EL PLACER DE OÍR EL TAÑER DE LAS CAMPANAS

Desperté de golpe. Angustiado por la luz del amanecer que entraba a través de las rendijas de la persiana. Era tarde, muy tarde e iba a llegar con retraso a mi trabajo. No había oído el despertador una vez más y debía encontrar una solución.

Entré en la ducha y reflexioné sobre el tema. ¿Por qué desde que me había mudado de casa me dormía a menudo cuando antes no me había pasado? La única diferencia respecto a mi antigua casa era el campanario de la Iglesia.

Antes vivía delante del campanario y me había acostumbrado a la información que puntualmente ofrece. Mi actual barrio queda lejos del Centro Parroquial y añoraba el tañir de sus campanas. Así que me dispuse a regalarles a mis vecinos una noche de plácida información horaria, como música añorada que llega hasta donde la han vetado.

A las 12 de la noche, salí puntualmente a mi balcón a marcar los cuartos y las horas. Los cuartos los marqué picando entre si con 2 tapas de sartén, mientras que las horas, picando con un cucharón contra un cazo, para provocar un sonido más grave y distinguido.

Me sentía orgulloso de mi mismo. Por una vez en mi vida estaba haciendo un gran esfuerzo en pro de toda la comunidad. Todos estaban puntualmente informados de la hora en la que se encontraban, pero sufría por que algún desconsiderado vecino me denunciase y apareciese de improvisto la policía municipal, dispuesta a no dejarme finalizar mi tan loable misión.

Seguí con mis obligaciones hasta que a las 4:17 minutos picaron a la puerta de casa. Abrí y no era la policía municipal como me esperaba. Una pareja de Mossos d’Esquadra me daba las buenas noches.  Enseguida comprendí que la cosa se iba a poner fea.

Me pidieron explicaciones y sonrieron tras contarles la verdad de mi tarea. Me informaron que debía acompañarles a comisaría para prestar declaración. Allí, el Comisario de guardia me miraba incrédulo tras mi exposición de motivos y me comunicó que no le quedaba más remedio que detenerme e interponer las denuncias oportunas por altercado al orden público e incumplimiento de la normativa municipal sobre ruido.

Automáticamente le exigí ver la medida de ruido que habían realizado y el certificado de calibración del sonómetro utilizado. Tras una breve discusión, en la que él alegaba que era obvio que había superado los decibelios permitidos, me retiró la segunda acusación pero no la primera.

Aquí es cuando me crecí. Sabía que lo tenía ganado. Le advertí que después de que pusiera la denuncia, yo iba a interponer otra contra el párroco de mi pueblo por el mimo motivo. Empezó otro rifirrafe en el que sabía que no me podía negar ese derecho.

Y con la Iglesia hemos topado…. Salí de comisaría libre y sin cargos y después de tomarme un café con el comisario en cuestión tras prometerle que no volvería a informar al vecindario de la hora en la que nos encontrábamos.

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2 comentarios to “EL PLACER DE OÍR EL TAÑER DE LAS CAMPANAS”

  1. Eso es solidaridad y lo demás tonterías Ferran. En fin que no hemos cambiado mucho de los tiempos de Cervantes.

    Me ha encantado.

    Petons

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