PERDIDA EN LA NIEBLA

SU ÚLTIMA REVERENCIA VI : Perdida en la niebla.

Por Patricia McCain

“Sujetaba firmemente el estilete que servía de abrecartas a su marido. Silas le había pedido que se lo alcanzase. Su salud, a parte de la invalidez que arrastraba desde hacía varios años, estaba algo más mermada debido a una gripe que casi había terminado con su vida; pero según el médico aunque sus fuerzas quedaron muy tocadas, se había recuperado y había pasado el peligro. Aquel era un día raro, el ambiente en aquel caserón se hacía irrespirable. Algo no iba bien y ella lo presentía. Su marido había llamado a toda la familia uno a uno a su habitación. Ella pensaba que debía ser por algo importante, pero no parecía que nada ocurriese, al menos en el resto de la familia no notaba nada especial tras salir de la habitación del viejo. Había sido la última en entrar y Silas se limitó a comentarle un par de bobadas. Le pidió aquel maldito abrecartas porque acababa de recibir un correo. Ahora sí, lo tenía en sus manos, sólo tenía que hundir ese objeto puntiagudo en el pecho de aquel miserable viejo una y otra vez”.


¡Dios, no, otra vez ese sueño no! Estoy agotada, sólo así me explico como he dado esta cabezada en plena sala y rodeada de toda esta gentuza. Mira esa arpía de mi hijastra toda enlutada, como si sintiese mucho el asesinato de su padre. Y su horrible niña, siempre va de negro, esa criatura me da escalofríos. Siempre mirando de esa forma, como perdonando la vida a quien se cruza con ella.  No las soporto,  parecen dos cuervos preparados para lanzarse a arrancarme los ojos en cualquier momento.  Y ese caradura de Leo, siempre dispuesto a vivir a costa su tío y su mujercita ahí, a su lado, como si no hubiese roto un plato, pero yo la conozco muy bien y sé de lo que es capaz. Sí, realmente les conozco bien a todos, un conjunto de alimañas es lo que son.

Mi matrimonio iba medianamente bien hasta que ellos entraron en esta casa y se cobijaron bajo la tutela de Silas.

Yo era tan joven y tan hermosa, quería volar, quería dinero, poder y sobre todo salir de esa clase media trabajadora que me asfixiaba. No podía soportar aquel trabajo en la tienda, ni la agobiante vigilancia de mi padre. Silas, entonces, aunque mucho más mayor que yo se conservaba bien, era un hombre maduro, no guapo, pero tenía cierto atractivo. Los dos primeros años fueron bien, salíamos a fiestas, viajábamos y yo tenía todo lo que quería en mis manos. Hasta que llegaron esta panda de lobos hambrientos y la salud de Silas se fue minando. Ahí acabó mi fortuna. Sus caricias cada vez eran más insoportables y me repelían más, él se volvió ese viejo amargado y miserable que ha sido todos estos años. El día que canceló mi tarjeta de crédito yo puse un cerrojo a la puerta de mi dormitorio.

Ese policía no sabe hacer otra cosa que pasearse por toda la sala, como nos ha podido soltar toda esa patraña de que no pueden saber quien es el culpable. Todos somos sospechosos pero son pruebas circunstanciales, no se puede acusar a nadie. ¡No puede ser, no puede ser! Me dan ganas de levantarme y abofetearle, no puedo vivir así.

Como voy a vivir ahora en esta casa rodeada de gente que me odia y más sabiendo que uno es un asesino y que puede volver a matar, eso dicen en las series policíacas, quien mata una vez y le sale bien luego, perdido el miedo,  ya no tiene ningún escrúpulo en repetir. Ese estúpido testamento que nos obliga compartir techo con un asesino. Tengo miedo, yo puedo ser la siguiente, no aguanto la angustia ¿Quién mató a Silas?

James no deja de mirarme ¿Porqué me mira tanto? Siempre me ha puesto nerviosa ese mayordomo, siempre revoloteando alrededor de Silas, atento a cualquier detalle, más que una persona parece un fiel perro guardián, sé que nunca le he caído bien, sé que también me odia. ¿Sabrá algo que ignoro? ¿Creerá que yo fui…?

Me voy a volver loca. Si hasta me parece que Steve, la única persona que siempre me ha apoyado evita mi mirada. Noto algo en sus ojos.  ¿Rechazo? ¡Mi querido y fiel Steve!

No, yo no fui, yo estuve con todos en aquella fiesta o al menos eso dijeron los testigos. ¡Dios mío! ¿Por qué no puedo recordar lo que sucedió aquella noche? Sólo recuerdo que estuve en la habitación de Silas, que toqué aquel abrecartas y luego fui a arreglarme para salir. Aquel desmayo o aquel shock me provocó una amnesia temporal,  eso es lo que dice el doctor. Todos sospechan de mí, lo intuyo. Y esa pesadilla que me persigue desde el día del crimen, veo mis manos manchadas de sangre. Lo peor de todo es que hasta yo dudo de mi misma, no sé… no sé si soy yo la asesina porque… yo deseaba su muerte con toda mi alma.

JUEGO:  ADIVINA A QUIEN PERTENECE ESTE RELATO

ENTREGAS DE “SU ÚLTIMA REVERENCIA”:

– Su última Reverencia: Prólogo. Homenaje a Conan Doyle.

– Tragedia en la mansión McCain.

Que os den a todos.

En el abismo de la amargura.

La estupidez humana es infinita.

Soy artista (Y borracha).

Perdida en la niebla.

Elemental, mi querido James.

–  Debería haber cambiado las cortinas.

Comienza el juego.

Epílogo.

Especial “Su última Reverencia” texto completo descargable en pdf.

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13 comentarios to “PERDIDA EN LA NIEBLA”

  1. Descarten a” gusa”demasiado sensible lo escrito.

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