del fin de año. Marguerite rompió el hielo. “Nunca pensé que sería tan duro”, dijo mientras perdía la mirada en el horizonte negro. “Yo tampoco”, respondió Lucía, uniéndose a esa contemplación. Pedro miraba con atención la escena, como si fuera ajeno a lo que estaba pasando allí. “Un día te levantas rodeada de tu familia, y al día siguientes estás sola en el mundo. Es irónico, ¿no cree usted?”, continuó Marguerite. Pedro no sabía qué contestar. Al fin y al cabo, él no había perdido a nadie, más bien había dejado a alguien a su suerte. “Yo no tengo a nadie a quien añorar”, espetó entonces. “¿Está usted seguro?” preguntó Lucía. “Veo que es usted muy joven. Seguro que tiene una familia que le espera. Quizás una esposa…” “Le digo que yo no tengo a nadie a quien añorar. Todo lo que quería quedó tan lejos, que es imposible recuperarlo”, interrumpió Pedro, con un semblante molesto ante esa intromisión en su intimidad. Un silencio cortante se apoderó de aquellas tres almas a la deriva. Pedro se disculpó por su salida de tono. “Siento mucho lo ocurrido, solicito me disculpe. No estoy acostumbrado a hablar de mi vida privada con desconocidos”. Se justificó. “Muchas veces es mejor confiar en la bondad de los desconocidos, ya lo dijo Tennessee Williams”, le dijo Marguerite con una sonrisa cómplice. Pedro comprendió que estaba entre amigos, lo que le permitió soltar un poco el corsé de las formas, y ser algo más coloquial, devolviendo la sonrisa de complicidad. “¿Un poco más de champán?” preguntó Pedro. “¡Uy, no! Yo no estoy acostumbrada, ¡y me puedo desmadrar más de la cuenta!” sonrió Lucía. Todos rieron. Por un momento, Pedro sintió que la pesada carga que suponía su culpa desaparecía levemente. Pero la Luna le volvió a recordar su cobardía, y con ella la carga volvió a ahogarle un poquito más.

“¿Va usted a Río de vacaciones?”, preguntó Lucía. “Podría decirse que sí”, contestó Pedro. “La verdad es que estoy pensando seriamente en trasladarme a vivir allí”. Prosiguió. “Yo no podría vivir en un lugar tan lejos de los míos…”, comentó Marguerite, al tiempo que se daba cuenta de la incongruencia de su aseveración. “Bueno,”-continuó-“ahora mismo podría vivir en cualquier lugar. Nadie me espera”. El semblante de Marguerite se tornó sombrío, como gélido. “Supe lo del accidente por la prensa. Mis condolencias”, se apresuró a decir Pedro. “La vida tiene estas cosas. Un día estás rodeada de tus seres queridos, y al día siguiente estás viajando en un crucero rodeada de desconocidos que aguantan tus penas”. Acertó a decir Marguerite. “Es la vida en estado puro”, comentó Lucía. “Jamás pensé que podría acabar divorciándome, y en cambio aquí estoy”. Continuó. “¿Y cuál es su historia?” dijo dirigiéndose a Pedro. “Ya se lo he dicho, estoy pensando en trasladarme a vivir a Río. El sol, la temperatura… Estoy un poco harto del frío de la Meseta castellana…” divagaba Pedro. “Nadie se va tan lejos por el simple hecho de cambiar de clima”, comentó Marguerite. “Además,”-añadió Lucía-“si lo que quería era un buen tiempo, con irse a las Canarias, asunto arreglado”. Pedro volvía a sentirse incómodo con esa situación. Sabía perfectamente que no podía explicar los motivos reales de su viaje sin que la sombra de la decepción cayera sobre él. Había hecho algo horrible, y no había justificación para ello. “Bueno… yo… es que…” balbuceaba mientras creía entrever en las miradas de sus compañeras de confidencias una sombra de reproche. “No hace falta que diga usted nada”, le interrumpió Marguerite. “Está claro que tiene sus motivos, y deben ser lo suficientemente poderosos como para dejarlo todo atrás. Sólo le diré, si me lo permite, que hay veces que merece la pena darse un buen golpe contra el suelo, pero sentir el calor de alguien que te ama cerca de ti, que no haber sentido jamás ese fuego en el cuerpo”. Prosiguió. “¡Amén!”, soltó Lucía mientras brindaba a la Luna. Pedro no podía entender cómo aquellas dos desconocidas le habían calado tan rápidamente. Acaso era evidente que huía. Quizás todo el barco sabía que había hecho lo que había hecho… Su mente comenzó a divagar imaginando situaciones que para él habían sido especialmente comunes: gente cuchicheando a su paso, personas señalándole con el dedo, risitas nerviosas en su presencia… Su gesto se tornó torvo, y quiso escapar de allí también. Pero de un barco es difícil escapar. Haciendo uso de su irritante altivez una vez más, decidió que esa conversación había ido demasiado lejos. No quería seguir oyendo a esas personas sentando cátedra sobre el amor y las relaciones personales. ¿Qué sabrían una viuda y una divorciada sobre el amor? Estaba claro que habían fracasado. Pero en su fuero interno sabía que al menos ellas lo habían intentado. Habían jugado, y habían perdido. Pero habían jugado, que era lo importante.

Su camarote seguía siendo aquel espacio reducido en donde poder autocompadecerse sin que nadie le molestara, así que decidió retirarse a sus aposentos para acabar la noche con un final menos denso. Llamó a su mayordomo y le pidió una botella de Sapphire, una cubitera, un par de limas y otra cajetilla de Gitanes. Quería emborracharse, para así perder la noción de la realidad que lo aplastaba como una apisonadora. A los pocos minutos, llamaron a la puerta. Cuando Pedro abrió, descubrió a un mozo de unos dieciocho años, vestido elegantemente, que le traía lo que había pedido. En ese momento le interesó más lo que había tras el pantalón del mozo que la propia bebida, así que decidió invitarle a pasar. Quiso invitarle a una copa, pero el mozo declinó la oferta aduciendo que era norma de la compañía no hacer este tipo de concesiones. Pedro insistió, y el mozo volvió a declinar el ofrecimiento. Esta segunda negativa le hizo montar en cólera, y abalanzarse sobre el muchacho, que a duras penas era capaz de quitarse de encima a aquella bestia hambrienta de efebo en la que se había convertido aquel señor que antes había sido tan correcto. Las manos de Pedro entraron violentamente en la ropa del muchacho, que se resistía revolcándose por el suelo, y desgarraron la botonadura de la camisa. Como si de un torbellino se tratara, le arrancó el botón del pantalón y le bajó la bragueta hasta dejar al descubierto un sugerente slip de color blanco que escondía un generoso paquete. Su ansia no tenía fin, y ahora iba a cobrarse su presa. De un plumazo, bajó el calzoncillo, dejando el sexo de un muchacho casi púber al aire. Sus manos sobaban a aquel muchacho, tratándolo como un pedazo de carne a su servicio, hasta que al incorporarse, se fijó en su cara. El mozo le miraba asustado, con los ojos enrojecidos por las lágrimas que ya se disponían a brotar como dos fuentes, y permanecía inmóvil ante la impotencia de no poder zafarse de tal monstruo. “¿Qué estoy haciendo?”, se preguntó a sí mismo horrorizado. Por un momento, su cara se reflejó en el espejo del baño, y nuevamente el rostro que veía le culpaba desde la dimensión paralela. Lentamente, se levantó del suelo, ayudó al muchacho a incorporarse y le pidió disculpas por lo ocurrido. Tomó su cartera, con el objetivo de firmarle un cheque con una generosa cantidad como compensación, y al girarse para dárselo, el muchacho le propinó tal patada en la entrepierna que lo tiró al suelo. “¡No significa no, hijo de puta!”, le gritó mientras salía del camarote. “Me lo tengo merecido”, pensó. El dolor punzante que sentía en sus testículos le reconfortaba de una forma extraña, pues por un momento estuvo a punto de cometer una locura que no se podría perdonar, así que decidió quedarse en el suelo en posición fetal durante un rato como penitencia por lo que había estado a punto de hacer. Por supuesto, el cheque sería entregado al mozo al día siguiente junto con una carta formal de disculpa. Un caballero no hace esas cosas, ni siquiera en la intimidad de su alcoba.

Ya había dado buena cuenta de la mitad de la botella, y aún así no dejaba de pensar en su jornalero. La culpa lo perseguiría hasta el fin del mundo, y ni Río, ni un ejército de mulatos superdotados podrían acabar con ella. Sólo había dos soluciones, y estaba claro que para llevar a cabo la primera no tendría mucha valentía. Estimaba su vida demasiado como para llegar a ese límite. Tendría que ser entonces la segunda opción. Sentía que su vida era una cáscara de nuez en medio de un océano, sin gobierno ni control, a merced de las corrientes. Y eso le molestaba sobremanera. Entonces, alguien tocó la puerta del camarote. Al abrir, se encontró con madame Dubois. Pedro sintió como si la embriaguez desapareciera de golpe. “¿Q-Qué quiere?” acertó a decir. Madame Dubois alzó la mano y le entregó un naipe. Era el seis de espadas. Un escalofrío recorrió la espalda de Pedro mientras en la cara de la pitonisa se volvía a dibujar esa machacona media sonrisa. “Sí, ya sé que estoy huyendo, ¡y qué!” pensaba Pedro ensimismado. “Este arcano no sólo representa la huída, mon chér… También representa al héroe que se convierte en un abismo de desesperación y desánimo. Representa la necesidad de enfrentarse con todo poder absoluto que nos ahoga. Pero tú ya sabes eso, ¿verdad?”, comenzó a decirle madame Dubois. “Pero, ¿cómo?”, gimió un Pedro totalmente perdido en la penumbra de aquel habitáculo. “Tú sabes bien cómo. ¿Por qué, si no, te corroe la culpa?” sentenció la bruja. Ante la mirada atónita de Pedro, ésta dio media vuelta y desapareció por el pasillo. Nuevamente, solo en la penumbra de su camarote, don Pedro María de Lasarte y Sánchez-Dávila, heredero al ducado de Carcunda, se sentía más pequeño y miserable que nunca, y acurrucado sobre sus rodillas, comenzó a llorar amargamente mientras en su mente se volvía a dibujar la figura de su jornalero. Sabía lo que tenía que hacer, y cómo debía hacerlo. Y esta vez, lo haría costara lo que costara.

“Urge comunicación con Sebastián. Stop. Si no se produce, haré público todo. Stop. Saludos, Pedro. Stop”. Con estas palabras, pretendía hacer un pequeño chantaje a su madre para que permitiera la comunicación con su jornalero. Sabía que habría sido mucho más fácil hablar por teléfono, pero no tenía ganas de escuchar la adusta y solemne voz de su madre exhortándole a volver y cumplir con sus obligaciones, mientras la pusilánime cara de besugo que le había buscado de novia gorjeaba detrás, así que le pareció mejor idea enviar un telegrama, cosa que además daba cierto aire tragicómico al asunto. Mientras esperaba la respuesta, se dispuso a tomar el sol en la cubierta norte, en un lugar estratégico donde podía observar a los muchachos que se bañaban en la piscina y recrearse con todo un bufet de paquetes sin levantar demasiadas sospechas. Un par de horas más tarde, alguien le fue a avisar de que tenía una comunicación. Al otro lado del teléfono sonaba la voz machacona de la señora duquesa, que uno tras otro le profería todos los reproches de la a a la z. “Quiero hablar con Sebastián, por favor”, interrumpió Pedro. La voz de su madre continuó reprochando sin hacer el menor caso, hasta que Pedro volvió a interrumpir el sermón dando en donde más dolía. “Bien,”-espetó-“si esto es lo que quieres, en unos días vuelvo y lo hago público todo. Chao”. La voz machacona al otro lado del teléfono se tornó casi suplicante, y viendo que no había manera de hacerle cambiar de opinión, le pasó el teléfono al jornalero. “Sebastián… Mi Sebastián…”, dijo Pedro con la voz entrecortada. “Siento tanto”-continuó-“lo que te he hecho… Sí ya sé que no me he portado bien, y me merezco que me odies… Ya, ya… Ya habrá tiempo para que me reproches todo. Escúchame bien. Quiero que tomes el primer tren que haya para Madrid. Sí, el primero. Después, hazte unas fotos de carnet y vete al aeropuerto. Sí, a Barajas… ¿a cuál, si no?… Te sacas el pasaporte y te vas a la terminal internacional, donde te estarán esperando. Ya lo he arreglado yo, no te preocupes. Tú sólo cerciórate de llegar hoy mismo a Madrid. ¿Maleta? Llévate todo aquello que quieras conservar. El resto no te hará falta. Nunca más volverás a ser un jornalero, ni yo… ¡No me llames “señorito”, sabes que lo odio! Sí, tú ríete… Me lo merezco… Bueno, date prisa, que quiero que llegues hoy mismo. Escucha… Te quiero… No me importa, que le den morcilla a mi madre. ¡Te quiero!” Al colgar el teléfono, Pedro sintió que el corazón le iba a estallar de emoción. Ya había dispuesto un billete de avión en primera clase en el primer vuelo que saliera de Madrid destino Río de Janeiro a la llegada de Sebastián a la capital. Sabía que no sería fácil, que tendría siempre el peso del ducado de Carcunda sobre sus espaldas y el estigma de haberse convertido en el garbanzo negro de los Lasarte y Sánchez-Dávila. Pero ahora más que nunca, sentía que la carga que durante años había llevado encima se había disipado como el rocío de la mañana y nunca más volvería a atormentarle. “Río nos hará olvidar” pensó mientras, satisfecho, volvía a su rincón a seguir deleitándose con los paquetes de los muchachos de la piscina.

El Tarot de Madame Dubois

Posted in Especial Lamedores with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Miércoles, 8 \08\UTC febrero \08\UTC 2012 by Administrador

Madame Fée Dubois entraba en el gran salón unos minutos antes de la medianoche. Su rostro, impertérrito, se dirigió hacia la mesa donde le había tocado celebrar el fin de año. Y nada era casual. Ella misma había solicitado sentarse en aquella mesa rodeada de todas esas caras desconocidas entre sí… pero conocidas para ella. “Bon soir, señoras y señores”, dijo tranquilamente mientras tomaba asiento. “Esta noche los espíritus están especialmente agitados. Seguro que nos depararán más de una sorpresa. ¿No crees, chérie?” continuó dirigiéndose a la joven que tenía a su lado. Los rostros de los comensales comenzaron a escudriñarse entre ellos sin saber qué decir, mientras la cara de madame Dubois sostenía una media sonrisa que escondía un millar de secretos de todos sus compañeros de cena. Pensó que era divertido ver cómo lo que ella ya sabía se iría cumpliendo, era como saber de antemano el final de una novela, y eso le daba una especial ventaja, además de dotarle de un suculento pasatiempo para esa noche de fin de año. Quedaban cinco minutos para que el capitán del barco trasatlántico destino Río de Janeiro pidiera a la orquesta que comenzara la cuenta atrás, cuando madame Dubois sacó de su bolsa de terciopelo negro su baraja de tarot. Era un tarot especial, hecho por un druida amigo suyo, y contenía un poder especial sólo aplicable para noches de este calibre. Lentamente, dejó el mazo encima de la mesa, y pronunció unas palabras en una lengua antigua, arcana, como de otro mundo. El mazó comenzó a levantarse levemente de la mesa, desprendiendo una suave luz violácea que dejó a todos los comensales boquiabiertos. Jamás habían visto algo igual. La baraja comenzó a mezclarse agitadamente siguiendo las órdenes de madame Dubois. “¡Tarot de Clarividencia Pura!” comenzó a gritar la bruja, “¡Que tus Arcanos muestren el destino de todas estas personas y la luz violeta de la paz espiritual les inunde de sabiduría!”. En ese momento, y como si una mano invisible hubiera dejado de barajar, el mazo se detuvo y volvió a colocarse sobre la mesa. Una carta se levantó y se colocó delante de la joven que se sentaba a la derecha de madame Dubois, y así sucesivamente hasta que todos los comensales tuvieron su respectiva carta delante. Las cartas todavía no mostraban su figura, y daban sólo el reverso, dejando ver unas figuras de estrellas y soles que daba la sensación de que miraban fijamente a cada consultante. Mientras la orquesta gritaba la cuenta atrás de las campanadas de medianoche, madame Dubois se levantó ceremoniosamente, y diciendo “¡Que los Arcanos Sagrados muestren ahora el camino!”, las cartas se dieron la vuelta mostrando los dibujos a cada uno de los comensales. El destino comenzaba a caminar a partir de ahora.

INTIMIDECES

Posted in Relato Libre, Relato Libre lame Anna with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Martes, 31 \31\UTC enero \31\UTC 2012 by annalammer

Tras la resaca…

Se negaba a ducharse porque aún olía a el. Todo olía a él…y ella, no queria desprenderse de ese olor…Olía su pelo, olía su ropa y todo era él.

Buscado o no, si fue deseado aquel beso y los posteriores.

Volver a degustar aquella lengua lasciva y oler su piel, y sentir que todo era igual que hacia veinteavos, fue de lo más satisfactorio y reconfortante.

Aparentemente nada había cambiado. Cual quinceañeros entrelazaban sus lenguas y se metían mano en aquel rincón oscuro de cualquier bar sin importarles nada, ni la música, ni el que dirán.

Asignatura pendiente. Recordaban la canción de Júpiter, suspenso en amor. Ellos suspendieron. Difícil asignatura para recuperar cuando, veinte años después, has dejado la carrera atrás…, ojala hubieran sido corredores de fondo… Pero ahí estaban: ese olor, ese sabor, su lengua, su cuerpo.

Una noche. Solo una noche. Y sus recuerdos.

Recuerdo Lamedor

Posted in Recuerdos Lamedores with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Lunes, 23 \23\UTC enero \23\UTC 2012 by Administrador

Como no podía ser de otra manera, no podemos terminar enero sin siquiera hacer referencia a estas fiestas tan familiares que acabamos de pasar, y como los Lamedores somos así de genuinos, en lugar de hablar de Papá Noel, o de los Reyes Magos, nos vamos a tradiciones mucho más antiguas de manos de nuestra querida Susipop, y su Olentzero. ¡Que lo disfrutéis!

http://lamedores.wordpress.com/2009/12/25/olentzero-2/

Átala fuerte

Posted in Relato Libre, Relato Libre lame Anna with tags , , , , , , , , , , , , , , on Domingo, 15 \15\UTC enero \15\UTC 2012 by annalammer

Disparada desde primera hora de la mañana. Se fue. No sabemos aún bien cómo, pero al despertar ya no estaba.
Mi hermana rompió a llorar y, sin embargo, en mi cara se dibujaba una sonrisa.
Solíamos dejar la ventana entreabierta, y eso que era pleno invierno; pero aunque sólo eramos cuatro, parecíamos muchos en casa. Toda la familia festejábamos la salida del año y a mi madre… eso del gas, le daba miedo, así que, derrochábamos más energía que fiesta, arrojándola por los ventanales.
La verdad es que todo comenzó unos meses antes,no muchos.Mi hermana no terminaba de adaptarse a la nueva casa, una casa pequeña pero preciosa en medio de la nada. La falta de trabajo había hecho que papá y mamá apostasen por un cambio supuestamente mejor para nosotros, sin escuela y con aire limpio y libre, como el que aquella mañana, antes de partir, creo que ella necesitaba. 
Ante la falta de adaptación, mis padres se deshacían en lisonjas y consentimientos con Sara. Ese es el nombre de mi hermana. Sara tenía entonces doce años.Flaca. Frágil .Ausente. Triste. Papá se empeñaba en que le venía bien pasear y tomar el aire fresco, y todas las mañanas, lloviera o nevase, nos daba aquella larga caminata de más de una hora que aprovechaba para enseñarnos lo que el decía que era una clase de “Naturales”. Pero vamos, que yo creo que mi padre no tenía ni idea de lo que nos contaba y confundía níscalos con champiñones….aunque, eso sí, nosotros le escuchábamos con los ojos como platos y la boca bien abierta. Eso hacía que él no cupiese en sí de satisfacción.
El caso es que, en uno de estos paseos mi triste hermana hizo algo similar a la mueca de una sonrisa y con mirada aparentemente excitada nos dijo que tenía una idea. Ya he dado a entender que papá haría cualquier cosa por verla feliz, y aunque a mi aquel golpe de creatividad por parte de Sara me pareció horroroso, fui arrastrado a ejecutar junto con ellos aquel maquiavélico plan a escondidas de mama.
Cuando llegamos a casa me hicieron bajar al zaguán donde mamá guardaba las sabanas y robar una, blanca, muy blanca, tan blanca como la nieve que ese día había caído y veíamos pintando el suelo desde la ventana de la habitación. Papá trajo la soga. Y Sara había cogido los palos necesarios para crucificarla. El ruido de la tijera me sobrecogió..kzssssss…rasssssss… Una vez hecho, con todo el sufrimiento y el esfuerzo que nos supuso, sobretodo a mí, Sara dijo que la dejáramos atada junto a la ventana…para que pudiese ver el paisaje y no se sintiese encarcelada. Fue lo que más me gusto de toda aquella loca ocurrencia de mi hermana, la parte más romántica. Verla allí, atada, imaginándome que espera un soplo de aire que quizá le hiciera sentirse un poco más libre…”Atala fuerte” me dijo en un tono que me parecío cuasi sádico.
Durante varios días este ha sido el leitmotiv de mi hermana. Mi madre no sabe que la pasa, pero está entusiasmada, sonríe, bromea, y habla más…Papá, me guiña un ojo, y yo me siento un tanto absurdo subiendo cada media hora a la habitación a ver si sigue allí. Quieta. Estática. Atada. ¡Me gustaría que volara!he pensado día tras día… ¡que huyera por esa ventana y se fundiera con la nieve tan blanca y tan fría en apariencia como ella!
Por fin, hoy lo ha hecho, y nos pillo a los tres por sorpresa. No la pudimos alcanzar.
Creo que sabiendo que se puede escapar y aprender a volar, no me resultará tan doloroso hacer una nueva cometa para mi hermana la próxima vez…aunque sea a escondidas de mamá.

Las Nieves Eternas

Posted in Relato Libre Rhay with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Miércoles, 4 \04\UTC enero \04\UTC 2012 by Rhay

Disparada desde primera hora de la mañana y proyectada como un misil contra una diana situada a millones de kilómetros en los confines de su alma. Así se sentía Cristina cada vez que se levantaba de la cama. Para ella dormir equivalía a un viaje en barca durante una tormenta en mar abierto. El aliento nauseabundo era prueba del viaje de cada noche. Esta vez, la sensación se vio mitigada por la estampa que le ofrecía la ventana. Había nevado por la noche, y la ventana ofrecía un cuadro impresionista en bellísimos tonos blancos, negros y azules. Toda la llanura que se veía desde su ventana estaba cubierta por un brillante manto blanco que se extendía hasta donde podía alcanzar la vista. Era tan bella, que se quedó durante un instante absorta y contemplativa. Había decidido que hoy sería feliz. Pero poner los pies en el suelo la devolvió de golpe a la realidad. Sentada en el borde de la cama, sintió que por la garganta ascendía como una manada de caballos salvajes una náusea que la obligó a precipitarse sobre la taza del váter. Y es que el Docetaxel no daba tregua alguna. Cuando se hubo repuesto, se incorporó y se quedó paralizada frente al espejo. No reconocía al cadáver que la miraba desde el otro lado. Una cara demacrada, con las cuencas de los ojos hundidas, con un cabello ralo y frágil que se resistía a dejar la cabeza, pero que inexorablemente se veía muerto, y un rictus de dolor en todas las facciones que otrora fueran humanas y llenas de vida. El cuerpo enjuto que se dibujaba ante ella no dejaba nada a la imaginación. Ni siquiera el camisón de raso blanco disimulaba la extrema delgadez y la ausencia de algún bulto que debería estar ahí, pero que no estaba. Sin duda, el Docetaxel no daba tregua, no… Era la primera vez que Cristina se miraba al espejo después de la operación, y aunque ella sabía que su aspecto no debía ser muy lozano, no estaba preparada para ver lo que había visto. En cualquier caso, tenía que saber cómo había quedado todo. Lentamente, se quitó el camisón, y se quedó desnuda delante del espejo. Allá donde en otro tiempo hubiera dos pechos redondos y turgentes, sólo quedaba una cicatriz que pareciera hecha por el mismísimo doctor Frankenstein. Cristina se miró de perfil, y comenzó a repasar su pecho lentamente con la punta de los dedos. La superficie de la piel era rugosa, casi áspera, y apenas tenía sensibilidad. Su cuerpo enjuto y cetrino parecía ahora más que nunca la sombra de un cadáver andante. No podía imaginar que esa imagen fuera su reflejo. No podía ser. Ella siempre había sido una mujer lozana, llena de vitalidad, y ahora era un espantajo que apenas sí tenía fuerza para sostenerse sobre sus dos pies. Pero no, hoy Cristina había decidido que sería feliz, y nada ni nadie podrían impedirlo. Volvió a ponerse el camisón y salió del lavabo. Tras ponerse una bata y unas pantuflas calentitas regalo de sus alumnos, se dirigió a la cocina para prepararse el desayuno. Un gran vaso de zumo de naranja recién exprimido, una tostada con mantequilla y mermelada de frambuesas, una taza de té con leche y la medicación de la mañana constituían su rutina diaria. El médico le había dicho que ahora más que nunca debía alimentarse de la forma más sana posible, y sobre todo tomar muchas frutas rojas, así que aunque se levantaba hecha pedazos y con una tempestad en el estómago, ella seguía obediente las órdenes que le habían dado. Hoy tenía cita con el médico. Le habían hecho algunas pruebas días antes y tenía que recoger los resultados. Tras la ducha, se enfundó en un vestido de lana roja y unas botas altas de cuero marrón. Hoy quería estar radiante, sentirse llena de colores, igual que la estampa impresionista de la ventana. El abrigo, las llaves, el bolso… ¡ah, el móvil!… Y un taxi esperando en la puerta de casa que la llevaría directa al hospital.

La sala de espera del hospital era un hormiguero de gente silente. Las personas entraban y salían como si de un velatorio se tratara. Y es que la sala de oncología no es un lugar muy alegre. Cristina se sentó en la sala y tomó una revista. Era de la Asociación Española de Oncología Médica, y había un artículo sobre el cáncer de mama. “Vaya”, pensó Cristina. “Parece que mi vida va a rondar en torno a esto todo el día de hoy”. La voz de la enfermera llamándola la sacó de su soliloquio. El médico era un hombre dulce, de mediana edad, con unas gafas metálicas y de lente pequeña que siempre se resbalaban hacia la punta de la nariz y que dejaban ver unos ojos chispeantes de bondad y esperanza. “¿Qué tal te encuentras hoy, Cristina?”, le preguntó el médico mientras ojeaba el historial. “Hoy he decidido que voy a ser feliz, doctor”, respondió Cristina con determinación. El semblante del médico se tornó umbrío y el brillo de sus ojos varió el color hacia la compasión. “No tengo buenas noticias, Cristina. Las pruebas que te hemos realizado demuestran que el cáncer se ha extendido hacia el pulmón derecho y las vértebras torácicas. Lo siento”. La enfermera se apresuró a ofrecerle un tisú a Cristina, pero su cuerpo estaba inmóvil. Su cerebro daba órdenes a las glándulas lagrimales para que comenzaran a brotar lágrimas, pero éstas no respondían. Los nervios de los brazos enviaban órdenes a los músculos para que activaran el movimiento, pero las fibras musculares se negaban a hacerlo. E incluso su corazón, ajeno a las órdenes del cerebro, se paró por un instante. “¿Cuánto tiempo me queda, doctor?”, consiguió decir después de que el cerebro venciera a la voluntad de la laringe. “Debemos comenzar con una nueva sesión de quimioterapia, y reforzarla con sesiones de radioterapia durante al menos un mes para ver la evolución…” “¿Cuánto tiempo me queda, doctor?” le interrumpió Cristina bruscamente. “Todavía hay esperanza”, acabó diciendo el médico. Cristina se levantó de la silla, y salió de la consulta caminando torpemente. El médico y la enfermera salieron tras ella para detenerla. Todavía había esperanza… Pero ahora eran las piernas las que habían decidido actuar por su cuenta, y no se detuvieron ante las voces del médico que le decía que todavía se podía luchar. “Luchar…”, pensó mientras salía por la puerta del hospital. El taxi la esperaba en la puerta, pero decidió pagar la carrera y caminar por la ciudad. El cielo era plomizo, con un agobiante espesor que casi no permitía respirarlo. Y los colores, ¿dónde estaban los colores de la mañana? ¿Desde cuándo los edificios ofrecían esos colores enlutados en blanco, gris y negro? Salió corriendo a duras penas calle arriba mientras en su mente intentaba desdibujar la imagen que acababa de ver. Cuando alzó la mirada, se encontró en las puertas de su colegio. “No, por Dios”, pensó. Intentó pasar desapercibida por delante de la puerta, pero la voz de un hombre la detuvo. “¡Señorita Cristina! ¡Cuánto tiempo!” le dijo un señor bigotudo y mofletón mientras le arreaba dos besos en plena cara. Era el conserje del colegio. “¿Qué tal, cómo se encuentra? ¡Niña, ven, corre, que está aquí la señorita Cristina!” gritaba aquel hombre mientras la agarraba del brazo. En un instante, se formó un remolino alrededor de ella. Personal del colegio, compañeros profesores, alumnos e incluso el director salieron a saludarla. Y lo que menos necesitaba ahora mismo Cristina era ese bullicio. Probó nuevamente la relación de su cerebro con sus piernas y vio que su cuerpo volvía a actuar como un todo, así que salió corriendo como alma que lleva el diablo ante la mirada atónita de todo el colegio. Corrió tanto que se perdió entre las caras anónimas de los transeúntes. Necesitaba estar sola, o al menos rodeada de gente que no la conociera. Necesitaba sentirse perdida entre la muchedumbre, como un grano de arena mecido por la marea.

“Necesito café”, pensó mientras pasaba por una cafetería de estilo parisino. Se sentó en la sala de espaldas a la vidriera. No quería que nadie la viera mientras reflexionaba sobre el café solo que había pedido. Cada vuelta de la cucharilla le traía la frase del médico. “Todavía hay esperanza”… Pero nuevamente algo la distrajo. Un hombre alto, moreno y de aspecto atlético enfundado en un traje de color gris marengo estaba delante de ella. Cuando alzó la mirada, encontró una cara conocida, unos ojos azules como el mar la miraban con dulzura desde la altura. “Cristina…”, susurró una voz varonil y llena de ternura. “¿Por qué no me has llamado en todo este tiempo? Creí que lo nuestro era algo bonito que podía llegar a buen puerto…” Cristina no sabía muy bien cómo reaccionar. La verdad era que cuando comenzó todo el infierno del cáncer, había dejado todo de lado, incluida una maravillosa relación de amor y comprensión que compartía con este adonis que se le presentaba ahora. Miguel se arrodilló para quedar a su altura. “Estás preciosa”, susurró. Nada le alienaba más a Cristina que la mentira piadosa. Ella misma había visto el zombi en el que se estaba convirtiendo esa misma mañana. “¿Preciosa? ¡¿Que estoy preciosa, dices?! Mira, no me vengas con chorradas, que sé cómo estoy, y no estoy preciosa precisamente…” Escupió. “No te estoy diciendo chorradas, te digo que estás preciosa, porque yo siempre te veo preciosa. Además, eso lo tengo que decidir yo, no tú.” Dijo Miguel mientras le tomaba la mano. “¿Por qué no me has llamado en todo este tiempo? ¿Cómo te encuentras?” prosiguió. “¿Que cómo me encuentro? Pues jodida. ¡Me encuentro jodida! No te he llamado en todo este tiempo porque no quiero saber nada ni de ti ni de nadie, porque me estoy consumiendo poco a poco y no quiero que nadie vea cómo estoy. Por eso no te he llamado. Y me vienes tú ahora y me dices que estoy preciosa… ¡Que me estoy muriendo, coño! Y tú con que estoy preciosa…” El semblante cetrino de Cristina se enrojeció por acción de una ira que permanecía latente como la lava de un volcán, pero que por fin había encontrado una grieta por donde surgir. “Cristina…” volvió a susurrar Miguel mientras volvía a tomarla de la mano. “Estoy aquí, no me he ido, no me quiero ir. Estoy contigo para lo que quieras…” La mirada azul de Miguel se hundía en las cuencas vacías de Cristina, llenándolas de agua dulce. Por un momento, su mente sopesó la posibilidad de fundirse en un abrazo con Miguel, y dejarse envolver por ese velo protector a cualquier precio, pero la ira contra todo y contra todos era demasiado poderosa como para contrarrestarla. “Miguel, déjame sola, por favor”, contestó Cristina retirando la mano bruscamente. “Ahora no tengo tiempo de discutir menudencias”. Miguel se levantó y sobre una de sus tarjetas escribió “llámame a cualquier hora del día o de la noche. Allí estaré”. La dejó encima de la mesita y se dio la vuelta camino de la calle hasta que se perdió entre el gentío. De las cuencas de los ojos de Cristina comenzaron a brotar un mar de lágrimas amargas y espesas. Sabía el coste que había pagado por esa despedida, y eso le dolía profundamente. La realidad es que en ese momento su ira contra el mundo era mucho más poderosa que el amor que sentía por Miguel, así que no podía ofrecer resistencia.

Como no quería más contratiempos de este calibre, decidió tomar un taxi y volver a su casa. Allí sabía que nadie la perturbaría. Se quitó el abrigo, y al dejarlo en la percha cayó la tarjeta de Miguel al suelo. Cristina se la quedó mirando, y la depositó en una cestita al lado del teléfono. Había decidido que se bebería una botella de vino mientras se daba un baño y escuchaba música. Necesitaba desconectar del mundo, y pensar con algo más de claridad de lo que lo había hecho hasta ese momento. Tras acabar la cena, decidió abrirse una segunda botella de vino. Esta vez, atacaría a un delicioso Grand Cru borgoñón comprado en la última visita a Dijon. Tenía la sensación de que aquella sería la última ocasión en su vida en la que probaría un buen Borgoña. La música seguía sonando mientras Cristina poco a poco se dejaba llevar por las nubes etílicas. Entonces, comenzó a sonar “Tosca”, de Puccini. La música le llevó a transportarse más allá de la estancia, como si el suelo no existiera bajo sus pies, como si la estancia se agrandara hacia dimensiones galácticas… Y comienza Tosca a cantar “Vissi d’Arte”, y comienza Cristina a levantarse lentamente, a vagar por la sala que poco a poco se va quedando vacía… excepto la cestita y el teléfono. En ese momento, tomó el teléfono y marcó un número de memoria, pero lo suelta mientras da señal imbuida por la música que penetra por todo su cuerpo… Y entonces, miró hacia la ventana, y ahí estaba otra vez ese cuadro impresionista que la saludaba. Quería formar parte de él, quería desaparecer de esa cárcel que se llama cáncer, y que la tenía atada a un riel por donde tarde o temprano pasaría el tren de las doce… Salió a la terraza al tiempo que desde el tocadiscos Mario cantaba desesperado “E lucevan le stelle”, y se quedó absorta mirando la llanura nevada. Una sensación de ligereza le permitió subirse a la barandilla mientras seguía ansiando el horizonte. Y cuando se disponía a dar un paso al vacío, unas manos la rescatan del abismo precipitándola dentro del salón. La música cesa, y Cristina se ve envuelta en unos brazos morenos y atléticos, y al girar la cara descubrió una mirada acuosa de color azul, que la sostenía firmemente. Miguel la abrazaba con fuerza tirados los dos sobre la alfombra del salón. De las cuencas oculares de Cristina comenzaron a brotar océanos de lágrimas saladas que caían sobre el hombro de Miguel. Lentamente, la levantó en brazos y la llevó a la cama, en donde la acostó dulcemente al tiempo que él mismo se recostó a su lado tomándola por la cintura. Cristina se dio la vuelta, y al ver la cara de Miguel, en donde todavía se dibujaba un rictus de terror, no pudo contener la necesidad de besarle.

A la mañana siguiente, Cristina se levantó mejor que nunca. Hacía demasiado tiempo desde la última vez que hiciera el amor, y ya casi no recordaba lo maravillosa que era esa sensación. Al mirar por la ventana, vio que el cuadro impresionista seguía allí. “Todavía hay esperanza”, sonó en su cabeza mientras contemplaba la escena. “Todavía hay esperanza”, dijo en voz alta, como absorta. Miguel se desperezó lentamente mientras el sol le iba dando en la cara. Se incorporó, y besó el cuello de Cristina, mientras con las manos acariciaba las cicatrices de sus operaciones. Cristina se levantó de un respingo y se fue hacia el teléfono. Marcó y esperó señal. Al descolgar el teléfono, pidió que la pasaran con la unidad de oncología, necesitaba hablar sobre el tratamiento que tendría que seguir con su médico. Todavía había esperanza, y no iba a perder la posibilidad de que esa historia de amor que había renacido la noche anterior desapareciera sin al menos haberle plantado lucha a la enfermedad. Por primera vez en mucho tiempo, Cristina no se sintió como una bala disparada desde primera hora de la mañana.

 

Solsticio de invierno

Posted in Relato, Relato Libre, Relatos, Relatos Breves with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on Miércoles, 28 \28\UTC diciembre \28\UTC 2011 by Administrador

El mar horadaba la roca lentamente, tan lento era el mar socavando entre aquellas piedras salinas como lo era el sol intentando despedirse

¿Nos os ocurre que en esos momentos en que todo va bien uno tiende a no pensar en nadie más que en sí mismo? A mi me pasa, y por eso entiendo que cuando sucede lo contrario, es decir, que las cosas no van tan bien, o para que andar con paños calientes, cuando las cosas van fatal, cuando van tan mal que ya no te importa ni la desgracia ajena ni la tuya propia, porque el límite ya está tan dado de sí que sería imposible comparar medidas, el tiempo te alcanza. Se esconde detrás de ti, como una sombra con muy mala leche y te echa el aliento en el cuello –que además huele agrio, porque lo bueno, huele bien, y lo malo, es fétido, como en los cuentos de hadas, que algo de cierto hay en ellos-.

Pues aquella tarde el mar no me parecía ni tan bonito ni tan azul, y eso que los colores del amanecer pedían a gritos una cámara digital que, además de buenas fotos, me permitiera subirlas al ritmo de un suspiro en la red social para entretener al público que en ese momento, debo decir la verdad, me era del todo indiferente. El invierno que amenazaba con salir de entre aquellas rocas, y yo divagando.

El mar horadaba la roca lentamente, … Y yo seguía intentando descifrar el patético esfuerzo que me estaba suponiendo decidirme a salir de nuevo esa noche y resarcirme de tantos años dedicada a alabar, apoyar, consolar a Mario, un hombre de esos que debería ser obligatorio en el currículum vital de cualquier mujer, para aprender a diferenciar lo que significa un compromiso con amor o comprometerse a perder el tiempo con los Mario/Manolo/DarthVader que se cruzan en nuestro camino.

Creo que durante todos aquellos años no coincidíamos apenas uno o dos días entre semana, porque a pesar de compartir oficio y casa, nuestros intereses y el propio trabajo ya se empeñaban en separar físicamente lo que desde el principio ya estaba más desligado que una mahonesa cortada.

Supongo que por la falta de roce diario y esa extraña costumbre que adopté de terminar contándole a Tanga mis preocupaciones y también la mayor parte de mis alegrías, una tarde dejé de lanzar botellas de náufrago al desierto, porque la paciencia en mi abunda, pero la falta de sentido común nunca me ha querido acompañar, y menos cuando estoy sobria. Así que el día en que Mario salió con prisa, como era habitual en él salir con prisa, y vestirse con prisa, y follar rápidamente, quizá para no tener que perder más que el tiempo justo, qué cosas, no le recordé que hacía dos meses que esperaba una contestación. Abandoné la casa aquella tarde, y punto. Y me acerqué, cómo no, al mar.

Y siete meses después de nuestra separación de bienes, entre los que no se encontraba Tanga, naturalmente, que no se lo llevó con él por amor, que éste doy fe hay que llevarlo puesto para poder compartirlo, y a Mario, supongo que por la prisa de la que ya he hablado, se le había olvidado ponérselo hacía mucho tiempo. Se había llevado a Tanga por fastidiar, así de claro, porque lo cierto es que él jamás se agachó a recogerle una caca, es más, creo que ni sabía que era un perro de verdad y que hacía cositas de perro, eso es, salir a la calle cada día y cagar y mear cuando tocaba.

Cansada de salir casi cada noche, de embutirme entre risas que no convencían ni al espectador más colocado, supe que pese a todo le echaba de menos –a Tanga, naturalmente-, que me había dejado llevar por las circunstancias y que, el único modo de apelar a su pequeña capacidad emocional para recuperar lo que por derecho propio me correspondía, era fingir animadversión hacia lo que él consideraba un triunfo.

Habían pasado muchas semanas, y yo a quien echaba de menos no era a Mario, efectivamente que no, lo que echaba de menos era escuchar la respiración profunda de Tanga sobre mis pies, mientras yo escribía mi artículo diario en el ordenador. Y sacarle a pasear y dejarle que corriera libre por aquella playa en la que ahora solo veía piedras, agua, arena, donde antes había consuelo, colores, chispas.

El mar horadaba la roca lentamente, es mi tercer intento, pero nada, hoy no me sale nada, tengo la cabeza ocupada pensando en este ser nada escuálido que ahora se apoya en mis piernas y me da todo el calor que necesito. Este invierno se que no pasaré ningún tipo de frío.

Al César, lo que es del César.

Saray Shaetzler para Los Relatos Más Relamidos, Jornadas de Puertas Abiertas

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