FITO

Adela y Román formaban la típica pareja de clase media, 5 años de noviazgo, pisito de 3 habitaciones en un barrio en construcción de las afueras y una única meta, vivir tranquilamente sin sobresaltos.
Él trabajaba en una fábrica como supervisor de maquinaria, ella se dedicaba a sus labores.
Cuando llegó Adolfito, su alegría era patente, el primer niño en la familia, el primer hijo, el primer nieto, el primero en todo.
Los primeros meses fueron normales, Fito comía, dormía y era el bebé deseado por todos los padres, jamás lloraba, nunca dio una mala noche, era el bebé perfecto.
Fue más o menos a los cuatro meses cuando doña Pilar, la madre de Román, se trasladó a vivir con ellos una temporada. La pobre mujer sufrió una caída que le había roto la cadera, así que decidieron entre todos que estaría mejor acompañada.
Doña Pilar solo había tenido un hijo, pero había cuidado y criado a la mitad de las criaturas del pueblo, sabía más que cualquier madre o abuela normal sobre el desarrollo de los niños, sería de gran ayuda con Fito.
Mientras le preparaban una habitación para ella, la instalaron en el cuarto del niño.
Adela andaba nerviosa por el piso, preocupada por tenerlo todo impecable, por que su suegra no la viera quieta, desviviéndose por atenderla en su afán de demostrarle que era la nuera perfecta.
Román estaba feliz, ver a su madre allí, con su nieto en brazos cantándole las nanas que tantas veces había oído en su niñez, su querida mujercita tan hacendosa, tan complaciente, siempre perfecta, sonriente y servicial. ¿Qué más se podía pedir a la vida?._Adela querida, ¿has llevado a Fito al médico últimamente?._¿Al médico?, no veo porqué, está bien, nunca ha estado enfermo, come y duerme como un bendito, ¿para qué quiere que le vean doña Pilar?.

_No, no está bien, este niño no es normal, este niño es retrasado o algo le pasa, no llora, no se queja, no sonríe.

_¡Retrasado! ¿como puede usted decir que Fito es retrasado?, es un niño bueno, eso es todo.

Adela no sabía si llorar o reirse de aquella vieja chocha, su hijo era completamente normal, no tenía aquellos rasgos característicos de los retrasados, su suegra estaba senil, eso era, lo hablaría con su marido en cuanto llegase del trabajo.

_Román, espera, no entres todavía al salón, hemos de hablar, tu madre está senil, te aviso, ha empezado a decir tonterías sin sentido.

_¿Pero que dices, qué ha pasado?

_Dice que Fito es retrasado, que lo llevemos al médico. Ay Señor, menuda nos ha caído como empiece a desvariar con cosas así. Yo aprecio mucho a tu madre, pero no sé si seré capaz de ocuparme del niño y de una vieja loca.

_Primero, mi madre no está loca y tampoco es tan vieja. Si dice que el niño no está bien es porque algo le ha visto, piensa que ella sabe mucho de niños, mañana mismo llevamos al crío a que lo miren.

_¿Tú también vas a empezar con lo mismo? Te fías mas de tu madre que de mí, te digo que al niño no le pasa nada, lo que ocurre es que tu madre tiene que mandar, eso es lo que pasa, quiere hacerse notar, meter cizaña. Ya sabía yo que hacíamos mal en meterla en casa, ya me lo decían las vecinas: uf, la suegra en casa, se acabó la tranquilidad, no hay una buena. Y tenían razón por lo que veo.
Al entrar en el salón, Román observó a su madre sin decir palabra, no quería discusiones familiares, no le diría nada delante de Adela, nunca la había visto alterada de aquella forma, lo mejor era abordar el tema a solas, preguntarle qué notaba en su hijo y meditar.
Eso sí, la visita al médico no estaría de mas, aunque fuese solo para una simple revisión, preguntaría a sus compañeros, seguro que alguno le daría el nombre de un buen doctor de pago, no pensaba hacer miramientos con el dinero tratandose de la salud de su hijo.

Cuando llegó el domingo, tres días después, aún nadie había mencionado el tema, aunque notaba por las miradas de su madre, que sabía que Adela le había hablado, Román esperaba que fuese ella la que le explicara como siempre, con calma, como veía la situación. La tranquilizaría diciendole que ya tenía hora con un buen profesional y que no se preocupara por la nuera, ya se le pasaría. Era madre novata y a la vista estaba que no aceptaba que su hijo pudiese tener algún defecto. Su madre lo entendería.
Mientras tanto él estaba mas pendiente que nunca de Fito, le miraba, le hablaba, le hacía carantoñas, cosquillas y todo lo que no solía hacer.
Algo no estaba bien, o eso, o las palabras de su madre le habían condicionado para ver cosas raras, pero el niño no reaccionaba ante los estímulos, se limitaba a mirarlo fijamente, serio, sin una triste señal de reconocimiento. Su expresión no cambiaba ante las palabras cariñosas, temió que fuera sordo, ciego, o sabe dios qué. Su desasosiego iba en aumento y sin darse cuenta su rechazo a aquella criatura también. Se sentía culpable al notar que cada vez que lo miraba, un escalofrío le recorría el espinazo.
Era cierto, su hijo no era normal, su orgullo de padre tirado por los suelos, pisoteado.
¿Cómo iba a salir a la calle con un hijo retrasado?, ¡que vergüenza!.
Y su mujer, mimando cada día mas a aquel trozo de carne sin sentimientos, tejiendole trajecitos para lucirlo ante las vecinas.

Las palabras del médico retumbaban en su mente como martillazos en una chapa, autismo, así había llamado a la enfermedad de su hijo, ¿es retrasado Dr? Había preguntado él. No, no es retrasado, su hijo es autista, pero no quiere decir que sea retrasado mental, aunque en algunos niños se combinan las dos cosas.

_Y el tratamiento es costoso supongo.

_Me temo que no existe tratamiento alguno de momento, es una enfermedad que hace poco que se estudia, lo que si sabemos es que existen grados de autismo, hay que esperar y ver como evoluciona, algunos pueden llegar a tener una vida casi normal.
Solo el tiempo nos dirá qué cuidados necesitará. Lo siento, paciencia y entereza es lo único que puedo recomendar.

Adela se deshacía en llanto mientras abrazaba a su hijo con fuerza.
Román no se atrevía a mirarlos, conducía mecánicamente hasta casa, con la mente en blanco, no quería pensar, no podía entender.

Doña Pilar esperaba tranquila en su sillón, cuando recibió la noticia su semblante no cambió, solo movió la cabeza en señal de afirmación, como diciendo, ya lo sabía.
Al mirar a su nuera su cara cambió, una sonrisa amistosa asomó y tendiendo los brazos reclamó al niño.
Adela se arrodilló junto a ella y lloró suavemente en su regazo mientras su suegra le acariciaba el pelo.

Miró a su hijo fijamente y cambiando su plácida sonrisa por una expresión severa le dijo:

_Nosotras nos ocuparemos, pero tú, procura que nada les falte a tu mujer y a tu hijo.

Román recogió las cuatro cosas que le cabían en la maleta, sin decir nada, sin volver la vista hacia las dos mujeres abrazadas, salió de la casa para nunca volver.

Cambió de trabajo y de cuidad, jamás abrió las cartas que Adela le enviaba.
Religiosamente mandaba cada mes las tres cuartas partes de su sueldo y malvivía con el resto.
No supo de la muerte de su madre, aunque por los años transcurridos suponía que la pobre ya estaría allá donde fuesen las personas buenas.

El mismo día de su jubilación, recibió una visita. Abrió la puerta, un hombre bien vestido y con semblante serio le tendía una carta.
_Mamá ha muerto y estoy solo, aquí tienes las instrucciones.

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9 comentarios to “FITO”

  1. Buenos días. Me encanta esta historia con personajes tan entrañables y creíbles. Muy buen relato.Un abrazo

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