LAS HADAS TAMBIÉN TRABAJAN EN NAVIDAD

En el colegio
Erase una vez un niño que se portaba mal, pero que muy mal, sobre todo en el colegio. Se llamaba Berto y no tenía amigos. ¿Por qué? Pues por su fama de pegón.

A Berto le gustaba romper cristales, hacerse el chulito con los más pequeños, contestar mal a sus profesores. Poco o nada le importaba que se acercara la Navidad.

-¡¡Pórtate bien!! Pórtate bien!! – repetía él en tono de burla hacia los mayores.

Mientras ese día Berto estaba en el recreo sólo y castigado por tangarle las galletas a un pequeño, una cabritilla lo estaba pasando mal en la montaña de su pueblo y las hadas, sin poder atender a los niños, volaban estresadas hacia allí.

-¡Bee!, ¡Bee! – clamaba la cabritilla atrapada entre dos rocas.
-Tranquila, calma- exclamó en ese momento un hada buena que aparcaba su flamante escarabajo casi junto al

pequeño animal.

Esa hada se llamaba Adelaida. Tenía la melena enmarañada          hasta   la cintura y negra     como el gran insecto que montaba. Su nariz   era ganchuda y sus ojos tan pequeños como dos judías pintas. Era muy querida en la comarca y aunque fea, vamos que muy fea, muchas personas se alegraban al ver su sonrisa desdentada porque sabían que era buena, pero que muy buena. Cuando Adelaida se disponía a ayudar a la cabritilla apareció allí su opuesta, la bella y malvada Rosita, estirada y hermosa en su caballino rampante.

-¡Deja la cabritilla que yo la vi primero! – gruñó Rosita
-De eso nada, hay que liberarla, es muy pequeña -contestó Adelaida.
-No la saques. Yo necesito sus pezuñas para hacer mis pócimas “antinavideñas”

En medio de un torbellino de aire gélido ambas hadas esgrimieron sus varitas mágicas. Sólo tras terribles bandazos Adelaida consiguió superar a la bella Rosita

Y es que Rosita era muy diferente, tan despiadada como linda, pero que muy linda. Sus rizos eran largos, sedosos y vaporosos. Lástima que sus conjuros eran casi tan perfectamente malvados como los rasgos de su rostro. Incluso muchas veces ganaba a las hadas buenas con trampas. Esta vez, al menos, no.

-¡Me las pagarás! ¡Acuérdate! – gritaba Rosita mientras ascendía y desaparecía en su caballino, esa mascota que al circular entre los humanos se convertía en un coche ferrari, amarillo como su pelo.

Adelaida no se inmutaba nunca ante los gritos, volvió a acariciar y besar a la cabritilla liberada. “Despacito, bonita” susurró con ternura de tierna y aprovechó unos instantes para descansar en su confortable escarabajo. Por cierto, cuando circulaba entre los humanos lo hacía en un New Beetle a cielo descubierto.

-¡Bee! ¡beee!! – repetía la cabritilla, ahora muy alegre.

Enseguida apareció por allí la cabra de la madre que, aunque muy agradecida también hacia Adelaida, miraba con recelo al escarabajo como siempre hacían los insectos y los animales que no tenían nada de mágicos. Madre e hija escaparon montaña arriba sin pensárselo demasiado, no fuera a volver Rosita.

Abajo en el pueblo, tras muchas peleas, Berto repetía que de ninguna manera montaría el Belén. Bueno se refería a colocar las figuritas en familia, porque montar el belén… ya la había liado parda durante el día. Por eso sus padres, preocupados, habían decidido esa noche llamar a Adelaida.

Cuando el pequeño de seis años estaba ya en la cama, enfadado, como era habitual, sintió acercarse una presencia extraña que en principio le sobrecogió y después se redujo a un cálido cosquilleo en los pies.
-No te asustes .Vengo a ayudarte. Quiero que seas un niño feliz
-¡Ja! Ya soy feliz. ¡Soy el más fuerte del colegio! Todos me tienen miedo.
-Podrías tener muchos amigos y todos te querrían mucho más.
-De eso nada, los niños buenos son muy aburridos.
-Quizás es lo que a ti te parece pero estás equivocado- le susurró Adelaida.

El hada buena, de pronto, sintió que el frío le penetraba los huesos. Conocía esa sensación y de algún modo la esperaba.
-¡Ji! !Ji! Por fin tengo delante a un niño seguro de lo que quiere. Vente conmigo y cumplirás todos tus sueños- dijo Rosita.
-No le escuches. No le creas. Si lo haces tendrás más problemas- imploró el hada buena.
-Yo quiero romper más cristales. Tirar piedras a los animales. No ducharme nunca. Comer poquito y cuando me apetezca.
– !Je! ¡Je! !Je!.. Eso harás si vienes conmigo y eres valiente.
-¡Claro que soy valiente!- exclamó indignado.
Entonces Rosita le izó con sus hermosas alas y ambos salieron por la ventana volando hasta subirse en el caballín ramplante y proseguir un fantástico viaje. Adelaida, con lágrimas en los ojos, se esfumó. Ella sabía que sus poderes mágicos no servirían de nada si el niño no estaba dispuesto a colaborar.

Viaje a la “Antinavidad”
El hada mala y el niño viajaron sin parar durante cuatro horas. Según se acercaban al fatal destino, el aire se hacía más cálido. Berto seguía pensando que jamás se había sentido tan satisfecho.

-¡Ya llegamos!- gritó Rosita
-¿Sí? ¿De verdad?- preguntó el niño impaciente.
-Pasadas esas montañas veremos un pequeño lago rodeado de bosque.

Tras esas palabras y transcurridos sólo unos minutos el caballo ya planeaba y, misteriosamente, convertido en coche deportivo quedaba aparcado en tres maniobras. El niño en el suelo daba saltos de alegría.

-¡Por fin! ¡Lo he conseguido ¡ ¡Gané a los buenos!
-Rosita nunca miente, bueno a veces –y mintió- Ahora aquí podrás: romper todos los cristales que quieras; tirar piedras a los animales que encuentres; comer poquito y cuando quieras. Por supuesto que tampoco te lavarás, aquí no hace falta.
-¿Me podré bañar en el lago?
-Sí, puedes, pero no te comas las algas.

Y al momento Berto estaba en el agua. “¡Aj! ¡Me resbalo! Está todo viscoso y huele mal”.

Después de haber sobrevolado cumbres nevadas, tierras fértiles, inmensos bosques, aquel paraje que vislumbraba ahora el niño era totalmente desolador. En medio de una ladera, con gran pendiente, se erguía la gran mansión de Rosita. Aún así, Berto no estaba dispuesto a desmoralizarse. Daba vueltas y vueltas alrededor de sí mismo. Quería ver rápido todo lo que sería su nuevo mundo. Aún se sentía satisfecho de haber elegido un nuevo lugar para vivir. Había escaleras de caracol, murciélagos, telarañas y muchísimas piedras por el suelo.

En dos días consiguió romper los cristales que quedaban enteros a su llegada. Los murciélagos habían desaparecido a pedradas y apenas quedaban ya pájaros.

Al tercer día el niño se sentía muy sucio y sumergirse en el agua viscosa del lago ya no le seducía. Le picaba la cabeza y le dolía de hambre la tripa. Empezaba a sentir frío, nauseas y estaba más que aburrido.
-¡Rosita, ven! Llévame a mi casa- gritó
-¡Ji ! ¡ Ji ! ! Ji ! De eso nada, tú querías venir aquí. No te puedes marchar.
-Ya no quiero, estoy harto de estar sólo. Me aburro.
-Pues entonces servirás para mis pócimas. ¡Ji! ¡Ji!, ¡Ji!

Con grandes risotadas la bella Rosita ató al muchacho a una de las columnas del porche de su mansión, como hicieron otras muchas hadas malvadas antes que ella.
-Aquí te quedarás, tus sucios pies sustituirán las pezuñas de aquella cabritilla que Adelaida me arrebató. ¡.Je!, ¡Je!, ¡Je!…

Esa noche Berto lloró desconsoladamente hasta que al amanecer se acordó de aquella hada feísima que le había propuesto ser bueno. Empezó a llamarla.
-Por favor, vuelve. Tenías razón- repitió y repitió, una y otra vez.

De repente, una luz cegadora y un cosquilleo estremecieron a Berto. Vislumbró con gran sorpresa el sombrero puntiagudo y remendado de Adelaida.
-Me alegro de verte ¿Estás dispuesto a ser feliz? ¿De verdad?
-Sí, Sí….llévame a mi casa, por favor.

Entonces Adelaida desató sus bracitos y le pasó su varita mágica por todo el cuerpo; al instante Berto se encontraba mejor, limpio y con aspecto más saludable.

Cuando el niño subía al escarabajo gigante, volvió el viento helado. Adelaida se puso en guardia. Sin duda, la venganza de Rosita sería tremenda cómo les pillara allí.

A toda prisa, Adelaida le impuso la sexta automática al insecto y esta vez en un santiamén, el hada buena besaba y arropaba al niño en su cama. Berto sintió un leve roce y abrió los ojos. “Mañana es Navidad y no tengo regalo para nadie”-Te equivocas- contestó Adelaida.

Ahora Berto es Alberto y regala a sus hijos esta historia, una más que le sirvió para ser feliz no sólo en Navidad sino un poquito también, el resto del año. En la estantería donde reposa siempre el cuento lucen dos coches de juguete ¿sabéis de qué colores?

httpv://www.youtube.com/watch?v=bWk2e5vhiRQ

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4 comentarios to “LAS HADAS TAMBIÉN TRABAJAN EN NAVIDAD”

  1. Sole, me encantan todos y cada uno de tus cuentos.
    El New Beetle ha sido mi coche ideal desde que tengo uso de razón. Ahora, gracias a tí, descubro que es el vehículo de las hadas buenas…Claaaaaaaaaaro…¿Cómo me iba a gustar cualquier otro coche?, je,je.
    ¡¡Felíz Año Nuevo!!
    Besazos gordos, querida.

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