CARONTE

Me llamo Juan y soy enterrador.
Mi padre también lo era, y mi madre era hija de otro.
Vivo en una casa pequeña junto al cementerio de un pueblo grande, y mis paseos siempre son entre panteones, calles de nichos, jardines con jarrones de crisantemos, coronas y cipreses.
Por mi trabajo he tenido que enterrar muchas penas y procuro darle a todos un final digno sea cual fuera su vida.
He aprendido que la Muerte y la Vida son dos partes de una misma persona, el sepelio sólo es el lazo que ata un principio y un final. Desde el mismo día que nacemos comenzamos a morir. Que la Muerte es del mismo color para todos, ricos o pobres, de un lugar o de otro .Que podemos dudar de Dios, de nuestra propia vida o nuestra existencia pero nadie duda de que la Muerte nos alcanzara en algún momento. Podemos tener muchas cosas en la Vida pero nadie puede sobornar a la Muerte Lo que nos diferencia a unos y a otros es la forma en como la queremos interpretar: como un final, como una nueva estancia como un inicio de un largo viaje o como una llegada. Pero incluso eso son cosas de la Vida que no pertenecen a la Muerte.

Pero la muerte no es exclusiva del hombre, ni tampoco la pena, ni los vacíos que se quedan cuando nos dejan.
Cuando morimos también dejamos penas y tristezas en otros, en otras pequeñas criaturas que nos quisieron, que nos necesitaron, que nos dieron su vida a cambio de unas caricias.

Este es el campo santo de una ciudad pequeña, de pueblo grande con gente que vive sin agobios, sin estrés, sin tanta prisa que ahogue. Pero también envejecen, también mueren Conozco los nombres de cada lápida, de cada uno de mis silenciosos vecinos y sin embargo apenas conozco a un puñado de vivos, y a casi a ninguno que pueda llamar amigo. No son muchos los que quieran relacionarse conmigo, mi presencia les trae recuerdos de un mal día.

Había pasado ya el uno de noviembre, pero aun se mantenían frescas la mayoría de las flores de los familiares que dejan para recordar a los suyos. Creo que ese es el único día que siento miedo de estar en un cementerio. No estoy acostumbrado a tanto bullicio.
Esa mañana vi una sombra oscura que paseaba lentamente por las calles. Una silueta negra que arrastraba los pies por las baldosas de granito. Una figura negra que contrastaba con los colores brillantes de las flores de los difuntos.
La muerte tiene muchos aspectos, pero conozco sus escalofríos y aquella figura oscura no me los provocaba.

— ¡señora! ¿Señora?—le llamé
Se volvió a mirarme, Una anciana de rostro dulce y triste a la vez.
— Se que esta por aquí—me dijo con voz serena.
— ¿Quién señora? ¿Quien esta aquí? ¿A quién busca usted?– le pregunté mientras llegaba a su altura.– ¿le puedo ayudar?
— no se preocupe, el vendrá pronto.
¿Él? Nunca he visto nada extraño en el campo santo excepto lo que provocan los vivos.
–¡¡Boby! Boby!—gritó débilmente, yo no imaginaba a quién podría llamar .Pero entonces lo vi. Vi a Boby caminar despacio hacia nosotros, con una mirada triste y vidriosa, con la cola gacha entre sus patas. Un precioso labrador, grande de cara noble y fiel con las orejas caídas y de color beige.
— ¡vamos, por favor! ¡No podemos quedarnos aquí!—dijo la abuela acariciándole su enorme cabeza. Él le respondió con un inapreciable gruñido.
–¡vamos!—dije yo—Es cierto no pueden quedarse aquí– y les acompañé despacio hacia la salida.

Tres días después volví a encontrarme con la misma anciana, en el patio de la entrada, sentada a la sombra espigada de los cipreses. Esperaba a Boby y me senté a su lado.

–Mi marido murió hace unos meses – me contó—Ya no lo recuerda usted, ¿verdad?

No, no puedo recordar a tantos familiares. Ni siquiera me atrevo a mirarle a la cara.Temo que no comprenda que yo solo hago mi trabajo.

–Es curioso como los animales, acaban conociéndonos y nosotros a ellos. – Continúo—Es curioso como acabamos sabiendo lo que quieren, lo que necesitan con solo mirarle a los ojos y ellos a nosotros.
Encontramos a Boby en una cuneta de la carretera, alguien lo había abandonado.Seguramente por que era un cachorro demasiado grande…
Mi marido y yo no tuvimos hijos y adaptamos al animal como uno. No hizo falta hacer esfuerzos para que rápidamente le cogiéramos cariño y sin duda él a nosotros.
Durante años nos acompañaba a todas partes y nos recibía con una inmensa alegría ¡no se imagina usted cuan puede ser de grande un amor desinteresado!
No soy capaz de explicarlo. Pero los animales nos enamoran, y nos quieren… Es un amor limpio y sincero. Nosotros a ellos y ellos a nosotros
A los hijos se le quiere y es ley de vida que llegado el momento hagan la suya. Pero nuestros animales, su vida, nos la dan para siempre, sin miramientos, sin condiciones.
Desde que murió mi marido, Boby me levanta cada mañana y no tarda en pedirme que demos un paseo hasta aquí. .Sé que le hecha de menos, igual que yo…
Los animales expresan sus cosas, en otro idioma, en un lenguaje que solo entendemos los que los queremos.

Durante los siguientes cuatro meses y veintiún entierros después volví a ver a la anciana y a su perro varias veces, cerca del nicho 7- D-4. Algunas veces les saludaba, o charlaba un poco con ella, del tiempo, de las cosas de la vida… otras les respetaba su silencio.

Hace dos días, me tocó enterrar a la vieja viuda. ¡Pocas veces me ha dolido tanto el alma!

He visto después merodear a Boby por aquí, lento, triste y silencioso, en calle 7. Parece que supiera leer las letras plateadas del mármol negro de la lapida.
Le he dejado, allí cerca un cuenco con agua fresca y un plato con los restos de la cena de anoche. Sé que ha comido.

Hoy hacia tan buena tarde que salí a pasear por el lado de las sombras de las calles. Corría el viento y la brisa traía olor a flores y a resina de los cipreses. Al doblar una esquina Boby se ha acercado tímidamente hasta a mí. Nos hemos sentado en un bordillo sin hacer ruido.
La anciana tenía razón. Es fácil leer los pensamientos de los animales, adivinas lo que te dicen cuando los miras a los ojos:
“¿Por qué me han dejado solo? ¿Por qué no me dejan ir con ellos?”

— no lo sé Boby, Yo trabajo para La Muerte, pero no consigo entenderla.

Boby seguirá por aquí, y el día que lo encuentre para enterrarlo no se si podré hacer mi trabajo.

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9 comentarios to “CARONTE”

  1. Nos ha dado de si la noche de difuntos, eh? Enhorabuena Yuka! Tierno a la vez que duro y entristecedor…Y no sé por qué me ha traido a la cabeza aquella película de Pepe Isbert, el Verdugo…Duros trabajos que te hacen ver la muerte desde otro prisma hasta que te toca la fibra y te vuelves tan flojo como cualquiera…

    Lametorros.

  2. un trabajo tan decente como otro cualquiera anna, lo que pasa es que en ocasiones no puedes hacerlos por muy acostumbrado que estes.

    y si, ha sido el dia de los difuntos un tema para inspirarse!!!! jejeje!!
    jooo!!! entre tantos muertos, vamos a acabar con el paro nosotros solos jajajaja!!!!

    un besillo!!

  3. Preciosa historia Yuka.

    Creo que los animales podrían darnos a los humanos muchas lecciones de sensibilidad.

    Besos

  4. Excelente.
    Felicidades.

  5. No te puedes llegar a imaginar lo que me han servido tus dos primeras frases…

    Gracias!!!!

  6. ferran, perdona, no comprendo lo que quieres decir…

  7. Es una historia muy tierna!!
    Fantástico!

  8. ¡Qué bonito, Yuka!

    Me ha parecido un relato conmovedor.
    Como bien dices, el dolor y la pena ante una muerte no es algo exclusivo del hombre. Boby es un claro ejemplo de ello.

    Besos.

  9. asi es linda . no hay nadie que te de el cariño mas sincero que un animal que has cuidado.
    Desgraciadamente yo he tenido que despedirme de muchos.

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