Conveniencia (by GusapirA)

-No puedes obligarme a coger vacaciones- le dije a mi jefe aquella mañana de agosto.

-Sí, puedo, lo pone en el convenio, mira, aquí- replicó el muy cerdo apuntando con uno de esos dedos que parecen morcillas. –Quince días los elige la empresa. El lunes no vengas.

-Voy a venir-dije riéndome en su cara.

-Bueno, pues ven, pero te he cancelado la tarjeta del parking y he dado instrucciones a seguridad para que no te dejen pasar.

Me cagué en sus putos muertos más frescos y en toda su estirpe. En silencio, eso sí, en completo silencio.

-Hijo de puta.

-De nada, hombre, para eso estamos, si ya sabía yo que llevabas tiempo pensando tomarte unos días libres. Mira, incluso me he tomado la libertad de reservarte un vuelo a Tenerife y un hotel bonito para que lo disfrutes.

-Tú eres más gilipollas todavía de lo que pareces, ¿verdad?

Pero no bromeaba, me metió la tarjeta de embarque en el bolsillo de la americana.

-Ale, a pasarlo bien. Haz fotitos. Y las subes a facebook, ¿eh?- y me acompañó a la puerta, rematando la despedida con una afectuosa palmadita en la espalda.

Caminé hacia mi coche, que estaba aparcado en línea solo un par de metros delante del suyo, saqué las llaves y no pude contenerme: “ris, ras”, de atrás a delante, como Dios manda. Con la presión adecuada para levantar pintura y hundir chapa. Por las molestias. De nada hombre, si ya sabía yo que hacía tiempo querías pintarlo.

Confié en que lo hubiera grabado y subido al puto Facebook de su puta madre.

Pero me fui a Tenerife, con un par. Al llegar a casa confirmé las reservas después de comprobar que no había cargado los gastos en mi cuenta. Seguro que pensaba cancelarlas suponiendo que no se me ocurriría viajar a las islas. Pues viajé. Nada más llegar al hotel, posiblemente, el más lujoso de la isla, lo primero que hice fue mostrar mi disconformidad con la habitación, exigiendo cambiarla por una suite. Me dijeron que ya era una suite, a lo cual no pude por menos que pedir, por favor, con la paciencia con la que se les habla a los niños pequeños o a los retrasados mentales, que quería una suite “de verdad”.

Solo quedaba libre la Royal Premium. Con ese nombre supongo que quieren que parezca la puta hostia. Me hice el ofendido cuando me hablaron de dinero. No sé cuál es el problema, solo había que cargar la diferencia a la misma tarjeta desde la que se había hecho la reserva. Seguramente, no valía la pena volver a pisar la oficina ni en quince días, ni en quince años (y un día) así que al menos, que se cagaran en mis muertos una mínima parte de lo que me iba a cagar yo en los suyos.

La Royal Premium no pasaría más de que “suite normalita” en otras islas a las que estaba más acostumbrado a viajar: Caimán, Malta, Barbados, Mauricio… En fin. La decoración era particularmente sobrecargada, presuntuosa y decididamente, horrenda: mirarla me hizo sentir ganas instantáneas de entregarme a la bebida hasta emborracharme. Seguro que tendrían Möet Chandon y porquerías varias del estilo. A falta de nada mejor, tendría que servir.

No estaba mal la piscinita. Las había visto mejores, la verdad, pero al final tres puñetas me importaba porque no tenía intención ninguna de bañarme. Me apoltroné en una tumbona discreta, apartada del resto de huéspedes, donde dar cuenta de la botella que acababa de pedir: la más cara de la bodega. Para sorpresa del camarero le dije que se llevara la copa, me la iba a beber a morro: eso siempre me ha ayudado a pensar.

Y tenía mucho en qué pensar: Para qué coños mi jefe me retiraba de la circulación quince días. No podía ser nada bueno. Olía a “ya verás que marronazo te comes a la vuelta si no haces nada para impedirlo” La mejor defensa siempre ha sido un buen ataque. Frontal. Brutal. Modo apisonadora, zas, en todo el morro. Si no se me ocurría nada mejor que cargar gastos estúpidos en su cuenta, no le iba a preocupar mucho. Igual que lo del coche: había sido infantil.

A todo esto le andaba dando vueltas, cuando se me acercó una chica. Tenía que ser puta, estaba demasiado buena. Treinta y tantos, rubia, tetas grandes naturales, cadera prometedora. Bikini y pareo a juego, estiloso. Se sentó en la tumbona al lado de la mía.

-Hola- saludé por cortesía.

La chavala bufó como los gatos antes de sacar las uñas.

-¿Sabes por qué he venido a sentarme aquí?- me preguntó.

-No, por qué- Joder, que boquita. Como fruncía el morrito al enfadarse. Qué profesional.

-Porque no tienes la típica cara del capullo que pretende hacerse el simpático, ni querer ligar como lo hacen los pardillos: que si qué buena estás, que si quieres tomar una copa, que si tienes algo que hacer esta noche. Pues bien, tengo que regar mis cactus, ¿entendido?

-No te preocupes, no quiero conversación. No me cuentes tu vida, solo te he saludado, zorra loca. Si vuelves a hablarme que sea porque quieres follar.

-¿Follar? Me la suda follar. Yo estoy a otro nivel. A mí si me vuelves a hablar que sea para echarme un buen polvo detrás de otro.

-Esa es una oferta que no suelo rechazar. ¿En qué habitación te alojas?-pregunté sonriendo inocentemente. En cual se iba a alojar el muy putón, en ninguna.

-En una jodida Suite Junior de mierda porque algún gilipollas de los cojones ha ocupado hoy mismo la Royal Premium.- respondió con sarcasmo. Qué boquita, virgen santa.

-Si la oferta sigue en pie, creo entonces que iremos a mi habitación. No nos hemos presentado. ¿Cómo te llamas?

-Llámame Zorra Loca, suena bien ¿Y tú?

-De Los Cojones, llámame Gilipollas De Los Cojones.

Me llamó eso y mucho más, me llamó de todo. Era de las que no callaban ni con la polla metida en la boca. Y qué boquita, madre mía. Todo lo que hacía con ella, lo hacía condenadamente bien. No tenía rodaje ni nada. No dejó ni mencionar el asunto de la pasta, con lo cómodo que resulta dejarlo acordado al principio. Se echó encima de mí nada más cruzar el umbral de la puerta y no me la pude quitar de encima. No hubiera podido ni aunque hubiera querido, pero no quería: me pegó el mayor, mejor y más minucioso repaso que me habían dado en mi vida, una auténtica paliza, ni corriendo un maratón se duda más que corriéndose tantas veces y tan seguidas. No sabía cuánto querría cobrar pero si había puta que lo valiera en el mundo, ésa era, sin duda. Lo que fuera, le daría el doble directamente, sin regatear ni pestañear. Incluso pensé en regalarle alguna chuche, no sé, algo bonito que le guste, una pulsera o un collar.

Qué injusto lo mal visto que está una tía que se lo sepa montar como esta. Así tenían que ser todas, o más, de ahí para arriba, cobrando o sin cobrar. Llegué a pensar que me dejaba seco, que iba a dejarme más exprimido que a los limones, que no iba a parar hasta que el soldadito pidiera tregua. Pero vamos, la vida es dura en general. No había llegado hasta aquí siendo el primer mierda en rendirse.

Sobre las cinco de la mañana y los restaurantes cerrados hacía horas, pactamos un receso para comer algo: el “algo” de cena ligera que pidió venía siendo la mitad de las existencias de la cocina del hotel. Yo la miraba incrédulo mientras hacía el pedido. Me dijo que no solo de pollas se vive, que están ricas, pero eso mucho no alimenta. Cierto.

Yo no tenía mucha hambre. O mejor dicho, estaba tan cansado que comer me daba pereza. Y temía un ataque de sopor posterior cuando la noche aún prometía: así que la observé cenar. Se regodeaba en la comida con la misma pasión enfermiza y obsesiva que con el sexo. Esta tía estaba pero que muy loca. Cada vez me iba cayendo mejor.

-Hay algo que quiero preguntarte- dije.

-Pues pregunta, joder.

-Me gustaría que nos siguiéramos viendo, voy a estar aquí unos días más. Pero eres tan jodidamente buena que me pregunto si eso se puede comprar.

-Tú también follas muy bien y aguantas bastante.

-Que cuanto cobras, Zorra Loca- pregunté impaciente.

-No soy una puta, Gilipollas De Los Cojones. Me gusta follar, comer, beber y los hoteles caros. Igual que a ti. Y me los pago yo, igual que tú. Tú de momento has venido haciendo lo mismo que yo hasta ahora y no te he preguntado cuánto cobras, subnormal.

No me toques los cojones. Eso lo interpreté como una puta señal del cielo.

-¿Puedes esperarme unos minutos? No tardaré, quiero ir a buscar algo para ti.

Ella recorrió con la mirada el carrito de comida: apenas había comenzado con el marisco y le quedaba aún un solomillo al foie con boletus al Oporto.

-Tú mismo.

Me vestí apresuradamente y bajé a recepción.

Angus Wadlnerberger- rezaba la placa del recepcionista- fue muy profesional. No sería la primera excentricidad que oyera en el turno de noche, ni siquiera levantó una ceja al escuchar lo que le pedí: levantó el auricular del teléfono e hizo una llamada. A los pocos minutos un taxi me recogía en la puerta del hotel y llevó a un taller de joyería donde elegí un solitario montado en oro blanco, asesorado por el excelente criterio del maestro joyero: nada de marcas, por muy fardonas que pudieran quedar a la hora de deslumbrar a la dama de turno: no era cuestión de tener logos de nadie tatuados en los cojones. Y menos un osito.

La paciencia no me permitió esperar a que me lo pusiera en su caja ni lo envolviera para regalo. Le dejé mi visa y mi DNI encima de la mesa, con instrucciones para que se los hicieran llegar a Angus, seguro que sabía lo que había que hacer. Le di un billete de 100 euros al taxista para que volara como Alonso hasta el hotel, y según lo previsto, llegué antes del postre justo a tiempo de ponerme de rodillas, como los cánones mandan.

Ella me miró con curiosidad. Increíble, se lo había comido todo. Había pedido comida como para cuatro personas y no había quedado ni la cabeza de las cigalas sin chupar. Me reafirmé: aquello no era una mujer, aquello era una bestia de la naturaleza.

-Esto es para ti si lo quieres- le dije poniéndole al anillo.

Se descojonó. Previsible.

-A ver, Zorra Loca, que te estoy pidiendo matrimonio. Un poco de seriedad.

-Entiéndelo, es que me está pidiendo matrimonio un Gilipollas de los Cojones, me tengo que reír, joder.

-Soy un gilipollas de los cojones que sé muy bien lo que quiero en cuento lo veo.

-El anillo es mono. ¿Si digo que no me lo puedo quedar?

-No, no te lo puedes quedar si dices que no.

-Vale, entonces sí quiero.

-¡Que no he terminado mi discurso!

-Jódete, me mola el anillo, si digo que no me lo quitas. Y una mierda. Sí quiero, sí quiero, sí quiero.- Canturreó.

-Sólo hay tres cosas que tienes que saber de mí- dije ignorándola. Al fin y al cabo, asumía como premisa de partida que estaba loca.

-No me importa, te quiero igual. Es lo que tiene el amor, aceptar a la persona que amas tal cual es, sin intentar cambiarla, ya sabes, toda esa mierda…- dijo con evidente tono de sorna.

Joder, que no calla la muy zorra…

-Primera: tú estás peor que un cencerro, pero yo no. Simplemente, sé lo que quiero y en cuanto lo tengo delante lo reconozco.

-Vale.

-Segunda: me llamo Jon Ander.

-Muy bonito- me dice- Yo Pilar. -Eso tendríamos que intentar arreglarlo, pensé.

-Tercero: me dedico al blanqueo de capitales.

Estalló de nuevo, desparramando carcajadas histéricas hasta que se le empezaron a caer lagrimones de la risa.

-Genial. ¡Es genial! ¡Es una auténtica pasada!- dijo casi con dificultad para respirar, sujetándose las costillas, incapaz de dejar de reírse.

-Bueno, Gilipollas de los Cojones, yo también tengo que decirte tres cosas a cerca de mí- dijo en cuanto se pudo controlar un poco.

-Di lo que sea, pero no me sueltes un rollo de qué bonito es el amor.

-Primera, que el día que no se te levante, pediré el divorcio.

-Me parece justo.

-Segunda, que vas a firmar un acuerdo prematrimonial porque mi coño no obedece, pero tampoco manda y entenderás en seguida que ninguno de los dos vamos a querer tener problemas el uno con el otro en caso de divorciarnos.

-Correcto, que lo redacte tu abogado si te parece mejor.

-No, si lo voy a redactar yo.

-¿Eres abogada?

-Tercera cosa que tienes que saber de mí: soy fiscal anticorrupción- dijo sin poder contener de nuevo la risa hasta el histerismo.

-No me jodas- dije sorprendido por primera vez.

-Sí te voy a joder, sí- dijo con voz lasciva acercándose de nuevo.- Pero te gustará.

-Un momento, un momento, un momento. Acabas de oír a qué me dedico, ¿no?

-Pues claro, no estoy sorda- me dijo tirándome encima de la cama.- ¿Tú conoces a mucha gente que pueda pagar la Royal Premium que se dedique a la fontanería?

-Y dices que eres fiscal anticorrupción.

-Creo que te voy a seguir llamando Gilipollas- dijo arrancándome la ropa a mordiscos.

Desde entonces han pasado ya veinte años y siempre digo que las dos cosas más inteligentes que he hecho en mi vida son, por ese orden, primero: pedirle matrimonio a mi mujer. Todo lo hace con la misma ferocidad con la que folla, todo: menudo puro le metió por el culo a mi jefe. Segunda: comprarle anillos sin logos. Gracias a eso sigo sin tatuajes de ositos en los cojones.

Gusapira

http://www.paraiso4.com/

9 comentarios to “Conveniencia (by GusapirA)”

  1. ¡Guauuuu! una parejita explosiva donde las haya ¿Quién dice que aquí no hay amor? (jajajajajaja).

    Gusa, muchísimas gracias por celebrar con nosotros el cumpleaños lamedor.

    Besos

  2. Muy bueno Gusa! te felicito!

  3. Hermosa redefinición del amor. 😄

  4. Como siempre, me sigo divirtiendo contigo, me encanta lo que haces. Saluditos
    Angel..ito

  5. Increíble Gusa! Muchas felicidades. Me gustó mucho. Ya lo había leído desde el fin, pero no había tenido oportunidad de comentarlo hasta ahora.

    Un abrazo enorrrrrme.

  6. Amores especiales…je,je…¡Estupendo, Gusa!
    Muchas gracias por estar, querida
    Un brindis por tí. Muackssssss.

  7. Increíble, Gusa. Como siempre.

  8. Me ha encantado. Me he reído mogollón y verdaderamente parece escrita en principio por un tío, aunque los tintes feministas también se notan enseguida.
    Es un lenguaje claro, procaz y contundente. No sé si todos tus relatos serán más o menos así pero tienes un arte increíble para escribir y fascinar.
    Gracias por poderlo leer, Gusa. Hasta siempre.
    Prestaré más atención a tus cuentos a partir de ahora, pues creo que es el primero que leo y ello es todo un pecado.
    Besos.

  9. ¡Ganas de volverte a ver (o leer) Gusa. Siempre me has gustado…

    saludicos, amiga.

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