EL DUENDE DE LAS CASTAÑAS

No me gustaba el otoño. Era una estación tonta y llorona. Los días eran siempre grises, llovía casi todo el tiempo, comenzaba el frío, los árboles se ponían feísimos convirtiéndose en palos negruzcos y secos. Y para colmo empezaba el colegio. De nuevo atenerme a los horarios, aguantar las aburridas charlas de los profes y, cómo no, al pesado de Jesús Enrique que llevaba dándome la paliza desde el parvulario con la tontería esa de que quería ser mi novio y, lo que es peor, aguantar con resignación sus proyectiles de papel disfrazados de avioncitos donde —con mala caligrafía, y peor ortografía de— me escribía sus interminables poemas de amor. Aún recuerdo la primera que me escribió cuando ambos teníamos sólo seis años:

“Bolverán las hoscuras Jolondrinas

En tu valcón sus nidos a coljar una

y hotra bez con el hala en tus cristales,

Gujando yamarán.

 

Pero haquellas que el buelo refrenavan

tu ermosura y mi dicha contemplar.

Haquellas que haprendieron nuestros nombres,

¡esas no bolverán!”

Poesías que, para mi indignación y disgusto, luego me enteré que no eran suyas. Eran de un tal Gustavo Adolfo Bécquer, según nos contó la profe de Lengua. Mi enamorado —además de bobo— era un mentiroso y un mal imitador, por lo menos podía haberse esforzado en hacer bien la copia.

Con lo bien que vivía yo en verano, con sol, playa, sin horarios, sin deberes… Sin Jesús Enrique, y con Jorge —nuestro vecino de apartamento—. Un pillo pelirrojo y pecoso que me tenía sorbido el seso.

Pero lo peor de todo, y con diferencia, eran las excursiones campestres de fin de semana. No terminaba de entender ese gusto que tenía mi padre por llevarnos cada domingo, al monte, al bosque… bueno a todo lo que fuese silvestre.

Me agobiaba la neblina, me molestaba sobremanera pisotear las asquerosas hojas marrones húmedas, y llenarme los zapatos de barro —que luego había que limpiar—. Las obligaciones en casa estaban repartidas, y a mí me tocaba recoger la mesa y limpiar el calzado.

Esa tarde estaba más mohína de lo normal. La semana había sido dura, septiembre y octubre eran meses más o menos relajados, toma de contacto con los compañeros, primeros temas de repaso, etc. Pero en noviembre comenzaba ya lo más pesado. De buena gana me hubiese quedado en casa tumbada a la bartola escuchando música o hablando por teléfono con Cris —mi mejor amiga—. Pero con diez años no te queda más remedio que seguir a tu familia donde quiera llevarte. Y en este caso era sufrir una tarde húmeda y molesta en un barrizal plagado de hojas secas.

Iba caminando tan absorta que no me di ni cuenta de que me había alejado de mis padres y hermanos. Cuando quise reaccionar, me vi allí sola en medio de un bosque, rodeada de árboles. Me puse muy nerviosa, era lo peor que me podía haber pasado. Perdida en aquel otoño que me repelía y a la vez me provocaba inquietud.

Di unas vueltas en redondo pero tampoco me atrevía a alejarme de aquel lugar, imaginaba que cuando se diesen cuenta que yo no iba con ellos volverían a por mí. Respiré hondo y decidí que lo mejor era quedarme allí y esperar. Pasaron horas (bueno mejor dicho, minutos que a mí me parecieron horas) y allí nadie aparecía.

Unos ruidos procedentes de los arbustos me alertaron. Me quedé muy quieta y de pronto entre una zona espesa del bosque apareció un ser extraño. Era como un hombrecillo que me llegaría por la cintura. Tenía una gran nariz ancha y ganchuda, y unos ojos enormes; pero lo que más me llamó la atención fueron sus enormes orejas de elefante.

La sorpresa del hombrecillo fue tan evidente como la mía.

— ¡UIUIUIUIUIUIUI, una niña humana! —exclamó—. No es nada habitual veros por estos parajes, y menos, solas.

— Creo que me he perdido, pero estoy segura que mi familia volverá enseguida a por mí. —Intenté aparentar una seguridad que no tenía. Me habían enseñado desde muy pequeña a desconfiar de cualquier desconocido, y más, si estos tenían un aspecto extraño, y este lo tenía, y mucho.

— Tranquila hijita, te haré compañía mientras vienen tus padres. Me llamo Rumpelstilskin, y soy un duende.

En aquel momento no sabía si reír o llorar ¿duendes? Hacía un par de años que era lo suficientemente mayor para no creer en seres mágicos.

Sin poder evitarlo las lágrimas comenzaron a inundar mis ojos. ¡¿Qué hacía yo ahí perdida en aquel lugar, acompañada de un tío raro y en un estúpido otoño, la estación que más aborrecía?! Con la desesperación no me di cuenta de que  la última frase la había pronunciado en alto.

— ¿No te gusta el otoño, pequeña? Pues que sepas que es una estación maravillosa y llena de magia. ¿Ves estos árboles? Son castaños y son milenarios, llevan aquí muchos años. Creo que más que yo, y yo ya voy por mi 315 cumpleaños —y eso que entre mis congéneres soy de los más jovenzuelos je,je,je— ¿Sabes que esta es la época perfecta para la naturaleza?

— Pero se hace enseguida de noche, llueve mucho y hace frío, no me gusta —protesté sin dejar de gimotear.

— Claro nenita, para que el campo se regenere tiene que llover. ¿Qué quieres que los pobres árboles y la hierba se mueran de sed? Tú necesitas beber para vivir y ellos también. ¿Te figuras que todo fuese sol, sol, y más sol? No habría nada verde, al final todo se volvería marrón y se quemaría con el efecto solar. No habría agua, ni vida. Ni las plantas, ni los animales, ni tú, ni yo podríamos existir.

— Pero en verano soy libre. En invierno llega Navidad. Y en primavera ya comienzo a soñar con las vacaciones…

— Hijita, si todo fuese un interminable verano, o una eterna Navidad, os cansarías también de esa vida. Los humanos sois muy volubles y caprichosos; nada que ver con nosotros que somos seres estables, ejem, ejem.  Mira pequeña, mira mis manos. Esto son castañas, el fruto de estos árboles que, como ves, se empiezan a quedar feos y desnudos sin hojas. ¿Sabes por qué? Porque ellos ahora van a comenzar a dormir. Les espera un largo invierno, si el inclemente frío no les pillase dormitando, les mataría. Pero antes de que eso pase —como son seres agradecidos y generosos— nos dejan su último regalo hasta que vuelvan a despertar en la próxima primavera; nos dan su fruto. Un fruto que sirve de alimento a los animales y a las personas. ¿Has comido alguna vez castañas asadas?

— Sí, y me gustan mucho, mi abuela las hace cuando vamos verla. A mis hermanos y a mí nos encanta comerlas calentitas y sentados junto a la chimenea, mientras ella nos cuenta historias y leyendas de su pueblo.

— ¡Lourdes! ¡Lourdesssss! —Sentí una gran alegría; era mi familia que me llamaba, y estaban muy cerca.

— ¡Ups! Creo que ya vienen a buscarte. Es hora de desaparecer. Comprende que somos seres huidizos y no nos gusta mucho el contacto con los de tu especie. Aparecemos en contadas ocasiones, y sólo, cuando alguien es realmente muy especial. No, no, no, podemos darnos a conocer, aún no sois lo suficientemente fiables, no podemos arriesgarnos a que nos exterminéis.

— Adiós Rumpelstilskin. —Me despedí con un deje de tristeza.

— Adiós pequeña, y recuerda siempre que esas castañas que tanto te gustan son un regalo de tu amigo el otoño.

************

— ¡Jooo, mamá! ¡Cómo me ha gustado tu cuento! Aunque el otoño sigue sin gustarme nada de nada.

— Bueno, eso ya lo veremos. Venga remolona ponte el abrigo que tu padre nos  está esperando en el coche. Hoy ya sabes que te tienes que portar bien. Es un día muy importante para él, nada menos que va a recoger el premio “Pluma de oro” que le han concedido por su última novela. Tenemos que estar muy orgullosas de él.

— Sí, mamá, lo estoy. Ayer mi profe de Literatura me dijo que había leído todos los libros de papá. Me felicitó por tener como padre a un magnífico escritor. También me dijo le diese la enhorabuena de su parte y que le comentase que  es una gran admiradora suya. Y que yo podía aprender de él, que como siga así en ortografía, me tendrá que suspender. —Suspiró la niña.

— Ja,ja,ja,ja, eso es porque ella no sufrió sus arrebatos literarios durante toda la infancia. ¡Menos mal que todo en esta vida tiene arreglo! ¡Vamos, vamos qué se nos hace tarde! Te prometo que el domingo que viene iremos al campo. Lo mismo hasta con un poco de suerte nos tropezamos con el duende de las castañas. Pero, umhmmmm, eso no te lo puedo garantizar del todo. Rumpelstilskin es un poco quisquilloso y sólo aparece en ocasiones muy especiales y, únicamente, cuando algún humano le resulta simpático.

FIN

NOTA DE LA AUTORA: La maravillosa foto del Castañar de Casillas me la ha prestado amablemente Ignaciocenteno. Un genial fotógrafo que tiene en su página de Flickr, una colección de fotos magníficas.  Muchísimas gracias Ignacio.

10 comentarios to “EL DUENDE DE LAS CASTAÑAS”

  1. Bonita invitación a seguir los relatos de Otoño y adentrarnos en un bosque de tu mano, Miren. Me parece un cuento realmente sugerente para compartir con los chavales y animarles a disfrutar de la lectura . Un beso

  2. Bonito cuento de cuentos, nostálgico y apropiado para la época. Besosss

  3. Gracias Sole, eso espero que la generaciones que nos siguen se aficionen a la lectura.

    Besos

    Mil gracias Patxi, por estar siempre ahí. El otoño es una época mágica aunque a algunos no les guste🙂

    Besos

  4. Precioso cuento en el que como moreleja nos dices que no hay nada imposible en esta vida. Todo es susceptible de cambiar…¡Y a mejor!

    “Hextupendo testo, amija”…je,je.

    Besazos, Miren.

    P.D= Fotos impactantes. ¡Qué bonitas!

  5. Gracias Linda jajajaja. Si ese es el mensaje, todo puede cambiar si nos lo proponemos.

    Besos

  6. Muy buen relato de otoño.
    Soy de los que tampoco les gusta esta estación, como a tu protagonista,pero el cuento lo encontré perfecto y nada ñoño para una niña de diez años,cosa que no es habitual…
    Estupenda narración amiga y magnífico cuento.

    Me gustó mucho Miren ¡ah! y la fotografía ¡de diez!

    babicass.

  7. Gracias Pedro, por estar siempre y animar con tus comentarios.

    Besazos maño

  8. Me ha gustado y como yo siempre supuse, el mundo es de los constantes y tenaces. Se llevó la chica, se llevó los premios…. pues ¡¡¡vaya, con el bobito!!! La redacción muy buena.

  9. !QUÉ HERMOSO RELATO DE DUENDES!
    La autora ha demostrado su sensibilidad, además de la manera muy suya de describir el bosque y el otoño.
    Me deja una enseñanza positiva sobre esta estación: el descanso de toda la naturaleza en otoño para resurgir en primavera, alimentándose con agua, esa que todos necesitamos para vivir.
    GRACIAS Y FELICITACIONES

  10. Gracias a ti María del Carmen, me alegra que te haya gustado mi cuento.

    No sabes la alegría que da cuando gusta lo que haces, una de las labores de quien escribe es entretener a lo demás, y cuando se consigue es un empujón muy grande para seguir.

    Besos

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