TSUNAMI EN EL CALLEJÓN

Las sombras del atardecer caían sobre el viejo callejón. En ese momento Felipe miró hacía la calle a través de la ventana. Hacía frío, se notaba en la cara de la gente que deambulaba por el callejón. Le dio una larga calada a su cigarro y volvió a mirar.

Al final del callejón, como cada día, estaba María. Una prostituta de lujo venida a menos que se postraba en su esquina a primera hora de la mañana esperando clientes y no se movía hasta bien entrada la noche. A sus cincuenta años ya no tenía faena pero ella cumplía con su habitual horario.

Felipe volvió a dar otra calada a su cigarro. Pasó la manga de su camisa por el cristal de la ventana que se había entelado por su propia respiración. Giró la cabeza, veía la cristalera del bar del callejón y podía observar el interior. Unos viejos del barrio jugaban su habitual partida de cartas en su mesa de toda la vida. El callejón respiraba tranquilidad y cotidianeidad.

Fue a la cocina. Dio un corto y rápido sorbo al café con leche que tenía preparado. Intentaba hacerlo durar todo lo que podía para que se llenase la casa de olor a café. Esa fragancia le gustaba y le ayudaba a escribir. Ahora estaba en mitad de una novela y no sabia por donde seguir. Pensó en María, la prostituta del callejón. Todo el día en la esquina, llueva o nieve, haga sol o viento. En su callejón todos tenían una vida difícil, humilde y difícil.

Encendió la radio, no le apetecía escribir. Volvió a la ventana en busca de inspiración. Allí estaba Tomas, jugando con su pelota en la calle. Siempre estaba en la calle. Tenía once años y vivía sólo con su madre. Su padre los abandono cuando él no contaba con más de cuatro años. Se había criado solo. Felipe tenía la sensación de que Tomás nunca había salido del callejón. Se pasaba casi las mismas horas que María jugando con una cosa u otra. Siempre encontraba algo con lo que entretenerse en la calle. Hoy era una pelota, ayer unas chapas, mañana será una caja de cartón que su mente convertirá en un coche, un camión o un tanque. Tomás siempre estaba allí. Su madre cosía en casa para ganarse tres míseras perras a cambio de sus ojos. Tomás era el único que no tenía una vida difícil, su imaginación infantil lo protegía del presente. El callejón lo condenaba a un futuro marcado.

Felipe volvió a dar un sorbo a su café. Barrió la calle con cu mirada. Continuaba la calma. Un chaval treintañero entró en el bar. Todos los portales estaban abiertos. Nadie cerraba las puertas, todos se conocían, cualquiera entraba en casa de cualquiera, eran como una pequeña familia. Vecinos discurriendo arriba y abajo. José, el carpintero del callejón que hacía más de diez años que cerró su carpintería por falta de trabajo, salía de un portal para meterse en otro.

Cada cual vivía como podía. Trapicheando. Ayudando. Colaborando. José entró en el bar y le entregó un pequeño paquete al chaval de treinta años. Este se lo guardo dentro de la cazadora, se bebió de un trago el contenido de la copa de coñac y salió a la calle. José se quedó en un taburete de la barra delante de una botella de cerveza.

Tomás continuaba en la calle. Tiraba la pelota contra la pared y esta le volvía rebotada. Una y otra vez se oía el repiqueteo constante y armónico de la pelota como una señal de tranquilidad, de cotidianeidad.

Felipe dio su último trago al café. Volvió a limpiar el cristal con la manga de su camisa. Oyó un silbido, se giró hacía la esquina de María. Esta seguía postrada en su esquina después de silbar. Tomás cogió la pelota bajo el brazo y echo a correr callejón arriba. Ceso el repiqueteo de la pelota. Todo el callejón sabía que “corría el agua”. A la misma velocidad que pasaba Tomás por delante de los portales, estos cerraban sus puertas. José el carpintero ayudo al amo del bar a bajar la persiana del establecimiento. En pocos segundos el callejón quedó vacío. Ni un alma se permitiría como licencia poética escribir Felipe. Sólo María que por ser la primera visible debería de aguantar el tipo y las preguntas, pero correr sería peor, a ella ya la habían visto y estaba fichada. Tampoco tenía nada que esconder.

Felipe había visto muchas veces “correr el agua” en el callejón, así que sabía que la policía no tardaría en hacer acto de presencia. Continuo mirando hacía María y vio aparecer a dos hombres vestidos de calle. Jóvenes, pelo largo, uno con gafas de sol, el otro con un pañuelo largo al cuello. Tejanos. Zapatillas deportivas.

Todos se conocían, cualquiera entraba en casa de cualquiera, eran como una pequeña familia. Cuando pasara el tsunami del callejón todos los portales se abrirían. La pelota de Tomás volvería a repiquetear tranquilidad y cotidianeidad.

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4 comentarios to “TSUNAMI EN EL CALLEJÓN”

  1. ¡EXPLENDIDO!, tu descripción es impecable tanto que tus personajes y el ambiente cobran forma física, el ambiente se palpa y los personajes se pueden ver.

    Petons

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