QUE GUSTITO DA EL VERANO

¡Por fin! No veía el día, el inicio del verano se me ha hecho eterno, estaba rabiosa por poner el trasero en el asiento del coche y dejarme llevar —bueno dejarme llevar— sólo hasta la primera parada que obligatoriamente tendremos que hacer más o menos dentro de unas dos horas —viajar con niños es lo que tiene— ahí tomaré el relevo a mi churri, y será él quien tenga que pasar otro rato sentado atrás poniendo paz en las batallas campales de nuestras dos preciosas criaturitas.

Ahora mismo yo estoy la mar de relajada, como es aún de madrugada los críos duermen, todo en silencio, todavía ni ha amanecido.

De pensar que este año casi no podemos salir debido a la puta crisis — bueno… a la crisis, a la subida de los impuestos, a que este año las becas escolares nos han abandonado, etc.— casi me da un soponcio. Menos mal que tenemos a tío Fede, el solterón de la familia que hace ya muchos años se compró un bungalow en las playas levantinas para veranear, aunque él más que nada lo que hace es invernar, en verano deja las llaves a alguien de la familia. El buitreo es impresionante, las broncas familiares por el bungalow son sonadas, luego la familia pasa sin hablarse el resto del año, hasta que en Navidad vuelven a hacer las paces.

Nosotros afortunadamente no hemos necesitado nunca el dichoso nidito de vacaciones familiar, casi siempre hemos tirado para el norte, y como somos culos inquietos, pues casi siempre hemos ido a lugares diferentes, pero este año. ¡Ay! Este año ha sido otra cosa, por lo que no tuve ningún pudor en empujar a mi prima Laura y pisar el callo de Julita —la presumida e insulsa mujercita de mi primo Luis— para arrebatarles las llaves.

Es que yo necesito unos días al año para salir de la rutina diaria. Quince días para nosotros solitos, sin ver los caretos a los jefes ni a los vecinos insoportables.

Que nadie se llame a engaño, que yo no soy una antisocial ni nada de eso. Si yo soy un encanto y me llevo bien con todo el mundo… con todo el mundo menos con los que me rodean. Y es que cómo puedo tener cariño a mi vecina de al lado, la de los seis monstruos, que se pasa todo el día gritando como una posesa. O a la de abajo que no hace nada más que protestar porque mis niños corren —y que quiere que haga, no les voy a atar— pero claro, luego nadie puede decir ni pío cuando dejan a su hijo sólo los fines de semanas y el mugroso adolescente ese —que ya se podía dar un baño de vez en cuando—trae a los amigos y están toda la noche con el chunda-chunda de la música.

Y ya los vecinos del primero son de traca, están emperrados en que mis hijos les tiran cosas a su jardín, y a mis niños les tengo muy educados, ¡contra, con la gente! Que mis pequeñines no tienen edad de fumar, pues nada no hay forma, no les entra en la cabeza que eso es cosa del “mugroso”. Bueno y ya que decir de los cotillos del ático, pero si se pasan todo el día en la terraza haciendo cuentas de cuando entras, cuando sales, con quién, las bolsas que llevas. Como si les importase mucho lo que yo diga o haga.

Y ya si hablamos de jefes me amargo, el mío no es ya que sea un tirano cabronazo, ¡noooo! Es que encima es “soplanucas“, sí, de esos jefes que tienes todo el día detrás bufando, soplando y dictando, y lo malo es que encima pronuncie mal y tengas que estar cada dos por tres parando para pensar que ha dicho el buen señor, si casa o caja.

 Pero ahora es mi momento, libertad, libertad sin ira libertad, como decía la canción jejeje.

 — Nena, si todo va bien en dos o tres horitas llegamos, ¿ves como es mucho mejor salir pronto? Sin atascos, los niños dormidos, así no me tendrás ni que relevar al volante —escucho decir a mi maridín desde el asiento delantero. Lo dicho, una gozada el verano.

Me he quedado sorprendida de lo coqueto que tiene el tío Fede el bungalow, y lo limpio, y yo que venía cargada con todo el instrumental de limpieza. Creo que tiene contratado un servicio de limpieza, si es que eso de ser solterón y con dinero es un lujazo. He decidido que mientras mi churri duerme un poco —que al hicimos el viaje de tirón— voy a dar una vuelta con los niños.

— ¡Hola vecina! ¡Que sorpresa! ¿Cómo tú por aquí? Yo pensaba que vosotros veraneabais en otros lugares, hija como os gusta tanto cambiar de aires. Este sitio es divino ya veréis, nosotros venimos todos los años, estamos ahí enfrente, por si necesitáis algo, es el bungalow de mis suegros y siempre nos le prestan el mes de julio ¡a que es precioso!.

No, no y no, la gritona de los seis monstruos. He puesto una excusa rápida y he salido corriendo rumbo a la playa. Me tendré que hacer a la idea de escuchar durante estos quince días sus hermosos gritos de soprano y el coro llorón de sus seis enanitos, así les llamo desde que hizo la gracia de decir que lo mismo iba a por el séptimo para sentirse como Blanca Nieves. ¡Vamos como esta mujer se vuelva a quedar preñada me tiro por la terraza!, porque lo que no he dicho aún es que los seis monstruitos son sixtillizos, sí, una rareza natural que me fue a tocar, cual lotería, en la puerta de al lado.

Parece que ya se me va pasando el disgusto, el paseo marítimo está fenomenal, tienen hasta un parque infantil junto a la playa, que a mis niños les vendrá de miedo. ¿Eing? ¡madre mía, madre mía! Ese chunda-chunda me resulta familiar. ¡No puede ser, no puede ser! Pero si el que está ahí vendiendo helados es el “mugroso“.

— ¡Mamá, quiero un helado grande de chocolate!

— Primero vamos a mojarnos los pies un rato ¿vale? Luego mamá os compra un helado bien grande, pero en otro sitio, aquí son pequeños. —Y sin más cojo a mis hijos de la mano y me les llevo a la orilla del mar.

¡Por fin! el mar azul, el ruido de las olas me relaja un poco, con las dos sorpresas anteriores mi corazón ya estaba dando unos saltos muy sospechosos.

— Hogbre pego, ¡quien eztá aquí! Zilvia, que agradazble sogpreza lo mizmo zi tengo algo que hacez o sugge algo impogtante en la oficina la tengo aquí a mano.

Esa voz entre resoplidos en mi nuca me puso la piel de gallina. Tensa como el palo de la escoba me volví, y no me había engañado, en frente de mí, con pantalones bermudas floreados, y una camiseta amarillo-pollo-fosforito, estaba mi jefe.

No dije nada, empujando a los niños salí escapada, si se me llega a aparecer cualquier personaje de películas de terror creo que no habría corrido más. Con la lengua fuera, agitados y casi sin poder hablar llegamos los tres al bungalow del tio Fede. Mi maridín se terminaba de despertar.

— ¡Sergio nos volvemos a casa, no voy a poder aguantar aquí ni un minuto más! —le dije casi al borde del colapso.

— Pero cariño, si estabas deseando tener las vacaciones, cambiar de aires, salir de la monotonía.

— Sí, Sergio, lo sé, y eso es lo que quería, pero en menos de media hora me he encontrado con la de los sixtillizos, que la tenemos ahí enfrente. El “mugroso” está vendiendo helados en el paseo marítimo, y para colmo mi jefe se pasea alegremente por la playa dispuesto a darme trabajo. Y porque ya he venido corriendo que si no lo mismo me encuentro a los cotillos y a la del primero. No, Sergio, no, vámonos a casa que seguro que debajo de cualquiera de los puentes del Manzanares estaremos más a gusto.

 

FIN

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6 comentarios to “QUE GUSTITO DA EL VERANO”

  1. Hay más de un verano así, de lo que parece…más vale sobrevivirlo con humor, como estupenda y resignadamente lo describes tú.
    Un consejo : un magnifico lugar para pasar un verano ¡es el Polo! norte o sur, lo mismo da.Fresquito, tranquilo,el día dura una eternidad…y no necesitas de nevera para las birritas ¡te aseguro que no habrá pelmas que te lo j.dan, bueno quizá los pingüinos, pero esos suelen ser simpáticos…y calladitos.
    Me gustó, Miren.

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