Átala fuerte

Disparada desde primera hora de la mañana. Se fue. No sabemos aún bien cómo, pero al despertar ya no estaba.
Mi hermana rompió a llorar y, sin embargo, en mi cara se dibujaba una sonrisa.
Solíamos dejar la ventana entreabierta, y eso que era pleno invierno; pero aunque sólo eramos cuatro, parecíamos muchos en casa. Toda la familia festejábamos la salida del año y a mi madre… eso del gas, le daba miedo, así que, derrochábamos más energía que fiesta, arrojándola por los ventanales.
La verdad es que todo comenzó unos meses antes,no muchos.Mi hermana no terminaba de adaptarse a la nueva casa, una casa pequeña pero preciosa en medio de la nada. La falta de trabajo había hecho que papá y mamá apostasen por un cambio supuestamente mejor para nosotros, sin escuela y con aire limpio y libre, como el que aquella mañana, antes de partir, creo que ella necesitaba. 
Ante la falta de adaptación, mis padres se deshacían en lisonjas y consentimientos con Sara. Ese es el nombre de mi hermana. Sara tenía entonces doce años.Flaca. Frágil .Ausente. Triste. Papá se empeñaba en que le venía bien pasear y tomar el aire fresco, y todas las mañanas, lloviera o nevase, nos daba aquella larga caminata de más de una hora que aprovechaba para enseñarnos lo que el decía que era una clase de “Naturales”. Pero vamos, que yo creo que mi padre no tenía ni idea de lo que nos contaba y confundía níscalos con champiñones….aunque, eso sí, nosotros le escuchábamos con los ojos como platos y la boca bien abierta. Eso hacía que él no cupiese en sí de satisfacción.
El caso es que, en uno de estos paseos mi triste hermana hizo algo similar a la mueca de una sonrisa y con mirada aparentemente excitada nos dijo que tenía una idea. Ya he dado a entender que papá haría cualquier cosa por verla feliz, y aunque a mi aquel golpe de creatividad por parte de Sara me pareció horroroso, fui arrastrado a ejecutar junto con ellos aquel maquiavélico plan a escondidas de mama.
Cuando llegamos a casa me hicieron bajar al zaguán donde mamá guardaba las sabanas y robar una, blanca, muy blanca, tan blanca como la nieve que ese día había caído y veíamos pintando el suelo desde la ventana de la habitación. Papá trajo la soga. Y Sara había cogido los palos necesarios para crucificarla. El ruido de la tijera me sobrecogió..kzssssss…rasssssss… Una vez hecho, con todo el sufrimiento y el esfuerzo que nos supuso, sobretodo a mí, Sara dijo que la dejáramos atada junto a la ventana…para que pudiese ver el paisaje y no se sintiese encarcelada. Fue lo que más me gusto de toda aquella loca ocurrencia de mi hermana, la parte más romántica. Verla allí, atada, imaginándome que espera un soplo de aire que quizá le hiciera sentirse un poco más libre…”Atala fuerte” me dijo en un tono que me parecío cuasi sádico.
Durante varios días este ha sido el leitmotiv de mi hermana. Mi madre no sabe que la pasa, pero está entusiasmada, sonríe, bromea, y habla más…Papá, me guiña un ojo, y yo me siento un tanto absurdo subiendo cada media hora a la habitación a ver si sigue allí. Quieta. Estática. Atada. ¡Me gustaría que volara!he pensado día tras día… ¡que huyera por esa ventana y se fundiera con la nieve tan blanca y tan fría en apariencia como ella!
Por fin, hoy lo ha hecho, y nos pillo a los tres por sorpresa. No la pudimos alcanzar.
Creo que sabiendo que se puede escapar y aprender a volar, no me resultará tan doloroso hacer una nueva cometa para mi hermana la próxima vez…aunque sea a escondidas de mamá.

4 comentarios to “Átala fuerte”

  1. Sorprendentemente genial.

  2. Te he dejado comentarios en tus tres obras anteriores que me gustaría que vieras, aparte de que los compartí para que todos pudiesen leerlos.

  3. Arturo, ya los vi, los vi anoche. Gracias por tus comentarios, pero resulta que de todos los comentarios el que en este momento más me interesa es el que no has hecho, o sea, el de este texto que no te ha gustado nada. Y gracias también por compartir y divulgar. Un saludo.

  4. Anna, sólo puedo decirte que me ha gustado muuuucho.
    Es tierno, es cruel, es esperanzador, es trágico…¡Es genial!

    Lametorros, guapa.

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