DEL MAR A LA TIERRA Y VICEVERSA

Mauro subió a aquel alejado y solitario lugar a menudo. Y en los dos últimos años contempló las impresionantes vistas al infinito que aquel mirador cómplice de su sufrimiento le ofrecía. En muchas ocasiones, probablemente en demasiadas…  Lo hizo cada vez que sintió cómo la nostalgia se transformaba en una soga asesina que apretaba con firmeza su, ya de por sí, lastimado corazón y se empeñaba en nublarle la razón.

Desde un primer instante el joven Mauro supo que esa relación iba a resultar compleja y que, muy probablemente, estaría abocada a terminar de la misma manera que comenzó aquella tórrida noche de verano: repentinamente. Los camaradas que compartieron confidencias de camarote con el marinero le advirtieron de que iba a sufrir con aquello pero él se empeñó en vivir esa pasión como el adolescente impulsivo que siempre fue. Al fin y al cabo, tener un amor en cada puerto jamás le había supuesto problema alguno…Nunca…Hasta que ese día en el que todo cambia irremediablemente, llega. Y eso sucedió cuando él la conoció…

Martha jamás osó  exigirle nada distinto a lo que ella pedía a los otros, sin embargo él se lo entregó absolutamente todo.

La desgracia hizo que Mauro enfermase algún tiempo después de conocer a la muchacha. Su todavía joven corazón resultó no ser tan fuerte como él siempre pensó y se vio obligado a regresar antes de lo deseado a la tierra que le vio nacer. Cuando su barco llegó a puerto, lejos de alegrarse por volver a casa, sintió una dolorosa sensación de desapego. Nada de lo que le esperaba en aquel lugar le interesaba lo más mínimo. Aquel estado de continua melancolía perduró más de lo que hubiese sido razonable y únicamente  conseguía apaciguar su desasosiego cuando veía el mar desde aquel impactante acantilado. Mirar al infinito y perderse en el inmenso océano se convirtió en su obsesión. Esas bravas aguas, imaginariamente, le conducían de nuevo a los brazos de su amada y, a través del olor a salitre que trepaba por las escarpadas rocas, Mauro rememoraba el perfume de una Martha que, desde allá donde se difumina la línea de horizonte, le continuaba atrayendo con desmedida intensidad. Junto a aquella joven de largas piernas y poco pudor, tan distinta en todo a su apocada novia de toda la vida, aquel lobo de mar conoció el verdadero significado de la palabra pasión. Cada encuentro, mucho mejor y más intenso que el anterior, le ataba más fuertemente a la pata de la cama de Martha. Mientras, ella compartía sábana con él y con otros bolsillos generosos. Él siempre lo supo. Sólo en un principio aquella situación no le importó. Sólo  entonces.

El día de la despedida definitiva –ambos sabían que jamás se volverían a ver- entre revolcones y sudor Mauro adivinó en la mirada de su bella amante que su pena era pasajera. También intuyó que todo en ella fue fingido y  aquello le dolió todavía más que el chasquido que sintió en su enfermo corazón cuando cerró la puerta del dormitorio para siempre.

Ya en tierra Mauro fue incapaz de olvidar a la chica de la cantina. Nunca consiguió borrar de su mente aquellos labios de fresa ni aquellos tacones imposibles que hacían balancear unas caderas, tan generosas, como pecaminosas. Jamás. Ni tan siquiera la lluviosa tarde en la que una cándida Carmo le dio el “sí, quiero” mientras una lágrima se deslizaba por su  rostro, quien sabe si intuyendo una vida llena de decepciones y de sueños imposibles junto a su eterno prometido. Cierto es que, a pesar de haberse jurado mutua fidelidad ante todos los parroquianos de la zona – algo que la ilusionada joven cumplió al pie de la letra desde el primer segundo porque su corazón así se lo dictaba- para Mauro fue algo imposible de llevar a cabo, ya que el recuerdo de Martha invadía sus pensamientos día a día… Noche a noche.

Un día cualquiera la soga se incrustó excesivamente en el apático y envejecido corazón de Mauro y el joven notó cómo su alma entraba en estado de coma irreversible. Contrariamente a lo que le había ocurrido otras veces, en aquella ocasión no se le nubló la razón; al revés, ahora conseguía ver todo con total claridad. Había llegado el momento.

Esa soleada mañana las vistas desde el acantilado eran más nítidas que nunca. Sin vacilar ni un instante, de un firme paso al frente y sin aspavientos innecesarios, Mauro se entregó a aquellos azules brazos que, desde allá abajo, le animaban a huir de su apagada realidad y  prometían liberarle de cualquier atadura. Y él no se lo pensó dos vece. Se dejó llevar, se dejó querer…

“Aquí…

Onde a terra se acaba

E o mar começa…”

(Camões)

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-Carmo, querida, siento mucho lo de tu esposo. Un accidente de esas características…¡Qué fatalidad, criatura! Ahora tienes que ser valiente… Y pensar que, tan solo media hora antes, le vi tan bien…Hasta me atrevería a decir que mejor que nunca porque, el pobre, desde que le operaron del corazón nunca fue el mismo, ¿verdad? Sin, embargo, ayer parecía tan contento…Ay, hija, hoy estamos aquí y mañana, sólo Él lo sabe…- Dijo el párroco a una llorosa viuda que, en el fondo de su ser, sabía perfectamente que Mauro había adelantado y trastocado, a conciencia, los planes que Él había marcado para la  existencia de su amado esposo.

-Así es. Allá donde esté mi marido ahora, lo único que deseo es que haya encontrado finalmente la paz. Muchas gracias, Padre.- Y, agachando la cabeza, Carmo, enredada en sus pensamientos,  se alejó de la sacristía sin lograr el consuelo que tanto necesitaba. Ella buscaba saber el porqué de lo sucedido y  nadie se lo aclaró. Ni ese día, ni nunca…No podían…Ninguno de ellos podía hacerlo…

 

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10 comentarios to “DEL MAR A LA TIERRA Y VICEVERSA”

  1. ¡Espléndido Linda! un relato plagado de la nostalgia de un amor imposible y de una vida ficticia y artificial, que en lugar de solucionar las cosas, por el contrario las empeora arrastrando a otros al sufrimiento.

    Y es que los males psíquicos del corazón matan más que los físicos.

    Besos

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