El camino de los cipreses

Doña María se ajustó la bufanda sobre la cara. Aunque hacía sol, el frío era lo suficientemente intenso como para que los rayos no llegaran a calentar. Además, el viento no ayudaba mucho.  Era un bonito día, en cualquier caso. Los pájaros cantaban desde lo alto de las ramas de aquel plátano que parecía muerto, pero que sólo dormía el sueño de los que esperan renacer en primavera. La calle estaba limpia, y no había mucha gente. Como casi todos los días de San Valentín, la gente prefería arremolinarse alrededor de los grandes almacenes que pasear por allí. Y eso en cierto modo le reconfortaba. Así tendría más intimidad. El camino era largo, pavimentado de adoquín blanco y flanqueado por unos enormes cipreses que servían casi de cancela, como si fueran guardianes en posición de armen. Por fin, llegó a su destino. Don José la esperaba, como cada año desde hacía diez, en su rincón de mármol. “Buenos días”, dijo ella. “Hoy hace frío, espero que el traje te abrigue bien”, prosiguió, mientras se acomodaba en el banco. “¡Ay, Señor, cómo te has puesto!”, observó al tiempo que sacaba un pañuelo de su manga izquierda y comenzaba a limpiar. “Hoy he ido al banco, ya he arreglado la situación para que la niña pueda acceder a la cuenta, que nunca se sabe. Además he llevado al gato al veterinario. Dice que vivirá muchos años todavía. Estoy contenta, la verdad. El pobre lo pasó tan mal… ¿Sabes que hoy hace setenta años?” Su cara se ruborizó ligeramente. Sus ojillos grises comenzaron a brillar, como si su mente volara libre por algún rincón que había olvidado. Sintió un calor que le nacía del corazón y le hacía sentirse bien. “Sí, hoy hace setenta años que me pediste que me casara contigo. Y yo dije que sí. Mira tú, quién me lo iba a decir a mí, con lo apuesto y lo guapo que tú eras y lo mojigata que era yo, te ibas a fijar justamente en mí… Pero lo hiciste. Recuerdo bien cómo fue aquella tarde. Yo llevaba ese vestido azul cielo que tanto te gusta, y tú ibas tan guapo con tu traje color tabaco de corte americano… Qué tipazo te hacía… Y ese bigote a lo Clark Gable, que me volvía loca. Estabas tan nervioso que se te cayó el helado dos veces, una de ellas encima de aquel pobre camarero, que nos miraba con cara de malas pulgas”, sonreía. “De repente comenzaste a balbucear, a decir cosas sin sentido. Que hasta me asusté, mira qué te digo, que pensaba que te había dado un aire o algo. Y sin pensarlo más, te levantaste, te arrodillaste y sacaste del bolsillo una cajita de terciopelo color rojo burdeos con el anillo más maravilloso que había visto en mi vida, mientras decías nervioso ‘¿Quieres casarte conmigo, Mari?’ Y yo dije ‘sí’. Qué lío montamos. La señora de al lado, que andaba con cuatro críos, se echó a llorar y se levantó a abrazarnos, nos invitaron al helado y casi nos sacan a hombros del quiosco… Qué cuadro… Y dije ‘sí’, sin pensármelo. Aunque llegué a pensar que no me lo pedirías nunca, porque hay que ver lo que te hiciste el remolón… Que si me pillas ahora, te lo hubiera pedido yo. Pero no, en aquella época era el hombre el que tenía que hacer estas cosas, y las mujeres a obedecer, como Dios manda. Pero ¿sabes de lo que más me acuerdo? Del calor de tus labios cuando me besaste en el portal de mi casa, de la sensación de andar flotando hasta llegar arriba… de la cara de alivio de mi padre cuando le enseñé el anillo y le dije que por fin te habías decidido, con las ganas que tenía él de tener nietos, y de la sonrisa tonta de mi madre cuando vio aquel pedrusco… Todavía no me has dicho de dónde sacaste los dineros para semejante anillo, porque seamos sinceros, tu sueldo como traductor de aquella época tampoco es que fuera para tirar cohetes. Cuando aprobaste las oposiciones al Cuerpo Diplomático sí, pero hasta entonces… En fin, que en mi casa se armó la de San Quintín. Mi madre comenzó a sacar mantelerías, juegos de sábanas de hilo, una cubertería de plata que tenía guardada desde mi nacimiento, que estaba negra después de tantos años, y se puso a hacer inventario de lo que faltaba para ir urgentemente al convento de las Hermanas Clarisas a encargarlo. Si hasta ropa de bebé me hizo. Y el traje de boda. Ese preciosísimo traje de boda que perteneció a mi abuela materna, y que me sentaba como un guante. Con esa pedrería tan novecentista, su polisón enorme, y ese velo tan largo. Qué delicia de vestido. ¿Te acuerdas? Un año de preparativos, que yo creía que me volvía loca. Que si las invitaciones, que si los compromisos, que si ahora no tenemos iglesia, que si el salón nos falla a última hora, que si a tu padre no le sientes al lado del mío porque piensa que es un rojo, que qué hacemos con los niños de tu hermana, que son de la piel del Diablo… Lo dicho, casi me vuelvo loca. Si supieras lo que lloré la noche antes de nuestra boda, porque pensaba que al final no nos casábamos. Pero al final, llegó el catorce de febrero por la mañana, salió el sol, el cielo se despejó, y la capilla del convento de las Clarisas se mostró más bonita que nunca, toda decorada con nardos, y tulipanes y rosas blancas… Aunque casi me da un ataque cuando mi padre, como siempre haciéndose el gracioso, fingió que había perdido los anillos. Todavía recuerdo la cara de mi madre y su mirada, que si las miradas mataran, ese día me quedo huérfana… ¿Y te acuerdas cuando salimos ya casados, que tus amigos esperaban en la puerta del convento con garbanzos en lugar de arroz? Que tu amigo Jaime casi me salta un ojo de un garbanzazo… Ahora entiendo por qué nunca nos gustó el cocido, creo que cogimos manía a los garbanzos. Estabas tan guapo con tu esmoquin negro, y te quería tanto, que perdoné todas esas cosas.” La cara de doña María reflejaba la nostalgia que aquel tiempo le hacía sentir entre leves suspiros. Era como si de repente el mundo se hubiera parado en aquel día tan feliz de su vida, y no quisiera salir de él. El sol tocaba su cara dulcemente, y sus pequeños ojos grises comenzaron a emitir un brillo opalino lleno de recuerdo. Había sido feliz aquel día, sin duda.

“¿Te acuerdas cuando nació nuestro hijo? Creo que acabaste con la reserva de puros habanos de un año. En mi vida había visto a alguien tan feliz como a ti. No parabas de gritar ‘¡soy padre, soy padre!’ mientras recibías las felicitaciones de todo el mundo con los brazos abiertos. Qué algarabía, chico. Y yo tumbada en la cama contándole los dedos de las manos y de los pies, para verificar que estaba entero, y aguantando los consejos de todas las vecinas. Que si cuando tenga la tripita suelta le dé un poco de agua de anís, que otra decía que no, que mejor golpes de agua fría en la tripita, que otra que tampoco, que lo mejor era un emplasto caliente… Como un bombo me tenían la cabeza. ¡Si yo lo único que quería en ese momento era descansar! Y lo que le mimabas, que era una cosa mala. No podía darme la vuelta sin ver que le habías traído una peonza nueva, o el yo-yo nuevo de la Mirinda, o un disco nuevo de Marisol… Eso sí, siempre sacó muy buenas notas, que si no se le habrían acabado las tonterías, con lo que nos costaba el colegio del Pilar… No olvidaré nunca el día de su boda, tan guapo con ese chaqué y tan enamorado de María Loreto, que se le notaba en la cara a mil kilómetros. Qué buena niña esta María Loreto, y de qué buena familia. Y tengo grabado en el corazón cuando fui yo quien no dejaba de dar consejos a nuestra nuera en la clínica, cuando nos regalaron a esta bendición de nieta que tenemos… La pobre me miraba con cara de cansancio mientras yo cotorreaba sin parar. Entendí entonces a mi madre y mis vecinas. Si mi madre hubiera visto a su biznieta, se le habría caído la baba. Tan morena, como su padre, como su abuelo, con esa carita redonda como una naranja… Para comérsela estaba. Y sin embargo tan callada, tan atenta de todo lo que pasaba a su alrededor, como diciendo ‘¡eh, que estoy aquí!’. Pobre niña… Si ese camión no se hubiera salido de su carril, no se habría encontrado tan sola. Cuando recibí la noticia creí que se me acababa el mundo. Mi hijo y mi nuera habían muerto en un accidente de tráfico, y me lo soltaron así, como si nada… Sentí que se me rompía el alma, pero fue mucho peor tener que comunicártelo a ti. Te encerraste en el despacho durante días, y te escuchaba gritar de dolor y llorar desconsoladamente. ‘¡Mi hijo, me han matado a mi hijo!’ gritabas, sin darte cuenta del infierno que yo estaba pasando. Reconozco que en aquel momento me sentí un poco sola. Si para ti era duro perder a nuestro hijo, para mí lo fue tanto o más, notar cómo algo que había sido arrancado de mis entrañas apenas veinticinco años antes ya no estaría nunca más a mi lado, porque era mi sangre la que había sido derramada. Sí, reconozco que me sentí sola. A los días saliste del despacho y me abrazaste, y me pediste perdón por no haber estado a mi lado, y te dije que no pasaba nada, que necesitabas hacerlo, pero en mi fuero interno siempre quedó ese trozo de alma rota que jamás volvió a repararse. El funeral fue lo peor. La niña no dejaba de preguntar por qué la habían dejado sola sus padres, y yo no sabía qué contestarla. Sólo podía abrazarla lo más fuerte posible. Era lo único que me quedaba de mi hijo, y me juré que la cuidaría aunque me fuera la vida en ello. Y lo he hecho. Lo hemos hecho. Ahora es toda una juez de la Audiencia Nacional. La primera, creo que ha sido, y vive su vida feliz. Ya no nos necesita.” Doña María se acurrucó en su abrigo de astracán negro que tenía desde que recordaba y se quedó un momento pensativa. Entonces, sintió una voz que la sacó de su abstracción y miró a su lado. Era don José, que le sonreía. “Vamos, Mari, que vas a coger frío ahí sentada”, le dijo. “Ay, Pepe, me había quedado como traspuesta”, contestó. “Ya he visto, ya. Si es que te lías a tirar de recuerdos, y no hay quien te gane, mujer. No me extraña que te hayas quedado en tu mundo. Tanta vida da para mucho, ¿no crees?” “Pues sí, da para mucho. Pero hemos vivido bien, ¿verdad, Pepe?”, preguntó mientras se levantaba quejosamente. “Sí, mi vida. Hemos vivido bien. Ahora vámonos, que te tengo una sorpresa” “¿Una sorpresa?”, se apresuró a preguntar doña María. “¿Qué es, qué es?” “Si te lo dijera ya no sería una sorpresa, ¿no? Pues a esperarse toca”, contestó don José. “¿Me quieres?” preguntó ella. “Con toda mi alma”, contestó él. “Agárrate bien de mi brazo, no te vayas a tropezar, mujer”. “¿Yo? ¡Pero si he sido siempre más ágil que tú, abuelete!” Y juntos se fueron cogidos del brazo camino abajo, hasta desaparecer tras los cipreses guardianes.

A la hora de cerrar, Lilith procedió a hacer la ronda diaria para comprobar que todo estaba en su lugar, sacar los contenedores con los desechos de flores secas, y confirmar que no quedaba nadie en el cementerio. Al acercarse a la tumba de don José de Aroca y Álvarez de Arce, un diplomático fallecido hacía ya años, descubrió a una señora sentada en el banco de al lado, acurrucada dentro de un abrigo de astracán. Ella la conocía bien, era doña María de Azcárate, su viuda, quien iba todas las semanas a ver a su difunto esposo. Al acercarse a ella, notó que algo había cambiado esta vez. La lápida no estaba limpia como de costumbre, y doña María parecía estar más absorta de lo normal. “Doña María, doña María, es hora de irse a casa, es hora de…”, al rozarle el brazo, doña María cayó desplomada hacia un lado. Su cuerpo estaba frío y entraba en el rigor, pero su cara tenía una expresión de satisfacción y de paz como nunca antes la había visto. En su mano advirtió que asomaba un sobre. Lilith no dudó en abrirlo. Dentro encontró una nota que decía, “por favor, entrégueselo a mi nieta” junto con una dirección, y un anillo de oro con un gran diamante. “Feliz San Valentín”, dijo Lilith mientras se dirigía al teléfono a llamar a la policía.

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Una respuesta to “El camino de los cipreses”

  1. bueno, Rhay, la historia que nos has contado …

    los viejecitos en el banco, contando sus vidas, ..los cambios de situación así como quien no quiere la cosa, y el final..

    todo muy cuidado, me ha encantado, ..pero tengo que decir que he soltado una carcajada ocn lo de Maria Loreto, jajajajel nombre, ..luego ya para los demás nombres ya estaba preparado, jajajajajaa!

    salud compañero!

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