ELS QUATRE GATS

El bar se encontraba en completo silencio, eran las doce de la mañana. El único cliente estaba al fondo del establecimiento. Con su poblada barba y su levita azul, Antoni dibujaba encima de unos planos desplegados sobre su habitual mesa, de piedra, redonda, bajo una lámpara de cristal coloreada. La mano, rápida y ágil se deslizaba por encima del papel trazando sonoras líneas.

El camarero, trapo en mano detrás del gran mostrador de madera, secaba un vaso tras otro de forma casi automática, con una velocidad endemoniada. El gran espejo que tenia a su espalda, reflejaba todo el local.

Sonó la campanilla de la puerta y entró Pablo. Se descubrió la cabeza a la vez que daba los buenos días dirigiéndose hacia la mesa donde estaba Antoni. Colgó en una percha su sombrero primaveral a juego con su guayabera blanca y se sentó enfrente de él.

–         Niño, tráete unos anisetes.

–         ¿Dónde te metiste ayer, Pablo? Te estuvimos esperando hasta tarde.

–         Me fui a la calle d’Avinyó. Quiero dibujar algo grande pero no lo encuentro. Más tarde me fui al estudio sin saber exactamente que es lo que quería y me pasé la noche en vela intentado inspirarme.

–         Pues empieza a pintar sobre el lienzo, lo que ves, la calle, sus formas, su gente.

–         No es eso Antoni. Se trata de la luz de esa calle cuando se pone el sol. Es una luminosidad especial, sobretodo en esta época del año. Eso es lo que quiero captar, como caen los colores, como avanzan las sombras. Me pasé media tarde sentado en mitad de la calle contemplando la luz.

El camarero dejó la consumición encima de la mesa. Se quedó mirando los dibujos de Antoni. Columnas y más columnas. Piedra a piedra. Pluma a pluma. Trabajo y más trabajo para obtener aquel resultado. Una columna tras otra. Una columna diferente de la otra. – Son bonitas – comentó mientras hacia el gesto de retirarse.

–         No se trata de que sean bonitas, se trata de que se tengan en pie.

Pablo giró uno de los dibujos y se quedó mirando las columnas.

–         ¿Cuánto miden?

–         Depende, veinte, treinta metros, no sé aún. Llo que quiero es que se aguanten.

–         Esto no tiene contrafuertes, ¿cómo se van a aguantar?

–         Eso es. Quiero que se aguanten por si solas, como los árboles, que se alcen magnánimas y autosuficientes.

El camarero siguió mirando las columnas dibujadas.

–        Son bonitas. Y raras. Vistas desde aquí, parecen cadenas.

Antoni se quedó mirando al camarero. Sorprendido. Sus ojos se abrieron como platos. Le quitó el papel a Pablo con un gesto brusco y empezó a voltearlo sobre sus manos levantadas a la altura de la vista. Se acarició la barba una vez más. Pablo le bajó el papel con la palma de la mano

–         No sé como atrapar esa luz.- Antoni seguía tocándose su barba.

–         Pinta lo que ves, ya te vendrá la inspiración.

–         ¿Pero cómo voy a pintar lo que veo? Si en esa calle sólo hay putas. ¿Qué quieres, qué me echen de la ciudad?

–         Bueno, también habrá más gente a parte de las señoritas de la calle Avinyó entrando en sus locales. Clientes que van y vienen. Gente del barrio. No todo va a ser esa dichosa luz.

Pablo cogió una servilleta de papel y empezó a trazar cuerpos femeninos, sombras. – Un estudiante, colocaré un estudiante- dijo en voz alta. Antoni seguía mirando sus columnas. La conversación suspendida en el aire a la altura de los colores de las lámparas. Y debajo Pablo dibujaba sombras y más sombras

–         La luz, esa maldita luz-. Levantó la cabeza.

–         ¿Has visto a Santiago?

–         Ayer estuvo por aquí.

–         Antoni, he pensado que podemos publicarnos nosotros mismos una revista.

–         ¿Una revista de qué?

–         De nosotros. Nuestros escritos. Nuestros dibujos. Tenemos material suficiente para editarnos y conocimiento para escribir de cualquier cosa.

–         ¿Y el dinero, de dónde piensas sacar el dinero?

–         No sé, de lo que vendamos con cada revista, de exposiciones. Podemos montar aquí exposiciones de pintura y vender nuestros cuadros y publicar nuestra revista.

–         Pues no sé quién nos va a leer.

–         Alguien. Qué más da quien nos lea. ¿Porqué no? Vamos a buscar a Santiago. Ven, debe de andar con Lluís en casa de Rubén.

–         ¿Pero qué prisa te han entrado ahora? Espéralos aquí, ya vendrán de un momento a otro.

–         Vamos, así damos un paseo. Hace un día magnífico. La luz, el color del Mediterráneo. Vamos.

Los dos amigos se levantaron de la mesa. Antoni se acercó a la barra y le pagó al camarero.

–         Guárdame mis dibujos, hazme el favor.

Recogieron sus sombreros y salieron del local. El camarero se acercó a la mesa. Retiró los vasos con los restos de anís. Recogió los  papales de Antoni y se quedó mirando la servilleta donde Pablo había dibujado esas raras figuras de mujer. La dobló con mucho cuidado por la mitad y la guardó dentro de su cartera.

–         No creo que Don Pablo se acuerde más de esta servilleta.

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9 comentarios to “ELS QUATRE GATS”

  1. ¡¡GENIAL!! no tengo palabras ni para elogiarte, porque me quedaría corta, ni para agradecerte este regalo. Porque este relato es un regalo, y un homenaje a estos grandes hombres que hicieron época, arte y algo aún más importante historia, en una España anticuada y llena de prejuicios.

    Bonitos inicios para la ¿Revista de Occidente?.

    Petonets

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