EMPAPELADOS PARA SIEMPRE

La multa número quinientos veinticinco, la segunda de la semana, la octava del mes. Las cuenta todas porque son su juego, nacido de su adicción hacia ella, el motivo por el que había perdido la cordura, la razón para salir antes de su casa y ahora su alegría de vivir.

Desde que la cirugía le liberó de las dioptrías, va ya para dos años, él no había considerado nada más bonito que admirar que la figura de aquella señora en acto de servicio. Por eso llegaron las multas, los papelitos, las notificaciones, los burofax, el desahucio … la ruina  absoluta.

El percance que le cambiaría la vida se debió al azar. Había decidido volver a conducir, recuperado de la vista y tras varias lecturas sobre autoestima, meticulosos ejercicios de relajación y un buen desayuno, decidió sacar el coche del garaje. Habían pasado varios años desde que comenzaron a llamarle El Lince, por eso, tras el esfuerzo de alcanzar con suma torpeza la calle decidió limitarse a dar unas vueltas por el barrio. No sabía que nunca alcanzaría la autovía ni la carretera general.

Aún con los brazos tensos, el cuello erguido, y las manos sudorosas llegó al cruce del colegio en su flamante Opel. Eran las nueve y media de la mañana, los chiquillos y algunos adultos también se disponían a cruzar la calle. Entonces la vio a ella y sintió una punzada en el corazón,” un flechazo como dirían los románticos, un fuego en el pecho y hasta en la entrepierna” anotaría  él en su diario.

Habían cruzado ya los últimos escolares, hasta los más rezagados y El Lince seguía anclado ante el paso de peatones. Ni siquiera el claxon del vehículo que aguardaba detrás le sacó de su ensimismamiento. Tuvo que ser aquella mujer, la que se acercó  para saludarle,  la que le devolviera sensaciones olvidadas y hasta inimaginables.

-¿Se encuentra usted bien?

-Muy bien, fenomenal, creo que nunca me he sentido mejor.

-Estupendo-contestó ella- entonces prosiga, por favor.

Pero él no se inmutó, no se movió de allí hasta que el personal de Protección Civil logró sacarle del trance.

Al día siguiente, El Lince volvió a merodear alrededor del mismo colegio, a la misma hora, esta vez era un agente municipal con bigote quien controlaba el tráfico. No se rindió ante esa primera decepción, dio unas vueltas más por la manzana del recinto escolar y ya casi desilusionado decidió aparcar ante la farmacia.

Al volver a la calle vio el primer papel de su nueva etapa en el parabrisas, no era una multa pero sí un aviso por estacionamiento indebido. No había reparado en el vado de aquella casa y no tuvo tiempo de cavilar más, el rostro se le volvió a enrojecer. Al girar la cabeza la misma señora estaba allí a unos metros, justo cuando se disponía a entrar en un coche. Le gritó, agitó los brazos con énfasis pero no hubo tiempo de que le escuchara, quizás ni le viera a pesar de tanto aspaviento. Entonces sí que se bloqueó hasta que, de nuevo, los chicos de Protección Civil acudieron en su ayuda. Esta vez con ellos acudió una patrulla policial, formada por dos agentes jóvenes que – los muy descarados, escribiría El Lince,- no lograron controlar la risa.

“De haber sido ella, se me habría vuelto a iluminar el cerebro y encendido el cuerpo allí mismo” añade El Lince, en el cuaderno sobre la mesita de su celda. Y es que la ex – agente municipal, Luisa Fernanda, había salido de aquella calle hacia el polígono industrial como muchos otros días fuera de servicio pero con mucha prisa, para entregar más papeles a los desalmados que aparcan en sitios indebidos o para alertar de los peligros a las muchachas apostadas en las rotondas.

Luisa Fernanda siempre había demostrado excesivo celo en exigir el cumplimiento del deber hasta que se llegó a convertir en obsesiva e incómoda para sus compañeros policías. Por eso, con un homenaje por su honorable expediente la despidieron antes de tiempo entre vítores y aplausos. No obstante, todo parecía irle bien hasta que a un edil se le ocurrió, implantar un servicio de mayores voluntarios para custodiar los pasos de peatones. Allá que fue ella entonces con su renovado ímpetu cívico.

Transcurrieron los días y El Lince y la voluntariosa Luisa Fernanda se volvieron a cruzar por el pueblo madrileño de Getafe. Las aglomeraciones de coches, caravanas a horas punta, quebraderos de cabeza y el caos circulatorio general que ambos provocaron, llevaron a las autoridades a adoptar medidas drásticas contra los dos.

Por eso Manuel Moreno, el Lince, empapela ahora las paredes de su celda con papelitos escritos por Luisa Fernanda. Escribe en su pequeña mesita “Hoy ha sido otro día glorioso para mí, ella me ha impuesto una nueva sanción por no devolver a tiempo el libro a la Biblioteca. Esta tarde iremos juntos al Salón de Actos y quién sabe si por buena conducta, obtendremos hasta el permiso para empapelarnos juntos”

http://www.youtube.com/watch?v=YXL-n6MxANg

Anuncios

5 comentarios to “EMPAPELADOS PARA SIEMPRE”

  1. JAJAJAJAJAJA!

    LO QUE ME HE DIVERTIDO !

    Entonces la vio a ella y sintió una punzada en el corazón,” un flechazo como dirían los románticos, un fuego en el pecho y hasta en la entrepierna” anotaría él en su diario.

    JAJAJAJAJAJA!

    La verdad es que tienes un estilazo, y el último párrafo genial, …delirante!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: