El Rincon

Los precios marcados en tiza decoraban la barra del bar. Ese fue el
reclamo, hacía años que no veía un local así, estaba harta de las
cafeterías modernas y asepticas brillantes y relucientes.

La tarde era gris y el ambiente estaba cargado, amenazaba tormenta y
yo estaba agotada, llevaba dos días en Sevilla por asuntos de trabajo
y con una reunión maratoniana de la que no había salido en cinco horas,
pero no me apetecía meterme en la habitación del hotel, muy cómodo
pero sin ninguna personalidad.

Empujé la puerta y entré en aquel bar que me recordaba mi niñez, la
barra estaba a tope y todas las mesas ocupadas, pero en uno de los
rincones ví que una pareja se levantaba, me dirigí allí con paso
rápido no quería que nadie me quitase el sitio, me apetecía quedarme
allí un rato.

Saqué la agenda de mi bolso y empecé a leer los compromisos del día
siguiente, pero no podía concentrarme aún recordaba el portazó que di
a la puerta cuando salí hacía dos días, Pablo y yo habíamos discutido
una vez más, llevabámos cinco años juntos pero en tiempo real era
como si llevasemos unos meses, mi trabajo sin horario, mis continuos
viajes y para colmo el tenía turno de noche.

Hacía una semana le había ofrecido un puesto con turno de día, para
él era la solución a nuestros problemas, para mi no, no estaba
dispuesta a dejar mi casa y mi ciudad, mi puesto de trabajo que tanto
me había costado conseguir, mis años de carrera, la lucha
desenfrenada por mi actual puesto de directiva, mi expléndido sueldo
que me permitia vivir cómodamente y con todos los lujos a mi alcance.

Yo el as de las finanzas de mi empresa, la tenaz negociadora, la que
se pasaba la media vida en los aviones sentía pánico de hacer un
viaje de 200 km y dejar todo mi mundo. Pablo era un egoísta que no
reconocía mis méritos, la discusión fue muy fuerte y no sabía si a mi
regreso lo encontraría en casa y eso me angustiaba pero yo no iba a
dar mi brazo a torcer, tendría que aceptar mis razones.

De repente una sombra se puso ante mi pensé que era el camarero y
cuando levanté la vista me encontré con un anciano, vestía un traje
negro y raido, pero algo en su porte me dijo que no era un vagabundo.

– Señorita no quisiera molestarla, pero ¿me puedo sentar aquí?, esta
es mi mesa, no la molestaré.

– ¿Su mesa? -exclamé- que yo sepa la mesa no tenía ningún cartel de
reservado.

– No señorita, yo vengo aquí todas las tardes y me siento aqui, este
es mi rincón.

Algo me hizo señalarle una de las sillas, aunque pensé que más valía
que no fuese el típico viejo que se empeña en contar su vida y sus
batallitas ¡solo me faltaba eso!.

– Me llamo Román -y señalando mi agenda me dijo- hace mucho tiempo yo
también tenía una de esas.

– ¡Dios! -pensé- ¡ya empezamos!.

Pero la historia de Román no era una batallita. Me contó que hacía
muchos años fué un hombre de negocios, consiguió levantar una
importante empresa, que le absorvía todo su tiempo. Pero tuvo un
hijo, al que no le faltaron nunca ni los mejores colegios ni todos
los lujos de los que podía rodearse. Pero un día la fatalidad se
cruzó en su camino, su hijo con 19 años recién cumplidos se mató en
un accidente de coche, un deportivo último modelo que su padre le
había regalado por sus brillantes notas.

La caída de Román fue en picado, se encerró en su casa, dejó la
empresa en manos de subordinados que le arruinaron, pero el no hizo
nada, se había dado cuenta que había disfrutado de todo en la vida
menos de lo que realmente le importaba, su propio hijo y ya eso no
tenía remedio.

– Ahora solo me queda un piso de 20 m2, cedido por el Ayuntamiento,
una pequeña pensión y este rincón donde hace años compartí la mejor
tarde de mi vida cuando mi hijo con siete años vió los precios
marcados con tizá y tirando de mi brazo me dijo:

– ¡Mira papá! como la pizarra del cole.

Pasé la tarde con Román, compartimos unas raciones de pescadito y
unas cerveza, cuando me marche le di un beso en su mejilla arrugada,
sus ojos azules apagados hasta ese momento se iluminaron.

Cuando salí de aquel bar no puede evitar volverme y en mi rostro
apareció una sonrisa al ver ese letrero con tiza. Tenía que volver
allí con Pablo, teníamos que compartir los dos el rincón de Román, de
repente sentí una energía nueva y renovada. Ahora sabía lo que tenía
que hacer.

FIN

Creative Commons License
El Ríncón by Miren is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial 3.0 España License.

8 comentarios to “El Rincon”

  1. MJ, si hubiese encontrado una mujercita xeitosiña como tu hace ya mucho tiempo que estaría recogido y con churumbeles y todo. Ay…..

  2. me encanta la istoria , y sobre todo , como está redactada,…una fiera, si señora!?

    muxutxuk

  3. La historia es muy entrañable y creo sinceramente que refleja a la perfección la personalidad de la persona que la ha escrito. MJ. eres una preciosidad de mujer en todos los aspectos y además sabes redactar a las mil maravillas. Estoy ansioso por leer más relatos tuyos. Felicidades y molts petons.

  4. Miren, he pensado lo mismo que Pep. “Se te ve en el relato” Jejejeje

    Una delicia, mil gracias.

  5. Muy tierno. Hay que saber que es prioritario, que es importante y que no lo es. Para cada uno es distinto, pero para todos es necesario saberlo. un saludo

  6. Wow…! y más Wow….!

    MJ tu redacción es fantastica y tu relato mueve a la reflexión….

    Despiertas ternura por el personaje que al final deposita un beso en la arrugada mejilla de Román.

    Después de leer tu relato, me siento intimidado ¿como se puede llegar al nivel que tienes para redactar?

    Felicidades tu relato es fantástico…..

  7. Muy tierno, Miren. Se me han aguado los ojillos. Constatas lo realmente importante de la vida.

    Besitos.

  8. Miren: ¿Cómo te lo digo para que no suene cursi?…

    Entrañable, amable y encantador relato.¡¡Expléndido!!

    ¡No tengo palabras!. Reflejan tu interior…

    Besos.

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