El Colacao

Ay Señá Emilia, un disgusto detrás de otro, esta hija mía me va a matar, y si no me mata ella, me mata mi marío, pero a este paso, yo a la Navidá no llego.
Se acordará usté que allá por abril se me puso malita, que entre estornudos, moqueos y picores, la pobre se me consumía, que hasta las ganas de comer se le quitaron a la chiquilla y lo único que le entraba en el estómago eran los colacaos, que hasta usté me preguntó que qué hacía con tanta lata, que si me lo comía o era por hacer la colección. Que por cierto y antes que se me olvide, a ver si me pué traer la de las flores, que me cogió la vez la Engracia la del Jacinto y no consiente cambiarmela.

Bueno, a lo que iba, que le escribí a mi prima la de la capital contándole el problema, ella habló con una vecina que por lo visto está mu enterá de estas cosas porque su hijo se ponía igual cuando vivía en el pueblo y por las mismas fechas, desde que se lo llevó a la capital no le pasa, total, que se entiende que el cambio de aires les cura la moquera y que toa la culpa la tiene el campo.
Así que pa casa mi prima que mandé a la niña a que pasara el verano con el encargo de que ya que estaba allí, a ver si de paso me la espabilaban, que ya sabe usté que tó le da miedo y vergüenza, que no pué ser que con veinte años todavía no se hable con ningún muchacho ni se le conozca trato con los mozos, ni con las mozas, porque ahora que lo pienso, ni una amiga tiene la pobre, siempre sola detrás de mis faldas como si se la fueran a comer.

En fin, que yo estaba mu contenta y ufana porque se acordará que me escribió allá por el día de Santa Marta, contándome que estaba mu bien de salú, que ya ni moqueaba ni tenía picores, que se había echao una amiga y que paseaban cada tarde, iban al cine y se lo estaba pasando mu bien, que si se podía quedar hasta que pasara el día de la Virgen de agosto, que allí también eran fiestas y de camino ayudaba a mi prima con los niños, que tiene cinco o seis, quizá siete, ya perdí la cuenta, la coneja la llaman porque parece que los tiene de dos en dos.

Claro está que la dejé, daba gloria verla con esa alegría con que contaba las cosas, esos ánimos que nunca le vi, si hasta desparpajo parecía que había echao desde que estaba allí.

Cuando volvió y la vi bajar del coche de linea parecía otra, estaba mas gordita, con aquel vestido nuevo que le habían regalao sus amigos nuevos por su cumpleaños, con la melena suelta sin aquella coleta que le deja las orejas al aire, que mira que ha tenío mala suerte la pobre al sacar las orejas de su abuelo en paz descanse, mu buen hombre y mu trabajador que era mi suegro, pero mas feo que un dolor, que se ponía el puro en la oreja y allí se quedaba sin miedo a perderlo por mas que se moviera el hombre segando.

Ay, tan contenta que estaba yo con aquel cambio, pensando que así, mas arreglaíta, mas moderna y echá p’alante algún mozuelo le pediría relaciones y no se quedaría pa vestir santos, que si seguía tapandose las orejas con el pelito y se paseaba por la plaza con ese contoneo que le había enseñao la amiga, alguno caería.
Pero conforme pasaban las semanas se iba apagando otra vez, ya los mocos no eran culpa del campo, ahora era otra cosa, cada vez que llegaba el correo y no había ná pa ella se iba en lloros. Por mas que le preguntaba no soltaba prenda, otra vez sin ganas de comer, otra vez a base de colacaos pero cada vez mas gorda. Y ahí ya mi marío se puso serio, porque el colacao alimenta, pero aquella gordura no era normal por mas quilos que se tragara.
Pos resultó que si que era normal la barriga, preñá que me vino de la capital, que no quiera saber usté lo que llegó a decir mi marío de mi prima, que si la culpa es de ella, que si no estuvo pendiente de las compañías de la niña, que si se veía venir, que claro, como iba a estar por la niña si solo pensaba en traer conejos al mundo, en fin, desvaríos que mejor no contar por no aburrir.
Mi Eusebio quería plantarse allí a buscar al padre de la criatura pa traerlo de las orejas a casarse con la niña, y ahora viene lo mas gordo, es militar, pero no de aquí, de los de las américas y andaba de paso por la base, y pa acabarlo de rematar, no se acuerda ni del apellido ni de donde le dijo que era, cosa normal con esos nombres tan raros y complicaos que se gasta esa gente, que parece que ni se entendían porque la niña de americano ni papa y el otro de español menos, así que no se que le enamoró si ni conversación tenían. Lo cariñoso y la sonrisa dice ella y que era el primer mozo que le hacía fiestas. Le dió la dirección del pueblo en un papelillo esperando que le escribiera pero ni una carta llegó, claro que el pobre no habrá escrito porque no sabe, que esa es otra, si ni sabe hablar menos sabrá escribir la criatura.
Y aquí me tiene, paseando al Colacao a ver si le compro un abriguito pa cuando llegue el frío, que ha salío grandote y crece fuerte como un roble el mozuelo, mu buen niño, obediente y tranquilito como su madre, lástima el color, claro que la culpa es mía, por eso el disgusto es mayor, ya me lo decía mi Eusebio, tanto colacao no es bueno, y tenía razón, de lo que se come se cría y por algún lao había de salir, concentrao, negro como el tizón ha salio el niño, por eso aunque Don Ramón el cura le puso Luís, pa nosotros siempre será el Colacao.

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11 comentarios to “El Colacao”

  1. Si es que la culpa de todo la tiene “aquel negrito del África tropical” jajajaja que recuerdos Elo, nena. Aunque yo no era de mucho Cola-Cao jejeje.

    Un texto divertido, fácil de leer y muy bueno.

    Besazos

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