EPÍLOGO

SU ÚLTIMA REVERENCIA X : Epílogo.

Por el inspector Kendall, de su cuaderno personal de notas.

Parece mentira que aún me siga sorprendiendo la bajeza de la condición humana. Vivo de ella, de señalarla con el dedo. Yo no juzgo a las personas, sólo las apunto. Curioso caso el de los McCain, con varios aspectos  que quiero destacar.

El primero es que desde en seguida  detecté que ninguno de los McCain mentía. Ningún tic, ningún gesto que delatase algo que ocultar. Incluso alguno me sorprendió con arrebatos de sinceridad espontánea no solicitada. Todos decían la verdad, lo que creían haber visto, donde creían haber estado. Claro que no hay peores testigos que los visuales, y yo prefiero los hechos, los datos. Ellos no mienten, y las personas sí, aún convencidos de no estar  haciéndolo.

Todas las coartadas eran sólidas, veraces, contrastables. Fui minucioso, no dejé ningún detalle ni cabo suelto. Cuando se ha desechado todo lo posible, la reducción al absurdo nos conduce a lo que en realidad pasó. Aunque  esto sea un absurdo en sí mismo.

La segunda particularidad que cabe destacar,  asumiendo que este caso lo tendría que trabajar desde la premisa de la reducción al absurdo, es el hecho de preparar las huellas en el abrecartas tan minuciosamente, descarta a todos los que en  él dejaron  su rastro. Este gesto no fue espontáneo, fue premeditado y preparado. Fue una trampa. Nadie que hubiera estado en el ajo habría picado tan inocentemente. Automáticamente, quedan como  sospechosos  precisamente quienes no dejaron sus huellas en el arma.  Eso reduce la lista a tres, y uno está muerto.

Ignoro si James y Steve actuaron juntos o por separado. Ignoro los detalles de la conjura, si es que la hubo. Y no puedo demostrar nada, así que a pesar de estar en disposición de exculpar los McCain, he caído en la tentación de anteponer mis principios personales a mi intachable hoja de servicios.

Esta es la tercera premisa que encuentro extravagante en este caso. Si cumplo con mi misión en esta vida, que es señalar con el dedo, los McCain quedarán libres. Y los quiero atados a su propio destino y ruindad. Los quiero bajo el techo al que Silas los ha encadenado. Quiero que los juzgue la justicia divina, no la humana.  

Kendall levantó la cabeza de su diario con gesto meditabundo, pensando en una frase lapidaria para cerrar el texto. Algo lapidario que dejara constancia de su férrea convicción moral de estar, a pesar de todo, haciendo lo correcto. Y no por dinero. No sólo por dinero.

Había cobrado el cheque de Silas McCain satisfactoriamente, de forma discreta. La cifra era  generosa para un trabajo fácil, pero no tanto como el viejo avaro presuponía para un hombre abrumado por las deudas. Los gastos de su querida esposa  en la exclusiva clínica  en la que permanecía internada desde hacía ya varios años, eran elevados. Muy elevados.

Apenas leído el testamento, un segundo cheque por una cantidad realmente escandalosa le proponía acabar con el resto del clan McCain. Con todos. Kendall había atado sus propios cabos y el único que quedaría suelto en el caso después de muertos todos los McCain sería él mismo, su ejecutor. El abogado Mugillan no dudaría en contratar a alguien más para eliminarlo y quedar impune.

No si podía evitarlo. Mataría a los McCain. Cobraría el cheque. Y desaparecería. Misteriosamente, disuelto en la nada. Y sus compañeros abrirían una investigación. Y registrarían su casa. Y encontrarían su cuaderno de notas. Dejaría todos los indicios cuidadosamente preparados para apuntar a Mulligan y que Dios se apiade de su alma inmortal (“y de la mía” pensó brevemente)

No encontró la frase que necesitaba para cerrar su cuaderno definitivamente antes de desaparecer para siempre. Finalmente, con el pulso algo tembloroso acertó a garabatear “Te amo, Louise, mi querida esposa, con toda mi vida y mi corazón.”

 

ENTREGAS DE “SU ÚLTIMA REVERENCIA”:

– Su última Reverencia: Prólogo. Homenaje a Conan Doyle.

– Tragedia en la mansión McCain.

Que os den a todos.

En el abismo de la amargura.

La estupidez humana es infinita.

Soy artista (Y borracha).

Perdida en la niebla.

Elemental, mi querido James.

–  Debería haber cambiado las cortinas.

Comienza el juego.

Epílogo.

Especial “Su última Reverencia” texto completo descargable en pdf.

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14 comentarios to “EPÍLOGO”

  1. Bueno. A todos los Lamedores y en particular a los artífices de esta composición escandolosamente buena. Perdonad que no haya comentado en todos y cada uno de los capítulos, pese a que todos lo merecían. Acabo de volver de vacaciones y he leído el texto de golpe, así que reservo mi comentario y crítica para este capítulo final.

    Partiendo de que sir Conan Doyle estaría más que orgulloso de un homenaje tan maravilloso como este, tengo que deciros que me ha encantado todo, sin hacer excepciones. Tanto la historia. Como los personajes. Como la ambientación y las distintas voces narrativas. Imagino lo complicado que ha debido ser el proceso creativo y ponerse de acuerdo en todos los detalles, pero si os sirve como recompensa la humilde opinión de otro sufrido escritor que tiene la mala suerte de conocer el mundo editorial por dentro, vuestra obra deja el listón muy alto para las futuras obras de novela negra. Y no es una exageración. Estoy deseando hacerme mañana con el documento completo en pdf.

    Un saludo a todos y enhorabuena.

    PD: Y gracias por el buen rato que me habéis hecho pasar durante la lectura.

    Francisco Miguel Espinosa

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