Cuento de Navidad

Ahmed se paseaba a lo largo del muro de hormigón que aislaba su casa del resto del mundo. Paseaba jugando con sus amigos tirándose piedras y restos de uniformes israelíes que habían quedado tras la última incursión armada. Ahmed tenía hambre, y tenía frío, pero no por ello perdía su sonrisa infantil que sólo un niño de 7 años puede darte. Su madre siempre le decía que, pasara lo que pasara, hablara con quien hablara, jamás perdiera la sonrisa. Luego un misil destrozó su casa y a su madre con ella. Pero él no perdió la sonrisa, su madre se lo había hecho prometer.

Ese año el invierno había sido más frío que de costumbre, y Ahmed buscaba entre los escombros trozos de vigas de madera y restos de muebles para poder calentar el agujero donde había improvisado su casa. Allí compartía alojamiento con otros niños que se encontraban en su misma situación. Por las mañanas, al salir el sol, se desperezaba y corría por la calle hacia el horno de pan donde una amable señora le daba todos los días una hogaza para comer. Supongo que no se podía resistir a aquella sonrisa que le miraba desde la ventana… Después, se volvía a los escombros a buscar cobre, plomo, objetos que pudiera vender a los bazares y sacar unos cuantos shekels. De vez en cuando algún turista occidental le daba unas monedas o algo de comer. Pero sin duda, el día que más le gustaba era el de la venida de las ONG’s. Ese día sí que comía bien, y si tenía suerte, hasta le daban algo de ropa limpia, que no nueva… Pero últimamente los occidentales que venían cada semana ya no se pasaban por allí. Creyó escuchar a unos vecinos decir que los israelíes habían cerrado la frontera, y que no dejaban entrar ni salir a nadie, y que como esto siguiera así, acabarían pronto con sus suministros, pero como era una conversación muy aburrida, no prestó demasiada atención. ¿Quién prestaría atención a unos viejos hablando de mal humor cuando por delante de ti pasaba una columna de hormigas?

Las cosas se pusieron peor desde entonces. La amable panadera que le daba de comer ya no pudo hacerlo, se había quedado sin harina y no podía hacer pan, y ya nadie quería las cosas que encontraba entre los escombros. Comenzó a sentir hambre, mucha hambre. Su débil cuerpecillo ya no podía tirar de él como antes, y poco a poco se fue recluyendo en su agujero.

Un día, escuchó un gran revuelo en la calle. ¡Eran los occidentales, que habían vuelto! ¡Por fin, comida! Como pudo, reunió las pocas fuerzas que le quedaban y salió a la calle buscando desesperado a aquellos hombres blancos que venían a salvarle. Al llegar, vio a muchos niños alrededor de los occidentales, y como un alma en pena se dirigió a ellos, con la mano extendida y la palma hacia arriba, con su eterna sonrisa en los labios y una chispa de ilusión en los ojos. Entonces, el hombre blanco le depositó algo en la mano. “Merry Christmas, boy”, le dijo. Ahmed se miró la mano y vio que le habían regalado un camión de juguete. Atónito, inerme, seguía mirando el camión sin saber muy bien qué significaban las palabras que acababa de oír. Entonces, miró al hombre, que lo miraba con cara de espectación. Ahmed sonrió y dijo “shukran”, se dio la vuelta y desapareció. Al volver a su agujero se acurrucó en un rincón. Mientras se desvanecía para siempre, por primera vez en su vida desapareció la sonrisa de su cara. Entonces, pensó “¿habría podido cambiar el camión por comida?”…

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19 comentarios to “Cuento de Navidad”

  1. !ah! la navidad nos inspira a todos en WordPress, no? 😉

    Conmovedor. Me gustó mucho la historia, el contenido de tus palabras supo tocarme las fibras del corazón.

    Un saludo.

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