El Tarot de Madame Dubois

Madame Fée Dubois entraba en el gran salón unos minutos antes de la medianoche. Su rostro, impertérrito, se dirigió hacia la mesa donde le había tocado celebrar el fin de año. Y nada era casual. Ella misma había solicitado sentarse en aquella mesa rodeada de todas esas caras desconocidas entre sí… pero conocidas para ella. “Bon soir, señoras y señores”, dijo tranquilamente mientras tomaba asiento. “Esta noche los espíritus están especialmente agitados. Seguro que nos depararán más de una sorpresa. ¿No crees, chérie?” continuó dirigiéndose a la joven que tenía a su lado. Los rostros de los comensales comenzaron a escudriñarse entre ellos sin saber qué decir, mientras la cara de madame Dubois sostenía una media sonrisa que escondía un millar de secretos de todos sus compañeros de cena. Pensó que era divertido ver cómo lo que ella ya sabía se iría cumpliendo, era como saber de antemano el final de una novela, y eso le daba una especial ventaja, además de dotarle de un suculento pasatiempo para esa noche de fin de año. Quedaban cinco minutos para que el capitán del barco trasatlántico destino Río de Janeiro pidiera a la orquesta que comenzara la cuenta atrás, cuando madame Dubois sacó de su bolsa de terciopelo negro su baraja de tarot. Era un tarot especial, hecho por un druida amigo suyo, y contenía un poder especial sólo aplicable para noches de este calibre. Lentamente, dejó el mazo encima de la mesa, y pronunció unas palabras en una lengua antigua, arcana, como de otro mundo. El mazó comenzó a levantarse levemente de la mesa, desprendiendo una suave luz violácea que dejó a todos los comensales boquiabiertos. Jamás habían visto algo igual. La baraja comenzó a mezclarse agitadamente siguiendo las órdenes de madame Dubois. “¡Tarot de Clarividencia Pura!” comenzó a gritar la bruja, “¡Que tus Arcanos muestren el destino de todas estas personas y la luz violeta de la paz espiritual les inunde de sabiduría!”. En ese momento, y como si una mano invisible hubiera dejado de barajar, el mazo se detuvo y volvió a colocarse sobre la mesa. Una carta se levantó y se colocó delante de la joven que se sentaba a la derecha de madame Dubois, y así sucesivamente hasta que todos los comensales tuvieron su respectiva carta delante. Las cartas todavía no mostraban su figura, y daban sólo el reverso, dejando ver unas figuras de estrellas y soles que daba la sensación de que miraban fijamente a cada consultante. Mientras la orquesta gritaba la cuenta atrás de las campanadas de medianoche, madame Dubois se levantó ceremoniosamente, y diciendo “¡Que los Arcanos Sagrados muestren ahora el camino!”, las cartas se dieron la vuelta mostrando los dibujos a cada uno de los comensales. El destino comenzaba a caminar a partir de ahora.

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