FLOR DE LIS

 

Todo fue tan injusto…

Los dos éramos demasiado pequeños y nadie nos preguntó qué deseábamos hacer, con quién queríamos vivir. Estaba claro que no nos podíamos quedar solos, pero también es cierto que existía la opción de ir a vivir con la tía Carmen que, a fin de cuentas era la madrina de Bruno, no tenía hijos, y nos quería muchísimo a los dos. Pero, claro, en unos momentos tan trágicos y tan dolorosos como aquellos, no se piensan demasiado las cosas y se tiende a actuar precipitadamente; eso sí, siempre creyendo que se obra de la manera más acertada. En nuestro caso, ir a vivir con los abuelos fue un error tremendo que nos marcó para el resto de nuestras vidas.

Recuerdo, como si fuese hoy, al abuelo Tomás empujando a mi hermano pequeño para que entrase en el tanatorio a despedirse de papá y de mamá ante la atónita mirada de la abuela Juli y de la tía Carmen. Papá era huérfano, se crió con las Hermanas del  Perpetuo Socorro, por lo que únicamente teníamos el apoyo de aquella escasa y peculiar familia materna.

-¡Brunete, tú eres un machote y un valiente!… Como lo ha sido tu padre… Como lo soy yo… Venga, vamos a entrar a decirles adiós. Estoy seguro de que ellos quieren verte por última vez y no puedes fallarles ahora. Estas cosas pasan, desgraciadamente, y hay que ser fuertes, ¡¡que para eso somos dos hombres, coño!! – Y el pobre Bruno,  temblando como un flan y moqueando sin cesar, entró en la sala. Al salir, con la mirada todavía perdida, sólo encontró cobijo cuando nos fundimos en un fraternal abrazo, eterno y sentido. Entonces éramos muy niños pero inmediatamente supimos que, a partir de aquel preciso instante, nos tendríamos el uno al otro para todo… para siempre. O eso es lo que en aquellos momentos de dolor ambos tanto deseábamos.

Mi hermano siempre fue una persona frágil, tanto física como emocionalmente. Sufrió mucho en la niñez. Estaba malo un día sí y otro también, faltaba muchísimo al colegio y, casi sin amigos, se refugió en la pintura. Le gustaba dibujar escenas relacionadas con el mar- “marinas”, me dijo que se llamaban- y, curiosamente,  ni él ni yo lo habíamos visto jamás. Vivíamos a más de 200 kilómetros de la costa. Gracias a los cuidados de la tía Carmen y a los rudimentarios métodos de sanación de la abuela, Bruno  pudo salir adelante aunque de aquellos males le quedase como secuela una ligera cojera. El abuelo no conseguía aceptar que su único nieto fuese una persona débil, era superior a él. Cada vez que Brunete estaba malito en cama, se lo recriminaba delante de todos; también  comprobé en alguna ocasión que se burlaba de él en privado… Y aquello me partió el alma.

                                                                                  –Esta criatura es un desperdicio humano. No sirve para nada. La vida se  lo va a comer, Juli. En nada se parece a mí. Yo, nunca he estado malo…¡Como para estarlo en el ejército! Además, se pasa el día dibujando y eso es cosa de nenazasPero, mujer, si hasta tiene unos andares que parece talmente que fuese por la vida despistando adoquines, ¡no me jodas, por favor! Ufff, ufff… ¡¡No sé que vamos a hacer con esta “Flor de Lis”, la verdad sea dicha”!! – Le oí decir una noche al abuelo en un tono que  me dolió profundamente.

 –Querido, no digas esas cosas. El nene es sensible ahora, aún es pequeño, ¡ya cambiará! Y baja el tono, no te vayan a escuchar las pobres criaturas…Buenas noches, Tomás.- Dijo la abuela zanjando la conversación antes de apagar la luz de su dormitorio.

No me gustó nada cómo llamó el abuelo a Bruno. Ya no pude dormir. Estuve muy nerviosa y no paré de darle vueltas a sus palabras en toda la noche. Como hermana mayor, me sentía responsable de él y por nada del mundo deseaba que le hiciesen daño. Ningún tipo de daño. Nadie. No lo iba a permitir.

Es verdad que siempre tuvo ademanes delicados y que,  con el paso del tiempo, lejos de desaparecer se acentuaron aún más; también es verdad que era un poco como yo en todos los aspectos, pero a mí me gustaba su forma de ser. Era mi Brunete. Era mi hermano…Y, además, era débil.

Años después, la abuela murió a causa de una neumonía que ella intentó arreglar a su estilo. Tomaba varias veces al día: leche caliente con miel y un buen chorretón de brandy pero se complicaron las cosas y nada pudieron hacer por ella. Y la casa volvió a quedarse vacía. Otra vez… Como cuando papá y mamá tuvieron aquel maldito accidente de coche… Al poco tiempo de fallecer la abuela Juli, tía encontró trabajo de asistenta en otra ciudad y, aunque venía a menudo a vernos, no era lo mismo que cuando vivía en nuestra misma calle. En el día a día la echábamos mucho de menos. Ahora pienso que ella -al igual que tiempo después haría Bruno- buscó una salida y aquella oportunidad de huir le llegó en el mejor momento e hizo muy bien en aprovecharla, porque al abuelo, tras quedarse sin su abnegada compañera de viaje- y lo fue durante casi 50 años-, se le agrió todavía más el carácter y le molestaban hasta las visitas.

Una mañana de cielo azul mi hermano me dijo con lágrimas en los ojos que no soportaba tanta tensión en el ambiente, que necesita irse de casa, que sentía como se asfixiaba y que, si no respiraba pronto, se moriría. Y yo le entendí. No dije nada, simplemente le miré a los ojos antes de  besarle en la mejilla. Él compendió mi mensaje y me sonrió.

Durante las semanas previas al día del desgarro definitivo de mi corazón, Bruno intentó  convencerme para que fuese con él a aquel idílico e indefinido lugar en el que esperaba hallar la paz que siempre buscó.  Me dijo que quería sentirse libre y que en ese lugar, sin ninguna duda, habría mar; tal y como siempre soñó.

No pudo ser. Bruno lo entendió y se fue llevándose un trozo de mí. Él, que me conoce mejor que nadie, sabe que le hubiese acompañado  porque  la vida en esta casa es oscura y el aire está  enrarecido, pero siento que tengo la obligación -no sé si absurda o no- de dedicarme al cuidado del abuelo Tomás en este tramo final de su vida.

-Julita, han llamado a la puerta. Espero que no sea el “Flor de Lis” ése porque ya tiene llaves de casa y puede entrar cuando quiera  sin necesidad de tocar el timbre- Me dijo el abuelo mientras encaminaba sus pasos, ya torpes, hacia la entrada.

-No, abuelo, no ha llamado nadie. Como no levante más los pies al andar, al que van a llamar “despista adoquines” es a usted, ¿eh?- Y, guiñándole un ojo, le acompañé de vuelta, por enésima vez, a su sofá, y tapé sus piernas con la manta de cuadros de Bruno. Esa manta que se convirtió en la segunda piel del abuelo desde el día en el que mi hermano nos dejó; ahora hace más de dos años.

-¿Eh? No te entiendo…

El abuelo lo entendía todo. No, no había perdido la cabeza; si acaso, había recuperado el corazón.  

-Lo siento, querida. Todo fue tan injusto… – Y una furtiva lágrima se abrió paso entre los pliegues de su ajada piel.

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12 comentarios to “FLOR DE LIS”

  1. Tierno y emotivo, lamentablemente no nos damos cuenta de lo que perdemos hasta que nos falta. Lo mismo que le pasó a Tomás.

    ¡Estupendo relato, Linda!

    Besos

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