El Globo

Oh, no. Otra vez no. No hay peor sensación que la de ponerse delante del papel en blanco, y no saber qué escribir. Es una sensación de vacío, de impotencia ante la vacuidad absoluta del papel virgen, porque tu cerebro no quiere hacer una simple asociación sintáctica que tenga el mínimo sentido para empezar una historia. Lo llaman el “bloqueo del escritor”. Yo lo llamo la angustia del pretendiente a literato poco talentoso. No me imagino a Quevedo quedándose en blanco. Claro, él tenía talento. Tenía todo el talento, de hecho. Pero yo… Dioses… ¿Por qué es tan difícil? ¿Por qué esta sensación de inutilidad absoluta que te lleva a plantearte si no sería mejor dedicarse a la venta de seguros casa por casa o al cultivo del tomate temprano? Es desesperante. Y lo peor no es esta sensación; lo peor es el tiempo que empleas delante de la pantalla del ordenador, en tu escritorio, mirando al infinito por la ventana a ver si así consigues que las musas se fijen en ti y se decidan por fin a bajar en tu ayuda… Y no bajan. Y la desesperación crece, porque lo días pasan y el plazo para entregar cada día está más cerca. Y tú no tienes nada. Y eso te desespera aún más. Pero no puedes esquivar la típica pregunta “¿Qué, cómo lo llevas?” que te hace tu editor, momento en el cual pones tu más amplia sonrisa, te pones la careta marca “todo está muy bien” y sueltas un cínico “¡Uf, estoy trabajando muchísimo!”. En ese momento te sientes un absoluto miserable, porque estás engañando a alguien que es tu amigo. Pero ¿cómo le vas a decir que estás bloqueado? ¿Que tus ideas no sirven ni para hacer abono y que estás usando el material de los últimos dos meses para calzar un mueble cojo porque no sirve para otra cosa? No, tienes que darle una mínima esperanza, y de paso demostrarle que el primero que confía en ti eres tú mismo… aunque por dentro te sientas como un despojo literario inservible que sólo sabe copiar a los grandes… La última vez que me puse a escribir de carrerilla, me salió la Trilogía de Nueva York, de Paul Auster… Con la ley que le tengo yo a Auster… Así que aquí estoy, de nuevo, intentando estrujarme un poco las meninges para ver si soy capaz de escribir algo original.

 

Llevo una hora jugando con el gato y me he tomado dos tés y un par de cervezas. Nada, la musa debe estar en pleno atasco porque no llega. Creo que es el momento de recurrir a soluciones más “creativas”. He llamado a mi colega, el Pako, con k, para que me traiga material de ese que él y yo sabemos, a ver si así… Aunque personalmente me gusta mucho más rendirme a los encantos de María, la que da alegría, tampoco le hago ascos a esas cápsulas de pasta color chocolate que algunos moros traen en sus intestinos cuando cruzan el Estrecho. Esto tiene un problema añadido: soy fumador anónimo, es decir, me liberé de la nicotina hace más de cuatro años, y el hecho de tener que mezclar tan suculento producto con tabaco no me agrada lo más mínimo. Pero bueno, a falta de pan, buenas son tortas. El Pako es un tipo curioso. Lo conozco desde mi más tierna infancia, y desde entonces no le he visto trabajar en su vida. Es lo que se dice un tío sin oficio ni beneficio. Esto está muy bien, porque cuando te encuentras en un situación tipo “Houston, tenemos un problema” como es mi caso, le puedes llamar a cualquier hora del día o de la noche que siempre estará a tu disposición. Me ha dicho que está en casa en media hora, así que voy a aprovechar para poner un par de cervezas en el congelador. Qué menos que agasajarle con un cervecita y un porrete. Por las molestias.

 

Se ha puesto a llover. Maldito invierno raro que nos está haciendo. El Pako vendrá hecho unas sopas, habida cuenta de que se mueve por todas partes con un Vespino con más años que Sara Montiel y más remiendos que Cher… Suena el timbre. Efectivamente, el muchacho viene calado hasta los huesos. Como uno es precavido, ya había encendido el fuego de la chimenea y le tenía preparadas un par de toallas para que se secara. Tampoco es plan de que el chaval me pille una neumonía. “Hoy te traigo cosa rica, rica”, me dice. Menos mal, necesito algo que me permita romper este bloqueo de alguna manera. Necesito género del bueno, que me haga volar en clase bussiness un buen rato. A ver si así… “¿A cuánto la bellota, Pako?” “A sesenta euracos”. “¡No me jodas, tronco, que soy tu colega! ¿Tengo cara de guiri o qué?”. “No, tío, que la cosa está mu mal, que con la que está liá en Libia viene mu poco género, tronco, que los moros están mu cagaos… y encima m’han subío el petróleo, que la burri gasta mazo”. Me dice. “Venga, tío, si tu moto lleva mezcla de aceite y gasofa, qué me estás contando. Además, ¿qué coño tiene que ver Libia con Marruecos?…” “No sé, tío, yo te digo lo que me dicen los moros, tío…” Llegados a este punto, y teniendo en cuenta mi necesidad, claudico ante el claro abuso del que estoy siendo víctima. Maldito capitalismo… “Vale, tío. Venga, hazte un porro y lo probamos, a ver qué tal. Que la última vez que me dijiste que me traías buen género, terminó siendo corteza de árbol…” “Que no, tron, que esta es mierda de la guapa, mira cómo se deshace”, me dice mientras acerca un mechero a la punta de la bellota. El hachís burbujea desprendiendo un delicioso aroma que me confirma su excelente calidad. Esto promete.  “¿Quieres una birra, o prefieres un caldito?” le pregunto mostrando una sonrisa sarcástica. “¿Caldo? ¿M’has visto cara maruja o qué? ¡Anda y trae p’acá esa birri!” me replica. Ya sabía que me diría algo así. Lo más cerca que ha estado el Pako de algo sano es cuando le quita la lechuga a las hamburguesas.

 

Me siento en el sofá a su lado y dejo las cervezas en la mesita de delante. El Pako me pasa una trompeta gigantesca de papel de arroz y relleno de chocolate que humeaba como un sahumerio. Lo agarro, lo huelo bien, lo presiono un poco para confirmar que está bien liado y no me quedaré con la boquilla en los labios, y le doy una profunda calada. Es tan fuerte que noto cómo el humo me llega a las uñas de los pies. Me vienen unas ganas incontrolables de toser, señal inequívoca de que la mercancía es de una calidad excelente. “Esto promete” me digo a mí mismo. Cojo mi cerveza y me recuesto en el sofá. “Llevabas razón, Pako, es cosa rica, rica, tío”. “Pos claro, tron. ¿Ej que no te fías de tu colega o qué?”. Claro, cómo dudar del Pako… Le doy cuatro caladas más al porro y se lo paso. Me siento reconfortado, a gusto conmigo mismo y con mi situación. La sensación de vacío existencial ha desaparecido completamente, y sólo me interesa estar de risas con mi colega mientras me vienen a la mente las ideas más disparatadas. “Necesito otro porro” pienso. “Hazte un ‘triple choc’ Pako, que hoy necesito drogarme en condiciones” le digo. El Pako es un artista en esto del liado de porros. Es capaz de hacerse uno en cada mano a la vez, y su capacidad imaginativa es tan grande que se inventa las formas más inverosímiles de liar canutos. El “triple choc” es un artilugio que consta de un bolígrafo BIC Cristal al que le ha practicado dos agujeros en su cuerpo y ha fusionado otros dos bolígrafos calentando el plástico con un mechero, de tal manera que puedes fumarte tres porros a la vez. Debería patentarlo, se haría de oro. Pero no, el Pako es demasiado noblote para eso. Su máximo orgullo es ver a sus colegas en las fiestas usando su invento, como si de un arbolito en invierno se tratase. Dicho y hecho, el Pako ha tardado nada y menos en currarse tres trócolos e introducirlos en su artefacto festivo. Me siento como en una fiesta de cumpleaños, ante la tarta repleta de velas. Podría decir que hasta me siento feliz… “Haz los honores” Me dice el Pako. Sin pensarlo, agarro el “triple choc” y enciendo los tres canutos. Cuando me he cerciorado de que están bien encendidos, doy una amplia calada a pulmón. Me ha llegado hasta el alma. El efecto es inmediato, y comienzo a verlo todo en cámara lenta, con la imagen en movimiento superponiéndose una sobre otra, como si estuviera viendo fotografías superpuestas. La sensación de ligereza es enorme y me siento completamente libre de mis ataduras carnales. Soy volátil, liviano como una pluma mecida por la brisa. Lo necesitaba. Ahora puedo olvidarme de todo y sólo concentrarme en encontrar la inspiración para escribir. Me levanto del sofá con la sensación de que voy caminando con dos nubes en los pies por zapatillas, y me pongo delante del ordenador. Las palabras fluyen solas, con una conexión entre mis dedos y el teclado como jamás había tenido. Estoy escribiendo la mejor historia jamás contada, y soy consciente de ello. Los personajes me hablan desde la pantalla del ordenador, me piden que les dé vida y los nutra de experiencias, y yo obedezco. Sí, por esta historia ganaré el Nobel de Literatura y seré recordado para siempre, porque no habrá nadie que me pueda superar jamás. ¡Que tiemble Quevedo! El Pako viene desde el salón y me pregunta qué estoy haciendo, pero yo no puedo parar de escribir. “Hazte otro porro” le digo, y él obedientemente sigue mis dictados. La risa tonta dibujada en su cara, los ojos enrojecidos, me hacen soltar una gran carcajada. Seguro que yo tengo un aspecto parecido al suyo, incluyendo una mueca de velocidad producto del atracón creativo del que estoy siendo objeto. Por fin, termino el trabajo y me recuesto sobre la silla, satisfecho por haber acabado. Es el momento del volver al salón, aunque antes pasaré por la cocina y sacaré todo lo que tenga en la nevera para comer y para beber. Tengo la sensación de tener una lengua de esparto después de tanto porro, y no hay nada peor en este mundo que el hambre que te causa esta juerga. Me siento nuevamente en el sofá. El Pako está medio tumbado, y puedo advertir que bajo el pantalón de chándal se esconde una enorme erección. Eso me excita, aunque a ninguno de los dos nos gusten los tíos. “Oye, no tendrás una peli de guarrillas, ¿no?” Me pregunta. “Es que mira cómo m’he puesto”. “Ya te veo, ya”, le digo yo, mientras le dejo ver que yo me encuentro en la misma situación que él. El Pako me mira con sonrisa picarona y se me acerca. No sería la primera vez que nos lo montamos, pero esto es otra historia y debe ser contada en otro momento.

 

“¡Riiiiiiiiiing!” Maldito despertador… ¡Dioses, vaya resaca! Al incorporarme veo al Pako durmiendo a mi lado. Ni se inmuta, el tío. Me levanto con la sensación de haber comido cemento durante toda la noche, y me voy a la ducha. Cuando por fin me veo al espejo y puedo deducir que lo que se refleja parece una persona, me dirijo a la cocina a preparar café. A los dos nos hará falta después de la fiesta de anoche. Me siento realizado, porque ayer por fin pude acabar mi trabajo, lo que me deja tiempo libre para holgazanear todo lo que quiera, y tengo al compañero perfecto para esos menesteres. Me dirijo al despacho a revisar lo escrito la noche anterior. Cuando entro en la sala, noto cómo el corazón se me para: el ordenador está apagado, y no recuerdo haber guardado el archivo. Mi pulso cardíaco aumenta vertiginosamente. “¡Vamos, enciéndete, máquina inútil!” pienso, durante el tiempo en que el ordenador se carga. Abro la carpeta de “mis documentos”, pero no encuentro el texto. De repente me entran ganas de tirarme por la ventana. “¡¿Cómo me ha podido ocurrir esto?!” me repito constantemente, caminando de un lado a otro de la sala. Como en tantas otras ocasiones, seguro que por la noche sufrimos un microcorte de luz, y el ordenador se apagó sin haber guardado el borrador. Mientras decido de qué forma voy a poner fin a mi vida por haber sido tan estúpido, suena el teléfono. “Sí…” contesto. “Buenos días, hombre .Vaya resacón que se te nota, eh?” replica mi editor al otro lado del teléfono. “¿Qué, cómo llevas el trabajo?” me pregunta, lo que produce que inmediatamente me despeje mientras le suelto mi consabido y cínico “¡Uf, estoy trabajando muchísimo!”. “Me alegra oír eso. Ya sabes que el plazo de entrega está cercano”. “Sí, sí, lo sé. No te preocupes, que tendrás tu novela”, le digo. Al colgar el teléfono, me invade una sensación parecida a la que debe sentir el reo de muerte, y me siento raudo en el escritorio a intentar recuperar algo. En la carpeta “documentos recientes” encuentro el primer borrador con las primeras notas de la noche. “No está todo perdido”, pienso, e intento recordar algo de lo que escribí, pero lo recuerdo todo entre nebulosas que me impiden ver las cosas con claridad. “Esto sólo puede arreglarse de una manera”, pienso, mientras grito desde la sala “¡Pako, hazte un porro! ¡Houston, tenemos un problema!”.

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9 comentarios to “El Globo”

  1. ¡Muy bien Rhay! si ya nos tienes acostumbrados a tus dotes poéticas, en prosa que te voy a decir compañero. Pues más de lo mismo, quien es artista lo es en todas las facetas.

    Por cierto, el Pako es un figura jajaja.

    Besos

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