ENTERO Y POR PARTES

Nadie puede  sospechar   que dos personas tan diferentes han podido estar   confabuladas y  unidas desde hace   meses, por un juego muy  particular y de  lazos invisibles… 

Alicia es modelo profesional, con   un coeficiente intelectual superior aunque casi nadie entrevé ese potencial. Lo que salta a la vista en ella es su belleza, despierta admiración, atrae miradas: directas y furtivas; insolentes y pedigüeñas. En cambio Samuel resulta invisible cuando atraviesa los pasillos de la oficina aunque sea considerado un lince en las finanzas. Ambos se cruzan algunas veces en un despacho, en el ascensor o en los pasillos, pero disimulan,  se limitan a  miradas de soslayo casi siempre a una parte de sus cuerpos. No existen testigos que les hayan escuchado hablar por teléfono ni mantener una conversación como compañeros de trabajo. Sin embargo hay algo real entre ellos, una grande y bonita secreta complicidad,  quién sabe si amor.

Las ausencias de citas en público eran una condición desde el principio de su relación, lo mismo que no tener  regalos ni prendas ni fotos a la vista que pudieran  provocar preguntas.

Aquella aventura había comenzado hacía unos meses antes, cuando Alicia eligió proyectar sus deseos más íntimos sobre Samuel. Lo eligió como un joven de veintiséis años de imagen discreta, tímido, poco llamativo en conjunto pero con una mirada que  se le antojaba sana y dulce. Entendía que había llegado su hora de elegir, soñar, prever, seducir de verdad. No intentaría agradarle con su cuerpo sino con el alma de una mujer de sexualidad a flor de piel.

La vida de Alicia parecía haber sido muy fácil pero tuvo que llegar una conversación, a sus treinta y cinco años, para que mirara hacia atrás y calibrase de otra manera esas experiencias que se podría haber ahorrado, frente a las que se había perdido, y las que ya no volverían. Disimuló su dolor al caer en la cuenta que la balanza se inclinaba ostensiblemente  a agradar la vida a los demás: dar lo que desde pequeña se había esperado de ella, una mirada dulce y agradable sonrisa, una imagen de marca a nivel profesional, y un trofeo para pasear o llevarse a la cama.

“Me da vergüenza ser tan buena” manifestaba un día con ironía a Paula, su mejor amiga. “Tengo claro que he llegado a la madurez sin elegir nunca mis compañías, mi verdadero camino. A mí me eligen. ¿Sabes eso lo que significa a lo largo de toda una vida?

-¿Cómo lo voy a saber? Te recuerdo que la rubia y guapa eres tú. Es verdad que no sabes decir que no pero te compadeces de toda la humanidad.

-No se trata sólo de decir sí o no al sexo. Es mucho más que eso. A veces me sorprendo a mí misma teniendo caprichos, deseos insatisfechos a los que ni siquiera he dado pie. Ahora pienso si habría existido alguien a quien le hubieran importado.

-Te conozco desde hace mucho tiempo y te quiero. Quizás te pudieras marcar un plan en vez de dejarte llevar –sugirió su amiga.

Entonces llegó un adulador de turno y la conversación se truncó. Sin embargo esta  última sugerencia no se esfumó de la mente de Alicia.

Tal y como se lo explicó a Samuel en su primera cita, el objetivo sería disfrutar ambos de la fiesta de sus cuerpos, una vez por semana si el juego se desencadenaba como estaba previsto, bajo las únicas pautas del respeto mutuo y el cariño, de forma más espaciada si no lograban un clímax adecuado. Y, por el contrario, cesarían de inmediato las visitas si una de las partes intuyera algún desagravio por nimio que fuese.

Samuel se entregó a ciegas desde el primer momento. Cuando ella le pasó con disimulo un pequeño sobre con las instrucciones voló a abrirlo en secreto. Allí estaba el reto más disparatado que le habían propuesto jamás. Tenía claro que aceptaría participar. Hasta entonces, “qué casualidad” se dijo, era la mujer que apenas se había atrevido a  mirar en el trabajo porque había temido sonrojarse y ponerse en evidencia.

Según decía la nota misteriosa de Alicia,  debería recoger en la conserjería de la empresa un paquete con un móvil que no debía compartir  con nadie. Ese mismo martes, a las diez de la noche, esperaría  su llamada, si podía en su casa o en un lugar solitario. Le rogaba máxima discreción.

La propuesta consistía en una sesión fotográfica en casa de ella. Sugería que se fotografiasen diferentes partes de su cuerpo hasta sumar un total de quince cada uno, sólo la última sería de cuerpo entero a modo de  recuerdo. El primer día, tras la sesión de fotos,  se irían cada uno a su casa  y a lo largo de la semana las imprimirían e introducirían cada una en un sobre de color crema o azul. En la siguiente sesión, martes siempre, colocarían los sobres en un bonito cofre y el azar decidiría.

El segundo martes, a las diez de la noche, Samuel escuchaba a Alicia cómo tenía sus fotos listas cada una en un sobre azul. Él no iba a ser menos. Cuando las disparó  había salido tremendamente excitado de la casa de su diosa dando brincos hasta llegar a su apartamento. Ese día subió los peldaños de dos en dos hasta el tercer piso y allí se lanzó directamente al ordenador. Descargó las fotos de un cuerpo de escándalo. “Alucinantes” se  repitió Samuel a lo largo de toda esa primera semana.  La contención que había tenido que soportar mientras enfocaba cada instante –pensó después- le había merecido la pena. Tenía una Venus real en su propia pantalla, un trocito a trocito sublime, una piel incendiaria, con posturas sin mucha intención pero todas sugerentes. Más de una vez al admirar aquellos atributos tuvo que lanzarse al cuarto de baño para descargar los deseos contenidos.

-Hola. ¿Qué día es hoy?

-Martes, por supuesto.

-Son preciosas. Me turban desde el primer momento en que las vi.

-Juntaremos los sobres, elegiremos  uno de cada color. Si te apetece y parece bien, nuestras caricias se centrarán en esa porción de nuestros cuerpos hasta que el deseo nos desborde. ¿Sí?

-¿Cuáles son los límites? –preguntó Samuel excitado como un adolescente.

-Nos limitaremos sólo a ese espacio de nuestro cuerpo, hasta que decida la pasión. El juego acabará con las últimas fotos.

-No te defraudaré. Eres toda preciosa- balbuceó y añadió “Tu idea es estupenda”.

-Te invito a vibrar con la imaginación. La verdad es que te noto ya muy cerca. Desnudo, proporcionado, libre de ropa. Me he dado cuenta que tu cuerpo es armonioso, tienes los brazos torneados pero sin exageración, el vientre liso, las rodillas finas y perfectas…

-Quiero empezar por tu ombligo- se atrevió a pedir

-Lo dejaremos al azar, anda… Te gustaré, estoy segura, pero esta vez iremos muy despacio y seguiremos las reglas acordadas.  Y, cuando nos despidamos hoy, nos quedaremos con un sobre que será la sorpresa de nuestra siguiente cita. ¿Colgamos?

Apenas un par de minutos después Samuel llamó al timbre, la abrazó y le retiró el móvil. Juntaron los sobres y extrajeron uno cada uno. Él vio su pecho y pensó en que hasta para eso había tenido suerte. Ella eligió  sus pies, menos afortunada aunque luego comprobaría que el placer también llegaría a ser intenso. Cuando alcanzaron el momento álgido se acoplaron como verdaderos amantes y la tierra tembló.

Vinieron más martes, más placer. Respetaban las reglas, se deseaban toda una semana y se volvían a rendir. Los meses pasaron rápidos y el juego en cada cita creció en intensidad.

Esta noche faltan unos minutos para que vuelva a empezar el rito y cobre vida el espacio común en sus  vidas, el que  ella ha diseñado con tanta delicadeza y que su amante ha colaborado en desarrollar con plena entrega. Como siempre Alicia está sola en casa, muy impaciente e ilusionada aunque una incógnita planea por su mente.  Esta vez se ha esmerado  en crear un ambiente especial y ya sólo le resta esperar esa dulce llamada. Volverá a ser una voz muy sensual y cálida pero mucho más segura y varonil que aquella primera vez. Culminará en éxtasis, cuando ella le abra la puerta y él le arrebate el teléfono.

Llega el flamante amante con quien se transporta con su amplia sonrisa a esa alfombra de pelo suave testigo del  amor de los martes. Se acomodan con ternura sobre los enormes cojines dispersos por el suelo y se acoplan,  esta vez,  sin dudar al  primer contacto.  Ruedan, gimen y se vuelven a entregar. Ella casi llora de placer cuando le comienza a besar el ombligo.

-¡Ah! ¡Se me olvidaba! -él interrumpe la acción por un momento y saca de su americana el sobre color crema. Introduce los dedos como suma delicadeza y extrae la foto de la semana.-  Es  el ombligo, de verdad.

Hoy  sí se trata de esa porción de piel entre el liso estómago y el leve vientre que atrapó una vez su mirada unas décimas de segundo, cuando aún no se había atrevido ni hablar con ella. Entonces no tuvo tiempo de averiguar ni la clase de piercing que lucía.  Ahora su ombligo lo conoce a la perfección y aún así le vuelve loco.

“Lástima –piensa ella- que no recuerde que es la última foto”.

http://www.youtube.com/watch?v=5EmUgm-xq6U

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8 comentarios to “ENTERO Y POR PARTES”

  1. ¡Genial Sole! Me ha encantado, otra forma de rebeldía, dentro de un fino erotismo.

    ¡Enhorabuena!

    Besos

  2. Me encanta, Sole. Es de lo mejor que te he leído. Mi más sincera enhorabuena.

  3. Brutal, chavala, que bueno! ¿has pensado hacer entregas por sobres y mandarselos a los fans del blog? Beso

  4. Hola, Sole. Está muy bien esto que has escrito, pero que muy bien. Sigue así. Un saludo.

  5. mmm!!! muy bien! siii!!!

  6. Muy bueno, consigues entretener en todo momento. Felicidadessss

  7. Entero y por partes, o lo que es lo mismo, lo mires por donde lo mires… ¡Genial, Sole!
    Besoooooo.

  8. Sole! Sole! =)

    ¡Qué maravilla! Un gusto leerte.

    Un abrazote.
    Muacks.

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