El Domingo: de Gloria.

Como todos los años nos enredamos a preparar esas fantásticas vacaciones de Semana Santa. Parece que con los años no aprendemos, ni siquiera a hacer el equipaje para cuatro días de mierda, y como de costumbre, había que buscar el sol, así que, qué mejor que Nerja donde casi una de cada cinco urbanizaciones tiene que ver algo con aquel verano azul.

Ni que decir tiene que cuando empezamos a hacer el equipaje nos encontramos con que entre esto por si hace frío, esto por si hace calor, la sombrilla, la tumbona y cuatro trastos más, casi no cabemos en el coche los cuatro que íbamos. Y el viaje comenzó de puta madre, todos de buen rollito, con el loro a todo trapo cantando el “Highway to Hell”… hasta llegar a Aranjuez. Ahí comenzó el atasco, e incluso algún que otro mal rollo.
-¡Venga tío, hazte un canutito!
-Troncos, no me fuméis en el coche…
-Va tío, ¿y que hacemos? ¿Nos bajamos? ¡Esto está parao!
-¡Que no tío, que te digo que te esperes!
-Amos, ¡ni que fueses de la municipal, chaval! Venga, y dale unas calaítas.
-¿Vas a conducir tú luego?
-No
-Pues entonces cabrón, apaga ese canuto…
Parecía que la cosa iba andando, pero cuando no era lo de fumar era lo de mear, y la caravana impresionante. En nueve horas logramos llegar a destino: VERANO AZUL… Bueno, era de noche, pero aquello parecía más bien gris, caían chuzos de punta y el fantástico apartamento para cuatro personas solo tenía una cama de matrimonio y un sofá que parecía un catre. Pero ¡al mal tiempo buena cara! Total, llevábamos una botella de Pampero en la mochila, y ahora ya sí, podíamos fumar incluso canutos. ¿Quién pensaba en irse a dormir?
La moña fue tan brutal, que entre ella y el cansancio hicieron que no despertásemos hasta las ocho de la tarde. Día perdido. Parecía que había estado lloviendo todo el día, eso nos consoló, después de todo a la playa tampoco hubiésemos podido ir.
Decidimos salir un rato de garitos, ir a cenar, que el estómago hacía estragos. Dos de cada tres bares estaban cerrados, sí, de los bares de toda la vida. Los del turisteo estaban todos abiertos… ¡pero eso es una clavada!
-¡Joer macho! ¡Qué pasote! ¡Ración de pulpo 25 pavos!
-Venga, ya sabes a qué se viene en vacaciones, a descansar y a gastar pasta…
No quise decir nada para no irritar más a mis colegas, que supongo que no decían nada por no irritarme a mí: el plato estaba claro que estaba, el pulpo había que buscarlo entre las patatas.
Cuando pedíamos la cuenta, mejor no acordarme del total por cuatro cervezas, el pulpo escondido entre las patatas, y unos mejillones duros como una piedra, vimos el primer relámpago, acto seguido el trueno y de repente el diluvio… Salimos corriendo para el apartamento, cualquiera salía otra vez con la que estaba cayendo, así que nos tomamos un pelotazo en casa para pulir del todo la botella de ron, un par de canutos y con un mañana será otro día nos fuimos a acostar, a intentar dormir.

Por la mañana, seguía lloviendo, y aunque el día anterior no lo habíamos notado por el pedal que nos habíamos pillado, esas camas no había quien las aguantase, el que no tenía el cuello partido, tenía los riñones hechos polvo.

-¡Joder, vaya una mierda!
-Pff, pues sí.
-Bueno, al menos hoy abren el Mercadona de abajo. ¿Hacemos una comprita? Porque el día no está como para salir…
-Mañana habrá que irse prontito, porque para no poder hacer nada, al menos nos evitamos la caravana, ¿no?
Todos estuvimos de acuerdo.

Y así transcurrió el sábado, a base de delicatessen del Mercadona, cerveza Estrella de Levante y una nueva botella de ron, que nos ayudó a volver a dormir sin pensar en el colchón,ni la almohada ni el sofá durante la noche del sábado.

El domingo, para nuestra sorpresa, amaneció soleado, un sol de verano. Salimos a pasear un poco por el pueblo antes de marchar. Incluso vimos ambiente y una procesión, aunque por las caras daba la impresión de que hasta los más fervientes seguidores de la tradición estaban bastante hasta los cojones, quizá del tiempo o quizá de la propia tradición.

Nos tomamos un par de cañas, y de vuelta para Madrid, mientras en el coche sonaba Extremoduro y cantábamos desafinando todo lo que podíamos, pero eso sí, ni por esas llovió, el domingo un sol espléndido… Yo sólo pensaba en casa. Llegar a casa cuanto antes. Este domingo iba a ser de Gloria, que seguro que me estaba esperando en casa con los brazos abiertos, y a la que tenía unas ganas de pillar por banda que te pasas. Un par de caricias suyas resucitan a un muerto cualquier día de la semana. También recordé por qué no había salido en Semana Santa los últimos dos años. Todos los años lo mismo, un tiempo de mierda, caravana, y una pasta gansa para hacer lo mismo que podrías haber hecho en tu propia casa.
Una vez en casa, el polvo fue memorable.
El año que viene esto no se repite, ni de coña, pienso pasar la Semana Santa en casa, con ella, que todos los días sean de Gloria (y seguro que le da al sol por salir).

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8 comentarios to “El Domingo: de Gloria.”

  1. Pues sí, que sería de la Semana Santa sin los viajes o los atascos. La otra cara de la moneda.

    Un broche final perfecto para una semana intensa.

    Besos

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