ACCIDENTE FORTUITO

Javier Salas Calderón, 55 años, nacido en Madrid, profesión peluquero, divorciado, dos hijos.

 

Carlos Gutiérrez Marín, 63 años, nacido en Alcázar de San Juan (Ciudad Real) y residente en Valencia, empleado de banca, padre de cuatro hijos habidos de una relación estable mantenida durante veinticuatro años.

 

Los dos hombres estaban sentados uno junto a otro en los duros bancos de la sala de espera del juzgado. A pesar de haber compartido tantas horas juntos, ambos permanecían mudos, silenciosos, sus ojos perdidos en el horizonte de la pared frontal, mirando sin mirar a otros —que como ellos— esperaban su turno y la mediación de un juez.

Para matar el tiempo, Javier se perdió en sus divagaciones y recuerdos pasados. El día lluvioso en que emprendió aquel viaje de negocios a Valencia. Aquel descanso en un pueblo que lindaba con la autovía para hacer una parada de rigor, café, cigarro y visita al baño. Siempre había preferido parar en pueblos, las vías de servicio le parecían frías e impersonales.

La población estaba desierto a aquella hora de la mañana, a Javier siempre le había gustado pisar el acelerador y la salida de Madrid había sido complicada… y de repente aquel coche rojo salió de una de las calles adyacentes, y de ahí… a la nada…

Sí, a la nada que supuso casi dos meses perdidos de su vida, adormilado entre los vapores de la anestesia de las distintas operaciones y los sedantes para paliar el dolor de las múltiples fracturas.

Fue al tercer mes cuando comenzó a vivir de nuevo, dándose cuenta de lo que le rodeaba. Cuando le contaron lo del accidente y empezó a ser consciente de que estaba en la habitación de un hospital compartiendo sala con otro hombre que estaba casi en sus mismas circunstancias.

Nunca llegó a saber si fue el azar divino o la influencia de Satanás lo que decidió que su compañero de habitación fuese el mismo conductor del coche rojo, el otro implicado en aquel maldito accidente.

Aun así, tantas horas compartidas les fue uniendo. Al principio se miraban con recelo, pero con el tiempo, la conversación fue saliendo de forma más fluida, compartían muchos gustos: a los dos les entusiasmaban las mismas series de televisión, el mismo tipo de música —adoraban a Beethoven y reverenciaban a Mozart—, incluso eran hinchas del mismo equipo de fútbol. Al final fue una suerte que alguien —ignoraban quien— les hubiese asignado la misma habitación, a saber con quién les habría tocado compartir sus 24 horas del día; era más que probable que aquel mundo impuesto y restringido a cuatro paredes blancas se hubiese convertido en una tediosa rutina.

Incluso con el paso de los días se fueron olvidando que habían sido los mutuos causantes de su desgracia. Para eso estaban los seguros, ellos se ocuparían de lo malo. Lamentablemente las cosas no eran tan fáciles, y mucho menos cuando las respectivas familias hacían su aparición.

Las horas de la visita se fueron convirtiendo en una tortura. Los primeros cinco minutos eran normales, los saludos de rigor a los enfermos, la preocupación por su estado… pero tras las mismas frases hechas: “Querido, ¿Qué tal te encuentras?, he hablado esta mañana con los médicos y me han dicho que va todo bien” o “Papá hoy te veo estupendamente, pronto te tendremos de vuelta en casa”, empezaba entre ambas familias su guerra particular, las miradas furibundas, los gestos de desprecio, la tirantez de culpar a uno más que a otro —una culpabilidad que no estaba nada clara ni siquiera para los peritos; él iba a velocidad excesiva y Carlos, distraído, hablando por el móvil—. Y lo más triste es que aquel circo era fruto del afán y la avaricia, de tratar de sacar el máximo partido a algo tan doloroso. Siempre lo mismo, el vil dinero. El dolor físico era soportable, el dolor moral al sentirse moneda de cambio de la ambición de sus seres más queridos era demoledor.

Afortunadamente, las visitas siempre eran más cortas de lo esperado, y a sus mujeres e hijos aún les quedaba la suficiente dignidad para que las voces y las acusaciones no llegasen al escándalo y todo quedase entre ellos sin que terminasen convirtiendo en una plaza de mercado la pequeña habitación del hospital.

Cuando finalmente se iban, llegaba la paz de nuevo: sus largas conversaciones, sus sesiones de televisión amenizadas con comentarios compartidos; entre dosis de antibióticos, calmantes, toma de temperatura y tensión arterial, y algún guiño cómplice con la enfermera de turno.

************

Javier miró a Carlos, ¿qué estaría pensando en aquellos momentos?, ¿se sentiría igual de liberado que él, pensando que por fin aquella dura lucha de dos años terminaría de una vez por todas?

La llamada del ujier les sobresaltó. De un brinco se levantaron de sus asientos y con paso tímido e indeciso al principio, que, a medida que se iban acercando a la sala de sesiones se hacía más firme y seguro.

“Buenos días:

Nos encontramos aquí reunidos para unir en matrimonio a Javier y a Carlos. Antes de dar lectura al acta matrimonial, me gustaría dirigir unas palabras a los novios y a todos los presentes.

Ante todo muchas felicidades por haberos decidido a dar el gran paso que supone unir vuestras vidas. En este feliz momento constatáis ante el mundo que habéis encontrado en el otro a la persona que os complementa, y con la que merece la pena pasar el resto de vuestras vidas…”

Mientras el juez iba pronunciando el discurso del enlace, Javier y Carlos unieron sus manos con fuerza mirando al frente con toda la esperanza y la ilusión que su nuevo horizonte abría ante ellos.

FIN

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9 comentarios to “ACCIDENTE FORTUITO”

  1. inesperado final ,agresivamente actual ,aplaudo ese impulso a escandalizar y provocar reacciones en el lector ,felicitaciones.

  2. Me habías despistado, Miren..je,je…¡Muy buen requiebro!
    Enhorabuena una vez más.
    Besotes.

  3. ¡Whoopp qué trabajo! también a mí lograste despistarme…¡Estupendo relato Miren…con sorprenderte final!

  4. Gracias Javier, un placer tenerte por aquí de nuevo.

    Linda, gracias por estar ahí.

    Pedro, sabes que tú en parte has sido responsable del despiste jajaja.

    Besos

  5. Ay Miren, cada relato mejor que el anterior. Muchas gracias por compartir ese derroche de imaginación y ternura. Un abrazo

  6. Ya se ve que el roce hace el cariño, con final feliz. Muy bueno.
    Besosss.

  7. ¡Ojalá, Sole!, ¡ojalá! ya sabes que las musas son unas señoras bastante locuelas que hacen lo que se las antoja, y que algo salga más o menos mejor o peor depende de ellas que son muy tiranas jajaja, Gracias ¡¡guapaaaa!!

    Muchas gracias por leerme Patxi, por tu comentario y por tu tiempo.

    Besos

  8. Juraba que ya lo había comentado. Seguro fue “allá”

    Pues nada… IMPRESIONANTE!

    Nunca me imaginé el final. Y como dice Solé. Vas para arriba como la espuma.
    Enhorabuena, Miren.

    Besote.

  9. Gracias Omsi. Muacksss

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