El sarpullido inoportuno

No me llovieron hombres, bueno alguno se acercó, que con minifalda y más de Armani una servidora gana un montón. En este caso me llovió un sarpullido bastante molesto. Lo peor es que justo cuando comenzó ese picorcillo tan inoportuno en mi radiante e inmaculadamente maquillado rostro, me estaba haciendo ojitos un cuarentón bastante interesante. Así que espantada ante tal eventualidad me escapé de la disco y terminé de forma estrepitosa en casa de la yaya y me quedé con las ganas de entablar conversación con el madurito atractivo.
– Niña ¿Se puede saber que te ha pasado que tienes la cara como un salmonete con sarampión?

– No lo sé abueli, no sé si el maquillaje había caducado o fueron los berberechos que Marga se empeñó en que probase en aquella tasquilla tan molona. Es que ella está tan puesta en sitios chic y de moda…

– A saber lo que te habrá hecho comer y a que tipo de antro te llevó ese pendón verbenero.

– ¡¡Yayaaa!! Jo de verdad que a veces eres de un rustico. Marga es una chica estupenda y mi mejor amiga. La pobre sólo tiene un problema, es inestable emocionalmente y claro no termina de cuajar ninguna relación.
– En mis tiempos éramos mucho más simples y a eso lo llamábamos de otra manera. Pero bueno, tú dí lo que quieras, yo lo único que sé es que esa ha pasado revista a más tropas de artillería que tu difunto abuelo, Don Genaro que en gloria esté, con todos sus galones de general. ¡Hija algunas veces pienso que eres un poco tontita!
– No yaya, como dice mamuchi, soy sietemesina, ya lo sabes.

– ¡Ya, sietemesina, lo que diga tu mamuchi! Mira niña, tu lo que eres es tonta de remate. ¡Ni sietemesina ni leches! Tus padres se conocieron y se adelantaron a los acontecimientos. Ya sabes les entró el picorcillo natural de la primavera, y ¡zas! Te encargaron antes de tiempo. Tu abuelo materno, todo un general, retirado eso sí, pero muy general le impuso la boda al bobo de mi hijo, como si eso fuera necesario, a golpe de: “o te casas con mi hija o te rebano la tapa de los sesos“. Yo creo que lo hizo más por presumir de galones que de otra cosa. Aún recuerdo la boda y la escena en la sacristía, tu padre firmando y tu abuelo amenazando con pegarle un tiro en cuanto firmase, total con el asunto ya legalizado para que quería aquel yerno. Menos mal que sólo fuimos testigos el cura, tus padres y yo. Y a mi no me hacía falta tirar de fusil para detener a aquel militarote de tres al cuarto. No quiero ni pensar si la escenita se hubiese producido en la nave de la iglesia llena de invitados, ¡menudo vahído la hubiese dado a la lela de tu mamuchi! Eso sí, nadie habría sospechado que era por el embarazo. Luego a los siete meses naciste tú y nada más fácil para Don Genaro que volver a tirar de pistolón y de talón para amenazar al mejor ginecólogo de Madrid que certificase que su nieta había nacido antes de tiempo. Sigo pensando que con el talón hubiese sido más que suficiente… pero así era él. Eran otros tiempos niña, ahora la vida es mucho más permisiva y si una chica se queda embarazada aunque se quede soltera no pasa nada, pero entonces una niña bien como tu madre, hija y nieta de gente rica y conservadora no podía dar esa nota, aquel lapsus había que repararlo como fuera.

En mi vida me había sentido tan defraudada, mi sietemesismo fue siempre mi bandera particular, en el colegio me bastaba decir eso para que mis amigas me mirasen con admiración.

– Ay abueli con lo que me gustaba a mi lo de ser sietemesina y resulta que soy el producto del braguetazo de papi.

– Nada niña, no te preocupes que el braguetazo les vino bien a todos, a tu padre porque se encontró con un negocio ya hecho y una familia política con dinero y “pedigrí“, y a Don Genaro que en gloria esté, porque muy militarote él, pero si no llega a ser por el pardillo, pero espabilado para los negocios, de su yerno la renta se le hubiese ido a pique, si ya te digo yo que al hombre sólo se le daba bien tirar de pistola.

– Bueno mirándolo así…

– Ya está, creo que con este emplasto que preparaba el boticario del pueblo ese sarpullido se te quitará en un pis-pas. Se te va a quedar el cutis tan fino como el culito de un bebé.

– Si tu lo dices abueli, aunque da un asquito ver ese potingue verde.

Me fiaré de la yaya, porque no tengo experiencia con culitos de bebé, le preguntaré a Ramona, mi aya, si es verdad que son tan suavecitos. Porque me temo que mamuchi con su problema de sensibilidad olfativa no me va a poder responder. Según me cuenta la abueli jamás me cambió un pañal sólo se acercaba a mi cuando estaba bien limpita y bien embadurnada de polvos de talco y colonias. Algo que la yaya parece que jamás le ha perdonado.

– Listo, ahora esperas media hora y luego te quitas la crema con agua hervida y mañana como nueva.

O sea, ahora mismo parezco la prima de ET, pero para estas cosa la abueli tiene mano de santo, aunque algunas veces me empieza a preocupar, no termino de entender que tendrá que ver mi amiga Marga, que no tiene familia militar, con lo de las tropas; a lo mejor es por lo del pendón, ¿no era eso una especie de estandarte que llevaban los militares a la guerra? Ains entre que nunca fui buena para los estudios y mi despiste natural me hago unos líos tremendos.

– Yaya, ¿sigues pensando que cometí un error cuando dejé a Jonatan con lo buen partido que era?

– Carmina, hija, no, si te soy sincera a mi tu novio no me gustaba nada, le veía un poco panoli y bueno para nada, claro que con ese nombre tampoco es de extrañar. No entiendo esa moda de los nomnbrecitos modernos, nada como los nombres recios y varoniles de antes, esos si que daban carácter. No, no me gustaba tu novio, pero al fin y al cabo era el único partido a mano.

Eso me tranquiliza un poco, si es que la abueli tiene razón, Jonatan era un pardillo. Ahora a esperar, si este mejunje es efectivo mañana iré a trabajar que si no el jefe, o sea, papuchi, se me enfada. Por cierto, le tengo que preguntar, hace unos días me pareció verle de lejos por mi calle, pero no me comentó nada de que fuese a verme, claro que a lo mejor no era él, esto de perder cada dos por tres las lentillas es lo que tiene, pero las gafas me sientan fatal y por la calle una tiene que ir divina, como dice mi amiga Marga: “Nena antes muerta que sencilla, y con una buena dosis de maquillaje y colorete que siempre ayuda”.

 

FIN

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3 comentarios to “El sarpullido inoportuno”

  1. Divertido relato, me suenan mucho esos embarazos escondidos y los militares de gatillo fácil. Mira que las mujeres tienen peleas con maquillajes, peluquerías, etc. Sois autenticas.

  2. […] eso en mamuchi es innato, su educación es exquisita —no en vano Don Genaro, se gasto mucho dinero en el exclusivo Liceo Francés para que sus dos hijas —mamuchi y la tita […]

  3. […] cara de la yaya fue todo un poema cuando vio aparecer a Marga —mi mejor amiga— tirando de una Samsonite, enorme para mi cochecito dominguero, y con Fifí […]

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