DESPEDIDA


Por favor, amor, no digas nada, déjame hablar. Hace tanto tiempo que deseaba disfrutar este momento, de abrirte mi corazón. Tantos años reprimiendo las palabras y los sentimientos que ahora, voy a convertirme en un torrente, y trataré de explicarte —si es que la emoción y mi torpeza para expresarme me lo permiten— todo lo que llevo dentro.

¿Recuerdas cuando nos conocimos? Jamás podré olvidar aquel día en el que tropezamos en la puerta de la lonja. Yo iba en mi bicicleta, y tú ayudabas a tu tío a descargar las cajas del pescado. ¡Casi te tiro al suelo!, y yo, hubiese ido detrás. ¿Recuerdas cómo nos reíamos después, cuándo nos imaginábamos rodando por el muelle cubiertos de sardinas y de boquerones? Desde el primer momento me hechizó tu piel morena y tu blanca sonrisa. Y no podía dejar de contemplar tus ojos grises que cambiaban continuamente de tonalidad según el color del mar.

Desde entonces, y a pesar del disgusto de mis padres —que no podían entender cómo una niña de clase alta como yo, abandonase a su pandilla de siempre para pasar tantos ratos junto a un pescador— no dejé de frecuentar ni el puerto, ni tu vieja casa. Recuerdo a tu madre, siempre con las manos ocupadas en algo, tan joven y tan hermosa. Y tú tan orgulloso de ser su calco y no tener un mínimo parecido con aquel padre que os abandonó.

Recuerdo a tu abuelo, sentado en su mecedora. Siempre con su pipa encendida o apagada entre sus rugosos labios. Siempre dispuesto a que nos sentásemos en el suelo a su lado para contarnos historias de sirenas, de caballitos de mar, de sus largos viajes, por todos los mares del mundo. Historias, que luego me decías que eran sólo producto de su imaginación, porque él jamás salió de las costas gaditanas con su pequeño barco de bajura.

No he vuelto a ver  atardeceres tan hermosos cómo los de la Bahía de Cádiz cuando, cogidos de la mano, caminábamos por la playa.

Tú querías ser médico, ¿recuerdas? Y deseabas que empezara tu último curso del instituto para iniciar tu carrera. Yo quería ser periodista, y ambos nos dejábamos arrastrar por nuestros sueños. Tú te convertirías en un famoso oftalmólogo e irías a buscarme a Palencia. Mientras tanto nos consolaríamos con nuestros veranos.

Pero no nos quedó ni ese alivio. Mi familia y yo jamás volvimos a Cádiz. Mis padres alertados sin duda por aquel cariño, vendieron nuestra casa, y desde entonces nuestro lugar de veraneo fue otro. No podían dejar que la niña se les malograse con un muchacho humilde  sin un apellido reconocido. Siempre chocando con lo mismo… el qué dirán… el dinero… la posición… el buen nombre…

Phssss no digas nada aún, déjame explicarte. Sé que me vas a decir que pude escribirte, llamarte por teléfono, siempre hay mil formas de comunicarse. Yo me fui, y tú prometiste ir a despedirme. Pero no apareciste, Álvaro. Esperé y esperé, me consumí en un mar de amargas lágrimas, no cumpliste tu promesa y yo no quería marcharme de allí sin decirte adiós. Mis pies permanecían anclados al suelo, y mi mirada fija contemplaba el lugar por donde deberías haber aparecido. Casi tuvieron que meterme arrastras en el coche. Según me iba alejando de allí una punzada de dolor se clavó en mi corazón. Y luego meses y meses esperando unas noticias que jamás llegaron.

Hoy, por fin he podido volver, han transcurrido nueve largos años. Terminé mis estudios, tengo mi trabajo, soy una mujer independiente; y al final mis padres han comprendido que ya no soy una niña y puedo tomar mis propias decisiones. Jamás les perdoné haberme prohibido volver a este hermoso lugar. Cómo tampoco te perdoné a ti tu abandono.

Tenía que regresar, por orgullo. Tenía que saber qué había pasado y acallar esa duda que me corroía las entrañas.

He vuelto a recorrer el puerto, he visto tu casita —blanca y encalada, igual que antes— y mi corazón comenzó a latir de nuevo. He llamado a la puerta y tu madre salió a abrirme, casi ni la reconocí. Es increíble lo que ha cambiado en estos años, no es ni sombra de lo que fue. Miré la mecedora del abuelo y estaba vacía, la casa en sí, estaba vacía. Al fin, he encontrado lo que venía buscando.

************

Mientras las ruedas del coche de mi padre giraban para devolverme a mi casa, tú luchabas entre la vida y la muerte. Ahora me acuerdo perfectamente de aquella ocasión en la que te comenté que el mejor regalo que podías hacerme, era una estrella de mar, ¡necia de mí! Y eso es lo que hiciste, ir a buscar mi regalo. Eras el mejor nadador y buceabas cómo los mismos peces. Cómo decías tantas veces, el mar y tú erais amigos. En él te criaste y empezaste a desplazarte por sus aguas incluso antes de caminar por la tierra. Hay amigos que traicionan y este te traicionó, o, quizá no. A lo mejor simplemente te quería tanto que quiso tenerte sólo para él. No pudo soportar compartirte conmigo.

Las lágrimas se agolpaban en mis ojos, saqué un trozo de papel y lo arrojé a ese mar traicionero que me quitó lo que más quería. Era la carta que tenía preparada para enviarte. Esa carta que el despecho y la certeza de que me habías olvidado, quisieron que se quedase arrinconada en un cajón. Destrozada volví la espalda a la playa y con paso lento me fui encaminando al centro de la ciudad, que abandonaría en breve, seguramente para no volver jamás.

Mientras me alejaba, el murmullo de las olas me trajo tus últimas palabras: “Te quiero Carolina”.

FIN

11 comentarios to “DESPEDIDA”

  1. Qué triste, Miren… y qué bonito… Gracias por compartirlo con todos.

  2. Emotivo relato, sabes hacer mantener la atención en todo momento. La entrada es fresca y jovial , y el desenlace un tanto subrealista pero encaja bien.
    Besosss

  3. Gracias Rhay, si es triste, pero algunos amores también lo son.

    La adolescencia es así Patxi, se sueña, se imagina, se piensa que podemos con todo jejeje. Muchas gracias por leerme, por comentar y por estar ahí.

    Besos

  4. Ainss, me ha dado penita, Miren…
    Lametorro grande, bella

  5. Gracias Linda por estar ahí.

    Besos

  6. Tengo la impresión de haberlo leído anteriormente y puede ser que no lo comentara porque era como si anticipase todo lo que iba a suceder y es que la vida, casi siempre por nuestra inacción, va por delante con independencia de lo ancladas que queden las personas por su orgullo o apatía.
    Me ha gustado mucho el relato que paso a compartir con mis amigos.

  7. Gracias Ricardo, por tu tiempo, por leerme, por tu comentario y por compartir.

    Un saludo

  8. Triste,nostágico y ¿poqué no? romántico relato, muy bien llevado hasta el final….
    ¡Cómo escribes Miren!

    Besicos.

  9. Gracias Pedro.

    Besazos

  10. MI REINO POR UNA HISTORIA DE AMOR ALEGRE!!!!

  11. Jajaja Tiri habrá historias de amores alegres, no lo dudes. No todo tiene que ser tragedia.

    Besos campeón

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