EL PUPITRE QUE MATA


-Ahora te toca a ti.
-No me  creo   que   ya,   por fin,   esté en  la clase de conducir.
-Ya -contesta el profesor-, pero  atenta, recuerda que aquí el  pupitre se mueve.
-Desde luego que no es una clase más.  Punto muerto, primera,  punto muerto,  primeeera ... así una y otra vez . Dar la vuelta en segunda  a toda la  explanada   y después de apenas trescientos metros, volver a empezar. Me gustaría que nunca acabara el tiovivo éste pero ya está ¿no?

-Sí  señorita. Se ha ido la hora. No está mal para ser el primer día.  Pero recordad  que…
– Ya,  el pupitre se mueve- le contesta en tono sobrado Alberto.
– Bueno, digamos que es además una máquina de matar. Joven, hay que estar  siempre atento y nada de arrumacos al volante cuando estéis en el coche de papá. ¿Entendido?
-¡Qué tengáis un buen día, pareja!-concluye   el viejo profesor de autoescuela  mientras se dirige al encuentro del siguiente alumno.
-¿Has oído? La verdad es que contigo pasaría muchas  más tardes si no fueras tan áspera, Paula. Aunque me rebote y me vuelva al centro  antes de lo previsto . Cuando llego a mi casa,  o  me paro en el  barrio  te echo de  menos y a menudo  me pregunto ¿qué hago allí?

– Pues vivir, disfrutar… quién pudiera también,  no sentirse  tan alejada en este rincón  protegida, tan selecto.

– Ya, pero  estoy  bien  contigo, me gusta discutir , reir,  zamparme  tu clase de  conducir como hoy  o  lanzarnos los libros a la cabeza como ayer.
-Venga, deja el temita que me llegaste a asustar.

-Y sigues sin querer   pasar una noche conmigo entera, de fiesta por ahí a lo que surja, ¿verdad? Luego apareces en la facultad con ese  novio que  más le valdría oler  a chamusquina de contenedor quemado.

-Déjalo ya, jovar, no me agarres.
-No me da la gana, ¿qué pasa? Rectifico, estoy hasta los cojones. Me largo.
-Este tío es  imbécil. ¿Plantada, otra vez? … ¡Eres la ostia!

-¡Mañana no vengo!

– ¡Ni falta que  hace!

-¡Cuidado con el coche! ¡¡Recuerda  que es un pupitre que se puede caeeerr!!
-No me lo puedo creer. ¿Otra vez lo mismo?  ¡Y se va de verdad!  “¡Estás colgado, tío!” – le grito con todas mis fuerzas.

Creo que ahora, incluso sin verle, me vuelvo a sentir subordinada… “Es muy guapo,  sí, pero muy loco,  déspota, como una cabra, y yo también”. Suspiro. Tengo ganas de llorar, de rabia,  vuelvo a escribir en mi diario por pura  impotencia. Creo  que ensucio  a  los que me rodean; él  no volverá y  ni siquiera me asaltan  ya  las lágrimas.

Diez años después        

Recibí una llamada con el mismo timbre, único, voz de dulce acento y como diez años antes  tan vulgar .  Llegé a buscarle en un tiempo récord y le encontré con idéntica  sonrisa ladeada, unas pocas entradas  y  un despeinado igual de cuidado.   Celebró volver a escuchar “Entre dos aguas”, me besó  y me estremecí. Sin embargo, al poco rato me di cuenta que nada transcurría  como yo había planeado.

La cena quedó en unas tapas, no le gustó el restaurante que elegí..  Las copas del bar de moda las sustituimos  por un  sólo rioja, en una cutre tasca, y presentí  que las risas  se limitarían  a tres cuartos  de hora, el tiempo que en coche nos separaría  de su hotel. Aún así estaba emocionada, me costaba  conducir. Intenté  sortear el tráfico, mientras temblaba  de placer, hasta que, de pronto, un puñetazo me cortó  todo el  retroceso a  mi adolescencia.

Alberto golpeó el salpicadero de mi Audi.  Bajó de un zarpazo el cristal de su  ventanilla y saludó  a voces  a un chico de aspecto cohibido y  cara  de bueno.

-Ostias, perdona, pero tenía que verle-se excusó-  Me bajo,  me tengo que ir.

No sé cuántas imágenes horribles pasarían   por mi cabeza en ese momento.  Recuerdo que  le insulté, al principio sin soltar el volante, en un intento  por  sujetar mi ira  aunque  fue del todo inútil. Monté en cólera, di  marcha atrás  furiosa para cambiar de sentido o sin intención de parar, a saber, el caso es que  no frené  en seco hasta  escuchar un grito desgarrador.

Quizás esa vez sí volvió al menos a decir  ¡adiós!. ¡Dios mío! Sé que  imploré   y recé con desesperación.  También sé ahora que  vi  a su amigo con cara descompuesta, se  agarraba la cabeza;  y  le divisé a él, tendido, con los ojos cerrados. Me contaron que  después perdí el conocimiento y un anónimo samaritano se ocupó de llamar a la ambulancia, aparcar mi coche y hacer llegar las llaves al buzón de mi domicilio. Sin embargo todos me insistieron   después que en ese punto exacto, de la calle Juan Bravo, no había nadie más. Y yo, de todo aquello,  durante muchos años  y largas horas de diván , he sido  sólo verdaderamente consciente de que desperté   en una gran cama , algo  incorporada ,y  con mi madre plantada allí  tan agria y  envejecida. Tuvieron que llegar  hasta las broncas más duras  para que mi ex-marido  me confesara  que  en esa primera noche de hospital, antes de entrar en el  coma profundo,  intenté  con desesperación  saber de un tipo llamado Alberto.

No obstante  cuando llegué a   despertar  de mis  días de ausencia   y tras  recibir el alta  médica ,   sólo impresiones o imágenes borrosas  me llevaron inútilmente a cambiar el hospital por la hemeroteca. Busqué  sus iniciales A.P.P. en todos los sucesos de periódicos atrasados. Desde la redacción de mi revista,  incorporada ya a la rutina,  llegué a insistir en que me informaran de un atestado que tuvo que ser redactado en mi terrible noche. Agoté la paciencia de  dos señoritas y  otro caballero menos  servicial . No obtuve rastro alguno que seguir.  Me sumí en la desolación hasta incluso pasada mi  luna de miel, quizás hasta hoy  que decido a anotar  de nuevo en mi diario.

Veinte  años después.

Me acomodo casi siempre en este viejo sillón, al acabar el día, desde que me separé de mi última pareja, en mi rincón preferido. Sobre todo tras una jornada de  actividad frenética  y gente mediocre como hoy , con sonrisas falsas y lenguas torpes. Y es que hoy me han superado las imágenes azules, las gaviotas que amenazaban con salpicar cagarrutas y ese intenso olor a chorizo  de buen corte, chaquetas a medida y pantalones de rayas marcadas. Ahora  así tumbada y pies en alto, abro otro periódico , el único que hoy me faltaba  para regocijarme con un titular  que  me impacta. ”El pupitre que mata”. No me lo puedo creer. Un respingo me hace saltar. 

“El pupitre que mata” ¿Cuánto tiempo hacía que no había vuelto a oír esa expresión? Me vuelvo a sentar y respiro hondo como en clase de  Pilates. Me obligo a  saborear los últimos tragos de un té, pero algo me enciende, me vuelvo a aturdir e inevitablemente me  emociono. Compruebo la firma y  ya no me cabe la menor duda. Entonces me rindo y abordo la lectura de la columna  de este 23 de mayo despacio, con lágrimas en los ojos, provocando borrones en la tinta porque la angustia  contenida durante  años salta ahora sin control. Siento a la vez que crece en mí una nueva actitud capaz de devolverme esa  parcela de felicidad, esa tan escasa  que sólo el partido y en  ciertos momentos  escasos,  de mi vida, he sido  capaz de retener.

     “Se acercan  las vacaciones y  con ellas las estampidas a las carreteras. La Dirección General de Tráfico vuelve a la carga con spots  impactantes, tragedias  y desgracias que hasta mí- que voy de duro- me  raspan  las entrañas… “

Los escalofríos ya no cesan de recorrerme la espalda. Está vivo…siempre lo ha estado.  Veinte años engañada conmigo misma,  convencida  de que jamás podría volver  a leer tus palabras…escuchar tu voz. No consigo sujetar las pulsaciones pero  a la vez pienso que debo quererme. No debo  subir de nuevo a aquella noria. ¿O sí? Devoro tus palabras.

      “Una familia de riguroso luto llora la pérdida de una de sus mujeres. Ella podía haberles dejado  por una enfermedad degenerativa  pero no fue  ese el caso. Un conductor bajo los efectos del alcohol la destrozó el cráneo. Los personajes del anuncio son actores pero sabemos que eso ocurre en la vida real. No olvidemos nunca que el  coche es como un arma.  Decía un viejo profesor de autoescuela que en sus clases el pupitre se movía y que incluso  éste podía matar”. A.P.P.

5 comentarios to “EL PUPITRE QUE MATA”

  1. Interesante relato, Sole, como siempre no nos dejas indiferentes. Curiosa esa visión de ver un coche como un pupitre que mata.

    ¡Enhorabuena!

    Besazos

  2. Me gustó mucho tu texto y el video que lo acompaña.
    ” Se me olvidó que te olvidé… y nada se me olvida”.
    Enhorabuena, Sole.
    Mil besos y sigue, sigue, que me resultan muy interesantes tus relatos.

  3. Definitivamente un gran relato. Felicidades Sole =)

    Lametorros.

  4. Ricardo Corazón de León Says:

    Hay que ver con lo sórdidos y vulgares que resultan esos spots de prevención de accidentes de tráfico, como has logrado que el más vulgar se convierta en un relato hermoso e interesante que a todo el mundo toca y emociona.
    Mi enhorabuena.
    Jamás en mi vida podría haber hecho un relato con un anuncio de la D.G.T., jajajajaja…

  5. Hola compañeros, gracias por vuestras palabras. Me da gusto que alguien me haya leído pero si encima me regala una agradable opinión quien no conozco…Porque no te conozco, Ricardo, no?? Ahora me dices que te debo dinero y me has “matao” Salud !!

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