RECOLECTANDO DECEPCIONES

Ya no hacía calor, era noviembre. Sin embargo, cada vez que pasaba el cuerpo musculoso de Juanjo por delante de la zona que me habían asignado, algo en mi interior se alborotaba y ardía. Irremediablemente acumulaba en mi alocada cabeza toneladas de ficticios pecados, todos ellos mortales de necesidad. De aquellos tórridos pensamientos  era imposible arrepentirse porque eran las únicas alegrías que me podía permitir en ese lugar tan aburrido en el que parecía que sólo había tiempo para trabajar de sol a sol cuando llegaba la temporada de la cosecha.

En aquellos instantes de gozoso ensimismamiento imaginaba cómo sería el tacto de su torso desnudo, cómo sabrían aquellos carnosos labios que enmarcaban una sonrisa tan perfecta y pícara, cómo olería su rebelde pelo moreno cuando se enredase entre mis dedos…En fin, que lo imaginaba absolutamente todo y, muy a menudo, me sobraba la ropa que llevaba puesta cuando tenía frente a mí a aquel Adonis. Me extrañaba ver a un tipo tan apuesto -tan “niño bien de cuidad”- doblando el espinazo. La verdad es que no parecía estar muy acostumbrado a aquel tipo de trabajo, pero se veía que el muchacho era trabajador. Yo tampoco era de la zona, estaba allá tan sólo porque pagaban bien, y en cuanto acabase la temporada de la recolección, regresaría de nuevo a casa y él iría a la suya; con lo cual, todos los datos sobre su persona, en el fondo, me daban igual.

Sin yo quererlo, de cuando en cuando, volvía a la realidad. Aquel barrigudo de mostacho gris, el Sr. Luján, se encargaba de bajarme de mi nube y de ponerme los pies en la tierra. Él era el dueño de la explotación y pensaba que también lo era de mis pensamientos; pero estaba muy equivocado. Me pretendía y no aceptaba mis reiteradas negativas a sus sucias proposiciones. El viejo no lograba comprender que una muchacha sin posibles, como lo era yo, prefiriese ganar cuatro honrados duros deslomándose en el campo antes que ganar cien convirtiéndose en su putita. Por lo visto, mi postura no era la habitual y mi actitud de rechazo, lejos de echarle para atrás en sus pretensiones, le daban fuerza para seguir intentándolo. No estaba acostumbrado a perder. Corría la voz de que en cada campaña, él hacía su propia selección dentro del personal femenino que acudía a la finca para trabajar en época de cosecha, y que finalmente recolectaba lo que le parecía mejor para llevarse a la cama. Según me repetía cada vez que, a traición, acercaba su seboso cuerpo a mi trasero, él estaba “ infelizmente casado y desperdiciado” desde hacía casi un cuarto de siglo. También me recalcó en más de una ocasión, con una soberbia que me resultaba asquerosa, que tenía cuatro hijos que eran: “cuatro joyas, clavaditas en todo a él”. A su esposa nunca se la ha visto por el campo. Las malas lenguas dicen que vive recluída en el inmenso y lujoso cortijo que el matrimonio construyó cuando los negocios empezaron a irles bien, allá por los años 70; que apenas sale, que su depresión es tal que, con tanta medicación y después de tantos años de sufrimientos, ha perdido la cabeza… Por lo poco que me he enterado, se dicen muchas cosas en torno a esta familia, y pocas buenas, pero lo cierto es que sus tierras dan de comer a muchas personas de la comarca y alrededores. El Sr. Luján paga bien, y a determinadas personas, entre las que no me encuentro porque no me da la gana, ¡muy bien!

-He visto como miras a ese muchacho nuevo que he traído para que supervise el trabajo. Te gusta, ¿verdad que sí, tontorrona? Anda, cuéntame cómo te pone… ¡Ya podías mirarme a mí así!… Uff, ¿ves cómo me pongo sólo de pensarlo?- Y, por enésima vez, un nuevo intento de frotarse contra mi cuerpo.

-Cualquier día hago una tontería, Sr. Luján.- Dije intentando reprimir la arcada que a punto estuvo de escapárseme.

-Eso quiero, eso, que hagamos muchas tonterías tú y yo…Bien juntitos…¡¡Mira que estás buena!! ¡Tienes que ser una bomba haciendo guarradas, Lola!- Creo que hasta vi cómo un hilillo de baba resbalaba por la cara de aquel cerdo cuando, en un descuido, pellizcó mi pecho derecho mientras continuaba lanzándome proposiciones aún más hirientes.

-Hablo muy en serio. ¿Sabe qué es lo que me frena, Sr. Luján? Únicamente que después me arrepentiré. ¡O eso creo, vaya! ¡ Así que si no quiere tener problemas, déjeme en paz, por favor se lo pido. Voy a seguir con lo mío, que le recuerdo que usted me paga a mí por trabajar, no por hablar ni por otro tipo de cosas… ¡Adiós y que tenga un buen día!- Dándome media vuelta intenté zanjar aquella conversación. Estábamos solos y me sentía desprotegida. Me estaba agobiando demasiado y tenía que alejarme de él -¡pero a la voz de ya!-, tal y como lo había hecho en otras muchas ocasiones.

-Ven, ven, pajarita… Tú no tienes prisa. El resto tiene que trabajar duro y ha de sudar para sacarse un jornal pero tú…No seas así, mujer. ¡Anda y sé buena conmigo!- Me dijo tras alcanzarme de nuevo, unos metros más allá.

-Le advierto de que está llegando esa hora de la que hablo, Sr. Luján.

-¿Qué hora? ¿Nuestra hora? No me des esa alegrías que no estoy yo para tanta emoción, so golfilla. Aunque, para serte sincero, sabía que este momento llegaría. Y te preguntarás que por qué lo sabía, ¿no, Lola? Pues muy sencillo, porque sois todas iguales. A ti te gusta jugar, hacerte la digna, pero eres como el resto...¡Sois todas unas putitas!– Dijo visiblemente excitado mientras se abalanzaba sobre mí. Instintivamente me aparté y él cayó. La mala fortuna para él, y la buena para mí, quiso que se golpease mortalmente con una piedra de considerables dimensiones.

Todo se había adelantado. El final hubiese sido el mismo para aquel indecente ser. Tenía claro lo que pensaba hacer, aunque aún no lo había planificado. Ya no haría falta que cuidase todos los detalles para salir victoriosa de aquel difícil proyecto. La casualidad se había aliado conmigo. Yo no había intervenido activamente en este accidente. Todo había sido fortuito. Mejor para mí y para mi futuro, pensé cuando vi que su fofo cuerpo no se movía.

De repente sentí miedo, y grité. Habían transcurrido tan sólo unos segundos cuando alrededor del Sr. Luján se agolparon decenas de personas. Unos callaban, otros lloriqueaban- probablemente por miedo a perder el trabajo- y otros, simplemente, observaban.

Cuando menos lo esperaba, noté calor. Unos fuertes brazos rodearon mi cintura y me alejaron del lugar en el que yacía inerte mi pesadilla. Era Juanjo. ¿Quién si no iba a producir esa reacción en mí? No había duda posible, levanté los ojos del terreno y, en efecto, era él. Tan guapo, tan atractivo…¡tan todo!

-Vamos, nena. No te preocupes por nada, ¿de acuerdo? Si hay algún problema, yo lo he visto todo y también lo he escuchado todo. En casa le conocíamos bien. Papá era así, tenía sus cosas… Era un hombre, ¡ya sabes!.- “Cuatro joyas, clavaditas a mí” es lo primero que me vino a la mente cuando aquella voz tan masculina se dirigió a mí.

Un instante después de aquel primer contacto con Juanjo sentí frío, mucho frío, y algo en mí se congeló para siempre.

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16 comentarios to “RECOLECTANDO DECEPCIONES”

  1. Ay, Linda que bueno!!!!! no me esperaba el final…un futuro cerdito.

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