En Punta Europa apuntaba el día…

En Punta Europa apuntaba el día. Él, indiferente a este hecho, seguía sentado en la arena. Llevaba allí algún tiempo, era incapaz de recordar cuánto. Segundos, minutos, quizá horas; pero eso ahora, ya daba igual.

Estaba cansado. No, estaba exhausto. Levantó sus ásperas manos hacia su rostro y se las quedó mirando como si nunca las hubiera visto. Suspiró y su aliento llegó a sus manos como una esperanza de vida. Se sorprendió de que todavía quedara algo de calor en su maltrecho cuerpo tras el duro viaje. Se alegró de seguir vivo. En su cara se pudo apreciar una mueca de algo que pretendía ser una sonrisa.

Poco recordaba de aquel angustioso viaje. Zarparon de algún lugar indeterminado de la costa este de Marruecos.  65 hombres, 2 niños. El mayor debía tener unos 12 años, el pequeño, unos 7. Ninguno de los dos podía esconder el miedo que se reflejaba en sus ojos, en cada uno de sus gestos, en sus palabras. Pensándolo bien, ninguno de los hombres que se encontraba allí aquella madrugada se sentía con fuerzas para disimular un miedo que ni siquiera la oscuridad era capaz de ocultar.

Su miedo no era diferente al de los demás. Miedo a la muerte. Miedo a perder la oportunidad de encontrar una vida mejor al otro lado del mar. Miedo a fracasar, a ser descubiertos por las patrullas de vigilancia del estrecho y ser retornado a su país. Miedo a seguir viviendo en la desigualdad, la pobreza y la injusticia.

Sus compañeros eran subsaharianos, como él; pero prefirió no mantener ningún tipo de relación con ellos. Se aisló. Eran demasiados ya, los amigos a los que había perdido, y sabía que era  duro afrontar cada una de sus muertes. Decidió por ello, mantener el mínimo contacto con sus compañeros. Si no los conocía, no sufriría por ellos en el caso de que les ocurriera algo. Si era él el que moría, no sería nadie el que tuviera que llorar su muerte.

¿Qué habría sido de sus compañeros de viaje? Lo único que recordaba era el frío, un frío que calaba hasta los huesos. Y la oscuridad. Navegar sin ver nada, sin siquiera atisbar la mirada del compañero acurrucado que tenía enfrente. La oscuridad del mar, la oscuridad de la noche, la oscuridad de su alma muerta de miedo.

Y aquellas enormes olas que hacían zozobrar la pequeña embarcación. Olas violentas en la inmensidad de la nada, golpeando el cayuco; mojando los rostros, la piel, las ropas, las almas. Olas de agua salada y fría que se clavaban en la carne como cuchillos afilados.

Y aquella última y violenta embestida del mar que hizo que la patera volcara, echándolos a todos al agua. Entonces, el frío, el dolor, la angustia y, aunque pareciera extraño en sus circunstancias, soledad.

Estaba rodeado de gritos y súplicas, de una maraña de cuerpos enredados, intentando salir a flote, intentando vencer el peso de los otros cuerpos y salir a la superficie a respirar. Lo consiguió con gran esfuerzo. Muchos de sus compañeros no sabían nadar. Algunos de ellos se hundieron, otros se aferraron al cayuco en un intento desesperado por sobrevivir.

De pronto le pareció atisbar una luz en la oscuridad. Allá a lo lejos. Permaneció quieto, intentando mantenerse a flote, intentando no sucumbir a su cansancio, a su desesperación y a la de los demás. La luz desapareció, pero al poco volvió a verla. Era un faro, o al menos eso creyó.

Los hombres seguían amontonados, gritando, braceando. Tocó con sus manos el cuerpo inerte de algún compañero y decidió que no podía seguir allí. El frío del agua agarrotaría sus músculos, cada segundo en ella era como un infierno de hielo. Empezó a nadar hacia la luz. Sabía que era muy difícil, no sabía si su cuerpo respondería, si sería capaz de conseguirlo. Nadó con todas sus fuerzas hacia la luz, que creyó su única posible salvación. Cada vez le era más difícil respirar, notaba sus miembros rígidos, y permanecer en la superficie era cada vez más complicado.

Todavía no sabía como lo había conseguido, pero llegó. Alcanzó la costa y cuando notó la arena de la playa bajo sus pies, cayó desmayado en ella. Cuando despertó ya era por la mañana. Intentó levantarse pero no lo consiguió. Tenía frío y estaba empapado.

No sabía dónde estaba. No tenía nada, tan sólo su vida, que no era poco, y un futuro más que incierto en un mundo nuevo, completamente desconocido para él. Volvió a pensar en sus compañeros, pensó que quizá alguno más se podía haber salvado, llegando a la costa como él. La gran mayoría no lo habría conseguido y sus cadáveres, quizá, algún día, llegarían a la costa, para certificar el drama de una muerte que todavía no sabía muy bien, si había merecido la pena.

Se quedó mirando al mar, ese mar que amanecía tranquilo y en calma. Azul, vivo, intenso, precioso. Ese mar que quizá se había convertido en la fosa común de sus compañeros de viaje. En la fosa común de demasiadas personas que arriesgaron su vida buscando un futuro mejor y perecieron en el intento de conseguirlo.

Se levantó y miró lentamente a su alrededor. Ya estaba allí. Había conseguido lo que otros nunca conseguirían ya. Empezó a caminar por la arena, con los pies desnudos. Era una sensación agradable. ¿Qué haría? ¿Hacia adonde dirigiría ahora sus pasos? ¿Qué habría sido de sus compañeros? ¿Qué habría sido de tantas personas que murieron buscando el sueño que él había conseguido?

Una gran angustia se apoderó de su pecho y no pudo más que arrodillarse y empezar a llorar. Y lloró. Lloró por él, por los amigos que dejó atrás, por su familia, por los compañeros de viaje muertos, por las almas de tantas personas que nunca verían amanecer en una playa como aquella.

 Encima de  unos acantilados, y borroso por las lágrimas que inundaban sus ojos, pudo ver el faro que le salvó la vida.

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4 comentarios to “En Punta Europa apuntaba el día…”

  1. Real como la vida misma. Triste, emotivo..y lleno de sensaciones.No te deja indiferente.

    Chapeau, nuevamente!

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