ESAS PEQUEÑAS COSAS

No confiaba en sus sueños y por eso decidió esperar a que finalizase el día. Si estaba equivocado viviría sus últimas horas y por fin todo habría acabado. Nunca imaginó que su mente sería capaz de predecir su muerte, nunca había tenido premoniciones, ni poderes, ni siquiera creía en lo que para él eran memeces, pero en el fondo sabía que su sueño se iba a cumplir.

La primera decisión que tomó era no ir a trabajar y quedarse en casa. Si era su último día en la tierra debía aprovecharlo de otra manera y no perdiendo el tiempo en una fábrica. Estaba muy excitado recordando todo su sueño, así que intentó tranquilizarse un poco y que mejor manera que desayunar relajadamente leyendo la prensa.

Bajó a comprar el periódico como otros días, aunque mucho más intranquilo que de costumbre. Las manos y las piernas le temblaban, se movía de forma rápida y torpe, como a latigazos desacompasados. Su nerviosismo era evidente, aunque al caminar por la calle podía llegar a controlarlo. Se acercó al quiosco, cogió un periódico y se dirigió al mostrador para pagarlo. Extendió una moneda de dos euros y se percató de que su mano le temblaba de forma evidente. La dependienta puso la suya para recibir el dinero y en ese momento Abel rectificó su movimiento dejando la moneda de forma brusca encima del mostrador. Ella se asustó al advertir el nerviosismo de su cliente y se contagió sin saber porqué. Desconfío de él, incluso cuando llevaba años viniendo a diario y nunca había presentado ningún problema. Lo repasó con la mirada pensando que igual le estaba robando alguna revista u otro objeto de valor que llevará escondido. Abel recogió el cambio y salió sin mediar palabra, sabía que tartamudearía si intentaba articular alguna frase.

Volvió a casa y leyó el diario de cabo a rabo. De momento no quería rememorar el sueño, sólo podía esperar y ver si se cumplía, pero ¿qué hacer mientras? Debía esperar más de ocho horas. ¿Y sí realmente fuera verdad? Lo cierto era que lo había vivido de una forma especial, con un realismo fuera de lo normal. En los sueños, uno se ve a si mismo en tercera persona y él había soñado en primera persona. Se acordó de su abuela paterna. Decían de ella que predecía el futuro aunque Abel nunca lo creyó, pero también es cierto que no la había conocido. Aún así le habían contado unas cuantas historias fantásticas sobre ella.

Fue tranquilizándose a medida que fueron pasando las horas. Ya que era su último día debía de hacer cosas especiales. Así que cogió su colección de Cds e hizo una selección de lo que sin falta debía de oír ese día. Se quedó con cinco y los colocó de forma aleatoria al lado del equipo de música para irlos oyendo. Colocó el primero y se marcho al despacho donde tenía su biblioteca. Escogió Los Miserables de Victor Hugo. Se estiró en el sofá y se propuso leer el libro segundo, púes además de apreciar al autor francés le reconfortaba esta parte del libro dónde quedaba evidente que las personas son buenas por naturaleza.

Llegó el mediodía y mientras se comía un bistec con patatas fritas recordó todo el sueño. Han de tocar las seis en punto, lo sabía ya que justo después de mirar el reloj sonó el timbre de la puerta. Él se quedó sorprendido ya que no esperaba a nadie, pero debido a la hora que era abrió la puerta con total confianza. Ante él apareció un hombre de unos cuarenta años, rubio, corpulento, al cual no conocía de nada y sin mediar palabra levantó una pistola hasta la altura de su cara y un estallido pintó su entorno de negro. Todo fue oscuridad y silencio absoluto por unos instantes. Sus sentidos no funcionaban, no había manera de comunicarse con el exterior lo que le produjo un estado de máxima ansiedad y finalmente se despertó sobresaltado.

Cuando acaba de comer recoge toda la cocina y lava los platos, con calma y cuidando los detalles, no quiere que los que entren en su casa una vez que haya muerto piensen que es un guarro. Ya son las dos de la tarde, así que se estira un rato en la cama y pone el despertador a las 4:30. Hace la siesta que es un placer que muy pocas veces se ha podido permitir a lo largo de su vida. Cuando se levanta recoge todo el cuarto y lo deja en perfecto orden y se da cuenta de que esta vez no ha soñado nada. Mira por la ventana y otra vez la nada, piensa.

Ya son las cinco de la tarde. Revisa que todo el piso esté ordenado y limpió, retira la cortina del comedor para que entre más luz. Ve como el sol se empieza a poner y sale al balcón a contemplarlo por última vez. Desde su casa tiene una vista perfecta del sol ocultándose tras la montaña. Esa tarde es especialmente preciosa, todo el cielo queda de un color rojo intenso, sabe que ese fenómeno predice lluvia para el día siguiente, pero a él ya no le importa. En el momento culminante, ese en el que el último rayo de sol se esconde tras la montaña, se levanta de la silla y aplaude a rabiar. Sin parar su particular emoción grita repetidas veces –bravo, bravo- sacando medio cuerpo por encima de la barandilla del balcón. La vecina del segundo sale a su balcón para ver que pasa y él la saluda con la mano mientras una sonrisa de disculpa se le dibuja en la cara. La vecina mira en todas direcciones y Abel entra de nuevo en su piso. Ya es de noche, ha llegado la oscuridad, piensa mientras enciende la luz del comedor.

Coge una cerveza, se sienta en el sofá y saca un trozo de hachis que tenía guardado desde hacia mucho tiempo para una ocasión especial, ya que va a morir mejor hacerlo con una sonrisa en los labios. Mientras está liando el porro pican a la puerta, mira el reloj y son las 5:30. No sabe que hacer. No puede ser la visita que él espera, falta media hora. Se queda inmóvil, en silencio, escuchando atentamente. Vuelven a picar a la puerta. Piensa rápido. Si abre todo puede cambiar y no se cumplirá su pronóstico, puede ser la vecina o un vendedor de puerta fría o Testigos de Jehová. Sea quien sea le puede distraer en la puerta por más tiempo del necesario y sería fatal. Espera inmóvil por unos minutos.

Parece que se han ido. Acaba de liar el porro y lo enciende. Se lo fuma tranquilo al mismo tiempo que se bebe la cerveza. Cuando acaba mira el reloj, falta un cuarto de hora y le ha dado tiempo de hacer todo lo que había planeado. Se estira en el sofá y prefiere no pensar en nada, simplemente dejar pasar el poco tiempo que le queda. Se queda dormido en un profundo sueño. Muy profundo.

8 comentarios to “ESAS PEQUEÑAS COSAS”

  1. ¡Estupendo Ferran!, este es ese tipo de relato que te pone la piel de gallina, precisamente porque y eso es una de las cosas que hace interesante lo que escribes, haces sentirse al lector en la piel del protagonista.

    ¡Me ha encantado!.

    Besos

  2. Es cierto, te expresas muy bien, a mi tambien me ha gustado. Por cierto, yo tambien soy escritor novato en un blog que acabomos de empezar unos amigos, si tienes tiempo echale un ojo: http://kurakku666.wordpress.com/midnight-theater-capitulo-1-se-abre-el-telon/

  3. Desde luego…. lo tuyo es mantenernos en vilo todo el relato para dejarnos colgaditos al final, como te pille….., colgadito te voy a dejar como al pollo de la foto, jejejeje
    lametons.

  4. Los detalles cotidianos dan un toque muy realista a la historia. Me ha encantado

  5. JAJAJAJA! NO ME ACORDABA DEL FINAL!

    ME HA GUSTADO LEERLO OTRA VEZ, GRACIOSA LA ESCENA DEL VALCÓN, BRAVO BRAVO, JAJAJ AY EL PENSAMIIENTODE TENER EL PISO LIMPIO , VAYA A SER QUE PIENSEN QUE ES UN GUARRO, JAJAJAJA!

  6. ¡Y yo que no lo había leido…! hasta hoy no sabía lo que me perdí.
    Genial “Tito”, has logrado inquietarme…

    salut,amigo.

  7. Uy…. que cosas! se me puso la piel de gallina… el final…

    Excelente.

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