Ya no está el arpón

báltico

Me llamo George Macallan y sé cuál es el sentido de la vida, pero eso se lo contaré más tarde. Nací en el condado de Berkshire, en una granja pequeña e ineficiente. Mi primer recuerdo de este mundo es el grito que dio mi padre cuando me vio por primera vez. Algo así como fuckin’ shit. Todavía percibo el énfasis en la efe y en la te.
Mis padres eran profundamente religiosos. Practicaban una variante local de calvinismo. Hasta los dieciséis años viví en un cilindro de vidrio de 180 centímetros de altura y unos 70 de diámetro. Me alimentaban por esporas. Eso podría explicar mi tendencia a la seborrea. Un orificio mínimo sobre mi cabeza me ayudaba en el suministro de oxígeno.
Mi primer contacto con las letras fue a los ocho años. Tía Margaret solía sentarse a varios metros del cilindro y fingía leer pasajes del Digesto de Justiniano. Mi latín nunca fue muy bueno y me consta que mi tía no sabía leer.
Mayor provecho obtuve con el Berkshire Morning. Tía Margaret sujetaba pacientemente cada ejemplar ante mis ojos e iba pasando las páginas cada cinco segundos. Ese fue mi primer contacto con la lectura rápida.
Yo sentía un enorme interés por las páginas de internacional. Después supe que “internacional” para el Berkshire Morning eran los demás condados de Inglaterra. En la granja interesaba sobre todo la sección de actualidad local: las carreras de orugas, la geopolítica euroasiática y las peleas de cobras con escorpiones. Por este orden.
Según me contó el abuelo, las peleas de cobras con escorpiones tenían la peculiaridad de que nunca eran auténticas peleas. En un recinto amurallado con sacos de avena se depositaba a los contendientes y al árbitro. Era una profesión muy bien pagada la de árbitro. La cobra siempre se mostraba indiferente ante el escorpión e iba a por el árbitro. A su vez el escorpión se guiaba por el calor… e iba a por el árbitro. Mi abuelo me contó que había un juez externo que velaba por el cumplimiento de las reglas de cada combate. Para este menester apuntaba con una escopeta a cada nuevo árbitro.
Cuando cumplí dieciséis años me retiraron el cilindro de vidrio. Necesité seis meses para aprender a caminar y bastantes más para habituarme a dormir tumbado. Los siguientes fueron unos años oscuros en mi vida. Me encerraron en una especie de estancia cálida, llena de heno, arañas y algún ratón. Aquello se parecía mucho a una cuadra. Valoré enormemente la compañía de Laura Cristina y María Angélica, las vacas lecheras de la granja. Los tres nos llevamos muy bien…
Un atardecer otoñal, poco después de alcanzar mis veintiuna primaveras, supe, por unos berridos, que mis padres habían contraído una gonorrea y un poquito de sífilis. Sus prácticas sexuales siempre fueron un misterio para mí, como también el mundo exterior lo había sido hasta ese atardecer.
Ante la ausencia de mis padres, bajó a darme de cenar mi abuela Judith, que se conservaba magníficamente, a pesar de sus 91 años. Con ella venía su madre, Mary Ann, con algunos achaques ya. Ambas desconocían el modo en que se me suministraba la comida y tuvieron la temeridad de abrir la puerta de la estancia. Supe que era mi momento. Mi espíritu aventurero se sobrepuso a mi artritis y salí empujando la puerta y corriendo no sé en qué dirección. Como llevaba cinco años sin ver la luz del día corrí con los ojos cerrados. Desde algún punto indeterminado me alcanzaban los lamentos de Laura Cristina y María Angélica.
Ya dije que la granja era pequeña. Un árbol me ayudó a detener mi trayecto aleatorio. Fue algo impactante. La sangre en la cara me animó a abrir los ojos. Ante mí había un camino de grava que serpenteaba entre otros árboles. Lo seguí a gatas. Avanzaba con lentitud. Ya empezaba a oscurecer. Vislumbré algo similar a una carretera. Eso me recordó una foto que vi un día en el Berkshire Morning. Un señor que levantaba un dedo junto a una carretera para que algún vehículo motorizado se detuviera y lo llevara más rápido por ahí. Yo quise irme más rápido por ahí. No recordaba qué dedo levantaba aquel señor, así que levanté uno de los del medio, para ser equitativo con mis otros seis dedos.
Algo que reconocí como un camión se detuvo. Un señor barbudo, de unos 120 kilos, se bajó apresuradamente. Con la misma premura me cruzó la cara ayudándose de la culata de un rifle de caza. La compasión afloró en su alma. Supongo que mi aspecto habría dado lástima a cualquier forma de vida basada en el carbono. Después de escupirse en las manos, me frotó la cara para quitarme los restos de sangre; la reseca del trompazo contra el árbol y la fresca del culatazo. Me agarró como a un saco de estiércol y me depositó dulcemente en el asiento de copiloto. Dormí varias horas. Al despertar ya había amanecido.
–Comamos algo –dijo. Paró el camión en un descampado. Lo que sucedió entonces todavía perturba mi ánimo. No entraré en detalles. Creo que el camionero tenía un herpes. Todavía me acompañan los picores.
No sé de dónde saqué mis fuerzas, pero recuerdo que lo golpeé con ruido y furia y con temor y temblor…
Corrí no sé cuántos kilómetros hasta dar con un pueblecito. En la plaza del mercado un hombre vociferaba pidiendo voluntarios para tripular un barco ballenero. Mi espíritu de aventura superó a mi temor al agua, elemento que según los griegos (algunos griegos) es un componente básico del cosmos. Mi rechazo cerval de la autofagia como modo de subsistencia acentuó mi valentía. Me alisté como voluntario.
Embarcamos en Fowey. Los meses siguientes los dediqué a aprender las tareas rudas del marino, las maneras rudas del marino y el rechazo a las atenciones rudas del marino.
Aproveché los días de sopor y espera para leer. Leí Love Among the Chickens, de Wodehouse, Le Parnasse satyrique du XVe siècle, de Schwob, un ejemplar destartalado del Doktor Faustus, de Mann y una edición en rústica de la Histoire contemporaine, de Anatole France. Me interesé por la astronomía, la mecánica de fluidos, la física de partículas y sufrí una radionovela española de guión netamente cursi, con actores pomposos y solemnes, dramas vitalicios y vocalización desesperante.
Las diferentes nacionalidades de mis compañeros espolearon mi interés por sus respectivos idiomas. Esos meses me sirvieron para aprender rudimentos de finlandés, húngaro, ruso, francés canadiense y sánscrito.
Una partida de cartas supuso el fin de mi aventura. Habíamos llegado al Báltico, estábamos cansados, apáticos, irritables y semiconscientes. El capitán estaba borracho en la bodega rodeado del afecto de sus marinos predilectos y compartiendo el poco ron que quedaba.
Balfour, Smith, Roskófinsky y Maluhá me acompañaban con los naipes. Todos abandonaron, salvo el ruso y yo. Era todo o nada. Había apostado mi ropa de abrigo. Perdí. Me irrité, protesté, me negué a ceder. Podíamos ver el hielo en los amarres y las junturas. Se había levantado una niebla densa. Salimos a cubierta, dispuestos a rompernos los dientes. Aunque eso ahora ya no importa, Roskófinsky me traicionó. Me arponeó desde tres metros de distancia. En menos de dos segundos fui de popa a proa. Antes de detenerme ya no había mundo a mi alrededor. No sé si estoy muerto aunque sí sé que no estoy vivo. Ya no está el arpón. Veo formas difusas a mi alrededor, en todas direcciones. He caminado durante horas hacia ellas sin alcanzarlas nunca. Parecen siempre a la misma distancia. Desde hace unos minutos, si es que puede hablarse de ‘tiempo’ aquí y de un ‘aquí’, hay una forma negra a unos metros de mí que se acerca muy poco a poco.
Se preguntarán cómo demonios he podido escribir esto si en este no-lugar no hay papelerías. Ni yo mismo lo sé.
Iba a contarles el sentido de la vida, pero no queda ‘tiempo’. Esta cosa negra se está tragando mis piernas. No siento dolor ni temor. Echo de menos el afecto de Laura Cristina y María Angélica, incluso añoro al cilindro de vidrio.
¿Quién habrá ganado la pelea de escorpiones contra cobras de este año?

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17 comentarios to “Ya no está el arpón”

  1. Estoy por suscribirme al Berkshire Morning para ver como acabó la historia.
    Absurdamente delirante.
    Saludos

  2. Es buenísimo. Muy burro, pero me he reido un buen rato.

  3. Sabes que siempre me vuelves loca! Me queda la duda de si el juez externo apuntaba a los arbitros, que supuestamente eran uno, o a los combatientes…que eran dos…pero lo mismo el arbitro entre tanto surrealismo iba pimplao y veía doble…Otra curiosidad que no se si me dejará dormir es ¿que edad tenía la madre de la abuela Judith?….Ains, quien los pillara tan bien y tan lucida, aunque fuera con achaques y un poco de artrosis!

    Xammar! como siempre: Txapó!…y un cordial saludo y fuerte beso con lengua áspera para Laura Cristina y Maria Angelica, que tienen que estar muy tristes…

    Pero quedemos con lo positivo: Ya no está el arpón.

  4. Ah! y seguro que en la última batalla ganó el juez externo!

    Lametorros!

  5. Ahora ya, si me ha quedado del todo claro! Guiñito, Xammar! gana como te dije el juez…

  6. Muy bueno el cuento, me he reído un buen rato.
    Felicidades!!!!!!

  7. Muy bueno. Hasta el final no me he dado cuenta de que eras el escorpión.
    Besitos y enhorabuena.
    (Vengo de Y/R) a través de Peptrempat)

  8. ¡¡menuda historia !!

    que angulo mas interesante para contarla!!

  9. Jeje…. Es más entretenido asistir al delirio de la locura que no entender el sentido de la vida.

    Si a caso déjalo para otro día y nos lo cuentas.

    Salud

  10. Ha sido alucinante!! la verdad es que no sé si hablas de un humano raro, un extraterrestre o del escorpión… pero es muy original!!
    Me ha gustado mucho!

  11. Xammar, estoy escirbiendo este comentario y aún tengo unas lágrimas resbalando por la mejilla…¡¡Me encanta tu humor y tu forma impecable de escribir, si señor!!

    Eres tan subrealista en todos tus relatos…Que sepas que soy tu fan number one.

    Un beso desternillado.

  12. Muchas gracias por los comentarios. Veo que no hay unanimidad en cuanto a la interpretación de lo que es o no es (o le sucede a) George Macallan. Mientras escribía lo hacía con una idea muy clara, pero prefiero mantenerla a oscuras y que cada uno lo vea con su propia interpretación. Ya lo dijo algún filósofo de esos: leer es interpretar, o bien, en traducción libre, la pluralidad intrínseca de la intertextualidad como fenómeno ontológico de apropiación individualizada de los diferentes modos de desvelamiento de lo entitativo (cof, cof!).
    Guiño para ti, Anna, tu modo ontofenomenológico-existencial de corresponder fácticamente en una pluralidad significante de contextos autoreferenciales 😉 es altamente sugerente.
    Es un placer leer tus comentarios. Beso 🙂
    Lindastar, ¿mi fan number one? ¡Que me sonrojoooo! Muchas gracias. Otro beso para ti.

  13. La madre del verbo divino, todo en minúscula, y por URI, tengo que coger un diccionario ahora mismo para traducir el sentido de tu frase…el de la vida me pasa como a tu protagonista, ya lo sé, pero te lo cuento otro dia.

    Un beso

  14. HILARANTE
    GENIAL
    SIGUE MANTENEIENDO EL MISTERIO QUE YO VOY A SEGUIR TODIIITO EL DIA COMIENDOME LA CABEZA SOBRE QUE COHONES LE PASA A MR. MCALLAN, ME CALLAN,…MH?

    BUENO, SUPONGO QUE NO SERA EL TIPO DE HISTORIA QUE TRAS SER ARPONEADO Y CONVERTIDO EN FANTASMA , AL HABER PODIDO CONTAR SU HISOTRIA DESAPARECE, EL FUCKIN SHIT HIJO DE SU PADRE , JAJAJAJAJAJAJA

    SALUD Y UN ABRAZO , PERO SIN HERPES , JAJAJAJAJAJAJAJA

    QUE BUENO LO DE LAS RUDAS MANERAS, JAJAJAJAJAJAJAJAJA

  15. Pues que quieres que te diga Xammar si ya te lo han dicho todo, mejor no nos aclares tu idea me gusta más quedarme con mi apropiación individualizada y mi desvelamiento de lo entitativo.

    Sólo me queda una duda existencial que no sé si me dejará domir tranquila ¿quien ganó la pelea de escorpiones contra cobras?

    ¡GENIAL!! Aquí no he estado muy aguda lo sé jeje.

    Besazos

  16. Ricardo Corazón de León Says:

    Osssshhhhe… y ar finar quie era er bisho blancuzco y lechoso….?

    Y quién era la cosa oscura que se lo jamaba…? ¡¡¡Pobre mushasho!!!

    Sinceramente, retador, incogruente, sin sentido, audaz y un perfecto diálogo para besugos con un hilo conductor de principio a fin (el ser lechoso y la imaginación portentosa y sin vergüenza del autor.

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