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LA MUERTE, UNA NUEVA VIDA

Posted in Los relatos más relamidos, Relato libre Soledad Gallardo with tags , , , , , on Viernes, 24 \24\UTC febrero \24\UTC 2012 by soledadgallardo

Aún se sentía demasiado perdida y holgada en el vestido azul cobalto, oscuro como su ánimo pero capaz de empezar a brillar como sus sencillos adornos. Se subió sobre las sandalias de plata y ya erguida le costó reconocer su nuevo rostro.

A pesar de todo terminó de acicalarse, con mimo, sin prisas;  decidida a continuar con su segunda vida, a eso que llaman ondear otra bandera, lidiar en otras plazas o simplemente dejar los kleenex .

La verdad es que tras el último vistazo al espejo aún estuvo a punto  de volver a sentarse sobre la cama, respirar hondo, relajar los músculos del cuello y abandonarse a la autocompasión. Quizás unos pasos lentos llegados del pasillo, seguidos de otros más rápidos y acompañados de risas, fueron los que la impulsaron definitivamente a salir, los que hicieron de rompeolas a sus temores. Así dejó el camarote por primera vez desde que inició el crucero;  siguió por el piso bamboleante hasta llegar al salón, alcanzarlo, confiada, antes de que diera comienzo la  gran cena de Nochevieja.  Serían  los primeros manjares que compartiría. Algo tan sencillo que había intentado y eludido, impotente, desde que se embarcara desolada en  Lisboa.

A la Miller, como durante años se la llamó en revistas culturales y páginas de sociedad, siempre le gustó no desentonar, también fuera del escenario y esa noche sin duda, de gala, había acertado con el terciopelo. No hacía demasiado calor en el barco y fuera la seda le protegería  su cuello,  tan mudo de notas  como de palabras  desde que se quebraron sus cuerdas vocales. Fue en aquel triste escenario de camas blancas, posterior a su propio despiste al volante,  cuando se despidió de él y dejó de cantar.

Al llegar al salón Eternity, en menos tiempo del que había supuesto, un camarero delicado y atento le indicó su mesa. Pudo devolverle una sonrisa y  saludar al resto de comensales aunque le sorprendieron de inmediato los ojos de una mujer de ensortijadas manos, voz profunda y en algún rasgo bastante familiar. Quizás fue por eso que la saludara primero a ella y ya sin demasiada energía, se replegara humilde en su silla.

Agradecida instantes después, no supo a quién, tomó su primera copa de agua y así pudo recuperar el aplomo. Reunió las fuerzas para dejarse ver, distanciar cada parpadeo y sujetar las lágrimas, su gran dolor de viuda culpable.

Después una jovencita atrajo su atención, en realidad fue una prominente tripa y el rubor adolescente del delicado rostro. Ambas se sonrieron mutuamente y no sintió más ternura hacia las otras caras, aunque dispuesta a ser sociable, trató poco a poco de conectar. Lo que tuvo bien claro es que el jolgorio de matasuegras en la mesa más cercana no iría con ella, tampoco el grupo de parejas ebrias agarradas a la barra del bar. Decididamente, había tenido suerte en la mesa asignada y eso mismo pensó el camarero atraído por su belleza.

Cuando otro joven, estirado, de nombre rimbombante,  le ofreció la primera copa de vino también lo agradeció, creía que no pero sí, su garganta pareció recuperar algo de vida a la vez que  un calorcito que quien sabe si más tarde llegaría a ser embriagador.

-¡Chin ,chin! son ustedes encantadores, yo también me alegro de estar aquí – fueron, tras la copiosa y variada cena, sus primeras palabras a todas las personas reunidas a su alrededor.

A falta de unos minutos para las campanadas de media noche, sin saber si por petición expresa de alguien, no llegaron a su mesa los cuenquitos de las uvas como al resto de las dispuestas por el salón. Sorprendida, Marguerite, vio como madame Dubois sacó una baraja de cartas, alzó sus cejas y en breves  instantes era un  tapete y no un mantel lo que cubría  el tablero.

El joven camarero, cumplida su misión, se quedó expectante tras  la famosa Marguerite Miller. Por su parte el señor pizpireto abandonó  el juego con la amable señorita que, sentada a su lado, no paraba de insinuársele.  La joven embarazada,  abrió tanto los ojos como si aquella noche fuera la elegida por ella para dar a luz. Sólo el dandi, que quizás no fuera tan señorito, iba y venía de la barra muy inquieto.

Cuando la cantante retiró la mirada del camarero, volvió a observar  las manos de madame Dubois y se estremeció. Asomó el recuerdo inevitable de una tarde de ópera truncada por una  afonía repentina. Aquello ocurrió el día que a la tal Castifiori, la más estúpida entre las amigas del director de su compañía, se le antojó que una pitonisa – madame Dubois, era ella ya sin duda-  le leyera las líneas de la mano. Y  entonces, no pudo llegar a más conclusiones, en medio de un gran escándalo las cartas revolotearon por el tapete hasta que una de ellas  cayó centrada bajo su pronunciado pecho, era la suya y no cabía ninguna duda, le había tocado La Muerte.

Al revuelo de las imágenes del tarot le siguió el de servilletas, sillas  y el de todos los pasajeros exaltados allí  en torno a su misma mesa. Los gritos de ¡socorro!, de auxilio por un médico o súplicas por la llegada del capitán del barco, le extrajeron de su terrible abstracción.

Minutos después salió muy afectada  de allí  y sin querer lo hizo tras el primer chico también apesadumbrado que no cesaba de fumar.  Algo que antes no habría soportado pero en esos momentos ya le resultaba indiferente. Entabló sin pretenderlo una amistad con él al igual que con  la joven embarazada que asomó tras ella.  Inés también huía del salón, de su vida y del tres de oros que el azar la asignó. Aquel extraño y oportuno encuentro fue suficiente para que los tres cruzaran unas palabras y desvelaran también sus tres secretos.

Respecto a la dulce Inés, Marguerite crearía un lazo tan íntimo que serían sus oídos los primeros que volverían a escuchar una canción de la diva  tras la muerte de su Malcom. Según se acercaba a la coda final, supo definitivamente que no interpretaría  en Río de Janeiro La donna del lago como estaba previsto,  cantaría en Brasil pero bajo las palmeras y ante los pocos turistas que llegaran a Tinharé.

Ahora Margarita es su propia directora y vive acompañada de  Flavio, el camarero que dejó de servir  möet  chandon  para volver a las  caipiriñas.  Del resto de personajes, la renovada cantante  no ha querido   saber  nada más, ni siquiera de la pitonisa madame Dubois.  “¿Quién puede asegurar que ella me robó una tarde de aplausos aunque después me devolviera la voz y una nueva vida?” se pregunta  ella. Por si acaso, también  jura que  no volverá a tantear el azar. Jamás.

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