Las Nieves Eternas

Disparada desde primera hora de la mañana y proyectada como un misil contra una diana situada a millones de kilómetros en los confines de su alma. Así se sentía Cristina cada vez que se levantaba de la cama. Para ella dormir equivalía a un viaje en barca durante una tormenta en mar abierto. El aliento nauseabundo era prueba del viaje de cada noche. Esta vez, la sensación se vio mitigada por la estampa que le ofrecía la ventana. Había nevado por la noche, y la ventana ofrecía un cuadro impresionista en bellísimos tonos blancos, negros y azules. Toda la llanura que se veía desde su ventana estaba cubierta por un brillante manto blanco que se extendía hasta donde podía alcanzar la vista. Era tan bella, que se quedó durante un instante absorta y contemplativa. Había decidido que hoy sería feliz. Pero poner los pies en el suelo la devolvió de golpe a la realidad. Sentada en el borde de la cama, sintió que por la garganta ascendía como una manada de caballos salvajes una náusea que la obligó a precipitarse sobre la taza del váter. Y es que el Docetaxel no daba tregua alguna. Cuando se hubo repuesto, se incorporó y se quedó paralizada frente al espejo. No reconocía al cadáver que la miraba desde el otro lado. Una cara demacrada, con las cuencas de los ojos hundidas, con un cabello ralo y frágil que se resistía a dejar la cabeza, pero que inexorablemente se veía muerto, y un rictus de dolor en todas las facciones que otrora fueran humanas y llenas de vida. El cuerpo enjuto que se dibujaba ante ella no dejaba nada a la imaginación. Ni siquiera el camisón de raso blanco disimulaba la extrema delgadez y la ausencia de algún bulto que debería estar ahí, pero que no estaba. Sin duda, el Docetaxel no daba tregua, no… Era la primera vez que Cristina se miraba al espejo después de la operación, y aunque ella sabía que su aspecto no debía ser muy lozano, no estaba preparada para ver lo que había visto. En cualquier caso, tenía que saber cómo había quedado todo. Lentamente, se quitó el camisón, y se quedó desnuda delante del espejo. Allá donde en otro tiempo hubiera dos pechos redondos y turgentes, sólo quedaba una cicatriz que pareciera hecha por el mismísimo doctor Frankenstein. Cristina se miró de perfil, y comenzó a repasar su pecho lentamente con la punta de los dedos. La superficie de la piel era rugosa, casi áspera, y apenas tenía sensibilidad. Su cuerpo enjuto y cetrino parecía ahora más que nunca la sombra de un cadáver andante. No podía imaginar que esa imagen fuera su reflejo. No podía ser. Ella siempre había sido una mujer lozana, llena de vitalidad, y ahora era un espantajo que apenas sí tenía fuerza para sostenerse sobre sus dos pies. Pero no, hoy Cristina había decidido que sería feliz, y nada ni nadie podrían impedirlo. Volvió a ponerse el camisón y salió del lavabo. Tras ponerse una bata y unas pantuflas calentitas regalo de sus alumnos, se dirigió a la cocina para prepararse el desayuno. Un gran vaso de zumo de naranja recién exprimido, una tostada con mantequilla y mermelada de frambuesas, una taza de té con leche y la medicación de la mañana constituían su rutina diaria. El médico le había dicho que ahora más que nunca debía alimentarse de la forma más sana posible, y sobre todo tomar muchas frutas rojas, así que aunque se levantaba hecha pedazos y con una tempestad en el estómago, ella seguía obediente las órdenes que le habían dado. Hoy tenía cita con el médico. Le habían hecho algunas pruebas días antes y tenía que recoger los resultados. Tras la ducha, se enfundó en un vestido de lana roja y unas botas altas de cuero marrón. Hoy quería estar radiante, sentirse llena de colores, igual que la estampa impresionista de la ventana. El abrigo, las llaves, el bolso… ¡ah, el móvil!… Y un taxi esperando en la puerta de casa que la llevaría directa al hospital.

La sala de espera del hospital era un hormiguero de gente silente. Las personas entraban y salían como si de un velatorio se tratara. Y es que la sala de oncología no es un lugar muy alegre. Cristina se sentó en la sala y tomó una revista. Era de la Asociación Española de Oncología Médica, y había un artículo sobre el cáncer de mama. “Vaya”, pensó Cristina. “Parece que mi vida va a rondar en torno a esto todo el día de hoy”. La voz de la enfermera llamándola la sacó de su soliloquio. El médico era un hombre dulce, de mediana edad, con unas gafas metálicas y de lente pequeña que siempre se resbalaban hacia la punta de la nariz y que dejaban ver unos ojos chispeantes de bondad y esperanza. “¿Qué tal te encuentras hoy, Cristina?”, le preguntó el médico mientras ojeaba el historial. “Hoy he decidido que voy a ser feliz, doctor”, respondió Cristina con determinación. El semblante del médico se tornó umbrío y el brillo de sus ojos varió el color hacia la compasión. “No tengo buenas noticias, Cristina. Las pruebas que te hemos realizado demuestran que el cáncer se ha extendido hacia el pulmón derecho y las vértebras torácicas. Lo siento”. La enfermera se apresuró a ofrecerle un tisú a Cristina, pero su cuerpo estaba inmóvil. Su cerebro daba órdenes a las glándulas lagrimales para que comenzaran a brotar lágrimas, pero éstas no respondían. Los nervios de los brazos enviaban órdenes a los músculos para que activaran el movimiento, pero las fibras musculares se negaban a hacerlo. E incluso su corazón, ajeno a las órdenes del cerebro, se paró por un instante. “¿Cuánto tiempo me queda, doctor?”, consiguió decir después de que el cerebro venciera a la voluntad de la laringe. “Debemos comenzar con una nueva sesión de quimioterapia, y reforzarla con sesiones de radioterapia durante al menos un mes para ver la evolución…” “¿Cuánto tiempo me queda, doctor?” le interrumpió Cristina bruscamente. “Todavía hay esperanza”, acabó diciendo el médico. Cristina se levantó de la silla, y salió de la consulta caminando torpemente. El médico y la enfermera salieron tras ella para detenerla. Todavía había esperanza… Pero ahora eran las piernas las que habían decidido actuar por su cuenta, y no se detuvieron ante las voces del médico que le decía que todavía se podía luchar. “Luchar…”, pensó mientras salía por la puerta del hospital. El taxi la esperaba en la puerta, pero decidió pagar la carrera y caminar por la ciudad. El cielo era plomizo, con un agobiante espesor que casi no permitía respirarlo. Y los colores, ¿dónde estaban los colores de la mañana? ¿Desde cuándo los edificios ofrecían esos colores enlutados en blanco, gris y negro? Salió corriendo a duras penas calle arriba mientras en su mente intentaba desdibujar la imagen que acababa de ver. Cuando alzó la mirada, se encontró en las puertas de su colegio. “No, por Dios”, pensó. Intentó pasar desapercibida por delante de la puerta, pero la voz de un hombre la detuvo. “¡Señorita Cristina! ¡Cuánto tiempo!” le dijo un señor bigotudo y mofletón mientras le arreaba dos besos en plena cara. Era el conserje del colegio. “¿Qué tal, cómo se encuentra? ¡Niña, ven, corre, que está aquí la señorita Cristina!” gritaba aquel hombre mientras la agarraba del brazo. En un instante, se formó un remolino alrededor de ella. Personal del colegio, compañeros profesores, alumnos e incluso el director salieron a saludarla. Y lo que menos necesitaba ahora mismo Cristina era ese bullicio. Probó nuevamente la relación de su cerebro con sus piernas y vio que su cuerpo volvía a actuar como un todo, así que salió corriendo como alma que lleva el diablo ante la mirada atónita de todo el colegio. Corrió tanto que se perdió entre las caras anónimas de los transeúntes. Necesitaba estar sola, o al menos rodeada de gente que no la conociera. Necesitaba sentirse perdida entre la muchedumbre, como un grano de arena mecido por la marea.

“Necesito café”, pensó mientras pasaba por una cafetería de estilo parisino. Se sentó en la sala de espaldas a la vidriera. No quería que nadie la viera mientras reflexionaba sobre el café solo que había pedido. Cada vuelta de la cucharilla le traía la frase del médico. “Todavía hay esperanza”… Pero nuevamente algo la distrajo. Un hombre alto, moreno y de aspecto atlético enfundado en un traje de color gris marengo estaba delante de ella. Cuando alzó la mirada, encontró una cara conocida, unos ojos azules como el mar la miraban con dulzura desde la altura. “Cristina…”, susurró una voz varonil y llena de ternura. “¿Por qué no me has llamado en todo este tiempo? Creí que lo nuestro era algo bonito que podía llegar a buen puerto…” Cristina no sabía muy bien cómo reaccionar. La verdad era que cuando comenzó todo el infierno del cáncer, había dejado todo de lado, incluida una maravillosa relación de amor y comprensión que compartía con este adonis que se le presentaba ahora. Miguel se arrodilló para quedar a su altura. “Estás preciosa”, susurró. Nada le alienaba más a Cristina que la mentira piadosa. Ella misma había visto el zombi en el que se estaba convirtiendo esa misma mañana. “¿Preciosa? ¡¿Que estoy preciosa, dices?! Mira, no me vengas con chorradas, que sé cómo estoy, y no estoy preciosa precisamente…” Escupió. “No te estoy diciendo chorradas, te digo que estás preciosa, porque yo siempre te veo preciosa. Además, eso lo tengo que decidir yo, no tú.” Dijo Miguel mientras le tomaba la mano. “¿Por qué no me has llamado en todo este tiempo? ¿Cómo te encuentras?” prosiguió. “¿Que cómo me encuentro? Pues jodida. ¡Me encuentro jodida! No te he llamado en todo este tiempo porque no quiero saber nada ni de ti ni de nadie, porque me estoy consumiendo poco a poco y no quiero que nadie vea cómo estoy. Por eso no te he llamado. Y me vienes tú ahora y me dices que estoy preciosa… ¡Que me estoy muriendo, coño! Y tú con que estoy preciosa…” El semblante cetrino de Cristina se enrojeció por acción de una ira que permanecía latente como la lava de un volcán, pero que por fin había encontrado una grieta por donde surgir. “Cristina…” volvió a susurrar Miguel mientras volvía a tomarla de la mano. “Estoy aquí, no me he ido, no me quiero ir. Estoy contigo para lo que quieras…” La mirada azul de Miguel se hundía en las cuencas vacías de Cristina, llenándolas de agua dulce. Por un momento, su mente sopesó la posibilidad de fundirse en un abrazo con Miguel, y dejarse envolver por ese velo protector a cualquier precio, pero la ira contra todo y contra todos era demasiado poderosa como para contrarrestarla. “Miguel, déjame sola, por favor”, contestó Cristina retirando la mano bruscamente. “Ahora no tengo tiempo de discutir menudencias”. Miguel se levantó y sobre una de sus tarjetas escribió “llámame a cualquier hora del día o de la noche. Allí estaré”. La dejó encima de la mesita y se dio la vuelta camino de la calle hasta que se perdió entre el gentío. De las cuencas de los ojos de Cristina comenzaron a brotar un mar de lágrimas amargas y espesas. Sabía el coste que había pagado por esa despedida, y eso le dolía profundamente. La realidad es que en ese momento su ira contra el mundo era mucho más poderosa que el amor que sentía por Miguel, así que no podía ofrecer resistencia.

Como no quería más contratiempos de este calibre, decidió tomar un taxi y volver a su casa. Allí sabía que nadie la perturbaría. Se quitó el abrigo, y al dejarlo en la percha cayó la tarjeta de Miguel al suelo. Cristina se la quedó mirando, y la depositó en una cestita al lado del teléfono. Había decidido que se bebería una botella de vino mientras se daba un baño y escuchaba música. Necesitaba desconectar del mundo, y pensar con algo más de claridad de lo que lo había hecho hasta ese momento. Tras acabar la cena, decidió abrirse una segunda botella de vino. Esta vez, atacaría a un delicioso Grand Cru borgoñón comprado en la última visita a Dijon. Tenía la sensación de que aquella sería la última ocasión en su vida en la que probaría un buen Borgoña. La música seguía sonando mientras Cristina poco a poco se dejaba llevar por las nubes etílicas. Entonces, comenzó a sonar “Tosca”, de Puccini. La música le llevó a transportarse más allá de la estancia, como si el suelo no existiera bajo sus pies, como si la estancia se agrandara hacia dimensiones galácticas… Y comienza Tosca a cantar “Vissi d’Arte”, y comienza Cristina a levantarse lentamente, a vagar por la sala que poco a poco se va quedando vacía… excepto la cestita y el teléfono. En ese momento, tomó el teléfono y marcó un número de memoria, pero lo suelta mientras da señal imbuida por la música que penetra por todo su cuerpo… Y entonces, miró hacia la ventana, y ahí estaba otra vez ese cuadro impresionista que la saludaba. Quería formar parte de él, quería desaparecer de esa cárcel que se llama cáncer, y que la tenía atada a un riel por donde tarde o temprano pasaría el tren de las doce… Salió a la terraza al tiempo que desde el tocadiscos Mario cantaba desesperado “E lucevan le stelle”, y se quedó absorta mirando la llanura nevada. Una sensación de ligereza le permitió subirse a la barandilla mientras seguía ansiando el horizonte. Y cuando se disponía a dar un paso al vacío, unas manos la rescatan del abismo precipitándola dentro del salón. La música cesa, y Cristina se ve envuelta en unos brazos morenos y atléticos, y al girar la cara descubrió una mirada acuosa de color azul, que la sostenía firmemente. Miguel la abrazaba con fuerza tirados los dos sobre la alfombra del salón. De las cuencas oculares de Cristina comenzaron a brotar océanos de lágrimas saladas que caían sobre el hombro de Miguel. Lentamente, la levantó en brazos y la llevó a la cama, en donde la acostó dulcemente al tiempo que él mismo se recostó a su lado tomándola por la cintura. Cristina se dio la vuelta, y al ver la cara de Miguel, en donde todavía se dibujaba un rictus de terror, no pudo contener la necesidad de besarle.

A la mañana siguiente, Cristina se levantó mejor que nunca. Hacía demasiado tiempo desde la última vez que hiciera el amor, y ya casi no recordaba lo maravillosa que era esa sensación. Al mirar por la ventana, vio que el cuadro impresionista seguía allí. “Todavía hay esperanza”, sonó en su cabeza mientras contemplaba la escena. “Todavía hay esperanza”, dijo en voz alta, como absorta. Miguel se desperezó lentamente mientras el sol le iba dando en la cara. Se incorporó, y besó el cuello de Cristina, mientras con las manos acariciaba las cicatrices de sus operaciones. Cristina se levantó de un respingo y se fue hacia el teléfono. Marcó y esperó señal. Al descolgar el teléfono, pidió que la pasaran con la unidad de oncología, necesitaba hablar sobre el tratamiento que tendría que seguir con su médico. Todavía había esperanza, y no iba a perder la posibilidad de que esa historia de amor que había renacido la noche anterior desapareciera sin al menos haberle plantado lucha a la enfermedad. Por primera vez en mucho tiempo, Cristina no se sintió como una bala disparada desde primera hora de la mañana.

 

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6 comentarios to “Las Nieves Eternas”

  1. Real como un cancer.

  2. Duro, muy duro, y también perfectamente narrado.

    ¡Muy buen texto Rhay! ¡Enhorabuena!

    Besos

  3. ricardocorazondeleon78 Says:

    Durísimo e implacable. Muy bien redactado. Es lo mismo que dice Miren pero con otras palabras. Es que es precisamente lo que se me ocurría.
    Muy bueno, Rhay.

  4. Impresionante ,real como la vida misma .

  5. ¡Qué preciosidad de relato, querido! Triste historia pero tan llena de fuerza y esperanza…¡¡Genial!!
    Rhay, escribes tan bien que me has transmitido mil sensaciones. Leyendo tu texto me he sentido enferma y hundida, para luego, y como Crsitina, dar un respingo y plantar cara a cualquier adversidad. El amor suele ser definitivo en cualquier proceso de sanación.
    ¡¡Enhorabuena!!
    Muackssss.

  6. Muchas gracias a todos los que os habéis molestado en dejar un comentario sobre la lectura de este texto. La verdad es que se agradece tener a gente tan atenta, jejeje.

    La vida, como en este relato, es dureza en estado puro, y muchas veces somos héroes de leyenda griega tratando de encontrar la razón de nuestro destino, cuando la realidad es que el destino lo manejamos nosotros mismos a nuestro antojo, incluso en las situaciones más extremas.

    Saludos y gracias a todos.

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