Relatos diversos, pedacitos de vidas (o ¿dónde te agarró el temblor?)

La mejor manera de sobreponerse a una tragedia es vivir una mayor. No es que la primera haya sido sobrecogedora o que la segunda hubiera sido una gran desgracia. Pero cuando la mujer se colapsó y nos dimos cuenta que había muerto se nos olvidó un poco el terremoto que nos tenía encerrados en la recepción del hospital universitario. Y no es que menosprecie la magnitud del temblor –6.8 grados Richter, si recuerdo bien- pero tomando en cuenta que estamos en medio de una zona altamente sísmica y rodeados por cuatro volcanes, en medio de influenzas porcinas y deslaves de cerros, lo raro es que la gente no se tire a correr por las calles de esta ciudad gritando aterrada. Pero el nombre de la ciudad me lo reservo porque soy tan admirado y querido aquí que si lo menciono mi identidad quedará descubierta y los hechos que narraré me expondrán a la corrosiva crítica y a los ácidos comentarios de la opinión pública y mi imagen se vería terriblemente afectada, lo cual resultaría en un terrible golpe para la sociedad que tanto me respeta.

Un guardia de seguridad nos dijo que el sistema automatizado de seguridad había bloqueado todos los accesos al edificio. Al parecer las computadoras creían que tenernos encerrados era lo más seguro. La electricidad se había ido y las comunicaciones estaban muertas. Saqué mi celular; no había señal. Eran las diez treinta de la noche. Y yo en medio de una feria de fenómenos asustados: el guardia de seguridad era un hombre lo suficientemente entrenado y físicamente apto como para resguardar un carrito de hot dogs. Pero no un hospital. Era regordete, en sus cuarentaytantos, no más de 1.60 metros y por toda arma un spray de gas pimienta. Había además un hombre en silla de ruedas con una canastita de dulces en su regazo. Una rubia preciosa con un cuerpo casi perfecto. De no ser porque su brazo derecho terminaba poco arriba del codo en un muñón de piel arrugada y músculo torcido. Un hombre con camisa blanca de manga corta y corbata negra demasiado corta. Era evidente que era una corbata con gancho de plástico como las que usan los niños de kínder. Todo un Armani. Había una señora abrazada a su hijo. El pequeño parecía más tranquilo que ella. Un tipo con una cámara réflex. Parecía una Cannon Rebel con un ISO de al menos 4500 pero yo cómo carajos voy a saber eso. Un sujeto de unos veintiséis años con una guitarra colgada al brazo. Un bolero con todo y su caja de bolear zapatos: grasa, tinta y brillo. Mire mis zapatos. Como siempre les hacía falta una buena boleada. En una situación como esta, ¿estaría dispuesto a engrasarme los zapatos? Busqué quince pesos en mi bolsillo dispuestos a tal fin. A la primera oportunidad les daría una buena limpiada a mis mocasines. Un tipo en bata. Supuse que era doctor. Y lo confirmé cuando nos dijo que al parecer la mujer muerta había tenido un infarto. El doctor era un anciano con solo cuatro cabellos grises y que bien podría haber estudiado junto a Hipócrates. Imposible calcular su edad.

Hasta ese momento no había interacción entre nosotros más allá del intercambio de algunas miradas nerviosas. Además, para mi fortuna, nadie parecía haberme reconocido. No andaba de humor para lisonjas y lambisconerías. El tipo con la cámara tomaba notas en una libreta mientras hablaba con el doctor. Mi sexto sentido me indicó que se trataba de un periodista. O tal vez fue el hecho de que su chaleco de fotógrafo trajera bordada la palabra “prensa” en su pecho y el escudo de “Diario El despertar” en su espalda. Pasamos las siguientes dos horas sumidos en el silencio que acompaña la incertidumbre. El altavoz nos sacó del encierro de nuestros pensamientos.

“Les habla Alejo Martínez, director de protección civil. Estamos trabajando en retirar los escombros que impiden el acceso al edificio. Además un equipo especializado trabaja en restablecer el sistema de seguridad. La electricidad se ha restablecido en un cincuenta por ciento. Les pedimos conservar la calma pues estos trabajos podrían tomar alrededor de treinta y seis horas. Se estima que las comunicaciones se restablecerán en 12 horas. En cuanto el acceso al edificio sea posible un equipo de paramédicos brindará primeros auxilios y proveerá de agua y alimentos. Por favor sean pacientes.”

Un barullo se esparció por la sala donde estábamos atrapados.  El tiempo estimado nos pareció exageradamente largo y además ni siquiera sabíamos la situación de las demás personas atrapadas en el edificio. Dudábamos que el rescate de la multitud en un hospital tan grande fuera tan sencillo.

Y en medio de tales preocupaciones el doctor nos reunió en un círculo y propuso, con la falta de tacto y sensibilidad que caracteriza a estos mercaderes del dolor humano, que debíamos buscarnos una actividad para matar el tiempo y evitar de cierta forma el pánico y la claustrofobia. A pesar de todo no era mala la idea y casi propongo jugar strip-poker pero me contuve al recordar que no teníamos baraja. Sin mencionar el hecho de que las ganas de ver a cualquiera de los presentes sin ropa iba más allá de la perversión. A excepción de mí, el grupo se componía de personas difíciles de ver, por así decirlo. Sería el periodista el que, grabadora en mano, propuso al grupo contar historias para entretenernos. Podrían ser anécdotas o pura ficción. La finalidad era solamente distraer a la mente de pensar en las diversas y terribles formas en que este encierro podría terminar. Todos parecieron entusiasmados por la propuesta y un brillo en los ojos de todos nosotros denotaba las ganas de contar esa historia que ha estado esperando unos oídos atentos a escucharla. Entre un grupo de anónimos no existía la censura y era la oportunidad perfecta para compartir demonios y quimeras dentro de nosotros. Por supuesto recordé la historia de Beatriz y la mía sabiendo que mayor historia de amor ha sido jamás pronunciada.

Una vez que todos estuvieron de acuerdo se debía decidir quién sería el primero en hablar. El hombre en silla de ruedas pidió ser el primero. Nadie dijo nada.

-Bueno- dije – si las cosas van a ser de ese modo, más vale que sea yo quien empiece a contarles mi historia antes que se queden dormidos con las vacías y ridículas historias que este hombre pueda tener… o sea, nada más mírenlo.

Sorprendentemente todos parecieron algo indignados ante mi comentario. El muchacho con la guitarra  repuso enojado:

-Eres un ojete, mejor cállate cabrón- Con toda la elegancia y la poesía que caracteriza a los músicos. No me sorprendió de alguien que probablemente cantaba canciones de Sabina en el autobús por unas monedas.

Pero después lo entendí. Al parecer las mentes morbosas de todos se dirigían a la chica sin brazo. Era evidente qué todos se preguntaban como una mujer tan bella había terminado desfigurada de ese modo. Y no los culpo. Además su reprobación hacía mí era tan falsa que me di cuenta que preferían guardar lo mejor al final. Eso seguro debía ser. Mi historia era tan buena que al final desearían que el confinamiento fuera más largo para que yo pudiera seguir contándoles mis aventuras. No en vano mi linaje irlandés, somos cuentacuentos naturales…

El doctor puso su mano sobre el hombro del tipo en silla de ruedas y le dijo:

-Las damas primero, ¿te parece bien?

El hombre asintió sin mirar de frente al doctor. Porque el doctor estaba a sus espaldas.

Al sentir las miradas sobre sí la chica sin brazo se puso en pié. Parecía acostumbrada a ese tipo de atención.

Sin mirar a nadie de fijo comenzó:

-Mi nombre es Fabiana. Soy desnudista en un club en el centro.

Ahora sí que había despertado mi interés. Ya no me importaba si había perdido el brazo en batalla en Irak o si se lo había arrancado un cocodrilo en un pantano en la Florida. No importaba que resultara evidente que usaba un pseudónimo, probablemente su nombre “artístico”. Lo que más me interesaba ahora era conocer la clase de pervertidos entre los que se encontraban sus admiradores. Todos aguzamos el oído y centramos nuestra atención en su dulce voz para escuchar la primera historia de esta noche que prometía ponerse más surrealista a cada momento… (continúa el mes próximo)

 

10 comentarios to “Relatos diversos, pedacitos de vidas (o ¿dónde te agarró el temblor?)”

  1. Jajajajajaja.

    Que grande. Cargado de acidez, como a mi me gustan. Muy bueno, enhorabuena.

  2. Hola, buenas tardes. Me has dejado en ascuas. Estoy segura por tu estilo que cada una de esas historias serán fantásticas. Espero leerlas todas muy pronto. Un abrazo.

  3. Jooooo! No puede ser! es que todos me vais a dejar con la miel en los labios?? Hasta el mes que viene!
    Me encanta la situación tal y como la expones, me recuerda una noche con los scouts en medio de un bosque todos con miedo y jugando al vamos a contar mentiras….¿Seran o no reales las historias de los personajes?
    Ahora, lo dicho, no hay derecho! Un lametorro!

  4. jejejeje, a mi de momento, el protagonista me ha caído fatal, así que espero que reciba una lección de humildad en los próximos capítulos.
    Y digo con Anna, no me merezco una espera de un mes para la continuación. Eres malo malísimo conmigo Uriel….

  5. Pues sí, el protagonista es bastante creidín, ¡vamos! el ombliguillo del mundo, espero que le den una merecida lección. Mmmmm tiene pinta de actor de series jejejeje.

    Esperaremos pacientemente, que se va a hacer.

  6. Lo más triste de todo es que es una nota autobiográfica que no tiene nada de ficción. ¿Significa que yo les caigo mal? Jajajaja, mentira, tengo toda la intención de crear antipatía por este personaje. Ya pronto sabremos de quién se trata.

  7. Siempre es bueno escribir sobre lo que se conoce e imagino que viendo en una zona especialmente sentible a seismos es algo que alguna vez tiene que tocar vivir.

    Luego está el saber contar la historia desde fuera y si encima recreamos un protagonista tan especial ya es el no va más, y la verdad es que te ha salido bordado jajajaja.

  8. Uriel, la puesta en escena es buenísima.

    A ver a donde nos llevas!!!!

  9. ¿¡Qué honda!?
    Uri; me ha encantado la primera entrega, estás hecho un crack ! pero crack crack!

    un abrazo, y babas!

  10. Historia!!! Ya quiero la historia!

    Muy bueno Uri! =D

    Abrazos!

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