PABLITO CLAVÓ UN CLAVITO

En el difícil y comprometedor momento del reparto de habilidades y virtudes, el Todopoderoso decidió que yo no era merecedor de disfrutar de la facilidad de palabra de mamá y, sin mi consentimiento, dio mi ración de locuacidad a Lola, mi hermana gemela, dejándome en una evidente situación de desigualdad… ¡Qué injusticia! Aquello me marcaría para siempre. A cambio –supongo que por compensar de alguna manera semejante error- me dotó de una sensibilidad fuera de lo común para expresarme a través de las manos y orientó mis intereses hacia el arte.

Mi andadura por el mundo de las sensaciones comenzó, siendo yo todavía un niño, en el variopinto taller que utilizaba mi querido padre. Allí, entre tablones y clavos, me sentía feliz. Él siempre estuvo a mi lado, apoyándome en todo. Con él no me trababa. Jamás. Tal vez porque en muchas ocasiones, las palabras entre nosotros sobraban y, con una simple mirada nos comunicábamos; algo que nunca ocurría ni cuando estaba con mamá ni cuando estaba con Lola. Ellas no me entendían. No nos entendían a ninguno de los dos. Recuerdo que por aquel entonces llegué a pensar que el problema radicaba en que ellas eran mujeres y nosotros hombres… Simplista conclusión.

Ya en el colegio comencé a hacer rudimentarios bocetos en los que plasmaba mi complejo mundo interior. No me interesaba nada de lo que procuraba enseñarme, unas veces por las buenas y otras a base de cocas y cachetes, sor Ángeles. Los estudios me aburrían soberanamente y, Luisita “la sabelotodo”, mi insufrible compañera, contribuía a que aquel rechazo fuese en aumento. Todavía me pregunto cómo es posible albergar tanta impertinencia en un metro veintidós centímetros de estatura…También me pregunto cómo es posible que, con tan solo quince años, Cristina estuviese tan buena. Esa muchacha me gustó de verdad y todavía no logro entender porqué no me aceptó como novio; con lo que le entusiasmó el ramo de flores silvestres que le preparé con mis propias manos…¿Tal vez fuese porque esperaba escuchar un “Te amo” que jamás salió de mi boca pero que explotaba dentro de mi corazón?

Papá, gran observador y estupendo psicólogo sin carrera, siempre tuvo claro que mi futuro no pasaba por ir a la universidad pero mamá… Uff, ella esperaba mucho de Lola y demasiado de alguien con mis limitaciones.“De vosotros dos, lo quiero y lo espero todo”– Se apresuraba a decirnos para referirse a que la ilusión de su vida pasaba por ver a sus gemelos con ese título de Periodismo que ella no puedo alcanzar por circunstancias de la vida.

Fueron muchas las tardes que pasé ensayando en el taller y mamá vio con profunda tristeza – lo sé…siempre lo supe- como su sueño y sus planes para mí se desvanecían poco a poco. A golpe de martillo, hacía y deshacía cada obra hasta conseguir transmitir lo que tenía o en la mente o en el corazón. Y así, me convertí en un trabajador incansable que no tenía amigos; tampoco los necesitaba, la verdad. Mi vida social se fue reduciendo a medida que la de mi hermana Lola, sospechosamente, se ampliaba. Para todos yo era el raro de la familia, el artesano medio tartamudo; ella era la válida, la inteligente. La realidad es que mi gemela era lista, muy lista y, fundamentalmente, habilidosa para relacionarse, tanto en la calle como en la facultad, con todo aquel que le aportase algún beneficio presente o futuro. Gracias a Patty, cuarentona con la que me desfogaba de cuando en cuando, me enteré de que mi gemela se relacionaba también en un local próximo a “Dama´S” ,varias tardes por semana, y de que “era buena”. Ella siempre fue buena en todo lo que se propuso, pensé. Nunca dije nada a nadie acerca de mi “descubrimiento”. Ya de niña, Lola, embaucaba a todos. Tenía salero para ganarse a la gente. Yo no. Creo que nunca sentí envidia por sus logros, pero también es cierto que su forma de conseguir las cosas siempre me resultó repulsiva.

Ahora, contemplando con orgullo mi última obra, sé que éste es el trabajo que mejor refleja mi difícil relación con el sexo femenino.

Cada clavo tiene el nombre de todas aquellas mujeres que, de una u otra manera, han marcado mi vida: Laura- esa madre que siempre espera lo que ella considera mejor para sus retoños-, Sor Ángeles- piadosa con los que menos lo necesitaban-, Luisa- mi impertinente compañera de pupitre en infantil-, Cristina- ese primer amor de juventud no correspondido, que tanto duele y nunca se olvida-, Patty – puta de poco corazón y grandes tetas y…Lola.

Bueno, a mi gemela he decidido eliminarla después de arrancar el clavo que la representaba, y ver la marca que ha dejado su existencia en ese tablón de madera que es un reflejo de mi pobre y frágil corazón. Aunque en el fondo la quiero- a fin de cuentas, Lola es mi otro yo- de un certero martillazo en su linda cabecita he acabado para siempre con la parte perfecta, con ésa que nunca se traba, con la que es buena para los demás ( a pesar de las malas artes empleadas para conseguir objetivos) .

Por fin soy el único. A partir de hoy, ¡¡YO  SOY  EL MEJOR!!

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15 comentarios to “PABLITO CLAVÓ UN CLAVITO”

  1. ¡¡Impresionante, Linda!!! Me ha encantado. Muy buena también la elección musical, me gusta mucho Coldplay.

    Gracias por regalarnos estas pequeñas joyas.

    Besotes

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