IMAGEN INTRUSA

Disparada desde primera hora de la mañana. El fuerte portazo me despertó, como siempre, mi madre salía con la hora justa para llegar al trabajo. Su tiempo era muy valioso y escaso. Ella siempre pasaba ante mí como una exhalación. Más que el ser que me había dado la vida, parecía una sombra fugaz a la que sólo veía pasar a una velocidad vertiginosa varias veces al día, no demasiadas; ya que pasaba la mayor parte de su jornada diaria en el trabajo. Un trabajo metódico, en el que los minutos se medían rigurosamente, con la inflexibilidad mecánica que imponían aquellos superiores enlatados.

Me esperaba otro día aburrido embutido entre las cuatro paredes del apartamento. Curiosamente, y a pesar del tedio que suponían las clases, y sobre todo la férrea disciplina y el control al que estaba sometido, echaba de menos el instituto; sus cámaras de vigilancia y sus guardianes de uniformes plateados, que no dejaban de vigilar constantemente cada rincón del edificio, eran mucho más soportables que esos monótonos días, en los que, no podía hacer mucho más que calarme el casco de los videojuegos y, sumergirme en el mundo virtual y tridimensional del último juego de rol que me había regalado mi madre.

Pero aquel día no me apetecía hacer ninguna de las dos cosas, quería hacer algo nuevo, lo deseaba con todas mis fuerzas. La invariabilidad me hacía caer en un estado de sopor cada vez más preocupante. No quería que mi mente se quedase dormida, no podía consentir que mi cerebro dejase de recibir los impulsos de la curiosidad, las emociones y la ilusión. Me negaba a terminar como mi madre. No era mi meta transformarme en una especie de bala disparada que actuaba simplemente por la inercia del deber, respondiendo a los estímulos de forma programada y automática sin una pizca de voluntad propia en sus actos.

En ese momento recordé mi vieja libreta, necesitaba retomarla y volver a plasmar en un trozo de cuartilla aquellas ideas que se agolpaban en mi cabeza. Ese puñado de papeles unido a unas pastas de cartón, siempre me fascinó. Lo guardaba entre mis tesoros, aquellas hojas cosidas fueron el regalo de mi maestro de primer curso, el hombre que me enseñó a leer y a escribir, el venerable anciano que sabía mirarnos con dulzura paternal a través de los gruesos cristales de sus gafas. Él siempre supo ver en mí aquella cualidad que todos ignoraban. Mi afán de saber y mi capacidad innata de plasmar sentimientos.

A pesar de mis esfuerzos era incapaz de crear nada, cerré con fuerza —casi con violencia— el cuaderno. El tedio que me envolvía habitualmente estaba matando mi capacidad para percibir emociones. Me aterroricé. “¡Noooo!” grité a la soledad que me envolvía. No quería convertirme en uno de ellos.

Me levanté de la silla y di unos pasos por mi habitación, poco a poco me fui relajando. Me asomé al ventanal y ante mis ojos se hizo patente el mismo paisaje de todos los días. El mismo panorama de siempre, una noche eterna coloreada por las luces luminosas e intermitentes de neón.

Necesitaba salir de allí, pero sabía que no podía, así que cogí mis gafas tele transportadoras de imágenes. El último juguete inventado para adolescentes; con este aparato se intentaba suplir nuestro encierro solitario, pudiendo ver a través de ellas cualquier lugar de la ciudad sin salir de casa.

Me conecté a ellas sin ninguna emoción, me sabía de memoria cada rincón que iba a visitar. Pero cuando apreté el botón me quedé helado frente a la ventana. Lo que aparecía ante mis ojos nada tenía que ver con lo que yo esperaba. Aquello era maravilloso, el paisaje me enamoró desde el primer momento. La cristalera del ventanal desplegó una hermosa imagen, un colosal y espacioso lugar cubierto de blanco. Y en primer plano, aparecía algo que debía ser una planta seca, pero que no podía identificar. En el mundo que yo conocía no  había cabida para la vida vegetal, que tan sólo conocíamos de pasada a través de los libros de texto.

Acostumbrado sólo a contemplar un entorno de paisajes oscuros oscilando entre el gris oscuro y el azul —que llamaban noche—, rotos por la luminosidad de las luces de colores de los rótulos, esa blanca claridad y aquella luz nueva me impresionó. La curiosidad perdida volvió a mi mente, tenía que descubrir qué era aquello. Y por segunda vez, recordé a la única persona que podía hacerlo: mi viejo profesor.

Me quité las gafas arrojándolas a un rincón y salí del piso con sigilo, ningún vecino debía verme abandonar mi casa o sería denunciado. Afortunadamente hacía ya un par de años que había conseguido hacerme con la contraseña de la llave digital de acceso a mi casa.

Con mucho cuidado me escabullí hacía las escaleras. Allí respiré tranquilo, no era probable que en ese lugar me pillara nadie, todos utilizaban los ascensores.  Así que, con tranquilidad, me dispuse a bajar los diecisiete pisos que me separaban de la calle, afortunadamente, también había conseguido copia de la llave del portal. Aquella escalera parecía interminable, pero lo peor sería la vuelta. Los ascensores estaban preparados con un sensor de huellas digitales que tenían fichados a los vecinos por edades, y nosotros, los menores de veintitrés años, no teníamos acceso a ellos si no era acompañados por un adulto. Aquella puñetera ley de protección de menores nos había ido convirtiendo en esclavos sin libertad. Nadie menor de esa edad podía salir sólo a la calle, íbamos de nuestra casa a los centros de enseñanza completamente vigilados por robots canguros que no nos quitaban un ojo de encima. Esos seres metálicos eran los únicos autorizados, junto con los padres, a tener las llaves de acceso a nuestras viviendas. Su misión era protegernos y controlarnos desde que salíamos del centro, hasta que nos dejaban encerrados en nuestras respectivas casas.

Una vez en la calle no me sentí tan valiente, era la primera vez que salía solo, pero me repuse inmediatamente. Conocía bien el camino y la vivienda de mi maestro no estaba lejos. Aunque hacía tiempo que no habíamos vuelto a visitarle, recordaba la dirección, al igual que mantenía clara en mi memoria nuestras visitas, antes de que mi madre se hubiese convertido en aquel proyectil acelerado.

La suerte estaba de mi lado. La calle estaba desierta y, gracias a mi aburrimiento y al abuso de las horas pasadas conectado a mis gafas tele  transportadoras, conocía de sobra donde estaba instalada cada cámara de seguridad. Agazapado entre las sombras conseguí llegar a mi destino.

La casa se conservaba tal y como la recordaba. Siempre me pareció muy extraña, y recuerdo que al principio me daba miedo entrar. Sólo quedaban tres o cuatro construcciones de ese tipo en toda la ciudad; eran viviendas unifamiliares, construidas de ladrillo y no pasaban de dos plantas. Nada parecido a las torres de treinta pisos de metacrilato, acero y cristal que plagaban las calles y se habían convertido en nuestros pulcros e impersonales hogares.

Golpeé la aldaba, aquel raro objeto de hierro y con forma de cabeza de dragón que me atemorizaba en mi niñez, contra la puerta de madera. Allí no había llaves digitales, ni identificación de huellas dactilares, ni ninguno de los sofisticados detectores de seguridad. Curiosamente todo aquello que despertaba mis temores infantiles, ahora eran un símbolo de libertad.

El maestro acudió a abrir la puerta parapetado tras sus gruesas y entrañables gafas, no había cambiado nada en aquellos años.

— ¡Hola muchacho! Cuanto tiempo sin verte. ¡Pasad! ¡Pasad! Esto… ¿y tu madre?

— He venido solo, señor.

— ¡¿Qué has venido solo?! ¡Estás loco! Ya sabes que la ley de protección del menor es muy estricta.

— Lo sé, pero mi madre cada vez tiene menos tiempo y yo… yo… necesitaba verle. Tenía que contarle algo que he visto, y tengo el presentimiento de que sólo usted podría sacarme de mis dudas.

— ¡Venga pasa, pasa! Mejor que no te vean.

La salita seguía siendo acogedora, su propietario no había cambiado un solo mueble. Nos sentamos ambos en sendos sofás frente a una chimenea apagada.

— Es una lástima que ahora con la climatología estable, este hogar sólo sirva de adorno —suspiró mi maestro—. Era maravilloso sentir su calor y ver el resplandor de las llamas en las frías tardes de invierno. Y ahora cuéntame muchacho. ¿Qué es lo que has visto que te ha hecho aventurarte a venir solo hasta aquí?

— Esta mañana estaba aburrido y pensé que a falta de poder salir, dar una vueltecita virtual por la ciudad me vendría bien; así que cogí mis gafas tele transportadoras y vi algo que no había visto nunca. Todo se veía de forma distinta con otra luz mucho más clara, no había focos, ni neones, el cielo era claro y el suelo estaba cubierto de una capa blanca.

— ¡Dios mío! ¡Muchacho, has visto la nieve!

— ¡¿Y eso es malo?! —me asusté.

— No, en absoluto, eso era un don divino. La nieve era agua congelada por las bajas temperaturas que caía del cielo los días de mucho frío. Creo que lo que has visto ha sido la imagen de la última nevada. Yo era muy joven cuando la presencié.

— ¿Me lo podría contar? Quiero volver a escribir, hace mucho que no he vuelto a hacerlo. No hay nada que me motive a ello, es todo siempre tan monótono, tan igual.

— Mira hijo, hace muchos años podíamos vivir al aire libre, ¿sabes? Allí fuera podíamos distinguir entre el día y la noche. Durante el día la luz inundaba todo el cielo, cuando no había nubes era de un azul claro y brillante. Las noches se volvían de un azul oscuro, parecido a los días completos que conocemos ahora; incluso algunas veces, cuando no se podían ver la luna ni las estrellas, la noche podía volverse totalmente negra. Llovía, nevaba, hacía frio, calor… nada era estable. Hasta que llegó la gran explosión y todo se fue al garete. —La mirada del anciano se apagó.

— ¿La gran explosión?

— Sí, hijo. Tanto se quiso explotar los dones de la naturaleza que ésta se rebeló. Y un día, el sol estalló en mil pedazos, conseguimos sobrevivir sólo unos pocos: un pequeño grupo de científicos cualificados que veíamos venir la tragedia y que fuimos preparando un refugio. Fue muy doloroso saber que todo se terminaba, y más doloroso todavía no poder hacer nada para alertar al resto de la población. Nuestros gobiernos haciendo caso omiso a nuestras advertencias, nos tenían atados a un férreo pacto de silencio. Sabíamos que si hablábamos, aparte de poner en peligro nuestras vidas, otros expertos saldrían rebatiendo nuestra teoría y nadie nos tomaría en serio. Estuvimos muchos meses parapetados en nuestro amparo subterráneo. Cuando estuvimos seguros que el peligro de radiación había pasado, y que el calor ya sería soportable en la superficie, salimos de allí. Efectivamente nuestros cálculos habían sido cruelmente exactos. Todo estaba arrasado, fulminado y calcinado. Éramos pocos pero pronto nos sobrepusimos a la tragedia. Conservamos la ilusión, aún podíamos hacer algo bueno y así comenzamos a reconstruir lo que habíamos perdido. Lo primero era pensar en cómo protegernos de las agresiones exteriores y evitar otro desastre de esa magnitud, así que comenzamos a edificar la campana metálica que compone nuestra actual atmósfera. Conseguimos elaborar un metal de tal dureza que nada podría destruirlo. Ningún ataque del cielo nos volvería a pillar desprevenidos. Luego todo fue más o menos fácil, con aquel metal y otros que poseíamos en abundancia, gracias al reciclaje, todo comenzó a rodar sin mayores problemas. Sólo topamos con una pequeña dificultad, en el equipo había pocas mujeres, con una edad en la que concebir hijos, era muy limitada; así que la capacidad de reproducirnos se vio muy mermada. Decidimos que lo mejor era fabricar seres a nuestra imagen y semejanza para que nos ayudasen en nuestras tareas y, que en algún momento, pudiesen ser los continuadores de nuestra obra.

— ¿Los robots? —interrumpí.

— Sí, hijo, y estos cada vez fueron siendo más perfectos… y esos robots fueron construyendo otros… y se fueron reproduciendo y multiplicando… y cada vez eran más inteligentes… y al final, las máquinas nos fueron dominando hasta que nosotros, sus creadores, fuimos quedando relegados al olvido. Fuimos unos ingenuos, o unos prepotentes, no sé… pero lo cierto es que las máquinas son máquinas y aunque pueden ser inteligentes, es imposible dotarlas de humanidad.

— ¿Por eso ahora ellas nos dominan?

— Sí, muchacho, por eso ahora nos esclavizan las máquinas, por eso ahora es todo tan perfecto, por eso no disfrutamos de cambios y todo es mecánico. Nuestro sueño de volver a crear un mundo como el que teníamos antes de la gran destrucción, pero mejorado y casi perfecto, se vino abajo. Estos seres jamás nos dejarán alcanzar nuestra utopía. Ya sólo quedamos cuatro viejos sin fuerzas para luchar contra una mayoría aplastante e indestructible.

— Profesor, ¿puedo hacerle una pregunta sin ser grosero o indiscreto? ¿Cuántos años tiene usted?

— Muchos, hijo, muchos, hace dos meses cumplí doscientos cincuenta años, una edad a la que el hombre no llegaba desde los tiempos bíblicos. Hemos conseguido alargar la vida, sí, conseguimos alargar nuestra existencia hasta límites insospechados. No logramos vencer a la muerte que, aunque mucho más lejana, aún nos acecha. Pero, ¿de qué sirve vivir tanto si carecemos de inquietudes, y nuestra existencia está sumida en la más total apatía? De todos modos el destino final será el mismo, no quedará ni un solo resto de nosotros, nadie nos recordará, ni pasaremos a la Historia.

— Quedamos nosotros, sus descendientes —exclamé.

— No, muchacho, no tenemos descendientes, ya lo único que podemos hacer este puñado de ancianos es esperar el sueño definitivo.

— Entonces yo, ¿quién soy?, ¿qué soy?

— Tú, muchacho, eres mi mejor obra…

FIN

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6 comentarios to “IMAGEN INTRUSA”

  1. Me ha parecido un maravilloso relato y, sobre todo, con un ritmo trepidante. Pasas tan rápido de una situación a otra que ni siquiera da tiempo a pensar.
    Desde luego engancha. A partir del segundo párrafo no puedes abandonar la lectura.
    Tiene tanto contenido y es tan variado que perfectamente podría ser el esqueleto de una futura novela de ciencia-ficción.
    Gracias por dejarnos tus relatos para leer.

  2. Me ha encantado, Miren, y lo veo muy distinto de lo que escribes habitualmente. Este relato me ha gustado más. Enhorabuena! 🙂

  3. Me ha gustado mucho, entretenido, desconcertante y triste.
    refleja un futuro al que la apatía de nuestra sociedad nos lleva casi sin remedio de una manera descorazonadora.
    gracias por esta historia que seguro hará reflexionar a muchos.

  4. Ya puedes decir que dominas todos los géneros, Miren.
    Me has sorprendido muy gratamente con este texto.
    ¡Muy bueno!

    Besos, guapa.

  5. A mí me ha encantado. Ni que hubieras sido hecha para escribir estos relatos. Nunca leí algo así tuyo y es fantástico. No lo dejes. Y es verdad que tiene muchísimo contenido. Sigue, sigue.

  6. Alberto, me alegra te te hayas asomado al mundo de los “Lamedores” jeje ¡Bienvenido! Gracias por tu apoyo.

    Ricardo y Mercy gracias por vuestros comentarios y por vuestro tiempo.

    Linda, que quieres que te diga compañera de fatigas jajaja. Que gracias por estar ahí, siempre dispuesta a dejar tu comentario.

    Arturo me alegra mucho que te haya gustado y te haya sorprendido mi relato, bueno es por lo que trabajamos todos los que en mayor o menor medida, con más o menos sueños de gloria; o simplemente por afición por hacer algo que nos gusta y con lo que disfrutamos. Para que quien nos lea pase un momento agradable y divertido, o se emocione, o sonría… Algunas veces se consigue y otras no, la ilusión y las ganas siempre están ahí y las ganas también; pero “C’est la vie” la inspiración no siempre está todo lo avispada que debería estar.

    Besos

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