La cosecha

Los campos estaban listos para la recolección. Desde la ventana de la casa se podía apreciar un mar de nubes blancas que anunciaban el momento de la cosecha. Todo estaba preparado, al fin. María Antonia se levantó sigilosamente para no despertar a su marido, consciente de las jornadas que le esperaban. Bajó a la cocina y encendió el fuego del hogar. Hoy prepararía un fuerte desayuno, acorde a las necesidades de los hombres de su casa. Tomó un pan de hogaza que ella misma había horneado y lo cortó en rodajas. Encima de la mesa dispuso aceite de oliva, unos tomates, jamón y queso de oveja. El café burbujeaba en la cazuela. “Unas castañas asadas y unos boniatos calentitos les sentarán bien”, pensó. Al despuntar el día, llamó a su marido y a su hijo. Gabriel se desperezó lentamente mientras se dejaba bañar por el sol de otoño que entraba por la ventana del dormitorio. El aroma del café recién hecho le abrió el apetito. Cuánto le gustaba ese momento del día. Tras pasar por el baño –como todas las mañanas – bajó a la planta inferior donde su mujer y su hijo lo esperaban a desayunar. Biel correteaba por la sala jugando con un coche de madera e incordiando a su madre aquí y allá. Hoy era la primera vez que saldría al campo con su padre, y estaba eufórico. Sus padres lo miraban con ternura. “Buenos días, cariño” dijo Gabriel mientras besaba las mejillas sonrosadas de su esposa. “Buenos días”, contestó María Antonia. “A desayunar, que se enfría el café”, ordenó. Todos se sentaron a la mesa. El día era claro, fresco, y la puerta entreabierta traía los aromas del campo, ya seco y preparado. Mientras su familia desayunaba, María Antonia miraba abstraída a su taza de café recién hecho. Algo la perturbaba, pero no quería comunicarlo. No quería romper ese momento mágico del día en donde no había ni preocupaciones ni problemas. Eran ellos tres, y nadie más. No quería saber nada de bancos, hipotecas o financieras. No era el momento.

En el cobertizo donde guardaban los aperos esperaba el señor Gabriel, el patriarca de la familia. Era un recio campesino de más de ochenta años, pero con la fuerza de un chaval de veinte. “¡Vamos, que el día no espera!”, gritó a su hijo. Tomaron los aperos y se alejaron entre los trigales para comenzar la faena. “El arte de recoger el algodón es algo científico”, decía siempre el señor Gabriel. “Si no comienzas por el principio, no acabarás nunca”.

María Antonia se asomó a la puerta de la casa, absorta en la figura de los hombres que poco a poco se iban haciendo más pequeños hasta desaparecer entre los algodonales. El timbre del teléfono la sacó de su contemplación. “¿Sí?”, contestó con desgana. “Buenos días, le llamo del banco.”, contestó una voz anodina. “¿Y qué quieren?” contestó María Antonia con tono defensivo. “Verá, hemos estado revisando sus cuentas, y no podemos esperar más a que nos satisfaga la deuda que tienen con nuestra entidad”. Las cosechas de trigo del año anterior se habían echado a perder por la sequía y el pedrisco, así que como muchos otros campesinos de la zona tuvieron que pedir un crédito al banco para poder salir adelante. Fue una trampa fatal, ya que el banco les impuso unos intereses que a duras penas pudieron ir pagando. Pero el campo es así de caprichoso, y no siempre se sacaba producto suficiente para pagar. Ello hizo que poco a poco fueran cayendo en las fauces de sus acreedores. Habían hecho todo lo posible para conseguir dinero, pero nunca era suficiente. Habían trabajado las tierras de los terratenientes, habían sustituido el trigo por el algodón con la esperanza de no volver a tener imprevistos, incluso había puesto su gran talento culinario al servicio de las casas bien de la zona, pero ni aún así conseguían ganar lo suficiente. “Este año la cosecha ha sido generosa, así que en cuanto vendamos el algodón podremos hacer frente a los pagos”, apostilló María Antonia. “Lo lamento, pero no podemos esperar más”, sentenció la voz. “Si no pagan en veinticuatro horas, nos veremos obligados a ejecutar una orden de embargo”. “Pero no vamos a poder reunir el dinero en un día. ¿Es que no pueden esperar a que vendamos la cosecha de este año? ¡Podremos pagarlo todo si nos dan un par de semanas!” Suplicó María Antonia. “Lo siento, ese no es nuestro problema. Si no pagan en veinticuatro horas, nos quedaremos con su casa. Buenos días”. Los ojos encendidos de María Antonia miraban furibundos al teléfono. Lentamente, dejó el auricular en su sitio y prosiguió con las labores de su casa, pero en su cabeza retumbaban una y otra vez las palabras del empleado del banco. “No hay tiempo”, se repetía constantemente. Mientras preparaba la comida para sus hombres, se le cruzó la imagen de su hijo jugando en la cocina. El desasosiego la invadió por un momento, y sintió un impulso irrefrenable de sentarse en un rincón a llorar desconsolada. Pero sabía que esa no era la solución. No había solución posible… Una lagartija la sacó de su mundo. Odiaba a esos bichos repugnantes. Dio un respingo y se dispuso a acabar con esa alimaña a escobazo limpio, tratando de sacarla de su casa. Ya en la puerta, divisó en el camino a los vecinos. Llevaban en un camión todas sus pertenencias y un rictus de abatimiento en la cara como jamás había visto. El banco les había ejecutado un embargo y tenían que abandonar la casa que durante generaciones había pertenecido a su familia. “No”, pensó María Antonia. “Esto no le ocurrirá a mi hijo”, dispuso.

A la hora de la comida los hombres volvieron a la casa. María Antonia no estaba, aunque la comida reposaba caliente arrimada al fuego y la mesa dispuesta. En la encimera de la cocina, Gabriel encontró una nota. “He ido a hablar con el director del banco. No me esperéis a comer. Tardaré en volver. Os quiero”, rezaba la nota. Al dejar los aperos en el cobertizo, Gabriel advirtió que faltaba una escopeta y una caja de munición. El viento hizo temblar las algodoneras convirtiendo el campo en un mar de nubes nuevamente. Se miró las manos agrietadas por las púas del algodón. “Yo también te quiero”, dijo Gabriel al viento.

6 comentarios to “La cosecha”

  1. No hay nada tan sacrificado como trabajar la tierra. Una labor muy esclava y poco valorada. Dicen que el que se dedica a cultivar crea unos lazos fuertes e invisibles con la tierra que le da su sustento, y con la gente que la trabaja con mucho esfuerzo.

    No me extraña la postura de Antonia.

    Excelente relato Rhay.

    Besos

  2. Una cruda realidad!!!!!
    muy buen relato

  3. Muchas gracias a todos los que habéis leído este relato, que está inspirado en unos amigos míos muy queridos.

    Cupcakemaniatica, espero que a partir de ahora te quedes por aquí y nos leas.

    Besos y mil gracias.

  4. Me encantó Rhay.Esa bucólica y magnífica descripción inicial del desayuno familiar, en contraposición con el desarrollo de la mañana y más aún ,con el duro final…hacen mucho más terrible y trágico el relato.
    Fíjate, ya sé que soy muy raro pero…sigo viendo poesía en él.
    Un abrazo, amigo.

  5. ¡Qué bien describes y qué bien escribes, Rhay!

    Un relato estupendo. Todos los tuyos lo son…

    Muackssssssss, hermoso.

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