UNA ILUSIÓN MÁS, UNA AMIGA MENOS

Soy facilona, lo admito, es que no le puedo negar nada a la abueli, ¡la quiero tanto! Todos los años por estas fechas le dedico un finde libre para llevarla al pueblo. Le gusta dar una vueltecita a la casa, aunque todo está en las buenas manos de tito Facun —el hermano pequeño de la yaya—. Es total el tito, algún día os contaré su historia, nadie que esté a su lado puede estar de mal humor, tiene una gracia. Pero eso ya será otro día.

Presta para cumplir los deseos de la yaya, puse mi Volkswagen Cabriolet a punto, pedí permiso a papuchi para tomarme el viernes y el lunes libre —cosa que no me negó, después de todo se trata de hacer feliz a su mami— y nos pusimos en camino, la abueli y yo. Bueno y dos polizonas con las que no contaba, pero lo dicho, soy facilona y me convencen rápido.

La cara de la yaya fue todo un poema cuando vio aparecer a Marga —mi mejor amiga— tirando de una Samsonite, enorme para mi cochecito dominguero, y con Fifí —su preciosa caniche, ataviada con un conjunto  mega ideal para el viaje— en el otro brazo. Marga iba ideal, ideal de la muerte con un modelito ajustado de Vittorio y Lucchino de lo más fashion.

— ¿Pero dónde va este bicho? —exclamó la abueli por lo bajini.

— ¡Yaya por favor!, Fifí es una perrita encantadora y está muy bien educada.

— No hija, si lo de bicho iba por tu amiga. Pero ¿cómo se pueden llevar esos zancos para viajar y ese, ese cacho trapo tan ajustado?, ¡que se va a sacar la piel a tiras cuando se lo quite! Eso si no lo revienta antes, claro. Esta va a llegar con los tobillos como morcillas.

Sí, decididamente los tacones no eran nada prácticos para las cinco horas de coche que nos íbamos a tirar, eso con suerte y si no pillábamos atascos y no me perdía, como casi siempre, en el desvío de Valdepatata.

Meter la maleta ya fue todo un derroche de ingenio, que no sirvió de nada; al final sólo lo consiguió la abueli a fuerza de dar bastonazos a la Samsonite.

— Le habrás dicho a tu amiga que no vamos al Palacio de Buckingham precisamente, ¿no? Vamos, si con una mochilita, ya le valía

— Ya se lo he dicho abueli pero Marga es así, siempre tiene que estar divina y más cuando está depre. Es que está en período entre novios, la semana pasada rompió con Moncho y está fatal, fatal la pobre.

— A esta le duran los novios menos que un caramelo en la puerta de un colegio. En fin aguantaremos los caprichos de tu amiguita… sólo son dos días. ¡Coño! Me está dando una grima ver a ese pobre animal…

Los primeros 382 kilómetros fueron rodados, pero ¡ay! La mala fortuna se nos cruzó en el camino y pinchamos. Sí, una de las ruedas delanteras pasó a mejor vida.

— Abueli, Marga, hemos pinchado, ¿ahora qué hacemos? —Me entró pánico, en mi vida había cambiado una rueda, o sea, Carmina Corrales de las Heras pringada de grasa y suciedad y por los suelos, impossible, impossible que luego se entera mamuchi y se me infarta.

— Pues muy fácil niña, cambiarla. ¡Ale! Saca el gato, la llave inglesa y a darle. Que te ayude tu amiga.

— ¿Yooo? —exclamó Marga blanca como la leche— Jamás he hecho algo parecido, el único gato que he cogido en mi vida ha sido a mi precioso Romeo.

— Pues creo que Romeo no nos serviría para esto. ¡Joder, con la juventud!, porque yo ya soy vieja si no de qué no iba a cambiar la ruedecita de marras. Pues nada, con este par de panolis como no suceda un milagro aquí nos quedamos para los restos. A ver bonitas, ¿se puede saber para qué tenéis los móviles? Pues para pedir un SOS… o algo, ¡leñe! Que parecéis dos pazguatas ahí mirando con cara de bobaliconas.

Ninguno de los móviles tenía cobertura, me estaba entrando una congoja más tonta.

— ¡Estamos bien!, nos darán los restos en esta carreterucha. Oye guapa, ¿por qué no sueltas al animalito que corra por el campo?, le vas a asfixiar. Por lo menos que alguna de nosotras disfrute—. La yaya miraba a Fifí con cierta pena mezclada con repelús.

— ¡Ay no!, mi Fifí es una perra con pedigrí y urbanita total, no la puedo dejar suelta por aquí para que la ataquen animales salvajes.

— Sí, bonita, sí, que lo mismo los conejos y las liebres se hacen un estofado canino.

El milagro nos llegó en forma de Citröen C3 y, ¡cómo estaba su conductor!, vamos yo que no había vuelto a poner los ojitos en nadie desde que mi Jonatan me la pegó con la vecina del tercero, me quedé extasiada, o sea cómo diría la yaya con cara de atrapar moscas.

— ¿Puedo ayudar en algo? —dijo aquel Adonis bajado del cielo para rescatarnos.

— Mire joven, pues seguramente sí que nos podría echar una manita. Hemos pinchado y estas dos memas no saben qué hacer.

— Creo que puedo ayudarles, no será esta la primera rueda que cambie, ni la última.

Pero para cambiar una rueda hay que llevar otra, y yo, con mi despiste habitual; no llevaba la de repuesto. ¡Qué rabia!, ¡qué rabía! O sea, o sea. Con lo que me hubiese gustado ver a ese portento masculino lucir esos brazos musculosos. Me notaba rara, me sentía flotar en una nube y tenía el estómago cómo encogido; sólo tenía ojitos para él: el coche, Marga, Fifí, y hasta mi idolatrada yaya se habían borrado de la faz de la tierra. Su melodiosa y varonil voz me sacó de la ensoñación.

— Bueno, pues no queda más remedio que buscar un mecánico. Ya que los móviles no funcionan, puedo acercarlas a Villamanteo del Alcalde que es donde me dirijo, imagino que allí habrá algún taller y sobre todo algún sitio donde puedan alojarse.

— ¡Anda! Pero si ahí es donde vamos nosotras —exclamó la abueli— es mi pueblo, ¿usted es de allí?

— No señora, es la primera vez que visito ese lugar, voy a pasar el fin de semana. Mi cuñada y su familia si son de allí, la suegra de mi hermano tiene una casa y me la ha prestado por un par de días.

— ¡Ah!, pues seguramente conozco a su familia. En Villamanteo nos conocemos casi todos. Y sí, joven, hay taller, el Toribio es un buen mecánico, de los de antes.

— Me parece una idea estupenda… pero Carmina guapa, no puedes dejar el coche aquí tirado que lo mismo luego te lo encuentras desguazado y con algo menos que una rueda, es mejor que te quedes. Y usted doña Saturnina cómo va a dejar a su nieta sola en este páramo solitario, total solo estamos a 45 kilómetros de nada, en un pispas estará aquí la grúa. Me llamo Marga, ¿y tú? Bueno ya nos iremos presentando por el camino, ahora es vital que lleguemos cuanto antes para solucionar lo del coche.

Juro que en mi vida me sentí más tonta, me quedé con la boca abierta y sin saber que decir. La abueli echaba chispas por los ojos mientras contemplábamos, con estupor, cómo se alejaba el simpático cochecillo con mi ídolo y mi oportunista amiga a su lado. Marga es cómo las arañas que cuando ven una presa se lanza en picado a atraparla en su telaraña, ni la yaya pudo reaccionar a tiempo. ¡Ay, qué malita me estaba poniendo! Mi ilusión en manos de Marga.

— ¡Vaya pedazo de pendón verbenero! Desde luego Carmina, hija, no me extraña que con amigas como estas te quedes para vestir santos. ¡Y encima nos deja a la chucha! Si es que, unos calzones son unos calzones y lo demás tonterías. Anda quita esa ropa ridícula a Fufi, Fofi, o cómo se llame que me están dando picores por todo el cuerpo de ver al pobre bicho.

El pispas se convirtió en cuatro largas horas que soporté, cómo pude, escuchando a la abueli relatar por millonésima vez la historia del nombre del pueblo, que no es otra que la costumbre ancestral que tenían allí de mantear al alcalde que no hiciese bien su trabajo. Una costumbre bárbara. o sea, pero que entusiasmaba a la yaya.

— Pues sí, hija, sí, otro gallo nos cantaría si ahora se hiciese lo mismo, cuantos chorizos nos quitaríamos de encima. Un buen manteo y a la calle que de eso no se ha muerto nadie.

Por fin llegó la ansiada ayuda y pudimos llegar a Villamanteo, la abueli y yo sanas y salvas; Fifí, sana también, pero con algunas pulgas.  Fue darle suelta y la pobre retozó por el campo como una posesa, animalito, yo creo que ansiaba la libertad.

Nos encontramos a Marga esperándonos tranquilamente en la cafetería de la plaza.

— Marga cielo, ¿cómo ha tardado tanto en llegar la grúa? —intento parecer una mujer educada, porque lo soy y lo valgo. Como diría mamuchi, una mujer de las Heras no sé puede despeinar por nada del mundo.

— ¡Ay Carmina mona!, cuanto lo siento, es que he tenido tan mal pie que al salir del coche pegué un tropezón y no podía casi andar. ¡Nena!, que disgustazo más gordo. Se me ponen los pelos como escarpias y sin necesidad de laca, sólo de pensar el tiempo que habéis estado tiradas, “on the road”, por mi culpa. Quique, que es un encanto, se ha asustado mucho al ver que no podía echar paso y me ha llevado a urgencias. Y allí me han tenido horas y horas esperando, ¡qué horror!

Ahora veía claro lo de la tardanza, el hospital más cercano está a 81 kilómetros de allí. ¿Por qué mi destino era tan negro?

— ¿Y dónde está ahora el príncipe azul? —preguntó la abuela con sorna.

— Se ha ido, pobrecito, se ha tenido que levantar a las seis de la mañana porque hoy ha tenido que trabajar ¡terrible! Entre el viaje y luego lo mío se le veía cansado y tal. Le he dicho que se marchase que yo estaba bien. Si no ha sido nada, en cuanto lleguemos a casa me quito esta venda tan cutre, ya camino perfectamente. ¡Qué lástima de chico!, ¿te puedes creer que ahí donde le ves, tan mono, acaba de romper con su novia? Estaban a punto de casarse, pero la muy arpía no le dejaba respirar y no pudo aguantar más la presión. Por eso ha venido aquí para alejarse un poco de todo, el pobre está fatal, fatal. Hay mujeres que de verdad… ¡Fifí, mi cariñito, ven con mami! ¿Tita Carmina te ha quitado el trajecito? ¿Tenías calor mi amor?… ¡Uy, parece que se rasca mucho!, ¿no?

— ¡¿Será zorrón?! Esta ni tropezón ni hostias, ¡la madre que la parió! —refunfuñó la yaya por lo bajo, y la verdad, en este caso yo me callé. Estaba tan supermegaenfadada con Marga que hasta el brusco vocabulario de la abueli me parecía suave.

— ¿Qué dice doña Saturnina? En cuanto vuelva a Madrid tengo que pedir cita para mi otorrino, es que tengo un tapón en un oído. Se me forman muy a menudo, menos mal que Lolo tiene unas manos maravillosas, no te enteras de nada.

— ¡Madre de Dios cómo está el patio! Antes a los médicos se les llamaba don y con nombres serios ¡Lolo, Lolo…! Si es que no me extraña que esta gilipollas tenga tapones, sólo tiene cera en los sesos y la cara más dura que el hormigón armado—. La abueli estaba enfadada de verdad y no me extraña nada, nada.

— Por cierto, mañana he quedado a comer con Quique. Carmina, cariño, hemos reservado mesa para dos en un mesón que nos ha dicho el dueño de la cafetería que es very, very good. He supuesto que a ti no te apetecería venir, imagino que querrás estar con tu yayi.

— ¡Yo a esta le arreo un bastonazo cómo a su puta maleta!, ¡mira que le quito el tapón de las orejas y le ahorro la visita a Lolo! ¿A qué vuelve a urgencias pero por un motivo?, ¡cagüenlalechedemicabraceferina!— Menos mal que el tono de voz de la yaya fue lo suficientemente bajo para que, la medio sorda, Marga no la escuchase.

— Respira, yaya, respira —trataba de tranquilizar a la abueli aunque yo echaba humo por las orejas.

Al fin llegamos a casa, el día había sido nefasto y yo sólo tenía ganas de meterme en mi habitación y llorar, aquel chico me había gustado pero mucho, mucho. Creo que sería el único que me quitase la pena de mi Jonatan, y la pérfida de mi mejor amiga se mete cual arpía por medio. Pero tienes que ser fuerte Carmina, nena, me repito a mí misma.

— ¡Menos mal que ya hemos llegado! —El gesto de Marga contradice sus palabra. La casa de la yaya es muy modesta, una casa muy rústica, con su corral y todas esas cosas que tienen las casas de pueblo que no sé cómo se llaman. La abueli siempre se ha negado en redondo a que papuchi haga obras y la modernice— Aquí, ¿dónde está la toilette?, ahora mismo necesito un baño relajante, y además yo me levanto mucho por la noche a hacer pis. Esas pastillas de cola de caballo son geniales para evitar la retención de líquidos, ¡abajo la celulitis! Je,je,je. Carmina nena las tienes que probar.

— Mira bonita, aquí baño no tenemos —contestó la abueli.

— ¿Ah no?, ¿y dónde se lavan?, ¿dónde hacen las necesidades fisiológicas? —preguntó Marga con cara de susto.

— Pues mira nena, facilito, facilito. Tienes la palangana de toda la vida, para quitarte esos kilos de potingue que llevas en la cara y lavarte los sobaquillos tienes más que suficiente, porque imagino que ya vienes limpita de casa, ¿no? Y para las necesidades esas que dices, tenemos dos opciones, o establo u orinal, ¡vamos cómo se ha hecho siempre en los pueblos de toda la vida de Dios! ¿No querías fin de semana rural?, pues más rural no lo vas a encontrar.

— Pero en el establo tendrán un retrete, ¿no? Es que a mí lo del orinal cómo que me da un poco de asquito —Marga estaba a punto de llorar.

— No, ahí sólo tengo a Perico, el burro; a Tomasa, la vaca y a Ceferina, la cabra que da una leche extraordinaria. Mañana te preparo el desayuno verás que sopas de pan, ¡gloria bendita!

Ver la cara de Marga fue toda una satisfacción. Tengo una yaya que no me la merezco, es total y supermegaguay. La adoro, la quiero con locura. Y claro que tenemos cuarto de baño, instalado en el sótano, con todos los detalles incluido un jacuzzi que parece una piscina. A papi le costó mucho esfuerzo convencer a la yaya que no quería romper la estética de su casita pueblerina; pero al final, cuando ya quedó zanjada y bien zanjada la ubicación, no hubo problemas.

Hoy por fin me he dado cuenta que esa palabra que le gusta tanto la yaya, la de pendón, significa algo más que esa cosa que sacan en las procesiones. En cuanto todo el mundo se acueste, me voy a dar un baño de espuma y de sales en el jacuzzi mientras saboreo mi dulce venganza. Esta noche Marga hará pis en compañía de Perico, Tomasa y Ceferina, que para eso me he ocupado de esconder el orinal de porcelana que la abueli tiene siempre, debajo de las mesillas de los dormitorios, más que nada como adorno y para recordar viejos tiempos. ¡Qué bonita es la amistad!

FIN

9 comentarios to “UNA ILUSIÓN MÁS, UNA AMIGA MENOS”

  1. ¡¡Jo, qué bueno y divertidoooo, Miren!! je,je.
    Me gusta tu Carmina, la abueli y ¡hasta la Fifí esa! ( Estupenda la imagen…juas,juas).
    El video encaja genial con el relato de las super pijis.
    ¡¡Enhorabuena, nena!!
    Lametorros.

  2. ¿Viste que divina de la “muelte” está Fifí?, o sea… (je,je,je)

  3. jajajaajaaaaaaaaa que yaya más autentica!! parece que sea yooooo…jajajajaaaaaa…Muy bueno Miren

  4. Ayy qué repijas!! Carmina for ever for Miren!!

  5. Buenísimo Miren ¡me encanta esta Carmina! ja jaaa superpija y retorcida a la vez, porque mira que la venganza…¡es de diez!.
    Por dios Marisa, la yaya me recuerda a doña Rogelia aunque ¡tú también te las traes…!

  6. Muy entretenido, un tanto subrrealista . Pero ahora están de moda las casas rurales “las pijas son auténticas, y la abuela PA FLIPAR”

  7. Eso era lo que pretende esta serie de Carmina, Patxi, que quien lo lea pase un momento entretenido.

    Muchas gracias por tus comentarios, son un importante empujón para seguir.

    Un saludo

  8. jajajajaja!
    quien quiere una amiga asi??

    JAJAJAJAJAJA!

    BABASSS!!

  9. Yo me haría otra pregunta ¿Y quien no ha tenido alguna vez una amiga así? 🙂

    Muchas gracias ¡¡guapooooo!!!!

    Besos

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