Matando ilusiones

Las sombras del atardecer caían sobre el viejo callejón, y día a día, sin faltar domingos ni festivos, aparecía al fondo, caminando coja y algo encorvada, la figura de un hombre, aparentemente limpio y aseado, arrastrando un carrito del Carrefour.

Levita gris, antigua pero impecable. Pantalón de pana, que le hacia mil bolsas y en el que cabían dos hombres como él , fuertemente ceñido con un viejo cinturón. Jersey oscuro de cuello cisne. Pelo largo pero cuidado. Barba blanca bien rasurada; y una mirada triste a la vez que tierna. Andrés vivía de la caridad de algunos vecinos y bajo la despectiva y cruel mirada de otros. Sus días los dedicaba a encontrar pequeños tesoros que recogía en los cubos de basura y acumulaba en su carro. Se le sabía culto y educado y nadie comprendía que le hizo venir a menos. Era un enigma tan grande para los vecinos, como para él comprender cómo la gente podía deshacerse de cosas tan hermosas como aquella vieja muñeca tuerta que suplicaba el abrazo de alguna niña, o esa lámpara sin bombilla y llena de moho que podría bien iluminar la cabecera de alguna cama mientras alguien leía ese libro, que también había encontrado, y al que solo faltaban las 20 primeras paginas, las dos ultimas y las tapas.

Por las noches, desde la ventana de un segundo piso con la persiana entreabierta , se intuían los ojos de aquella niña de unos ocho años que, por la mañana, le saludaba desde lejos, mientras su madre tiraba de ella con fuerza para que no se parase mas de la cuenta delante de él.

Para ella él era una especie de Mago Merlín ,disfrazado de pobre, que buscaba objetos encantados por brujas, ogros o duendes malos ,que andaban por el mundo real también disfrazados de personas normales, y a los que, algún día, él quitaría el hechizo y devolvería, como castigo, a su mundo y estado normal, mientras ella, pequeña y delicada princesa, observaba desde su torreón cómo cada atardecer su Mago volvía a hacer guardia frente a su castillo para evitar cualquier intento de extraño maleficio.

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Siempre desde la distancia, y antes de que aquella persiana se bajase del todo, Andrés, poniendo un poco de purpurina en su mano , lanzaba un beso suave al aire como buenas noches. Entonces, solo la tenue luz de la luna y vaga iluminación de las farolas alumbraban un poco su soledad, esperando que al despuntar el día, la persiana se levantase y esa mirada traviesa le saludase sin decir nada mientras el hacia una cómica reverencia.

A las siete de la mañana el mundo empezaba a funcionar.El camión de la basura parecía servir de despertador para medio vecindario. Los hombres trajeados salían corriendo hacia su trabajo, y las persianas se subían y las ventanas se abrían para ventilar. Y disimulados por los ruidos de los cierres de las tiendas que se subían y los motores de los coches que rugían al arrancar se escuchaban , entredientes , cansinos saludos obligados de buenos días.
A las nueve de la mañana de aquel día los carritos de la compra vacíos invadían la calle para regresar a los portales llenos. Y hacia el medio día, los niños bajaban a la calle a pedir el aguinaldo al son de pandereta y acorde de villancico.

Dormitaba entre los cartones semiborracho cuando una mano le tocó el hombro y con voz suave le dijo..
-Ten un polvorón, Feliz Navidad!
Al volverse, Andrés, reconoció aquella mirada ilusionada.
Ten, es para ti-dijo el mendigo, mientras tendía la vieja muñeca tuerta, como objeto de intercambio y muestra de agradecimiento- Feliz Navidad!
Una dulce sonrisa, un guiño y una niña a la carrera cruzando la calle con el corazón palpitando…

La fría noche de aquel 31 de diciembre, mientras pequeñas estrellas en forma de hielo se fundían en el suelo y algunos vecinos desde sus balcones ,adornados cual cochecitos de choque en feria, quemaban bengalas preparándose para celebrar la inminente entrada del nuevo año, Andrés calentaba sus manos en una pequeña hoguera, mirando al cielo y pensando que era una gran noche, y que al día siguiente cuando fuese a hacer su “compra particular” encontraría suculentos manjares envueltos en bolsas de basura con motivos navideños.
A las doce en punto el cielo se iluminó en un gran estallido de luces de color con sonido atronador mientras medio vecindario salía a la calle entusiasmado , vistiendo sus mejores galas ,botella de champán en mano, sin prestar ni siquiera atención al indigente.

Sin embargo, desde aquella ventana, los curiosos ojos de siempre le observaban.

Bajo esa atenta mirada, ahora perpleja, un coche aparcó al lado de Andrés. Cuatro trolles oscuros y con ojos rojos, bajaron violentamente asiéndole con fuerza, mientras él oponía débil resistencia, obligándole a entrar en el coche, no sin que antes el, con ojos llenos de temor, lanzase ese beso nocturno lleno de purpurina al aire.

A la mañana siguiente no hubo cómica reverencia. Ni a la otra. Ni a la otra…ni nunca jamás.

Nunca nadie se preguntó nada, pero sí, como voz en off, el día 1 de Enero, mientras todo el mundo daba la bienvenida al año nuevo alrededor de una mesa, se oía sin ser escuchada, la noticia en el Telediario:

Un indigente de unos 50 años, cuya identidad no ha trascendido todavía, ha sido hallado muerto esta noche en plena vía pública con signos de haber sido brutalmente agredido después de que un ciudadano avisara a la policía local de que un hombre estaba tirado en el suelo totalmente quieto.

Tan solo una princesa de ojos desilusionados aún sigue mirando ,desde una ventana en el segundo piso de su torreón, hacia esos cubos de basura, preguntándose si algún día volverá su Mago a guardar su castillo, acunando entre sus pequeños brazos una vieja muñeca tuerta.

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13 comentarios to “Matando ilusiones”

  1. ¡Explendido Anna! ha merecido la pena esperar, creo que has reflejado con un sentido poético admirable una de las realidades más tristes de nuestra sociedad. ¡Precioso!.

    Besos

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