PUTA CRISIS

 

Siempre pensó que su trabajo sería el único en el mundo que no experimentaría la crisis galopante que sufría el planeta en general, desde hacía unos años todos los oficios habían caído en el desempleo, primero fueron los albañiles por culpa de la crisis inmobiliaria, con ellos fueron cayendo como piezas de domino el resto, fábricas de muebles, fabricantes de sanitarios, cristalerías, en fin, el caos.

Pero la gente seguiría muriéndose con trabajo o sin él, así que un enterrador no debería tener problemas nunca.

Se equivocaba de pleno, la gente se moría sí, pero la crisis había conseguido que los vivos agudizaran el ingenio con tal de ahorrarse unos dinerillos a costa de lo que fuese, incluso para enterrar a los muertos.

Llevaba casi un mes dándole vueltas a su situación, los entierros habían experimentado una baja meteórica nunca vista, de una media diaria de 15, la cosa bajó a 3 en poco mas de 4 meses.

Estudió estadísticas de población, de nacimientos y muertes, hasta el número de censados, no fuera el caso que la cuidad se estuviera quedando vacía por un éxodo masivo. Nada, todo seguía igual que antes, todo menos los entierros.

La inactividad le estaba volviendo loco, y como ahora le sobraba tiempo, se acostumbró a dar largos paseos con su perro, unos días hacia el norte, otros hacia el sur, siempre los mismos caminos y paisajes, hasta eso le aburría.

Decidió rescatar su vieja bicicleta del trastero y explorar terrenos mas amplios, fue el primer día cuando lo descubrió todo.

Cansado de pedalear, hizo un alto para sentarse y recobrar aliento, vislumbró un gran montículo a un lado del camino que no recordaba de antes, claro que hacía por lo menos medio año que no pasaba por allí, se encaramó a él para observar las vistas y ver si en un despiste se había equivocado de camino.

Tropezó con algo blando, algo que al tocarlo con el pié sonó como un plof, un olor extraño pero familiar le convenció de que lo práctico sería averiguar qué demonios era aquello.

Ayudándose con la navajita suiza que siempre llevaba encima empezó a escarbar.

Se quedó mas tranquilo al ver lo que era, un suspiro de alivo se escapó de muy adentro, acababa de descubrir el misterio al bajón en su trabajo, él estaba en lo cierto, no era un iluso ni un soñador, la gente seguía muriéndose, seguían efectuándose entierros, pero no por los cauces de siempre.

Así que solo veía una salida, lo de cambiar de trabajo no le convencía, si hasta el suyo se veía en esa tesitura, no quería ni imaginar lo que costaría encontrar uno nuevo y sin experiencia, porque pensándolo bien, no sabía hacer otra cosa que enterrar muertos.

El perro le dio la idea, así que no le quedaba otra que complementar su experiencia con algo nuevo.

Al día siguiente salió sin el perro, le había dado una idea tal vez genial, pero para sus propósitos actuales estorbaría mas que ayudar.

Llegó al lugar casi al anochecer, escondió su bicicleta, a la que había enganchado un portaequipajes casero hecho con trozos de tela metálica forrada de hule, se resguardó de las miradas indiscretas tras unas matas y se dispuso a esperar, confiando en tener suerte pronto.

Le costaba mantenerse despierto, aquello de estar quieto a oscuras era muy aburrido, un leve ruido de tierra removida le sacó del duermevela y se puso en guardia. ¡Estaban enterrando a alguien!.

Al rato oyó como quien fuera se retiraba, esperó un tiempo prudencial y salió de su escondite.

Con rapidez desenterró al muerto, él entendía de esos temas y podía asegurar que aquel cadáver era mas reciente de lo normal, lógico, la gente tenía prisa por ocultarlo, cosa que a él le venía de perlas.

Lo arrastró hasta un pequeño claro que quedaba oculto entre la maleza, hombre previsor donde los haya, por la mañana había dejado allí a buen recaudo las herramientas necesarias.

Con calma pero sin perder tiempo fue descuartizando el cuerpo como mejor pudo, era la primera vez, por eso el trabajo resultaba chapucero, pero la práctica hace al maestro, ya mejoraría el método y el tiempo empleado.

Cargó su trofeo en la bici y volvió a casa, allí troceó, deshuesó, picó carne y congeló varias porciones. Estaba cansado, el cambio de rutina y el ejercicio extra le habían dejado exhausto.

Tumbado en la cama recordó que en los pueblos de alrededor hacía tiempo que se volvía a utilizar el trueque, como antaño, te doy un kilo de patatas y tu me das unos garbanzos, si, era buena idea, de esa manera evitaría el molestar a los comerciantes vendiendo su carne en la puerta del mercado, como era su idea original.

Le sonaban las tripas, con los nervios y el trabajo había olvidado comer, se levantó y fue a la cocina, había llegado la hora de probar aquellos bistecs de aspecto tan apetitoso, ¿qué mejor manera de empezar su negocio que probar la mercancía?.

Relato especialmente dedicado a Elaxar, va por ti guapo.

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8 comentarios to “PUTA CRISIS”

  1. Ya lo decía mi abuela, el hambre y la necesidad despiertan el ingenio… pero, ejem, hay que estar muy necesitado je,je,je,

    Tienes que dar rienda suelta a ese caudal de imaginación que tienes niña. ¡Enhorabuena!

    Besos

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