Akelarre

La luz de la hoguera proyectaba unas alargadas sombras sobre las paredes de la cueva, amplia y acogedora como el vientre de una madre encinta. Las participantes habían venido desde lugares muy distantes, y algunas hacía días que habían emprendido el camino, pero la ocasión lo merecía: era el día de dar gracias a la Diosa por sus innumerables dones durante todo el año pasado, y el momento idóneo para devolver parte de esos dones a la congregación. Las mujeres reían, cantaban, bailaban desnudas alrededor de la hoguera entonando sonidos atávicos, llenos de poder mágico necesario para llegar al clímax de esa noche, mientras tomaban grandes dosis de licor de mandrágora y pan de centeno. Sus espíritus se sentían libres, liberados de esa prisión de carne que las confinaba a su yo físico. Pero hoy no. Hoy eran parte del Universo, de la inmensidad de lo infinito, y sus cuerpos palpitaban de excitación.

De repente, se oyeron unos pasos en la entrada de la cueva. Unos cuantos hombres vestidos con túnicas de lino crudo y cintas de colores en la frente accedieron al evento. Las mujeres se acercaron bailando sinuosas y les invitaron a entrar mientras les quitaban los ropajes. Les ofrecieron licor, y ellos aceptaron gustosos. Dejaron las ofrendas que traían en el altar: espigas de trigo, flores de cardo, incienso, agua pura de un manantial helado, velas de cera virgen… y tras hacer una reverencia a la Diosa, se unieron a sus compañeras en el frenético baile alrededor de la hoguera. Cantaban, reían, gritaban loas a la Diosa, y repetían con fervor conjuros ancestrales como si quisieran entrar en éxtasis. “¡Rrrrrrrhhhhhaaaaaaayyyyyyyddddoooooooo! ¡Kkkkkkaaaaaaaaaaaaaaannnnoooooooooo!” repetían sin cesar, y acompañaban esta letanía de licor, música y baile.

Todo iba como debía. Poco a poco, todos los congregantes fueron entrando en un trance espiritual que los iba transportando fuera de sus cuerpos físicos y los hacía uno con el resto de sus hermanos. La sacerdotisa ofreció entonces los bienes traídos al fuego purificador de la hoguera, mientras dejaba caer por sus pechos desnudos el agua pura de manantial, gritando “¡ven a nos, Hombre Verde! ¡Deléitanos con tu presencia, consorte de la Diosa!”

De la hoguera comenzaron a surgir grandes llamas que ampliaron la magnitud de las sombras proyectadas, y de éstas comenzó a materializarse una figura humana, masculina, que todos ansiaban conocer. Su rostro era de un bello color dorado y su testa estaba coronada por una imponente cornamenta de ciervo. Su cabello estaba hecho de hojas, y el vello de su pecho era un suave y cálido musgo. Poseía aquella aparición una musculatura fuerte y recia, como de guerrero, y su miembro viril se mostraba imponentemente erecto. Los asistentes estallaron en una explosión de júbilo al ver que aquella figura se acercaba al altar de ofrendas, y se arrodillaron a su alrededor tocando el cuerpo divino, acariciando la masculinidad manifestada, solicitando ser tomado… La sacerdotisa se tumbó en el altar y abrió las piernas, en una postura sugerente e invitando a aquella figura a poseerla, y cuando notó el enorme miembro dentro de su vientre comenzó a gritar “¡salve, Diosa! ¡Salve, Diosa! ¡Bendice a tus hijos, oh Diosa!”. En ese momento, la congregación se entregó al desenfreno y comenzaron una orgía que duraría horas: había hombres penetrando a mujeres, mujeres lamiendo las vulvas lubricadas de sus hermanas, hombres que ofrecían el calor de su recto a otros hombres esperando ser depositarios del clímax en forma de semen… Y el Hombre Verde participando de todo ello. Todos y cada uno de los presentes probó la masculinidad del consorte de la Diosa. Todos y cada uno de los presentes recibió como regalo parte del fluido divino hacedor de vida. Todos y cada uno sintió el calor de un dios en sus entrañas… Habían llegado al éxtasis que duraría hasta el amanecer.

Al despuntar el primer rayo de sol, el Consorte de la Diosa, el Hombre Verde, el Hacedor de Vida se alejó entre las sombras y desapareció. La congregación, exhausta, comenzó a sucumbir al sueño y empezaron a arremolinarse alrededor de la hoguera. Los hombres volvieron a cubrirse con sus túnicas de lino. La ofrenda ya estaba hecha, y la semilla de una nueva generación palpitaba en las entrañas de aquellas mujeres que durante la noche habían sido la Diosa misma encarnada, habían sido el Universo en sí mismas.

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8 comentarios to “Akelarre”

  1. mm !! muy interesante rhay. Ese hombremusgo, debia de oler a hierba mojada….

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