ATRAPADO ENTRE LA TIERRA Y EL MAR

Los dos muchachos contemplaban la inmensidad que les rodeaba. Los jóvenes de poco más de dieciocho años, disfrutaban de aquel lugar. Tumbados, con las manos sobre sus nucas y los torsos desnudos, observaban el cielo y las aves que lo surcaban, mayoritariamente, gaviotas.

Ambos permanecían callados, ya habían hablado mucho durante todo el día. Cristóbal, el más moreno de piel, llevaba desde muy joven navegando y recorriendo mundo. En su, aún, corta vida había visto diversos y lejanos lugares; casi todas las costas mediterráneas le eran conocidas, incluso había llegado a algunas islas atlánticas, como Madeira, o las recién conquistadas Canarias para la corona de Castilla.

El muchacho siempre disfrutaba a la vuelta de sus viajes. Le gustaba reencontrarse con sus amigos que, como es lógico, le acosaban a preguntas.

Así, Cristóbal, en poco tiempo sentía fatiga de hablar, de narrar y relatar una y mil veces sus últimas aventuras. En cuanto podía, acompañado de su mejor amigo, Rodrigo, se escapaba a aquel acantilado hermoso y solitario. El primer lugar donde el jovencísimo marino empezó a soñar con otras tierras y otros mares siendo aún un niño.

— Cristóbal, ¿qué crees que habrá tras esa línea azul donde se juntan la tierra y el mar? —preguntó Rodrigo, rompiendo el silencio.

— Más tierras por descubrir —contestó Cristóbal sentándose y contemplando el océano.

— Pues yo creo que ahí debe estar el mismísimo infierno. La Tierra es plana Cristóbal, tras esa línea sólo hay un precipicio en cuyo fondo esperan horribles monstruos para devorar a todo aquel que ose traspasarla.

Cristóbal no pudo reprimir las carcajadas.

— Pero, ¿qué dices? No hay monstruos al final del mar Rodrigo, cada día estoy más convencido de que la Tierra no es plana como nos quieren hacer creer. La Tierra es redonda. Y es más, tengo total seguridad de que navegando hacia occidente podríamos llegar a Cipango; y el camino sería mucho más corto y recto que navegando hacia oriente.

— ¡No blasfemes Cristóbal!, si te oyese fray Joao te verías en problemas —dijo Rodrigo asustado ante la audacia de su amigo.

A Cristóbal se le heló la sonrisa cuando recordó a ese enjuto y severo monje que les enseñaba a leer en la escuela. El fraile era un ser fanático y autoritario, para quien el dogma de la iglesia era lo único que importaba. El muchacho aún tenía fresca en su memoria como aquel religioso amedrentaba a los niños con su mano dura y su lengua viperina —que flagelaba más cruelmente que la palmeta— contándoles una y mil veces, con todo lujo de detalles, las torturas que sufrirían si pecaban y terminaban con sus almas en el infierno.

— Ya sé, mi querido Rodrigo, que no puedo ir diciendo estas cosas a la ligera por ahí. Lamentablemente, el padre Joao no es el único fanático que hay en el mundo. Pero te aseguro amigo mío, que hay mucho por explorar y conocer. Yo he visto escritos que lo confirman; Aristóteles ya lo decía en la antigua Grecia, y muchos científicos lo han corroborado. La Tierra es una inmensa esfera.

— Y tú, ¿cómo lo sabes? —preguntó Rodrigo.

— He visto y leído esos libros. En mis viajes a Italia tuve la suerte de conocer al señor Paolo del Pozzo Toscanelli. Este hombre es un insigne médico y matemático. Rodrigo, no es un cualquiera, es una persona muy ilustrada e inteligente. Se ha pasado media vida haciendo cálculos y medidas, llegando a la misma conclusión que otros científicos de la antigüedad. Y no es el único, en Europa hay ya varios hombres de ciencia que piensan lo mismo. El señor Paolo ha elaborado un mapa con el que puede demostrar lo que dije antes: Se puede llegar a las Indias navegando hacía occidente.

Rodrigo escuchaba a su amigo con la boca abierta, no quería dudar de él. Cristóbal era un mito entre todo el grupo de amigos. Era el único que se había aventurado a embarcarse en aquellos largos viajes; el único que había tenido valor de romper los lazos que le unía a la tierra para perderse en el mar. Entre los amigos había algún pescador, pero estos no se aventuraban a alejarse muchas millas de la costa, mientras que él… él había navegado a lugares tan lejanos…

— ¿Algún día me contarás cuál es tu verdadero origen, Cristóbal? —preguntó Rodrigo, en parte por curiosidad, y en parte por desviar un poco el tema de la conversación. Siempre había sentido curiosidad por averiguar el lugar de nacimiento de su amigo. Cuando Cristóbal arribó a aquellas tierras junto a su padre y a sus hermanos era un crío de unos siete u ocho años.

— No te puedo responder a esa pregunta Rodrigo, ni yo mismo lo sé. Mi madre murió siendo yo muy niño, y mi padre siempre que mis hermanos o yo le preguntábamos que de donde éramos eludía la repuesta. Jamás nos dijo de donde procedíamos. No sé si salimos huyendo de allí debido a algún altercado de mi padre, o simplemente fue la huída de un alma sumida en la tristeza ante la pérdida de su esposa. No lo sé Rodrigo, tampoco me importa mucho. Mi tierra es esta, donde crecí. Aunque muchas veces pienso —no me tomes por loco amigo— que realmente yo no tengo patria, que soy un espíritu libre que pertenece al mundo.

¿Sabes Rodrigo? Me pasa algo muy extraño, ahora que estoy aquí me siento atrapado, noto un hormigueo por el cuerpo y una gran desazón. El océano tira de mí, me pide que regrese a él. Y cuando estoy navegando os echo tanto de menos. Muchas noches tumbado en mi litera sueño con este rincón, con el aroma a hierba fresca, con este perfume tan peculiar de la costa. El olor del interior del mar es tan distinto al que se respira aquí.

— Cristóbal, ¿cuándo vuelves a embarcar? —preguntó su amigo.

— Pronto, la semana que viene, y nuestro próximo destino será Inglaterra. No es una singladura demasiado larga —mientras hablaba, Cristóbal contemplaba el horizonte.

Rodrigo le miró. A él, que jamás había salido de aquel pequeño pueblo cercano a Lisboa, le parecía un trayecto más que considerable.

— Pero te digo una cosa. Algún día abandonaré estas costas cercanas, este orbe conocido. No sé ni como me las apañaré, ni cuando podré realizar mi sueño. Lo que sé con certeza es que no cejaré en el empeño. Recorreré medio mundo si es preciso, llamaré a todas las puertas; alguien me escuchará. Estoy convencido que algún día surcaré esta inmensidad azul, navegaré hacía occidente, demostraré de forma práctica que la Tierra no es plana y que se puede llegar a las Indias de forma mucho más rápida en esta dirección. Incluso. ¿quien sabe?, podría descubrir nuevos mundos. Y tú, amigo Rodrigo, ese día estarás a mi lado.

Rodrigo miró a su amigo y notó que de sus ojos salía una luz especial. Sin saberlo aún —aquel muchacho nacido en un pueblo de Sevilla y criado en aquella aldea portuguesa— estaba contemplando el rostro del visionario que algunos años más tarde descubriría un nuevo continente.

FIN

Anuncios

10 comentarios to “ATRAPADO ENTRE LA TIERRA Y EL MAR”

  1. Grandes estas miniaturas históricas!!!!

    Me ha encantado la referencia al Padre Joao. Siempre actuando desde el temor…

    Eppur si muove

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: