TRAGEDIA EN LA MANSIÓN McCAIN

SU ÚLTIMA REVERENCIA I : Tragedia en la mansión McCain

El aire ululaba con un sonido desgarrador colándose por las juntas de las ventanas de aquella vieja mansión en las afueras de Londres. En aquel pequeño salón de invitados, cinco personas permanecían sentadas en unos lujosos sillones estilo Luis XV. Estaban mudos, con la mirada perdida en el horizonte de las paredes revestidas de madera. De vez en cuando se observaban disimuladamente unos a otros. Sus rostros cansados denotaban la tensión a la que habían estado sometidos durante aquella larga semana. La sexta persona ajena al grupo  se paseaba por la habitación.

Ese  hombre les había reunido y esperaban anhelantes que dejase de dar vueltas a su alrededor y les diese la explicación que necesitaban de forma urgente. Pero el detective seguía callado, con su lento paseo por la estancia, sin prisa ninguna por hablar. Por fin sabrían la conclusión de la investigación policial. Sólo la solución a ese rompecabezas les dejaría empezar a respirar y por fin descansar.  Silas McCain, el millonario patriarca de aquella familia, había aparecido asesinado en su cama, alguien le había asestado tres puñaladas en el pecho mientras dormía.

En aquella casa junto al viejo vivían Patricia McCain, su esposa, veintiocho años menor que su marido. Sandra, la hija de Silas, habida de su primer matrimonio, se había mudado poco después de su divorcio. Martha, hija adolescente de Sandra. Leo McCain, sobrino del finado, y su esposa Caroline.

James, mayordomo de la familia, permanecía como una sombra en la puerta del salón. Había dado paso al detective, pero cuando hizo ademán de retirarse el policía le pidió que se quedase ahí por si eran necesarios sus servicios.

Los cinco habitantes de la casa, allí sentados, eran sospechosos del crimen, y lo sabían. Todos habían visto a Silas antes de su asesinato. Todos habían tocado el arma homicida y por tanto sus huellas estaban en ella. La noche del asesinato Silas les fue llamando uno a uno a su habitación. Ninguno se cansaba de jurar y perjurar que efectivamente tuvieron que tocar aquel punzante abrecartas en forma de espada a petición del viejo, pero le habían le dejado con vida cuando salieron del dormitorio.

El inspector Kendall se paró en el centro de la habitación y paseó su mirada por los cinco rostros desencajados, ahora sí, al no sentir sus pisadas, se atrevieron a mirarle fijamente. Era un caso complejo, el asesino tenía que estar dentro de la casa. Las puertas no habían sido forzadas y a pesar de la cantidad de cosas valiosas que abundaban en aquel caserón no se había llevado nada.

El resto del servicio había sido descartado era su día libre y tan solo estaba James, que llevaba cincuenta años con su señor, prácticamente toda la vida, ya que con tan solo dieciocho años había comenzado a trabajar en aquella mansión. La familia tenía un buen móvil. Todos eran jóvenes y estaban ansiosos por heredar la fortuna del viejo, y mientras el avaro estuviera vivo sólo podían disfrutar con cuenta gotas. Pero también tenían una buena coartada, todos habían acudido a la fiesta anual que la familia McCain daba a los empleados, colaboradores y clientes de la fábrica, más de quinientas personas habían testificado que en un momento u otro habían visto allí a los McCain, y era imposible que algún testigo pudiese decir si algún miembro de la familia había abandonado la fiesta en algún momento.

Kendall les comunicó lacónicamente que no había pruebas contra nadie, y sospechas contra todos. Indicios, conjeturas, nada fiable, todo circunstancial. Salvo que apareciera algo realmente novedoso, cosa poco probable ya que se habían desplegado todos los medios posibles, el caso quedaría cerrado. Había un asesino, eso era evidente, pero no podían atraparle. En toda su experiencia profesional el inspector pocas veces se había encontrado con alguien tan inteligente y escurridizo. Tras la breve explicación, el inspector Kendall abandonó la mansión.

Todos permanecieron en su sitio, perdidos en sus pensamientos. Nadie tenía ánimo ni  fuerzas para moverse en aquellos momentos. Al poco tiempo sonó el timbre de la puerta, James anunció la nueva visita. Era Steve Mulligan, el abogado de la familia, se habían olvidado que ese era el día en el que se iba a dar lectura al testamento de Silas. Ante la actitud pasiva del resto de la familia, Leo McCain haciendo gala de todo su aplomo le indicó a James que hiciese pasar a Steve a esa misma sala

Mr. Mulligan explicó los detalles del testamento. Todos eran copropietarios de toda la fortuna y posesiones. Cualquier decisión  debería  de ser tomada en consenso por los cinco y además, condición sine qua non, todos tendrían que  vivir bajo el mismo techo si no querían perder toda su herencia.

Aquella gota colmaba el vaso, comenzaba la peor de las pesadillas. Se miraron unos otros con miedo, desconfianza y sobre todo con la certeza de que uno de ellos era un asesino, pero quién. La estancia se envolvió en un halo de duda e incertidumbre.

JUEGO:  ADIVINA A QUIEN PERTENECE ESTE RELATO

 

..

ENTREGAS DE “SU ÚLTIMA REVERENCIA”:

– Su última Reverencia: Prólogo. Homenaje a Conan Doyle.

– Tragedia en la mansión McCain.

Que os den a todos.

En el abismo de la amargura.

La estupidez humana es infinita.

Soy artista (Y borracha).

Perdida en la niebla.

Elemental, mi querido James.

Debería haber cambiado las cortinas.

Comienza el juego.

Epílogo.

Especial “Su última Reverencia” texto completo descargable en pdf.

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23 comentarios to “TRAGEDIA EN LA MANSIÓN McCAIN”

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