Bares, que lugares

Los precios marcados en tiza decoraban la barra del bar de barrio sevillano que se había convertido en la prolongación del salón de mi casa. Tan solo ese detalle dejaba muy claro que estaba ante una de las tascas con más solera de Triana. Y es que su decoración parecía no haber sufrido grandes variaciones desde su fundación allá por los lejanos años 40. En sus paredes alicatadas hasta el techo de un azulejo de diseño morisco convivían carteles taurinos que anunciaban históricas corridas de la Maestranza con algunos cuadros de los más reconocidos maestros sevillanos del cante jondo, en su día clientes habituales. Franqueando la entrada un precioso azulejo de la Virgen de la Esperanza de Triana nos daba la bienvenida a los fieles parroquianos, mientras que en contraste el fondo del bar era presidido por otro azulejo en el que se representaba la figura del muy pagano Dios Baco, desde luego más apropiado para el lugar que la virgen. En realidad este último era una copia del cuadro pintado por el universal Diego de Velazquez no muy lejos de allí, aunque no creo que muchos de los habituales del bar conociesen no solo ese detalle, si no tan siquiera al pintor y mucho menos al etílico Dios al que de hecho uno de los habituales, el Fiti, con su proverbial gracejo andaluz lo había rebautizado como “Don Brancisco” –porque sabe uzté, no nos han presentao y no hay sufisiente confiansa

Todavía hoy recuerdo la primera vez que entré. Acababa de ser trasladado a Sevilla y fue un amor a primera vista. Sin ánimos de ofender, los bares de barrio son como una especie de Parroquia laica, con sus “feligreses”, su “maestro de ceremonias” – ese camarero a veces guasón a veces cascarrabias que le da identidad propia e inimitable al local – y sus “horarios de culto” – todos los días desde las 7 de la mañana  para dar servicio a los currantes más madrugadores hasta la una de la madrugada en que echan a los últimos noctámbulos. No hay pues mejor lugar que estos locales para conectar con el alma de un barrio y con la gente que lo habita. En las tascas de barrio es de los pocos sitios donde los últimos tramos de las cifras del INE se nos hacen visibles en una sociedad empeañada en ocultarlos y uno tiene por ello la sensación de estar próximo a realidades sociales exentas de demagogia. Allí cohabitan las pensiones más bajas de las que muy de vez en cuando nos hablan los periódicos, el famoso porcentaje de ciudadanos que no llega a fin de mes y el grueso de los índices de paro con nombres y apellidos. Allí están con rostros reconocibles los que se aprietan el cinturón reservando siempre un agujero para la caña y la tapita porque la barra es para ellos el único foro de protesta, pataleo y reivindicación donde poder acordarse impunemente de los muertos de los políticos con sus reiteradas promesas incumplidas cada vez que asoman su jeta en el telediario que emite la tele del bar. En los bares de barrio uno saborea con deleite esa reminiscencia anti-sistema de la primera juventud.

Sí, es cierto, huyo en cuánto puedo del centro pijo y pulcro, con sus cafeterías impersonales donde los camareros de uniforme se cruzan como zombies sin mezclarse en ninguna conversación. Donde la gente se pavonea en el eterno juego de mirar y ser mirado. Prefiero esa periferia exenta de corbatas y gomina donde uno sale oliendo al tabaco que despiden los  corros humeantes del tute y eres participe del bullicio que provocan los entrañables golpetazos de las fichas de dominó o las discusiones futboleras y reconfortarte tras un duro día con unas magníficas croquetas de jamón o de queso y suculentos tapas de manitas de cerdo, rabo de toro o de pimientos del piquillo rellenos de gambas, bien regado todo con un finito o una caña bien tirada. Y es que a todos nos agrada que nos atiendan bien y nos mimen y para ello no hace falta siquiera que el camarero que nos atiende habitualmente sea nuestro amigo y confesor, como muchas veces sucede, sino que nos basta que recuerde que tomamos el café con dos azucarillos o solo y en vaso para hacernos sentir importantes.

Junto a los más rancios parroquianos del carajillo por la mañana y del sol y sombra y la faria por las tardes empezaban a asomar de aquellas una nueva clientela entre la que se distinguían a los “neohippies perro-flauteros” que buscaban allí llenar la panza a buenos precios antes de subirse al tren o seguir su errático rumbo o los  “posmodernos buenrollistas” que sobre todo los viernes y fines de semana por empacho de tanta vanguardia cultural importada terminaban encontrándole un “buen rollito” kitsch a este tipo de bares e incluso un cierto aire “cool” al Soberano. Clientes de nuevo cuño eran también algún que otro “gafapasta”, los cuales al mínimo descuido y sin provocación alguna te soltaban una soflama sobre que tu querida y vieja tasca se erigía nada más y nada menos como nuestro último bastión cultural contra las invasoras e impersonales franquicias “yanquis”. Nunca pude evitar cierta sonrisa sarcástica al observar como el plasta-gafapasta que nos había “tocado en suerte” en  plena arenga antiglobalización movía de vez en cuando su portátil para coger bien la wifi del Hotel de al lado… Por último otra especie que regresaba a este y otros bares de barrio eran los “ochenteros nostálgicos”, que armados de los entonces recién llegados  mp3 buscaban los escenarios donde Siniestro Total entre litrona y litrona habían cantado aquello de
Nosotros somos seres racionales
de los que toman las raciones en los bares
y no nos digas que no está bien
que ya sabemos cuáles son nuestros males

o aquello otro de Gabinete Galigari que decía
Los bares, que lugares
tan gratos para conversar.
No hay como el calor
del amor en un bar.
Mozo, ponga un trozo
de bayonesa y un café,
que a la señorita la invita Monsié

Pero los que de verdad le dotan de un alma propia a un bar es su “equipo titular” o a los que Tomasillo – mi camarero de confianza – solía llamar el equipo médico habitual, esos que ya terminan pareciendo un elemento más del mobiliario. De entre todos recuerdo especialmente a un trianero enjuto y muy moreno, el Manué, que tenía una curiosa costumbre de pedir cuatro vasos de vino que alineaba perfectamente sobre la barra y que bebía uno detrás de otro con aire nostálgico a la vez que murmuraba algo. Una vez pregunté a Tomasillo si sabía la razón de tan curioso ritual y me explicó que hasta hacía unos años Manué acudía al bar con tres amigos con los que había crecido en el barrio y con los que formaba una entrañable cuadrilla que separó la falta de trabajo y la consiguiente emigración. Desde entonces bebía un vaso de vino a la salud de cada uno de sus amigos ausentes. Una tarde calurosa de jueves nuestro solitario amigo llego al bar cabizbajo y compungido. Tomasillo al verlo esperó su reacción y ésta no se hizo esperar…

Sólo tres vasos-…dijo Manué, sentándose abatido debajo del cartel con anotaciones de la porra semanal de fútbol.

En ese momento, Tomasillo salió del mostrador, y sentándose junto a su amigo, porque ya era mucho más que un cliente, tras ponerle su servicial mano en la espalda le preguntó…

Vaya, Manué…lo siento…¿quien ha fallecido?…¿el Antonio, el Curro… el Pepe?…

Manué dio un suspiro y respondió…

Ainssssss… no lo permita la virgen de la Esperanza…
Afortunadamente los tres están perfectamente.
El problema lo tengo yo…y es que… el médico me ha quitado la bebida…

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7 comentarios to “Bares, que lugares”

  1. Gracias en especial por su ayuda a Anna y a Ferran. Si no ha quedado como el culo es gracias a ellos.

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