LA CIUDAD SIN LUNA

Estaba deseando salir del trabajo de una vez. Le habían visitado esas mariposas que se te paran en el estómago en contadas ocasiones y que revolotean en la parte posterior de la cabeza sin dejarte pensar en nada más. Y es que hoy era un día especial, muy especial.

Llevaba en ese estado de trance desde la noche anterior. Ya se fue a dormir inquieto, a decir verdad empezó a sentir la llegada de estos mágicos seres alados cuando le envío el sms a su hijo. “La luna está hoy preciosa. Mañana la veremos juntos. Te quiero. Papá.”

Era un gran aficionado a la astronomía, afición que le había inculcado su padre y que él había sabido infundir en su hijo. De las tres generaciones, el pequeño Pau era el mejor astrónomo, o por lo menos, el que más pasión sabía ponerle y porque no, una gran imaginación que lo transportaba durante horas por toda la galaxia. A veces pensaba que el amor de su hijo por la cielo era completamente genético, en vez de adquirido.

Tom se había separado  hacia cinco años. Se marchó de casa dejando a su hijo con siete años, aunque se había preocupado de estar con él todo el tiempo que había podido.  Su mutua afición a las estrella les había servido de vinculo de unión y había potenciado esa relación de padre-hijo. Cada luna llena, le enviaba un mensaje a su hijo al móvil, teniendo la total certeza de que Pau también estaría mirándola. Tom imaginaba la luna llena como un espejo dónde era capaz de ver la cara de su Pau.

Hoy era un día  especial, muy especial. Toda la ciudad estaba alterada con el acontecimiento. Habían venido cientos de periodistas extranjeros a cubrir la noticia. Nadie sabía de qué se trataba exactamente, sólo que iba a ser un acontecimiento único a escala mundial. El alcalde había declarado esta misma mañana: “Jamás la luna ha sido vista igual y será gracias a los adelantos tecnológicos.  Hoy, los habitantes de esta ciudad serán los privilegiados en ver la luna de esta nueva y novedosa forma”. Todo el mundo estaba expectante, la sesión astronómica se iba a retransmitir para todo el mundo.

Pese a que este fin de semana no le correspondía a Tom estar con su hijo, pasarían la noche juntos. No había sido difícil convencer a la madre de Pau ante tal evento. Llegó al colegio de su hijo, ya se podía decir que por fin daba comienzo su esperada  jornada. Los dos estaban emocionados y se apresuraron en llegar a casa, todo estaba minuciosamente planeado. Habían dispuesto la azotea para la mejor de las ocasiones. Montaron los dos telescopios de que disponían con las cámaras fotográficas acopladas, mapas planos del cielo preparados en el portátil, todo su arsenal astronómico perfectamente dispuesto por lo que pudieran necesitar. Realmente no sabían a que se enfrentaban.

Hoy era un día especial, muy especial y faltaba una hora para, quizás, uno de los momento más importantes de sus vidas. Posiblemente vivirían juntos, como padre e hijo, algo que no olvidarían jamás, algo que se lo llevarían en el recuerdo para siempre. Comieron unas pizzas tumbados en el suelo de la azotea, mirando la luna. Estaba preciosa, enorme, poco a poco iba cogiendo altura.

Llegó el momento anunciado. Se apagaron las luces del alumbrado público. En la calle se hizo el silencio absoluto, ni los coches circulaban. Todas las cabezas se dirigían al cielo. Unos rayos laser de colores salidos del edificio consistorial empezaron a barrer el firmamento, se movían como si de una danza se tratara. Poco a poco se fueron apagando hasta quedar tres haces de luz fijos en el cielo, uno rojo, uno amarillo y uno verde. Desapareció el verde, quedaban dos, en cinco segundos desapareció el amarillo y restó sólo el rojo. Padre e hijo se miraron intrigados, parecía una cuenta atrás. Desapareció el rojo. La ciudad quedó únicamente iluminada por la luna.

Cinco segundos y un gran haz de luz salió del edificio del ayuntamiento. En la cara de la luna se empezaban a proyectar imágenes. Un gran anuncio publicitario de una bebida refrescante, haciendo servir a la luna como soporte estaba siendo visto por todo el mundo. Padre e hijo se miraron sorprendidos. Acabado ese primer anuncio le siguió otro donde se subtitulaban los diálogos. Y otro, y otro, uno tras otro se sucedían los anuncio. Hoy era un día especial, muy especial. Era.

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9 comentarios to “LA CIUDAD SIN LUNA”

  1. QUE GRANDE ,SI SEÑOR!

  2. NO hace falta que os diga que bebida era, no????

    Jajajajajaja

  3. Pues como ya te dije me parece una pasada, un mágnifico relato, la bebida imagino que será al archifamosa y pesadita CC aggggg.

    Petonets ¡¡ARTISTA!!

  4. Era… la chispa de la vida!

    al mundo entero quiero dar … un mensaje de paaazz!!

    el relato muy bien, me ha encantado.
    lo que cuentas… jo! me he quedado….

  5. si ej que….lo que no se le ocurra a esa gente…

    Ferrán, un final sorprendente.

  6. JOJOJOJO… podemos juntar este realto tuyo con el de los fantasmas de pedro y hacer un especial “marketing agrevesivo” jajajajaa

    Ahora entiedo porqué aún no se ha vuelto a llevar una expedición tripulada a la luna… ¡porque no han puesto un macdonals!!!

  7. Espero que no!!!!!! Jejejeje

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