¡VIVA LA PEPA!

En plena Guerra de la Independencia, Cádiz se había convertido en el último bastión de la libertad de los españoles, los gaditanos se habían jurado que ese pequeño trozo de tierra no lo pisaría el ejército invasor, y en ello estaban empeñando tanto sus ideas, como su vida.

Hacía días que todo era agitación en la pequeña capital de la provincia gaditana. La gente hacía corros en las plazas y los tenderetes de los mercados. Una nueva noticia corría de boca en boca y de oreja a oreja, una primicia que vino a quitar protagonismo al constante bombardeo de los franceses.

– Doña Dolore, ¿se ha enterao de la nueva noticia? – comentaba Mariquilla, la aguadora, a la dueña de la panadería.

– Pos no hija, no, que una no sale de la tahona al mostrador y aún es pronto pa que me den noticias mis parroquianas.

– Pos casi ná, ¿recuerda esos señorones tan encopetaos que vinieron de San Fernando hace unos meses, huyendo de la peste amarilla?

– Ea, no los voy a recordar, menuda la que se lió, si creo que eran políticos de esos importantes de Madrid que salieron huyendo tras el 2 de mayo, cuando los ejércitos de ese franshute que el cielo confunda tomaron la capital.

– Esos mismos, pues dicen que después de tanta reunión, y tanto darle a la chota, que digo yo que hay gente pa tó, incluso pa darle al coco -no como mi Curro que la cabeza pa lo único que le vale es pa tenerla todo el día a la sombra no se le vaya a recalentá- pos como decía, creo que van a hacer ahora una reunión de esas y la gente anda revuelta a ver que dicen sus señorías. Todos comentan que lo que han ideao es lo mejó pa nosotro, el pueblo, que ya va siendo hora que alguien se preocupe de los pobres doña Dolore, que aquí ni los nuestros ni los gabashos van a hacer ná por nosotro.

– Ay que ver qué razón tiene, hiha, que aquí bastante nos está cayendo con tanto cañonazo de lo gabasho, pumba por aquí… zapapumba por allá, el otro día me decía Carmensita, la cigarrera, que ella pensaba coger trozos de la metralla pa hacerse unos bonitos tirabuzones. No sería mala cosa que alguien hiciese algo de provecho entre tanto ruido.

– Pos sí, ya le digo a mi Curro: mi arma, como no nos espabilemos nosotros nos van a da todas en un carrillo que aquí mucho ruido y pocas nueces“.

Las dos mujeres escucharon vocerío y salieron a la calle, la gente corría de un lado para otro, pero todos en la misma dirección iban hacía el palacio, corría la voz de que los señores encopetados de Madrid habían terminado por fin de deliberar e iban a leerles un texto que prometía muchas mejoras y grandes avances para el pueblo español.

Ambas no perdieron tiempo, se remangaron las faldas y corrieron en pos de todos sus paisanos.

Un hombre alto, adusto y con porte marcial estaba dando un discurso en el balcón, les hacía llegar un resumen de todo lo acordado tras las arduas negociaciones. Les prometían una España más justa, con leyes que protegieran a todos por igual, nada de absolutismos, el poder soberano tenía que recaer en el pueblo y no en una sola persona por muy cetro real que ciñese. Todos protegidos ante la ley, todos con los mismos derechos y obligaciones… desde el más bajo hasta el más alto.

Así sucesivamente las mentes y los corazones de aquellos privilegiados que vivieron aquel día se fueron abriendo a otros horizontes con más justicia y mejor forma de vida.

– Doña Dolore, ¿entiende usté algo de lo que ha dicho este buen hombre? Yo solo me he queda con la copla de que to eso va a ser mu bueno pa nosotro, y si es así tendríamo que ponerle un nombre ¡vaya!

Esta frase tan simple suscitó un revuelo entre los que rodeaban a las dos mujeres, unos tras otros fueron pasando las voces y en pocos minutos todos los allí reunidos estuvieron de acuerdo. Aquello que los más letrados llamaban Constitución y que prometía ser tan bueno para todos, tenía que tener un hombre.

Doña Dolores cayó en la cuenta del día que era: ¡Ozú, mare mía, que despiste el mío pero si hoy es San José y ni felicité esta mañana a mi marío ni a mi Pepe el mayor! ¡Válgame Dios cuanto despiste! Claro entre tanta bomba va, bomba viene, aturdidita me tienen ya. Qué fatiga…

– Contra, comare, pos tiene usté razón, que nadie hemo pensao hoy en el santo del día, así que vamo a resarcino y vamo ponerle ese bonito nombre a esa jartá  de papele – comentó uno de los hombres que estaban alrededor.

Como un reguero de pólvora aquel comentario se extendió entre todos los presentes. Cuando terminó el discurso del representante de las primeras Cortes Españolas, todos a una, como si el grito partiese de la misma garganta corearon:

¡¡VIVA LA PEPA!!

FIN

6 comentarios to “¡VIVA LA PEPA!”

  1. ¡Viva La Pepa!

    Magnífico, Miren.

  2. Felicidaaadee mujeee!! Me parece muy oportuno recuperar el sentido cívico por el bienestar de todos los ciudadanos. Un abrazo

  3. ¡Genial, niña!
    Enhorabuena por tu forma de narrar acontecimientos históricos con un estilo tan ameno.
    Lametorro, Pepa. Digo… Miren, je,je.

  4. Gracias guapísimos, muchas gracias por estar siempre ahí.

    Besotes

  5. ¡Genial, atrevidooo!

  6. Muchas gracias Patxi.

    Un saludo

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