Solsticio de invierno

El mar horadaba la roca lentamente, tan lento era el mar socavando entre aquellas piedras salinas como lo era el sol intentando despedirse

¿Nos os ocurre que en esos momentos en que todo va bien uno tiende a no pensar en nadie más que en sí mismo? A mi me pasa, y por eso entiendo que cuando sucede lo contrario, es decir, que las cosas no van tan bien, o para que andar con paños calientes, cuando las cosas van fatal, cuando van tan mal que ya no te importa ni la desgracia ajena ni la tuya propia, porque el límite ya está tan dado de sí que sería imposible comparar medidas, el tiempo te alcanza. Se esconde detrás de ti, como una sombra con muy mala leche y te echa el aliento en el cuello –que además huele agrio, porque lo bueno, huele bien, y lo malo, es fétido, como en los cuentos de hadas, que algo de cierto hay en ellos-.

Pues aquella tarde el mar no me parecía ni tan bonito ni tan azul, y eso que los colores del amanecer pedían a gritos una cámara digital que, además de buenas fotos, me permitiera subirlas al ritmo de un suspiro en la red social para entretener al público que en ese momento, debo decir la verdad, me era del todo indiferente. El invierno que amenazaba con salir de entre aquellas rocas, y yo divagando.

El mar horadaba la roca lentamente, … Y yo seguía intentando descifrar el patético esfuerzo que me estaba suponiendo decidirme a salir de nuevo esa noche y resarcirme de tantos años dedicada a alabar, apoyar, consolar a Mario, un hombre de esos que debería ser obligatorio en el currículum vital de cualquier mujer, para aprender a diferenciar lo que significa un compromiso con amor o comprometerse a perder el tiempo con los Mario/Manolo/DarthVader que se cruzan en nuestro camino.

Creo que durante todos aquellos años no coincidíamos apenas uno o dos días entre semana, porque a pesar de compartir oficio y casa, nuestros intereses y el propio trabajo ya se empeñaban en separar físicamente lo que desde el principio ya estaba más desligado que una mahonesa cortada.

Supongo que por la falta de roce diario y esa extraña costumbre que adopté de terminar contándole a Tanga mis preocupaciones y también la mayor parte de mis alegrías, una tarde dejé de lanzar botellas de náufrago al desierto, porque la paciencia en mi abunda, pero la falta de sentido común nunca me ha querido acompañar, y menos cuando estoy sobria. Así que el día en que Mario salió con prisa, como era habitual en él salir con prisa, y vestirse con prisa, y follar rápidamente, quizá para no tener que perder más que el tiempo justo, qué cosas, no le recordé que hacía dos meses que esperaba una contestación. Abandoné la casa aquella tarde, y punto. Y me acerqué, cómo no, al mar.

Y siete meses después de nuestra separación de bienes, entre los que no se encontraba Tanga, naturalmente, que no se lo llevó con él por amor, que éste doy fe hay que llevarlo puesto para poder compartirlo, y a Mario, supongo que por la prisa de la que ya he hablado, se le había olvidado ponérselo hacía mucho tiempo. Se había llevado a Tanga por fastidiar, así de claro, porque lo cierto es que él jamás se agachó a recogerle una caca, es más, creo que ni sabía que era un perro de verdad y que hacía cositas de perro, eso es, salir a la calle cada día y cagar y mear cuando tocaba.

Cansada de salir casi cada noche, de embutirme entre risas que no convencían ni al espectador más colocado, supe que pese a todo le echaba de menos –a Tanga, naturalmente-, que me había dejado llevar por las circunstancias y que, el único modo de apelar a su pequeña capacidad emocional para recuperar lo que por derecho propio me correspondía, era fingir animadversión hacia lo que él consideraba un triunfo.

Habían pasado muchas semanas, y yo a quien echaba de menos no era a Mario, efectivamente que no, lo que echaba de menos era escuchar la respiración profunda de Tanga sobre mis pies, mientras yo escribía mi artículo diario en el ordenador. Y sacarle a pasear y dejarle que corriera libre por aquella playa en la que ahora solo veía piedras, agua, arena, donde antes había consuelo, colores, chispas.

El mar horadaba la roca lentamente, es mi tercer intento, pero nada, hoy no me sale nada, tengo la cabeza ocupada pensando en este ser nada escuálido que ahora se apoya en mis piernas y me da todo el calor que necesito. Este invierno se que no pasaré ningún tipo de frío.

Al César, lo que es del César.

Saray Shaetzler para Los Relatos Más Relamidos, Jornadas de Puertas Abiertas

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4 comentarios to “Solsticio de invierno”

  1. Genial, Saray. Muchas gracias por participar .Ha sido un honor recibir tus palabras. Un abrazo fuerte.

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