El Seis de Espadas

Don Pedro María de Lasarte y Sánchez-Dávila, heredero al ducado de Carcunda, no podía creer que le hubieran sentado en una mesa tan lejana de la del capitán. “¿Qué se habrán creído?”, murmuraba mientras encendía un pitillo Gitanes rubio. “¿Es que ya no se respetan ni las clases?”, pensaba mientras miraba a los comensales que tenía alrededor. Sólo dos señoras le parecían dignas de sentarse en su misma mesa, Marguerite Miller, una conocidísima cantante de ópera a la que el destino le había hecho la peor de las jugadas dejándola viuda y sola de un solo volantazo, y la mujer que tenía en frente, que parecía sentirse igual de pulpo dentro de un garaje que él. El resto de personas que había a su alrededor le producían cierta sensación de desprecio a la par que indiferencia. Excepto cuando entró madame Dubois. Ella le parecía una señora de la antigua aristocracia que sabía muy bien cómo comportarse en según qué situaciones. Madame Dubois se sentó al lado de la joven que parecía no saber muy bien dónde se encontraba, y comenzó a charlar animadamente con todos los comensales. Don Pedro observó que mientras la bruja hablaba, la gran mayoría de las personas no le hacían demasiado caso. Se dio cuenta de que la niña bien que estaba sentada a su lado no dejaba de babosear a un anciano quejumbroso mientras éste le miraba libidinoso el escote. “Zorra…” pensó. “Seguro que es una buscona. O peor aún, una viuda negra…” No podía entender por qué ese tipo de personas habían sido invitadas a su mesa.

En el momento en que se decidía a levantarse de la mesa para expresar su más enérgica protesta al capitán por semejante afrenta, y siendo consciente de que ni Marguerite Miller ni la hermosa joven que emanaba tristeza en su mirada podían continuar rodeadas de tal caterva, madame Dubois solicitó la atención de todos los comensales. Encendió un segundo Gitanes mientras escuchaba a la pitonisa hablar, el cual resbaló hasta la moqueta cuando el mazo de cartas comenzó a moverse solo. Pedro no podía contener ni la respiración al ver que las cartas, por sí mismas, habían ido cayendo una tras otra delante de cada comensal. No podía apartar la mirada de la carta que había caído delante de él, pero que todavía no había desvelado su significado. En un instante, levantó levemente la cabeza y observó que el rictus de los demás comensales debía ser parecido al suyo: caras que expresaban una mezcla de sorpresa, miedo y un grito de horror contenido se podían leer en cada una de aquellas personas, excepto en madame Dubois, que se había transmutado en una bestia de la naturaleza, en una diosa llena de una energía que canalizaba desde algún lugar indefinido hasta aquella mesa. De repente, las campanadas de medianoche, pero para esa mesa era como si el tiempo se hubiera detenido. Todo a su alrededor era extraño, sólo aquella mesa contaba. La carta, por fin, se dio la vuelta, y con esto un torbellino de sensaciones brotó desde su interior como una catarata. La carta era el Seis de Espadas, y en ella se veía a un hombre subido a una barca, de noche, huyendo hacia lugares inciertos. A Pedro se le saltaron las lágrimas. “No puede ser”, pensó. “¿Cómo es posible?” se martilleaba la cabeza mirando la carta y comprendiendo que madame Dubois había dado en el clavo. “La huida…”, pensó. Y es que don Pedro María de Lasarte y Sánchez-Dávila, heredero al ducado de Carcunda, huía de su casa para no volver jamás. Huía de aquel ambiente rancio de capital de provincia que le constreñía y le ahogaba, y que era demasiado denso para un carácter tan fino como el suyo. Y huía de la gente, de la lengua envenenada del pueblo llano, turba informe, vulgo repugnante que profería chismes contra él aprovechando su extrema sensibilidad, su elegancia suma… y su gusto por los jornaleros y los obreros jóvenes. Pero sobre todo, huía de la casa de su infancia, llena de recuerdos en sepia, de servicio tan apolillado como las ropas guardadas durante siglos, y de una futura esposa concertada, fea como un pecado, contrahecha y pusilánime, que su madre le tenía preparada para acallar a las huestes de cotillas y porteras que tenía por amigas.

Mientras la orquesta tocaba “Auld Lang Syne”, Pedro se levantó de la silla que apenas le sostenía y, tras advertir que madame Dubois le miraba con una media sonrisa dibujada en la cara, se precipitó al bar en busca de un buen trago que le mitigara la angustia de la que era presa. Estaba seguro de que un buen copazo de Bombay Sapphire le quitaría las penas, y le permitiría volver a pensar con claridad sobre lo ocurrido. Pero el dibujo de la carta no desaparecía de su mente. Una y otra vez se le venía a la cabeza la imagen del barquero dirigiéndose a ninguna parte en mitad de la noche, como si realmente tuviera algo que esconder. Y es que tenía tanto que esconder…

Al mirarse al espejo del bar, advirtió que estaba sudando en demasía, y que un mechón de cabello se había salido rebelde de su peinado engominado. Pensó que una persona de su clase social no debía mostrar esa facha, y mucho menos ante un público tan prosaico como el que le acompañaba. Procedió a acabarse su copa, y encendiendo otro cigarrillo, junto con el mejor de los estilos que había heredado de su noble familia, decidió salir del salón para adecentarse un poco. Quizás un cambio de traje, algo un poco más “discreto” sería mejor, habida cuenta de que dudaba que alguien conociera las reglas de etiqueta en ese trasatlántico plagado de turistas. Al entrar en su camarote de primera clase, una náusea le obligó a ir al baño. Cuando se alzó, el espejo le devolvió una mueca de cobardía. Era la mueca de alguien que había decidido dejarlo todo por miedo a la habladuría del pueblo, la mueca de alguien que había preferido poner un océano de por medio antes que tener la valentía de afrontar que se había enamorado de un jornalero, y por encima de todo, la mueca de alguien que había consentido abandonar a su amado a su merced mientras él se ponía a buen recaudo. Pedro sabía perfectamente que su madre, la duquesa, enterada de su affaire con el jornalero, no descansaría hasta que éste tuviera que emigrar, y en lugar de quedarse a su lado, lo abandonó a su suerte. “Río me hará olvidar”, se justificó, pero el sentimiento de culpa era demasiado grande como para poder obviarlo.

Ducha rápida, retoque del peinado ante el espejo acusador, y nuevo traje, un esmoquin con chaqueta de color negro. Creyó que ya había dado bastante el cante usando una chaqueta de cena granate, hoy en desuso según las más selectas casas de protocolo, pero que dotaba de un distinguido abolengo a las clases de más alta cuna. Y es que el granate es color de reyes y nobles, no hay que olvidarlo. Una vez recompuesto, salió de su camarote, pues consideraba un gesto de mal gusto abandonar la cena de aquella manera. Al entrar en el gran salón, se fue directo al bar, donde ordenó otro Bombay Sapphire con hielo y una rodaja de lima, y encendió otro Gitanes rubio para así dotarse de un aire, si cabe aún más, aristocrático. Desde la barra, observó que madame Dubois le miraba desde su mesa, con ese impertérrito gesto de media sonrisa en la cara, mientras todos los comensales desarrollaban la escena tal y como ella la tenía planeada. Necesitaba hablar con ella, pedirle información, consejo, preguntarle cómo había hecho el truco de las cartas, porque estaba convencido de que aquello había sido un truco de prestidigitación, pero la turba medio festiva y medio ebria le impedía acercarse para mantener una conversación seria. Además, su intimidad era demasiado valiosa como para escamparla de aquella manera. En cualquier caso, necesitaba hablar, y debía ser con alguien que fuera mínimamente coherente. Eso no podía hacerlo con el tipo con cara de mafioso que lo miraba desde el otro lado de la barra como si de un bar de pueblo se tratase, ni con el viejo verde que se dedicaba a babosear jovencitas, y mucho menos con la zorrita bien caza fortunas que le miraba como si tuviera escrita la palabra “polla” en la frente. Con esta ralea no. Se fijó entonces en la joven de cara triste que permanecía sentada al lado de madame Dubois. Pensó que quizás con ella podría mantener una conversación distinguida sin necesidad de profundizar en nada. Pero cuando se dirigía hacia la mesa, se vio envuelto en el jaleo de la zorrita y el baboso, al que parecía que le había dado un ataque. Ella, muy suya, en lugar de pedir un médico, pedía a gritos que viniera el capitán, con la aviesa intención –supuso- de que la casara in articulo mortis. “Zorra buscavidas”, volvió a pensar Pedro. Como su obligación de caballero le impedía pasar de largo, se inmiscuyó levemente. Con gesto altivo, se acercó desde la espalda de ella, y viendo que aquel pobre infeliz estaba a punto de dar su último hálito, se dio la vuelta y pidió que viniera un médico. La cara de la putita era un verdadero poema. Los ojos, tintados en sangre, fueron suficientes como para que Pedro continuara con su camino. “Los asuntos del vulgo son cosa del vulgo”, pensó.

En la mesa permanecían sentadas madame Dubois, Marguerite Miller, y la joven de mirada triste. Pedro se sentó en su sitio, alzando su copa de ginebra dijo “Feliz Año Nuevo, señoras”, y encendió un enésimo cigarrillo. “Fuma usted demasiado”, le dijo la joven. “Es verdad, pero no puedo evitar este vicio”, replicó él. “Mi marid… Bueno… mi ex marido también fuma mucho”. La mirada de la joven se humedeció por un momento. Su semblante era tan frágil, que Pedro tenía la sensación de romperla si le hablaba demasiado alto. En cualquier caso era mejor compañía que la turba ociosa que tras él vaciaba el bar. “El tabaco es una condena, señora…” “Lucía, llámeme usted Lucía”, respondió ella. “Encantado de conocerla”, replicó Pedro mientras se levantaba a besarle la mano. Lucía se ruborizó al ver la elegancia con la que la dispensaba aquel caballero tan fino. Pedro se sintió reconfortado por primera vez en aquel viaje. Al fin había conectado con alguien que no fuera de otro planeta. Llamó al camarero y ordenó una botella de Dom Perignon Vintage de 1952  y cuatro copas. Madame Dubois se excusó y dio las buenas noches a todos, retirándose hacia la salida del salón sin perder el gesto de media sonrisa en la cara. Ambas damas quisieron declinar la oferta, pero Pedro sabía ser muy convincente cuando la situación lo requería. Marguerite Miller sacó de su bombonera dorada un pequeño relicario que puso encima de la mesa. Suspiró y dijo “Feliz Año Nuevo, amor mío”, al tiempo que tomaba un sorbo de tan delicioso caldo. Lucía no sabía muy bien cómo tomar la copa, y miraba de reojo a Marguerite para imitar sus gestos. Pedro sonrió puerilmente al ver tanta ingenuidad inocente en su cara. Aquella mujer le inspiraba la misma ternura que otrora hubiera sentido por su jornalero. Su jornalero… Sólo recordar lo que había hecho le llenaba de amargura. Ni siquiera el sutil sabor del champán y la incipiente embriaguez de la ginebra le apartaban de ese cáliz. “Río me hará olvidar”, volvió a pensar, en un gesto de autoengaño que ni él mismo se creía. Pedro se quedó absorto mirando las finas burbujas del champán, hasta que advirtió que las dos damas le miraban furtivamente. Esto le hizo sentirse nuevamente incómodo y volvió a adoptar ese gesto altivo que resultaba ciertamente irritante, pues lo mezclaba con un sutil amaneramiento que le daba un ademán algo cómico, pero cargado de mala uva. Excusándose, se levantó de la mesa y salió a la cubierta.

La noche era clara, bastante fresca, pero la capa española que le cubría era suficiente resguardo contra aquella temperatura. Una luna llena le acompañaba desde la distancia, mientras trataba de mitigar los ruidos que provenían del salón. Marguerite Miller salió tras él, y se sentó detrás suyo, copa en mano, mientras tarareaba la escena de la locura de Lucia di Lammermoor, casi en sotto voce, absorta en su propio pensamiento. Lucía salía del salón cuando Pedro se dio la vuelta para atender tan dulce canto. Los tres se miraron nuevamente, y soltaron una carcajada. Estaba claro que ninguno de los tres tenía el cuerpo para fiestas en aquel momento. Decidieron seguir la fiesta por su cuenta en la cubierta del barco. Al fin y al cabo, estaban más cómodos en compañía de la Luna que inmersos en un estruendo de gentes ebrias, orquestas machaconas y percances típicos del fin de año. Marguerite rompió el hielo. “Nunca pensé que sería tan duro”, dijo mientras perdía la mirada en el horizonte negro. “Yo tampoco”, respondió Lucía, uniéndose a esa contemplación. Pedro miraba con atención la escena, como si fuera ajeno a lo que estaba pasando allí. “Un día te levantas rodeada de tu familia, y al día siguientes estás sola en el mundo. Es irónico, ¿no cree usted?”, continuó Marguerite. Pedro no sabía qué contestar. Al fin y al cabo, él no había perdido a nadie, más bien había dejado a alguien a su suerte. “Yo no tengo a nadie a quien añorar”, espetó entonces. “¿Está usted seguro?” preguntó Lucía. “Veo que es usted muy joven. Seguro que tiene una familia que le espera. Quizás una esposa…” “Le digo que yo no tengo a nadie a quien añorar. Todo lo que quería quedó tan lejos, que es imposible recuperarlo”, interrumpió Pedro, con un semblante molesto ante esa intromisión en su intimidad. Un silencio cortante se apoderó de aquellas tres almas a la deriva. Pedro se disculpó por su salida de tono. “Siento mucho lo ocurrido, solicito me disculpe. No estoy acostumbrado a hablar de mi vida privada con desconocidos”. Se justificó. “Muchas veces es mejor confiar en la bondad de los desconocidos, ya lo dijo Tennessee Williams”, le dijo Marguerite con una sonrisa cómplice. Pedro comprendió que estaba entre amigos, lo que le permitió soltar un poco el corsé de las formas, y ser algo más coloquial, devolviendo la sonrisa de complicidad. “¿Un poco más de champán?” preguntó Pedro. “¡Uy, no! Yo no estoy acostumbrada, ¡y me puedo desmadrar más de la cuenta!” sonrió Lucía. Todos rieron. Por un momento, Pedro sintió que la pesada carga que suponía su culpa desaparecía levemente. Pero la Luna le volvió a recordar su cobardía, y con ella la carga volvió a ahogarle un poquito más.

“¿Va usted a Río de vacaciones?”, preguntó Lucía. “Podría decirse que sí”, contestó Pedro. “La verdad es que estoy pensando seriamente en trasladarme a vivir allí”. Prosiguió. “Yo no podría vivir en un lugar tan lejos de los míos…”, comentó Marguerite, al tiempo que se daba cuenta de la incongruencia de su aseveración. “Bueno,”-continuó-“ahora mismo podría vivir en cualquier lugar. Nadie me espera”. El semblante de Marguerite se tornó sombrío, como gélido. “Supe lo del accidente por la prensa. Mis condolencias”, se apresuró a decir Pedro. “La vida tiene estas cosas. Un día estás rodeada de tus seres queridos, y al día siguiente estás viajando en un crucero rodeada de desconocidos que aguantan tus penas”. Acertó a decir Marguerite. “Es la vida en estado puro”, comentó Lucía. “Jamás pensé que podría acabar divorciándome, y en cambio aquí estoy”. Continuó. “¿Y cuál es su historia?” dijo dirigiéndose a Pedro. “Ya se lo he dicho, estoy pensando en trasladarme a vivir a Río. El sol, la temperatura… Estoy un poco harto del frío de la Meseta castellana…” divagaba Pedro. “Nadie se va tan lejos por el simple hecho de cambiar de clima”, comentó Marguerite. “Además,”-añadió Lucía-“si lo que quería era un buen tiempo, con irse a las Canarias, asunto arreglado”. Pedro volvía a sentirse incómodo con esa situación. Sabía perfectamente que no podía explicar los motivos reales de su viaje sin que la sombra de la decepción cayera sobre él. Había hecho algo horrible, y no había justificación para ello. “Bueno… yo… es que…” balbuceaba mientras creía entrever en las miradas de sus compañeras de confidencias una sombra de reproche. “No hace falta que diga usted nada”, le interrumpió Marguerite. “Está claro que tiene sus motivos, y deben ser lo suficientemente poderosos como para dejarlo todo atrás. Sólo le diré, si me lo permite, que hay veces que merece la pena darse un buen golpe contra el suelo, pero sentir el calor de alguien que te ama cerca de ti, que no haber sentido jamás ese fuego en el cuerpo”. Prosiguió. “¡Amén!”, soltó Lucía mientras brindaba a la Luna. Pedro no podía entender cómo aquellas dos desconocidas le habían calado tan rápidamente. Acaso era evidente que huía. Quizás todo el barco sabía que había hecho lo que había hecho… Su mente comenzó a divagar imaginando situaciones que para él habían sido especialmente comunes: gente cuchicheando a su paso, personas señalándole con el dedo, risitas nerviosas en su presencia… Su gesto se tornó torvo, y quiso escapar de allí también. Pero de un barco es difícil escapar. Haciendo uso de su irritante altivez una vez más, decidió que esa conversación había ido demasiado lejos. No quería seguir oyendo a esas personas sentando cátedra sobre el amor y las relaciones personales. ¿Qué sabrían una viuda y una divorciada sobre el amor? Estaba claro que habían fracasado. Pero en su fuero interno sabía que al menos ellas lo habían intentado. Habían jugado, y habían perdido. Pero habían jugado, que era lo importante.

Su camarote seguía siendo aquel espacio reducido en donde poder autocompadecerse sin que nadie le molestara, así que decidió retirarse a sus aposentos para acabar la noche con un final menos denso. Llamó a su mayordomo y le pidió una botella de Sapphire, una cubitera, un par de limas y otra cajetilla de Gitanes. Quería emborracharse, para así perder la noción de la realidad que lo aplastaba como una apisonadora. A los pocos minutos, llamaron a la puerta. Cuando Pedro abrió, descubrió a un mozo de unos dieciocho años, vestido elegantemente, que le traía lo que había pedido. En ese momento le interesó más lo que había tras el pantalón del mozo que la propia bebida, así que decidió invitarle a pasar. Quiso invitarle a una copa, pero el mozo declinó la oferta aduciendo que era norma de la compañía no hacer este tipo de concesiones. Pedro insistió, y el mozo volvió a declinar el ofrecimiento. Esta segunda negativa le hizo montar en cólera, y abalanzarse sobre el muchacho, que a duras penas era capaz de quitarse de encima a aquella bestia hambrienta de efebo en la que se había convertido aquel señor que antes había sido tan correcto. Las manos de Pedro entraron violentamente en la ropa del muchacho, que se resistía revolcándose por el suelo, y desgarraron la botonadura de la camisa. Como si de un torbellino se tratara, le arrancó el botón del pantalón y le bajó la bragueta hasta dejar al descubierto un sugerente slip de color blanco que escondía un generoso paquete. Su ansia no tenía fin, y ahora iba a cobrarse su presa. De un plumazo, bajó el calzoncillo, dejando el sexo de un muchacho casi púber al aire. Sus manos sobaban a aquel muchacho, tratándolo como un pedazo de carne a su servicio, hasta que al incorporarse, se fijó en su cara. El mozo le miraba asustado, con los ojos enrojecidos por las lágrimas que ya se disponían a brotar como dos fuentes, y permanecía inmóvil ante la impotencia de no poder zafarse de tal monstruo. “¿Qué estoy haciendo?”, se preguntó a sí mismo horrorizado. Por un momento, su cara se reflejó en el espejo del baño, y nuevamente el rostro que veía le culpaba desde la dimensión paralela. Lentamente, se levantó del suelo, ayudó al muchacho a incorporarse y le pidió disculpas por lo ocurrido. Tomó su cartera, con el objetivo de firmarle un cheque con una generosa cantidad como compensación, y al girarse para dárselo, el muchacho le propinó tal patada en la entrepierna que lo tiró al suelo. “¡No significa no, hijo de puta!”, le gritó mientras salía del camarote. “Me lo tengo merecido”, pensó. El dolor punzante que sentía en sus testículos le reconfortaba de una forma extraña, pues por un momento estuvo a punto de cometer una locura que no se podría perdonar, así que decidió quedarse en el suelo en posición fetal durante un rato como penitencia por lo que había estado a punto de hacer. Por supuesto, el cheque sería entregado al mozo al día siguiente junto con una carta formal de disculpa. Un caballero no hace esas cosas, ni siquiera en la intimidad de su alcoba.

Ya había dado buena cuenta de la mitad de la botella, y aún así no dejaba de pensar en su jornalero. La culpa lo perseguiría hasta el fin del mundo, y ni Río, ni un ejército de mulatos superdotados podrían acabar con ella. Sólo había dos soluciones, y estaba claro que para llevar a cabo la primera no tendría mucha valentía. Estimaba su vida demasiado como para llegar a ese límite. Tendría que ser entonces la segunda opción. Sentía que su vida era una cáscara de nuez en medio de un océano, sin gobierno ni control, a merced de las corrientes. Y eso le molestaba sobremanera. Entonces, alguien tocó la puerta del camarote. Al abrir, se encontró con madame Dubois. Pedro sintió como si la embriaguez desapareciera de golpe. “¿Q-Qué quiere?” acertó a decir. Madame Dubois alzó la mano y le entregó un naipe. Era el seis de espadas. Un escalofrío recorrió la espalda de Pedro mientras en la cara de la pitonisa se volvía a dibujar esa machacona media sonrisa. “Sí, ya sé que estoy huyendo, ¡y qué!” pensaba Pedro ensimismado. “Este arcano no sólo representa la huída, mon chér… También representa al héroe que se convierte en un abismo de desesperación y desánimo. Representa la necesidad de enfrentarse con todo poder absoluto que nos ahoga. Pero tú ya sabes eso, ¿verdad?”, comenzó a decirle madame Dubois. “Pero, ¿cómo?”, gimió un Pedro totalmente perdido en la penumbra de aquel habitáculo. “Tú sabes bien cómo. ¿Por qué, si no, te corroe la culpa?” sentenció la bruja. Ante la mirada atónita de Pedro, ésta dio media vuelta y desapareció por el pasillo. Nuevamente, solo en la penumbra de su camarote, don Pedro María de Lasarte y Sánchez-Dávila, heredero al ducado de Carcunda, se sentía más pequeño y miserable que nunca, y acurrucado sobre sus rodillas, comenzó a llorar amargamente mientras en su mente se volvía a dibujar la figura de su jornalero. Sabía lo que tenía que hacer, y cómo debía hacerlo. Y esta vez, lo haría costara lo que costara.

“Urge comunicación con Sebastián. Stop. Si no se produce, haré público todo. Stop. Saludos, Pedro. Stop”. Con estas palabras, pretendía hacer un pequeño chantaje a su madre para que permitiera la comunicación con su jornalero. Sabía que habría sido mucho más fácil hablar por teléfono, pero no tenía ganas de escuchar la adusta y solemne voz de su madre exhortándole a volver y cumplir con sus obligaciones, mientras la pusilánime cara de besugo que le había buscado de novia gorjeaba detrás, así que le pareció mejor idea enviar un telegrama, cosa que además daba cierto aire tragicómico al asunto. Mientras esperaba la respuesta, se dispuso a tomar el sol en la cubierta norte, en un lugar estratégico donde podía observar a los muchachos que se bañaban en la piscina y recrearse con todo un bufet de paquetes sin levantar demasiadas sospechas. Un par de horas más tarde, alguien le fue a avisar de que tenía una comunicación. Al otro lado del teléfono sonaba la voz machacona de la señora duquesa, que uno tras otro le profería todos los reproches de la a a la z. “Quiero hablar con Sebastián, por favor”, interrumpió Pedro. La voz de su madre continuó reprochando sin hacer el menor caso, hasta que Pedro volvió a interrumpir el sermón dando en donde más dolía. “Bien,”-espetó-“si esto es lo que quieres, en unos días vuelvo y lo hago público todo. Chao”. La voz machacona al otro lado del teléfono se tornó casi suplicante, y viendo que no había manera de hacerle cambiar de opinión, le pasó el teléfono al jornalero. “Sebastián… Mi Sebastián…”, dijo Pedro con la voz entrecortada. “Siento tanto”-continuó-“lo que te he hecho… Sí ya sé que no me he portado bien, y me merezco que me odies… Ya, ya… Ya habrá tiempo para que me reproches todo. Escúchame bien. Quiero que tomes el primer tren que haya para Madrid. Sí, el primero. Después, hazte unas fotos de carnet y vete al aeropuerto. Sí, a Barajas… ¿a cuál, si no?… Te sacas el pasaporte y te vas a la terminal internacional, donde te estarán esperando. Ya lo he arreglado yo, no te preocupes. Tú sólo cerciórate de llegar hoy mismo a Madrid. ¿Maleta? Llévate todo aquello que quieras conservar. El resto no te hará falta. Nunca más volverás a ser un jornalero, ni yo… ¡No me llames “señorito”, sabes que lo odio! Sí, tú ríete… Me lo merezco… Bueno, date prisa, que quiero que llegues hoy mismo. Escucha… Te quiero… No me importa, que le den morcilla a mi madre. ¡Te quiero!” Al colgar el teléfono, Pedro sintió que el corazón le iba a estallar de emoción. Ya había dispuesto un billete de avión en primera clase en el primer vuelo que saliera de Madrid destino Río de Janeiro a la llegada de Sebastián a la capital. Sabía que no sería fácil, que tendría siempre el peso del ducado de Carcunda sobre sus espaldas y el estigma de haberse convertido en el garbanzo negro de los Lasarte y Sánchez-Dávila. Pero ahora más que nunca, sentía que la carga que durante años había llevado encima se había disipado como el rocío de la mañana y nunca más volvería a atormentarle. “Río nos hará olvidar” pensó mientras, satisfecho, volvía a su rincón a seguir deleitándose con los paquetes de los muchachos de la piscina.

6 comentarios to “El Seis de Espadas”

  1. Ainss, este dandy y su necesidad de amar…;-)

    ¡Enhorabuena, Rhay!

    Besossss.

  2. Bueno pues ya veremos que nos depara el muchachito. ¡Muy bueno Rhay!

  3. Fenomenal! Me ha parecido un relato fantástico. Bien narrado, con una perfecta descripción de los personajes, de las dudas y de los sentimientos y pensamientos de los protagonistas. Sobre todo del principal.
    Además tiene mucho contenido y tema, no obstante la corta permisibilidad en medio de la que tenéis que moveros. No es nada monótono y casi ha hecho que se me olvidara de la cantidad gracias a la calidad.
    Lo único que no es creíble ni remotamente es en el error del pasaporte. Eso sí que es una ficción como una catedral, pero como no sirve para nada se elimina, el jornalero tiene pasaporte y punto.
    Muy bueno, Rhay.

  4. Lo comparto. Mis amigos querrán leerlo.

  5. ¿Por qué dices que es un error lo del pasaporte, Ricardo?

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